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Prólogo - El miedo de los esclavos

Artículo de La Insomne 8 Comentarios

  • Quizás podrías traernos a casa un esclavo.

Theodore sacó la nariz del interior de la taza con vino caliente antes de fruncir el ceño y mirar a su mujer como si se hubiera vuelto completamente loca. El atardecer caía en Reviés y los críos se perseguían por debajo de la mesa y las escaleras montando más alboroto del que estaba dispuesto a soportar con tremenda resaca.

  • ¿No crees? - insistió Annalise sacando las manos de la tinaja de platos sucios y apoyándose en los riñones - este embarazo se me está haciendo cuesta arriba. Los niños dan mucho trabajo.
  • Hmmm

Theodore volvió los ojos molestos a la izquierda y se recolocó las gafas sobre el puente de la nariz. Un esclavo. Claro. Como si fueran ricos. Como si él no hubiese dilapidado todos los ahorros que tenía la familia a lo largo de los meses en reparar un error.

  • ¿Ni siquiera te lo vas a pensar? - le increpó molesta.

Henri saltó desde el tercer escalón y aterrizó con un golpe sordo encima de su hermano y al momento la paciencia del administrador se evaporó en el aire.

  • ¡HENRI! ¡JACOB! ¡PARAD AHORA MISMO! ¡IROS A LA CAMA!
  • ¿No lo vas a pensar? - volvió a la carga la mujer.

Resignado, resopló y dejó encima de la mesa los papeles que había estado leyendo de forma obsesiva durante los últimos días. Códigos de detenciones, números en serie de brazaletes de esclavos, penas judiciales, traslados a otras capitales y, sobre todo, cómo ocultar el rastro de todo lo que había tenido que tocar y mover para que nadie descubriese lo que había hecho. Chasqueó la lengua, miró a su mujer con condescendencia y con una sonrisa de suficiencia le espetó:

  • ¿Y dónde lo vas a meter? No tenemos sitio.
  • Pueden dormir en cualquier parte - contraatacó ella a toda velocidad - No es como si tuvieras que tener una habitación para ellos. Lo podemos… ahm… le puedo poner unos lienzos por aquí y que duerma en el suelo de la cocina.
  • Entonces, enfermará.

Su mujer alzó las cejas como hacía siempre que detectaba las mentiras de su marido. Como cuando le decía que se había quedado hasta tarde en el Ministerio, que el olor a perfume de su ropa se lo había pegado alguna mujer que pasó por su despacho para hacer un trámite o que no había carne fresca en el mercado más próximo a su casa y por eso había tenido que marcharse a la otra parte de la ciudad.

  • ¿Estás hablando en serio, Theodore? - nunca usaba su nombre de pila si no era por un asunto realmente serio -. ¿Me estás diciendo de verdad que tienes miedo de que un esclavo enferme si duerme en el suelo de nuestra cocina teniendo como los tienes apilados en esos almacenes?

El hombre negó molesto con la cabeza y se quitó las gafas para darse algo de ventaja a la hora de contestar.

  • No tiene nada que ver. Y yo no los tengo, como dices tú, apilados en almacenes. Sabes que ahora que Clément está enfermo, tengo que hacerlo yo todo. ¡TODO! Estoy esperando a que sean más para....
  • En esas barracas de madera - lo interrumpió ella - llenas de mierda, comiéndose las ratas y las horribles gachas, con el cuerpo lleno de llagas. ¿Y dices que estaría peor en el suelo de mi cocina?
  • ¡¿Y qué demonios quieres que haga?! ¡¿Que los vaya sacando y les ordene lavarse? ¿Y quién me trae el agua?! ¡¿Y quién prepara toda la documentación para que la firme el conde?! ¡¿Es que no piensas en eso?!

Annalise chasqueó la boca, se volvió y pasó el trapo a toda velocidad por la encimera, dejando muy claro que no iba a seguir discutiendo cuando ambos sabían que ella llevaba razón.

  • Clément ya lleva casi un año encerrado en casa. Se me acumula el trabajo. Te lo he dicho muchas veces…
  • Ya.

El silencio se volvió muy elocuente. Ninguno de los dos se atrevía a decirlo en voz alta, pero ambos eran muy conscientes de lo que estaba pasando. Theodore ya no era el nervioso universitario que había conseguido con todas las ilusiones del mundo un trabajo en el Ministerio de las Libertades de Reviés, al sur de Corcupiones. Ya no era el joven que llamó la atención del conde Roizeron con su forma escrupulosa de revisar a cada esclavo y su intuición a la hora de decidir si eran suficientemente válidos como para ser revendidos o si, por el contrario, era mejor que se los desechase antes de gastar ni un mendrugo de pan más en ellos.

Llevaba meses nervioso, intentando reparar su error, intentando sobrevivir al terrible pecado que había cometido.

  • Solo digo que… - volvió a la carga su mujer - que no tendría que ser uno nuevo ¿sabes? Con que tenga manos y sea educado me vale. Que venga disciplinado.
  • Annalise…
  • Uno al que le hayan puesto los brazaletes hace mucho, que no haya pasado la iniciación este año. Uno así.
  • Sabes que no tengo esclavos así - respondió agotado el otro poniéndose en pie - los que me llegan son los criminales recién esclavizados o los viejos que mueren sin que ningún amo los reclame. No tengo ningún chollo escondido en el ministerio, Annalise.
  • ¿No lo tienes o no quieres tenerlo?
  • ¡Annalise!
  • Yo creo que tu problema es que los estás humanizando - le espetó la mujer volviéndose como si los dioses hablasen directamente a través de ella - esas… “cosas”, no son personas, Theodore. No me importa si antes eran cabreros o si se trata del marido de la panadera.
  • Ya lo sé. ¿Por qué demonios me estás soltando todo esto?
  • Porque dices que tienes miedo a que algún asqueroso esclavo, algún hijo de Yomi, se enferme por dormir en el suelo de mi cocina. Si no se enferman comiendo la porquería que les dais de comer, o después de que los tengas encadenados en un patio dos malditos días con la espalda abierta…
  • ¡LA LEY DICE QUE DEBO HACER ESO CON TODOS LOS NUEVOS! ¿Por qué intentas pintarme como si fuera un sádico?
  • Un mal hombre no eres, Theodore. Pero sí que eres un mentiroso - le espetó con crueldad - mientes al fingir que te preocupan esas “cosas”. Estoy acostumbrada a oírte quejarte de tener que ir a las casas de los ricos a recoger a viejos a los que han desechado en un patio o… esa… esa vez que tuviste que llevarte a uno en bolsas porque se lo habían echado a los perros.
  • No te estoy pidiendo demasiado. Solo necesito ayuda. Y tú nunca estás en casa. Solo Ahmre sabe lo que estás haciendo.

Ambos se miraron un momento, tensos, cansados por el peso de las palabras no pronunciadas, por las sospechas que ella tenía y las certezas que él callaba. ¿Cómo iba a poder confesarle… todo lo que le había hecho? ¿Cómo podría decirle que durante diez meses se enamoró de una joven, que tonteó con la idea de abandonarlo todo e irse con ella y que solo cuando era demasiado tarde descubrió que esta era prostituta? ¿Cómo iba a decirle que los matones del prostíbulo lo habían esperado cada día con la amenaza de romperle cada extremidad del cuerpo si no pagaba lo que se suponía que le debía a Lucille?

Theodore recordaba ahora cómo primero vació todos sus ahorros, al principio poco a poco para que Annalise no sospechara y luego con el impulso del hombre que sabe que un día aparecería bocabajo en el canal del pueblo si no pagaba todo. Vendió todo lo que tenía de valor en la casa y más, empeñó algunos de sus mejores trajes e instrumentos de trabajo, pero nada parecía suficiente.

Todavía debía 1000 reales cuando se le ocurrió la absurda, estúpida idea, de robarle al Conde Loco.

Al estar a cargo del Ministerio, contaba con ciertas libertades que suponían cada día una tentadora y jugosa promesa de liberación. Así que un día en que las cosas fueron más allá, decidió ignorar todas las señales de alarma, cogió el dinero y liquidó, con intereses, la cuenta que tenía pendiente.

Pretendía ir recortando de un sitio y de otro para que nadie se enterara. Primero, en limpieza y comodidades para los esclavos, después en el papel y la comida que les daba, luego en transporte. Empezó a anotar que algunos se desechaban cuando los vendía, a precios ridículos, a personas de confianza. Pasó por alto enfermedades, bultos en los testículos y dientes caídos y los enviaba en grupos a las minas para poder cobrar y restaurar poco a poco a su deuda.

Pero la ansiedad de lo que había hecho le comía vivo por dentro y se consolaba a sí mismo diciéndose que no le había robado al legítimo conde de Corcupiones, al temible Moncef Louis Roizeron, conocido por ahorcar a cualquiera que no pagase sus impuestos a tiempo; sino a su liberal hijo. Pero luego, cada día de camino al trabajo, veía las señales de que aquello había sido una estupidez. Nadie, jamás, debía jugársela con el hijo del conde. La gente incluso evitaba decir su nombre. Dentro de las tabernas y de las casas, la gente susurraba, contaban sus historias y temblaban ante cualquier sonido que indicase la cercanía de sus hombres.

Ramiel Roizeron, el Conde Loco. De él se decían muchas cosas, y seguro que más de la mitad eran ciertas. Decían que compraba esclavos solo para torturarlos y descuartizarlos, que intentó matar al Rey después de acabar con su madre, que era un hombre caprichoso, sádico y arbitrario.

De vez en cuando algún borracho se iba de la lengua y hablaba de él en las tabernas. Y a la mañana siguiente, sin que nadie supiera cómo se habían enterado, ese mismo imbécil aparecía crucificado, desollado vivo o azotado hasta la muerte en la plaza del pueblo. La orden de ejecución siempre aparecía con la lengua cortada del imbécil en cuestión clavada en un poste sobre la firma caliente de Joshua Becher, la mano derecha del noble.

Theodore pasó sus días en un estado de perpetua ansiedad esperando a que finalmente, las consecuencias de sus actos llamaran a su puerta. Pero nunca pudo imaginarse que lo harían en la forma de un hombre enorme, realmente peligroso, con una petición del todo inusual.

Los golpes en la puerta lo sacaron de sus ensoñaciones antes de levantar la cabeza y mirar a su mujer como si ella fuera la culpable de aquella alteración de la paz

  • ¿Esperas a alguien? - le preguntó Annalise molesta - ¿A estas horas?

No contestó. Con el ceño fruncido y los papeles delante, revisó de nuevo los códigos y números de serie de los nuevos esclavos mientras hundía la nariz en el vino caliente y oía cómo su mujer se desplazaba hasta la entrada. En principio no tendría que pasar nada, sus números estaban bien, nadie tendría por qué averiguar lo que había hecho.

Entonces escuchó las pisadas a su espalda y el ruido de las capas. Se dio la vuelta extrañado y su rostro se desencajó en el sitio al ver quién entraba en su casa, amparado por la oscuridad de la noche y acompañado por dos hombres que ahora cerraban la puerta suavemente y se acercaban a la cocina.

Annalise torció el gesto.

  • ¿Vienen a ver a mi marido? - preguntó extrañada por las familiaridades que se tomaban los extraños.
  • Oh, sí. Somos amigos de Theodore - sonrió el más alto de todos ellos, irrumpiendo en la cocina y mirando desde la altura al patidifuso funcionario - Él nos conoce, señora.

Por un momento, el cerebro del administrador se quedó congelado en el sitio conforme el recién llegado sonreía con maldad y medía con rapidez la pequeña y agradable cocina de madera. Annalise, cuya intuición femenina le había hecho saltar todas las alarmas, empezó a frotarse las manos en el delantal, nerviosa.

  • Se… señor Becher… - tartamudeó el funcionario, haciendo que su mujer diese un respingo en el sitio - No… no entiendo… ¿no le llegó al señor conde mi envío?

Joshua Becher sonrió de nuevo, y al hacerlo la cicatriz que le cortaba la mandíbula por un lado hasta la nariz deformó todavía más su gesto, haciéndolo parecer monstruoso. Este se tomó un par de segundos para contestar, sacudiendo sus botas polvorientas y llenas de barro sobre la alfombra de esterilla y pasando los gruesos dedos enguantados por la mesa de madera.

  • ¿Estábais cenando? - ignoró la pregunta - Espero que no estemos interrumpiendo nada.
  • ¡No! ¡No, por Ahmbre! - saltó Annalise nerviosa, viendo cómo Joshua metía los dedos en uno de los cuencos, agarraba un trozo de conejo que había sobrado y se lo metía en la boca - ¿Puedo…? ¿Podemos ayudaros en algo?

Joshua entrecerró sus falsamente amables ojos negros. Sonrió otra vez de lado y miró a la mujer, juguetón.

  • Esto está buenísimo, señora. Es toda una pena.

Los dos se quedaron en el sitio, intentando comprender qué significaban aquellas palabras antes de que uno de los hombres se pusiera detrás de la mujer y le plantase una mano enorme sobre el hombro.

  • ¿Por qué no te sientas, señora? - fue más una orden que una sugerencia.

Joshua seguía metiendo los dedos en los platos repartidos sobre la mesa y sorbiendo el contenido. Luego, sin ningún tipo de consideración, agarró la jarra que todavía sujetaba Theodore, se la arrancó de las manos, y la vació de un trago.

  • Mmmm, buenísimo - se burló antes de pasarse la mano por la boca para limpiarse y luego por el pantalón - ¿Esos papeles son los nuevos códigos de los brazaletes?

A Theodore aquella pregunta hizo que un sudor frío lo atravesase de arriba abajo.

  • No deberías haberlos sacado de su sitio, funcionario. No es inteligente.

Unos pasitos sonaron en el piso superior antes de que los hombres que acompañaban a la mano derecha del conde alzasen los ojos con perspicacia.

  • Estaba… asegurándome. Todo está bien. Espero que… que el conde esté complacido.
  • Oh, sí. Está complacido. Muy complacido.

Annalise miraba histéricamente de los extraños a su marido y de nuevo de vuelta al hombre de la cara rajada, preguntándose probablemente en qué malditos negocios sucios se había metido ahora el imbécil de su esposo.

Los pasitos se hicieron más fuertes. Una cabecita de pelo rizado se asomó desde el escalón superior.

  • ¡PAPÁ! ¡PAPÁ! - gritó como un loco.
  • ¡Vuelve a la cama ahora mismo, Henri! - chilló Annalise.
  • ¡PERO QUIERO QUE VENGA PAPÁ! - clamó el niño.

Joshua le hizo un gesto con la cabeza a uno de los hombres, que se apartó la capa y se dirigió al piso superior. Y Annalise se levantó de golpe con la furia de un animal, horrorizada ante la idea de que aquel bruto estuviera a solas con sus hijos. Pero el otro soldado la agarró del brazo y de un tirón la devolvió a la banqueta.

  • No te preocupes. A Dugés se le dan muy bien los niños - le aseguró con una voz oscura y cargada de segundas intenciones.

Theodore no era el hombre más listo del mundo, pero si hubiera tenido solo un poco más de sentido común habría intuido que aquella no era una visita de cortesía normal y corriente. Habría intuido que las únicas cosas que hacían que Joshua Becher sonriese de esa forma, eran las que al resto del mundo le causarían pesadillas.

  • ¿Sabes con quién me he cruzado hace un rato? - le preguntó el soldado - Con Lucille. Te envía recuerdos.

Theodore se puso más pálido todavía al oír el nombre. Miró a Annalise lentamente, pero esta no despegaba la mirada de las oscuras escaleras por las que había desaparecido el otro hombre,

  • Toda una sorpresa. Casi se había gastado todo el oro. Se puso un poco víbora la tía. Tuvimos que enseñarle modales.

Y tras un segundo de puro horror, con sus ojos brillando en mitad de la oscuridad, Joshua sonrió con sus dientes amarillos y susurró.

  • Ya no te molestará más.

Theodore empezó a temblar en la silla. Sus manos, histéricas, se aferraron con fuerza al borde de la mesa, dejando ver sus nudillos blancos.

  • Sa… ¿sabe el conde que Lucille ha…? - preguntó molesto.

La sonrisa del hombre se ensanchó todavía más.

  • El conde lo sabe. Esa mujer no era de su agrado.

Al murmurar esto, el llamado Dugés bajó por las escaleras con un gesto de extrañeza y las manos empapadas en sangre. Alzó el rostro confuso y clavó la mirada en la mujer.

  • Es mejor que suba, señora. Ha pasado algo.

Annalise lanzó un alarido de terror y se precipitó escaleras arriba, seguida con parsimonia por el propio Dugés. Y Theodore se quedó lívido del terror al ver a Joshua inclinarse peligrosamente hacia él. El aliento a vino y conejo del soldado se le clavó en la punta de la nariz y empañó sus gafas.

  • El caso es que no le gustan los cabos sueltos - confesó el soldado.

Un golpe sobre sus cabezas hizo temblar la llama de las velas. Theodore alzó con pánico la mirada al escuchar una mesilla al caerse, un cristal romperse y el grito ahogado de su mujer. Luego, temblando, mientras notaba cómo su propio orín empapaba sus pantalones, bajó la cabeza para ver a Joshua todavía mirándole como un depredador.

  • Y tú tampoco le gustas mucho.

No tenía ninguna oportunidad. Se puso de pie a tiempo para ver el cuerpo de su mujer caer dando tumbos por las escaleras, con una enorme herida abierta del pecho a la ingle y sus ojos azules vacíos y vidriosos. Entonces, notó un fuerte dolor en el pecho y el estómago que le atravesaron por dentro. Extrañado, miró a Joshua, que no se había movido de su sitio, antes de descubrir al segundo soldado colocar una tercera flecha en el arco.

La saeta salió disparada y le perforó la garganta antes de que este cayese contra el suelo. Durante aquellos horribles segundos, antes de que su cuerpo dejase de estremecerse del dolor y de que sus pulmones se llenasen de sangre, vio al perro del conde coger los papeles de la mesa y tirarlos a la chimenea encendida.

Después, se hizo de nuevo el silencio. Y Theodore, mientras se desangraba, pudo gemir una última vez cuando vio a Joshua y a sus hombres arrastrar los cadáveres de Annalise y sus hijos a su lado, tomar un leño encendido y usar el aguardiente de la casa para que incendio hiciera desaparecer los restos.  


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