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Capítulo 9 | Hombre libre


Siempre que iba a emprender un viaje largo, Armelle se sentía ma- reada. Como si tuviese mariposas en el estómago. Nada era perfecto. El corsé no podía estar lo bastante apretado si quería respirar con tranqui- lidad. Su sombrero no podía ser lo bastante grande si no quería destro- zarlo contra el techo del carruaje. No podía cambiarse los guantes más que un par de veces. Pero la situación apremiaba. ¡Hacía meses que no veía a su marido! Meses de soledad en su casa en la que había sufrido, incontables veces, muchas más de las decentes, indirectas sobre el fra- caso de su matrimonio.

Ante la tenacidad de Ramiel de mantenerse separado de ella, de no devolverle la correspondencia o de ignorar sus mensajes, Armelle hizo lo que cualquier mujer del mundo haría ante tal situación: acudir a su suegro.

Todavía recordaba su noche de bodas. Ella tan hermosa, con encaje de Chantelí, un vestido bordado a medida, su cabello reluciendo como el oro trabajado en ondas. Él apareció con un gesto de supremo mal humor, una botella de vino en las manos y la belleza del diablo col- mando cada detalle.

Ella cumplimentó su físico. Entonces él se sirvió una copa.

Ella le dijo que serían moderadamente felices juntos. Él se sirvió la segunda.

Armelle le preguntó en cuál de los castillos que tenían los Roizeron vivirían juntos, si tendrían servicio independiente y si dormirían en ha- bitaciones separadas. Él apuró la tercera copa de un trago como si nada.

Entonces había hablado. Ella no había tenido la posibilidad de cono- cerlo antes de su boda. Había oído historias… sí… pero le importaba más que nada el renombre que adoptar el apellido Roizeron le daría. Ni siquiera sabía a qué olía o cómo sonaba su voz hasta el momento en el que él, impecable en su traje de novio y con ojeras de rencor, la había tomado por esposa en la iglesia.

Aquella noche, él cumplió sus obligaciones. La tomó varias veces, sin dejar de beber y sin intercambiar más de dos frases con ella. Fue gentil. Dejó que estuviera preparada y luego fue suave en sus acciones. No la besó ni una de las veces. No le acarició el cabello o se tumbó a su lado a dormir. Cuando ella le preguntó por qué, su marido solo había dicho:

—Yo no duermo, Armelle.

Sabía que no iba a recuperar la ilusión del primer día, pero ella se había casado con él por una razón y no iba a dejar que se la apartase como a un simple perro.

Sus esclavos hicieron una fila delante de ella, compungidos hasta más no poder. Las lágrimas les caían por sus dulces ojos mientras se agarraban las manos. Nereida y Naya eran las que más afectadas es- taban siempre ante la partida de su Ama.

—Vamos, vamos —les indicó con una sonrisa, agarrando su man- guito de piel e inclinando la cabeza—. No lloréis mis niñas. Estaré de vuelta enseguida.

Las esclavas temblaron un momento más mientras la veían subirse al carruaje. La esperaba casi un día completo de viaje a toda velocidad si quería llegar a la capital antes de que anocheciera.

Se había llevado con ella a sus tres esclavos favoritos:

Jean Pierre lo había comprado en una subasta. Era un hombre negro como el chocolate más puro, alto como una torre y con la espalda más ancha y fuerte que una dama jamás había visto. Lo adquirió por sus profundos conocimientos de medicinas y plantas. No había otro mejor para calmar el dolor.

También incluyó a la joven Metis y a Selene. Metis era prudente, fea, seria y delgada como una rama de junco. Comía con los modales más exquisitos y se limpiaba frenéticamente hasta estar inmaculada. Adoraba a su Ama en cada pequeño gesto y la servía hasta la extenua- ción. Selene, por el contrario, era más soñadora, bonita, bajita y dicha- rachera. A menudo había tenido que corregirla por decir más de lo que debía, pero en el fondo le encantaba esa niña.

Notó cómo Jean Pierre se sentaba al lado del cochero y cómo el vehí- culo arrancaba, escuchando los gemidos de llanto y las despedidas de su servicio.

—Ni que me fuera a pasar una desgracia. —Sonrió encantadora la condesa, volviendo los ojos a otra parte.

—Temen que no vuelva, mi Ama —contestó Metis con un rictus de seriedad mientras empezaba a pelar una mandarina.

—Cuando su marido vea lo guapísima que está con los vestidos que lleva, no va a querer dejarla machar —comentó entusiasmada Selene, dando saltitos en su sillón y recibiendo su porción de mandarina.

—Mi esposo es un artista. No se puede tratar el asunto como un ma- trimonio convencional —comentó Armelle por lo alto.

En realidad, no lo creía. De hecho, le molestaba que su reputación acabase puesta en entredicho por algo tan banal como los caprichos de su esposo.

Hubiera querido inclinarse como Selene contra la ventanilla y dor- mitar el viaje. Pero no habría sido propio en una dama como ella. Mien- tras los baches del camino la iban adormilando, sus pestañas se ple- garon hacia abajo en un dulce bucle de sentimientos encontrados.

No era la primera vez que se veía a solas con Moncef Louis, pero  él no le gustaba. Era serio, austero, violento y de ideas muy cuadricu- ladas. No tenía nada que ver con su hijo. Tampoco era atractivo.

No obstante, tenía poder. Mucho poder. Dinero, riquezas, tropas, uniformes… Todo lo que una mujer políticamente ambiciosa pudiera desear. Gracias a Dios, su padre la había entregado al hijo, ya que se rumoreaba que Moncef Louis hacía tiempo que buscaba una mujer que le diese un segundo heredero.

Durante seis horas, estuvo expectante a la incansable charla de Se- lene sobre la ropa, los vestidos o los exquisitos manjares que comerían en la capital. Estaba emocionada. Como Metis la ignoraba o la reprendía cada vez que su entusiasmo tocaba una nota histérica, Selene acabó por sacar un largo hilo y empezar a jugar con sus dedos para crear formas divertidas.

Las dos esclavas creaban formas geométricas con el precioso y resis- tente hilo de lana de color rojo, riéndose cada vez que algo les salía mal e interrumpiendo su alegría por insistentes y distanciadas preguntas de la mayor de ambas:

—Ama, ¿estáis cómoda?

—Ama, ¿queréis algo de beber?

—Ama, ¿os coloco los almohadones?

Le devoción que le profesaban era relativamente normal. Armelle sabía que muchos nobles descuidaban el trato de sus esclavos. Los de- jaban agonizar en una esquina, muertos de hambre y de frío y luego se quejaban de que su desempeño laboral no era óptimo. Para ella, mantener a sus esclavas alimentadas, limpias, bien vestidas y sin pro- blemas de salud era un asunto más del que preocuparse y que le repor- taba, como todo lo que hacía bien en esta vida, más satisfacciones que problemas.

Las seis horas, sin embargo, se le pasaron lentas a la condesa. Pen- saba en su marido, en su casa, en su suegro, en su vida en común. Pen- saba en cómo un día soñó conocer los platos favoritos de su esposo para encargarlos cuando este tuviera un mal día o en los retoños que tendrían juntos. Después, descubrió que a su marido no le gustaba en particular ni comer, ni salir de cacería, ni acostarse con ella como al resto de los nobles normales y corrientes.

Después de dos años de casados, habían yacido juntos veintitrés veces. Contadas, por supuesto. Lo peor es que cuando él hacía un es- fuerzo por pasar la noche con ella solían acostarse tres o cuatro veces seguidas. Por lo que, si echabas cuentas, habían pasado un total de siete u ocho noches juntos en dos años. Ocho noches de setecientos treinta días.

No era que Armelle no fuera exquisita. Que lo era. Era la mujer ca- sadera más cotizada de todo el reino y, tras pasar por sus esponsales, la más deseada. Pero ella no tomaría amantes. Ya le costaba lidiar con que la gente, panda de analfabetos e incultos, rumorearan que era estéril y que por eso su marido no quería pasar tiempo con ella. Jean Pierre le había asegurado que no era así. Y Jean Pierre era el médico de mayor confianza que la condesa jamás conocería.

Tras abandonarse en reflexiones, pensamientos peligrosos y otra serie de tediosos entretenimientos, el carruaje se detuvo en Rue. Le dolía la espalda y los brazos. Sentía la boca pastosa y las piernas aca- lambradas. Estaba cansada y había jugado tanto con sus guantes de seda blanca que los veía algo descoloridos.

Cuando Jean Pierre llamó a la portezuela y la abrió anunciando que estaban en Rue, a Armelle no le importó que fuera el sitio menos ade- cuado para una dama noble que hubiera a kilómetros a la redonda.

Bajó con cuidado y observó a Mme. Poulain sonriendo con fingida cortesía e inclinándose ante ella de un modo adulador. Se agarraba las manos con el pánico que las clases bajas le tienen a la nobleza.

—Mi condesa Roizeron —Casi se tiró a sus pies—. ¡Qué divina, agradable y bonita sorpresa!

No era capaz de conjuntar dos adjetivos juntos. Pero ese no era su trabajo.

—Mme. Poulain, iba de camino a la capital a visitar a mi suegro y pensé en pasarme a saludar y ver cómo va todo por aquí.

—¡¡Por supuesto, mi señora condesa!! ¡Por supuesto! Todo va de maravilla gracias a vuestras donaciones. Los niños la adoran, señora condesa. Les enseñamos a darle las gracias a usted y a vuestro generoso marido antes de cada comida.

Armelle atravesó con sus ojos de color azul cielo la estructura. Era una casa amplia, de varios pisos y con trece habitaciones. La había man- dado construir en su primer año de casada cuando le hablaron de la cantidad de problemas que causaban los huérfanos por las calles. En- tonces, ella, en su magnificencia, había construido ese orfanato y había designado a mujeres solteras de la zona en la ruina para cuidar de los niños. Cada cuatro meses, J. y un grupito de soldados se informaban de si las mujeres eran justas o si los niños se morían. Como de momento no había sido así, Armelle estaba feliz.

De hecho, había fundado ya cuatro orfanatos por todo Corcupiones, dos hospicios públicos, una casa para señoritas de «familias conflic- tivas» y un par de templos donde se repartía pan a la gente que más lo necesitase.

De nuevo, mantener al pueblo feliz, como a sus esclavos, le suponía una mínima cantidad de tiempo y le devolvía grandes satisfacciones.

—Pasad, pasad. No hemos tenido tiempo de preparar a los niños. Si no, os hubiéramos esperado con una canción y algún preparativo más…

—No os preocupéis. Prefiero verlo así.

A ver si se iba a pensar, la señora, que iba a darle tiempo a ocultar sus fechorías (en caso de haberlas). Recorrió con ella los pasillos de   la casa por donde muchachos delgados y niñas chillonas corrían sin orden ni concierto. Todos, al ver las lujosas vestimentas de la condesa, se le quedaban mirando con la boca abierta y cara de haber visto un fantasma.

—Niños. Esta es la condesa. ¿Os acordáis de ella?

De pronto, un enano de preciosos ojos verdes se le tiró a la pierna y la abrazó corriendo. Mme. Poulain parecía querer que se la tragase la tierra.

—¡RODRIK! ¡Rodrik, suelta a la condesa ahora mismo!

Pero el niño insistía con tenacidad. Tenía su pelo negro en bucles enredado y lleno de hojitas y de briznas de hierba. A un lado, en su cinturón, llevaba una espada de madera. Armelle no pudo evitar reírse y pasarle una mano por la cabeza.

—Hala… te llamas Rodrik. Qué bonito —le susurró ella agachán- dose y mirándolo a los ojos—… como el príncipe del reino.

El niño afirmó con fuerza antes de pasarse la manga por la nariz para recogerse los mocos.

—Me lo he puesto yo porque no tenía nombre —le confesó magnánimo.

—Un nombre muy bien escogido. ¿Sabes lo que significa? —Lo miró con cariño la mujer antes de ver cómo el crío negaba con fuerza con  la cabeza—. Es un nombre de la capital. Todos los nombres allí tienen significados. A mí me parece muy bonita esa costumbre.

—¡SEÑORA CONDESA! —llamó de pronto su atención una niña—. Gracias por mandarnos juguetes y comida. Un día seré doncella de la reina. Cuando vos seáis reina… ¿me llevaréis a palacio?

—Oh, pero, querida… yo no voy a ser reina. No tengo la posibilidad. En realidad, sí. Pero era muy complejo de explicar para una niña tan pequeña. Y, de cualquier forma, ¿os imagináis a Ramiel de rey? Si ya

era incontrolable en Laserre, el agujero en el que se había recluido, ¿qué haría con un reino entero bajo sus manos?

Armelle fue conducida al resto de los espacios: el comedor, la sala de juegos, el patio, el jardín, la lavandería… Las niñas ayudaban con las tareas domésticas mientras que los niños entraban de aprendices en los gremios de la ciudad para encontrar un oficio el día de mañana.

La condesa era consciente de que aquella bandada de treinta niños que corrían por los pasillos fingiendo ser el príncipe (muerto, por cierto, pero eso no se lo iba a comentar al chico) o la próxima doncella de cámara, habrían sido ladrones, saqueadores o prostitutas el día de mañana de no ser por su ayuda.

Cuando llegaron a los dormitorios, Armelle vio a un niño que tem- blaba en la cama, tapado hasta la barbilla.

—Es Arthur, señora, temo que cogió frío el otro día jugando en el arroyo —le comentó la administradora con un gesto de desasosiego.

—¿Y el médico de la ciudad?

—Le ha puesto un cataplasma y nos ha dicho que le dejemos que

sude la fiebre…

La condesa asintió. Se acercó a la cara del infante y vio su frente perlada por el sudor. El chico parecía estar pasando por un pésimo mo- mento. Miró a su izquierda hasta dar con Jean Pierre y le hizo un gesto para que se ocupase de él.

—Oh, no es necesario, señora. Es usted muy generosa. —Se deshacía Mme. Poulain en lágrimas y reverencias.

Pero Armelle no le prestaba atención. Observaba a su inmenso es- clavo arrodillarse al lado de la cama del pequeño, ponerle la mano en la frente y empezar a sacar botes y tarros de su maletín. A menudo, Jean Pierre le había sacado de más de un apuro. Para Armelle, era una de sus posesiones más valiosas.

—A propósito… ayer nos llegó un huésped especial. Nos dijo que se dislocó el hombro al caer del caballo. Estoy segura de que le gustará conocerlo —comentó la mujer atravesando una puerta y haciendo un gesto a la condesa para que le siguiese.

La noble frunció el ceño y se retorció los guantes de las manos mientras seguía a la regordeta administradora del orfanato. Atra- vesó varios pasillos hasta encontrarse en un dormitorio que, a todas luces, tenía pinta de habitación de invitados. Sobre la cama, es- cribiendo con la mano izquierda, un hombre llamó su atención.

—Mi condesa, este hombre dice trabajar directamente para el prín- cipe Iván Croisovert —Se inclinó la mujer, haciendo un gesto con la mano—. Nos ha preguntado si existe alguna forma de que podamos acercarlo hasta la capital ahora que no puede cabalgar.

La mujer hizo un gesto de desconfianza interior, aunque su rostro siempre mostraba la más simpática de las expresiones afables. El invi- tado no dudó en dejar la pluma, alzar los ojos y sonreír con una expre- sión culpable a la mujer.

Era joven, delgado y con esa expresión despierta en los ojos que tienen las personas que dedican su vida al estudio. Llevaba pantalones largos, un chaleco, camisa de rayas grises y azules y una enorme cor- bata al cuello. Por el resto, destacaba su barba de dos días, sus gafas redondas y su pelo castaño claro cortado de forma exquisita.

A Armelle no le pasó desapercibido el hecho de que el hombre usase zapatos en lugar de botas. Eso demostraba que no era un buen jinete.

—Mi condesa —murmuró él antes de dejar el cuaderno hacia un lado, levantarse e inclinarse frente a ella—… por vuestra belleza y el hecho de que estéis aquí, he de suponer que sois la condesa de Roi- zeron. ¿Me equivoco?

—No, mi señor…

—Blüme

La noble sonrió de lado. Le había gustado el detalle de la belleza y que supiera quién era a pesar de no haber sido presentados antes.

—Mi administradora, Mme. Poulain, afirma que trabajáis para el

mismísimo Iván I de la península del Reloj de Arena.

—Así es, mi señora —comentó él con un divertido acento—. Dis- culpad mi atrevimiento, pero aún no es el primero. Aún no ha sido coronado.

¡Qué impertinencia! ¡Qué… divertida… ocurrencia!

—Planeaba llegar a Raconntes y tomar desde allí un carruaje para la capital. Pero mucho me temo que soy peor jinete que catedrático. Me he caído del caballo —comentó con una mueca de diversión, señalando su hombro vendado—. Mucho me temo que tendré que oír las burlas de mi príncipe y de su prometida durante muchos meses en cuanto se enteren.

Armelle sonrió de lado. El hombre le cayó en gracia. La miraba como a un ser inteligente y no solo como la mujer de un hombre poderoso. Además, por su comentario, conocía a la perfección el carácter de Iván y de su desgraciada novia.

—Si no os supone molestia, podéis venir con nosotros. Yo me dirijo en este preciso momento a Raconntes.

—Entonces, el destino es el que nos ha puesto a cada uno en su ca- mino, mi condesa.

La noble sonrió. Era una imprudencia meter a un hombre en su carruaje y mucho menos aparecer en el castillo de su suegro con una compañía así, sin ningún título o clase nobiliaria. Pero Armelle no so- portaba a Iván ni a su prometida. Ambos apestaban a sangre nueva. Y, por eso, no podía dejar pasar esa oportunidad.

Se subieron en el carruaje frente a la sorprendida mirada de Selene, que guardó un prudencial y maduro silencio. Metis, por su parte, ob- servaba la escena sin hacer ningún tipo de valoración.

—La verdad, señor Blüme, me ha sorprendido la rapidez con la que habéis averiguado mi nombre —comentó con una sonrisa de cortesía la noble, rompiendo el hielo para entablar una conversación.

—¿Es eso cierto? —la interrogó con la mirada él.

—Sí

El estudioso pareció tomarse unos segundos para reflexionar antes

de decirle:

—Por todos es sabido que la mujer más bella de este reino partió desde Flavenzza para entrar en el mismísimo infierno —recitó una to- nadilla antigua antes de colocarse sus gafas redondas sobre la nariz—.

¿Conocíais los versos?

Armelle rio a carcajadas.

—No creo que se me deba llamar la mujer más bella del reino —«por supuesto que lo soy»— ni que Corcupiones merezca que se le designe como el «Infierno».

—Perdonadme. Soy de la capital. Para nosotros infierno es «Cor- cuión» y no podéis negar que se parece mucho a «Corcupiones».

La noble sonrió de lado. No conocía la referencia, y lo cierto era que le fascinaba la gente que conseguía enseñarle algo nuevo.

—Para vosotros todos los nombres tienen un significado. Me parece

fascinante esa costumbre.

El caballero sonrió de lado, observando la perfecta línea que creaba la mandíbula de la noble y que bordeaba su cuello antes de quedarse prendada en sus clavículas.

—Y… dígame, señor Blüme… ¿qué trabajo desempeñáis para el príncipe? —comentó la condesa desinteresadamente.

Las esclavas observaron a la condesa tirar de la punta de su guante justo por el dedo corazón. Sabían que cuando hacía eso era que la res- puesta le interesaba demasiado. El hombre, al contrario, sonrió como si estuviera metiéndose en un apuro.

—En realidad, mi condesa, soy un estudioso. Un catedrático. Un profesor. Un tedio aburrido de hombre que pasa el tiempo leyendo    y aprendiendo de la historia —E hizo un gesto entretenido antes de decir—: Por suerte, en el lugar del que provengo, los libros se veneran. No me he encontrado lo mismo en otros sitios.

Ella ignoró el hecho de que el joven no había contestado a su pre- gunta antes de dejarle continuar hablando. Había aprendido hace mucho que, si se mantenía en silencio, muchos hombres acababan con- tando aquello que uno no les sacaría ni bajo tortura.

—Hace ya tres años que el príncipe financia mi investigación. Si he de ser sincero, sus aportaciones económicas me han sido una verdadera ayuda.

—Entonces es eso —reflexionó en silencio Armelle tras su gélida máscara de cordialidad—. Este caballero aquí presente es solo un siervo de Iván.

Si los brazaletes pudieran abrirse a la orden de su Amo, el hombre que tenía en frente los llevaría puestos con el código de Iván estampado en ellos. De pronto, todo tornó sentido para ella. Con seguridad, aquel Blüme se había endeudado hasta que lo encerraron en una celda. Es- taba muy delgado para alguien que trabajaba para el príncipe.

Miraba a los lados de vez en cuando nervioso y se agarraba las mu- ñecas, donde se podían ver cicatrices de los grilletes.

Otros habrían llamado al señor Blüme la puta de Iván. Para ella, era un preso de guerra que sabía muy bien, tal y como ella entendía, que sería ejecutado en cuanto dejase de ser útil.

—¿Y cuál es su nombre de pila? —Tuvo el atrevimiento de preguntarle.

El hombre carraspeó un momento, miró a la ventanilla y murmuró como quien no quiere la cosa, en su propio idioma:

—Íodan. Íodan Blüme.

—Mmmm… entiendo Íodan. ¿Qué significa?

El invitado se movió nervioso en el sitio. Armelle sabía que se estaba pasando. Los herjmanskos comprendían la profundidad de la traduc- ción de su nombre en su propia lengua, pero que un extranjero se lo preguntase era del todo personal. Sin embargo, Blüme no podía ne- garse ante la mujer que iba a llevarlo a Raconntes. Así que pareció lu- char en su interior contra la incomodidad, antes de murmurar:

—Hombre libre.

Armelle no pudo evitar sonreír ante la ironía de aquella palabra. Los herjmanskos escogían nombres que designaban el carácter de su portador. No supo por qué, pero un terrible presentimiento acerca de ese hombre le recorrió la médula espinal. Iván debía de andarse con cuidado de tener a un hombre libre tan encadenado a su lado.

—No os he explicado de qué trata mi trabajo —comentó él, mos- trando la palma de su mano de forma conciliadora—. Estudio a los esclavos.

—¿A los esclavos? —Se extrañó ella.

—Efectivamente. Estoy haciendo un análisis sobre la capacidad de los esclavos. Hoy en día se les considera poco más que bestias. Objetos. Seres inferiores e incapaces de realizar ninguna tarea que requiera una formación o preparación previa.

»Si has nacido esclavo, entonces todo está sellado. Pero si te escla- vizan por el camino es que has sido tan estúpido como para romper una de las leyes que te lleven por ahí. Entonces, es que muy inteligente tampoco eres.

»Sea como sea, hoy en día se sostiene que aunque enseñases a leer a un esclavo, por ejemplo, este sería incapaz de comprender una pá- gina de una obra clásica. Aunque les enseñases a tocar un instrumento, no podrían componer una pieza hermosa. Aunque les dieses las herra- mientas, serían incapaces de discernir cómo usarlas sin una guía de un hombre libre.

—Como bestias —resumió Armelle abatiendo las pestañas. Íodan sonrió de lado.

—Eso es.

—¿Y vos creéis lo contrario?

—No solo lo creo, sino que, además, puedo probarlo. Los esclavos no se diferencian en nada a nosotros mismos, exceptuando en el trato que reciben y las posibilidades que se les da. Si alguien cogiese al hijo de un esclavo y lo criase como un hombre libre, este se desarrollaría como uno más. La idea de que son tan tontos que son incapaces de en- tender nada para mí no se sostiene.

Armelle soltó un suspiro de risa antes de apartar la mirada. Al otro lado de las ventanillas, el enorme puente de Raconntes se aproximaba. El hombrecillo, a través de sus gafas la miraba sin desistir en su empeño, convencido de ser capaz de arrancarle alguna frase más a la noble.

—Si eso fuera así, eso querría decir que deberíamos examinar sus derechos. El hecho de que puedan ser asesinados o torturados en cual- quier momento no cuadra con su idea de que son similares a nosotros.

Íodan se rio a carcajadas y un gesto de maldad e inteligencia atravesó sus gafas.

—Bueno… esas ideas son un poco revolucionarias, mi condesa. ¿Vos qué opináis?

—¿Sobre qué?

—Sobre el hecho de que los esclavos pueden estar más capacitados

de lo que se cree, con lo que podrían desempeñar oficios reales.

La condesa pensó inmediatamente en Jean Pierre. En su capacidad para mezclar plantas y aliviar dolores. En cómo sabía cuándo estaba ovulando y cuando iba a sufrir dolor. En sus masajes y su sabiduría ancestral. Pero en vez de ello, gracias a su prudencia, respondió:

—Esos son asuntos demasiado elevados para una mujer de provin- cias como yo.

—¿Para la condesa de Roizeron? ¿La mujer que ha salvado la vida de cientos de pobres y huérfanos? ¿La receptora de las plegarias de los niños? ¿La que recibe a la semana decenas de cartas de presos supli- cándole que interceda por ellos ante su marido? —Sonrió encantador Íodan—. No lo creo.

Armelle recordaría esa forma de definirla cuando, un par de horas después, bajaba del carruaje y se dirigía al enorme castillo de Raconntes. A diferencia de Laserre, este era un verdadero monumento fortificado, hecho y creado para la guerra. No había lugar para el arte, la pasión o la belleza en sus gruesos muros de piedra, su inmensa guardia fortificada o las caras de los Roizeron que la miraban por los pasillos.

Hizo que le llevasen agua caliente a sus dependencias, que sus esclavas le arreglasen el pelo y el maquillaje y que le cambiasen el ves- tuario antes de decidir bajar a cenar con su suegro. Lo temía por su mal carácter, su mal humor y porque, obviamente, ella iba a ser la culpable de no haber generado descendencia en dos años.

Para colmo, no dejaba de darle vueltas a la pregunta obvia que le asaltó en el carruaje. ¿Por qué pagaría Iván a alguien para que estudiase la capacidad mental de los esclavos? ¿Es que pretendía acabar con la burguesía y ocupar todos los puestos del Estado con esclavos fieles a su servicio y sin más interés que sobrevivir? ¿Podía ser tan estúpido?

—Mi adorada y dulce Armelle. —La recibió abriendo los brazos el dueño del castillo.

Ella sonrió con simpatía, como si el conde fuera la respuesta a sus plegarias de cada noche y no le provocase en realidad el más repug- nante de los miedos.

—Mi señor. Qué alegría de que me recibáis de esa forma. —Se apre- suró a besarlo en la mejilla, sin poder evitar percibir cómo los ojos de su suegro caían en su escote.

—Por supuesto. ¿Qué te pensabas? ¿Qué iba a ser como mi hijo y echarte de una patada en el trasero? Yo soy un hombre de honor —la increpó en un arranque de violencia él antes de indicarle a la mujer que se sentase—. ¿Puedo ofrecerte algo de beber?

—Agua, si sois tan amable.

Sabía que si pedía vino o algo más fuerte, podía hacerle recordar a Moncef Louis a su hijo. Y como todo el mundo sabía, no había nada en el mundo que le levantase peor humor al conde.

—Por supuesto, por supuesto —se repitió el hombre antes de sen- tarse, atravesándola con los ojos e ignorando su petición—. ¿Has sa- bido algo de…?

Hasta le daba asco pronunciar su nombre. Menudo padre…

—Mucho me temo que no, mi señor. Por eso quería hablar con usted. Últimamente mi reputación está siendo puesta en entredicho. La gente cree que no soy capaz de tener hijos.

—¿Y lo sois?

¡¡¡CÓMO SE ATREVÍA!!!

—Por supuesto, mi señor —le replicó ella sin mover una ceja en su perfecta cara de pura amabilidad.

Moncef Louis pareció frustrarse un momento. Se puso las manos bajo el bigote para pensar. A su alrededor se alzaban premios de caza, ca- bezas de animales muertos por todas partes, retratos de antiguos condes y barones, armas entrelazadas, escudos desplegados. En ninguna parte del gran salón se entreveía una estantería con libros, una obra de arte, un cuadro o un retrato de Ramiel. Era el único que faltaba en el gran salón. Sin embargo, Armelle sabía que en el cuarto de Laura había un gran retrato del conde cuando no era más que un niño de tres años. Al pa- recer, su padre ni siquiera lo consideraba digno de aparecer pintado en

un lugar público.

«Quizá cuando muera», no pudo evitar pensar para ella misma.

—En realidad, tengo un plan, Armelle. Estoy seguro de que lo en- contrarás del todo satisfactorio.

Le faltó añadir: «por la cuenta que te trae» a la afirmación, pero la dejó implícita. La condesa no pudo evitar tragar saliva ante la expre- sión salvaje de su suegro. Sabía de lo que era capaz. No era estúpida ni tampoco una inocente que no se informa antes de entrar en un castillo sin salida.

En aquel sitio, Franboiçe III agonizó hasta morir. Un antepasado de Moncef Louis había encerrado a su padre hasta que este se volvió loco y se mató. Se contaba que la fortaleza tenía más mazmorras y cámaras de tortura que habitaciones hábiles.

—Tienes que quedarte preñada.

—¿Cómo? —se sorprendió ella, no tanto por la orden como por el adjetivo que empleó para dirigirse a una dama de alta cuna como ella.

—Fuérzalo. Entra en su casa. No le admitas un no por respuesta. Descubre qué le gusta e imítalo. Grita si es lo que le excita. Pégale. Haz lo que sea. Pero quédate preñada.

Armelle era incapaz de creerse lo que estaba oyendo. Por un mo- mento, sus ojos azules se abrieron con estupor y su gesto se torció en un amago de sorpresa e indignación.

Por un instante en su vida, olvidó que debía parecer perfecta.

—Es esencial que le des herederos para garantizar el futuro de los Roizeron. No me importa cómo lo hagas, pero hazlo. Haz que se te eche encima. Que te viole si es necesario. Él no es estéril, eso lo hemos comprobado muchas veces.

La condesa tembló de indignación. Todo en ella se sacudía por la rabia. Las lágrimas temblaron en el interior de sus ojos, sus labios se abrieron con reticencia. Su pecho se negó a hin- charse en una nueva inspiración. De pronto, el corsé le pareció dema- siado apretado, sus guantes demasiado sucios y los zapatos demasiado incómodos.

Al fin, se estabilizó. Ella era la maldita dama más inteligente, diplo- mática y astuta de todo el reino. No iba a permitir que un bruto animal como Moncef Louis la desestabilizara ni un maldito instante.

—¿Y después qué? —lo increpó secamente.

—Después, cuando tengas un heredero varón, me lo traes. Yo me encargaré de criarlo y educarlo a la manera más adecuada.

—¿Y qué pasará con Ramiel?

Moncef Louis dejó que veintiséis años de decepciones pesasen en el ambiente. Él no había pedido un maldito hijo loco, una decepción te- rrible con la fuerza de sus genes en cada gesto de su cuerpo. Sin poder evitarlo, abrió la boca y con todo el desprecio del mundo, atravesó con sus ojos dorados a Armelle y respondió:

—Cuando tenga un heredero digno a Corcupiones, un hombre leal con la cabeza en su sitio, Ramiel no hará ninguna falta. Suelto es más peligroso que encerrado. Así que, por mí, si tú estás de acuerdo, lo me- temos en una celda y tiramos la llave. O lo que es mejor y menos com- plicado, lo matamos y punto.


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