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Capítulo 3 | Buenas noches, Jack


Noeux tenía fama en la casa de pasarse el día entero sin hacer nada. Sus únicas funciones, desde que se levantaba hasta que se acostaba, eran las de servir y anticiparse a los deseos de Ramiel Roizeron. Después de tres años de servicio continuado, en los que llegó a la casa cuando le acababan de poner los brazaletes definitivos, se había convertido en una experta en los apetitos, gustos y particulares anhelos de su Amo.

Sabía exactamente el tipo de vino que le gustaba tomar y en qué tipo de copas, cómo debía encontrarse la cama tras una larga cabalgata o incluso seleccionar la camisa que llevaría en función de sus cambios de humor. Sin embargo, cuando este no estaba cerca, no tenía prácticamente nada que hacer. Es cierto que podría haber ayudado al resto de los esclavos con sus tareas, y quizá eso le granjearía de nuevo la amistad de sus compañeras. Pero ya lo había intentado en su día y había fracasado.

En el momento en el que una empezaba a tomarse confianzas, acababa enfadándose cuando veía que Noeux tenía acceso a mejor mejor comida, medicinas, mantas en invierno y otro tipo de lujos con los que los otros solo podían llegar a soñar. Y Noeux no podía permitirse que le hicieran daño otra vez. No había tardado en llegar a la conclusión de que lo mejor era no mezclarse mucho. Su táctica era evitar a todo el mundo, ignorarles cuando la insultaban y refugiarse en los sitios donde sabía que no podrían encontrarla, como la habitación de su Amo. 

Cuando Ramiel salía de Laserre, ella se ocupaba de recoger su habitación, limpiar con delicadeza sus pinceles, guardar y clasificar sus cuadernos de dibujo, cambiar las sábanas de su cama e ir en busca y captura de los carísimos vasos de whisky de cristal que había repartidos por toda la casa. Luego, los lavaba con cuidado y guardaba todos menos uno, que colocaba estratégicamente en la bandeja con el resto de las botellas de alcohol.

Lavaba su ropa y la planchaba. Barría el suelo y sacudía las inmensas alfombras. Ponía nuevos lienzos en blanco a un lado de la pared. Repartía ceniceros por sus sitios favoritos. Y, después, esperaba al aviso de trompeta de los soldados inclinada en el marco de la ventana, dejando el tiempo pasar y tarareando canciones que le enseñaron cuando era pequeña. En los días en los que él se marchaba, Noeux comía el mismo rancho que el resto de los esclavos, pero no importaba. Solía estar tan malo que la mitad del tiempo se lo cedía a alguien más (gesto, que, por cierto, el resto consideraba arrogante y prepotente) y, así, cuando su Amo volvía, la encontraba, si cabe, más delgada y más encantadora.

Aquella mañana mientras paseaba por las áreas prohibidas de la casa en el tercer piso, escondiéndose de la mirada de algún soldado o de otro esclavo, Noeux se sobresaltó tanto por el canto de la trompeta que casi se cae por accidente dentro del área prohibida de Laserre.

Sobrecogida, comprendió en pocos segundos que su Amo se acercaba y echó a correr tanto como sus piececitos desnudos se lo permitían de vuelta a su habitación. Por el camino, vio cómo aquel sonido había trastornado la paz del resto de sirvientes de Laserre. En la cocina se afanaban en hornear pan blanco y en preparar algún plato de carne por si al señor le apetecía. Los soldados alineaban filas. Las esclavas fregaban el suelo del hall a toda velocidad para eliminar las huellas de los visitantes. Y Noeux, que debía hacer su parte también, corrió hasta sus dependencias y se lavó con fruición la cara, los brazos,

los codos, el cuello, las axilas y sus partes privadas. Después, ayudada de un pequeño espejito, se desenredó su largo y precioso cabello castaño claro con los dedos, deteniéndose en la zona tras las orejas, pues era donde a él le gustaba cogerla.

Se alisó el uniforme y buscó alguna mancha despistada. Después, hizo gárgaras con el agua y pasó los dedos por la hebilla del collar de cuero que llevaba alrededor de su cuello para darle brillo.

Para cuando había terminado, el sonido de los caballos frente a la casa le produjo un amago de infarto. Echó a correr por el recibidor, resbaló sobre el suelo de mármol y acabó delante de la puerta con una mueca de preocupación en su rostro antes de apoyar sus manos en los enormes portalones y franquearse a sí misma el acceso al exterior.

—Noeux, ¿dónde estabas? —la increpó la voz musical de él al verla, bajando con gracia de su caballo.

Estaba despeinado y mal afeitado, como si hubiese pasado la noche a la intemperie cabalgando durante horas. Noeux titubeó y miró al suelo, disgustada.

—Lo… lo lamento mi Amo. Creí que tenía más tiempo.

—No importa —murmuró él agarrándola por el collar de cuero y acercándola, antes de dejar caer un breve beso cargado de maldad en sus labios.

El sonido de algo al caer detrás del caballo la sacó de su hechizo antes de que Noeux viese a Cielarrel ahogar un grito de horror y dar un par de pasos hacia atrás. Entonces miró extrañada a su Amo, el cual sonreía, perverso, mientras se quitaba los guantes de montar y el abrigo y se los tendía a la esclava. Después, como si aquello no tuviese la menor importancia, tomó las riendas de su yegua y la movió lo suficiente como para revelar la causa de su buen humor.

Y Noeux no pudo evitar quedarse congelada en el sitio cuando vio al chico por primera vez. 

—Este esclavo será uno de los vuestros a partir de ahora — le aclaró con placer el noble — Aunque al parecer todavía no ha aprendido cuál es su sitio.

Entonces se encendió un cigarrillo con lentitud antes de ordenar con desprecio: 

    — Llévamelo al Hoyo.

La chica se quedó un instante congelada mirando al prisionero. A sus rodillas y los pies ensangrentados, sus manos retorcidas por la cuerda al lado de la silla y sus ojos, cargados de rabia y dolor, asomando sobre un rostro polvoriento y sucio. Se mordió el labio, nerviosa, tímida. Ella no debería interactuar con otros esclavos. No debía. Y menos con los que estaban en aquel estado. No era difícil imaginar que su Amo le había obligado a correr al lado de su caballo hasta que las fuerzas le habian abandonado. Entonces, simplemente dejó que este fuese arrastrándose contra el suelo.

En sus muñecas brillaban los brazaletes negros con el código estampado a un lado.

—A… mi Amo… ¿cómo?...

El conde ni siquiera le dejó terminar su pregunta, cortándola con un gesto de desprecio.

— He dicho que lo lleves al Hoyo. Yo me reuniré con vosotros en unos minutos. 

La niña se acercó con pasos temblorosos antes de que la mirada de odio que este le devolvió la hiciese retroceder un momento. Era tan… diferente de todo lo que conocía que se obligó a parar y examinarlo. Tenía los ojos verdes, del color de las aceitunas o de los campos de olivos que Noeux había visto de pequeña. Su pelo era negro como el carbón y la madera quemada y su piel, debajo de los cortes y el polvo, parecía del color de la harina, fina y delicada.

Estaba claro que no había ido descalzo jamás… debían de dolerle los pies una barbaridad…

—Amo,… - preguntó como una tonta - ¿cómo lo vais a hacer llamar?

Ramiel pareció sorprendido y divertido al mismo tiempo. Alzó las cejas con desidia, miró al esclavo y, tras examinarlo con ojo crítico de artista, anotó en voz alta:

—Ya que lo han condenado por asesinato, haremos que nunca olvide la razón por la que está aquí. Jacqueline, sin embargo, me parece un poco femenino —Se rio entre dientes—, así que lo llamaremos Jacques. ¿Qué te parece?

—¿Jack? —murmuró Noeux, contrayendo los últimos fonemas del nombre—. Está bien. Es corto, fácil de memorizar.

—Bien 

Noeux se volvió entonces con ánimos renovados al esclavo, que tosía sin parar. Estaba de cuclillas, mirando el suelo y sudando, intentando evitar apoyar las rodillas o los talones. Parecía dolorido… tan dolorido… así que se acercó a pasitos cortos, algo aliviada al ver que su Amo por fin había entrado en la casa. 

—Jack, voy a desatarte, ¿vale? —le informó como si le estuviera hablando a un animal rabioso.

Él la miró con el ceño fruncido y, al ver que se acercaba, se echó hacia atrás y cayó de rodillas.

¡SHIKAJ DEL ÈMA! —se le escapó a través de sus labios entreabiertos.

La niña abrió los ojos como platos. Entonces era eso… no hablaba corcupionés. Por eso no la entendía. 

Se levantó con la emoción recorriéndola, le hizo una absurda breve reverencia y salió corriendo en dirección a la cocina. Para cuando volvió con un cuchillo de cortar verduras y un cuenco con agua limpia, este ya había conseguido sentarse en el suelo. La niña sonrió al llegar, y al hacerlo el collar del cuello tintineó con ella. Entonces, le tendió el cuenco al chico, que la ignoró con un gesto de desprecio. 

«Cree que es algo malo» - pensó para sí misma - «quizás no espera que nadie sea amable con él». 

—Pero… ¡Mira! ¡Está buena! —Se llevó el cuenco antes de dar un par de tragos—. ¡MMMMMM! ¡Agua buena! —Trató de hacerse entender. 


Él la miró como si fuera imbécil antes de que ella cayera en su error. 


«Tonta, mira que eres tonta» 


Dejó el bol en el suelo, se puso de cuclillas para cortar la cuerda (habría sido más fácil si se subiese al caballo, pero un esclavo en la montura de un noble era tan ridículo como peligroso) y serró con habilidad hasta que las muñecas se soltaron.

El chico cayó hacia atrás, separó las manos y luego se las pasó por el rostro para quitar los restos de polvo y suciedad. Alzó la vista y, cuando la esclava volvió a ofrecerle el agua, la aceptó con un ademán de cabeza.

Estaba muy pálido y tenía profundas ojeras bajo los ojos. Parecía que siempre llevaba el ceño fruncido. Bebió con avidez, casi ahogándose en el contenido antes de comenzar a toser con fuerza, liberando el interior de su cuerpo del polvo de los caminos.

Después alzó la vista a la esclava que le había traído el bol y, en un susurro casi imperceptible, murmuró:

—Gracias.

Ella pareció emocionada al oírlo hablar en su idioma. Entonces, cogió la navaja, los restos de la cuerda y el bol y desapareció en el interior de la casa, dejando al chico solo fuera y permitiendo que otros esclavos se llevasen a la carísima montura del conde. El nuevo esclavo no tuvo tiempo casi de mirarse la planta de los pies con una expresión de asco y de preocupación antes de que la chica volviese.

—Ven conmigo —susurró, queriendo tomarle de la mano.

El recién llamado Jack intentó levantarse y trastabilló varias veces por el dolor, antes de conseguir estabilizarse. Sudaba por el esfuerzo y temblaba ligeramente mientras seguía a la chica al interior de la casa. El impecable suelo del hall se llenó de pequeñas marcas de pies de la sangre, conforme la niña lo iba guiando hasta una puerta mal oculta al otro lado del gran recibidor.

Si Jack hubiese estado en otras condiciones, habría admirado la inmensa escalera del vestíbulo que se bifurcaba en dos direcciones. Se habría percatado de que el suelo estaba revestido por mármol blanco y las paredes llenas de ornamentos decorativos, simulando las venas de un árbol que ascendían hasta una cúpula abovedada llena de nervios y grandes cristaleras.

Pero solo podía pensar en el horrible dolor de sus pies mientras se arrastraba ahora, escaleras abajo, hacia una habitación en el sótano, sin procesar en ningún momento adónde le llevaban. La grisácea y fría piedra le supuso un alivio a sus heridas abiertas antes de que ambos acabasen frente a una inmensa habitación, separada del resto del pasillo por una reja. Apestaba a muerte y a frío, y, mientras Noeux lo dejaba en un lado, ella misma se sentó en una esquina a esperar a su Amo. Temblando al encontrarse allí. En el Hoyo.

El Hoyo que tantas veces conocería.

Era normal que los esclavos le tuviesen pánico a aquel lugar. Al principio del pasillo había un inmenso armario encajado en la pared con todo tipo de instrumentos de tortura y de castigo en su interior. El lugar recibía solo la pequeña porción de luz que un tragaluz estrecho y rectangular se lo permitía en la parte superior de la celda y el de las lámparas mal puestas en las paredes.

Las piedras estaban negras por los bordes y llenas de manchas, como si se hubiesen llenado del sabor de la sangre y nadie hubiera podido quitárselo de encima.

De pronto, se escucharon unos pasos en la escalera. Ante la sorprendida mirada del esclavo, Noeux tembló en el interior de su uniforme, se hizo una bola y escondió la carita entre su largo cabello y sus rodillas. Entonces apareció él, en mangas de camisa y con un cigarro en los dientes, llevando algo en sus manos.

En aquel momento, en aquel instante iluminado tenuemente por la vela de la pared, fue la primera vez que el esclavo vio ese látigo.

—Ahora vamos a jugar a lo que yo llamaría… «la reconversión de un objeto tirado».

El primer latigazo le arrancó un alarido de dolor al esclavo. El segundo, que quemaba como el fuego y le mordía la piel, hizo que sus manos, encadenadas como estaban colgando del techo, temblaran en el sitio. El tercero lo dejó sin respiración.

Noeux apretaba los dientes con miedo mientras se encogía y lloraba ante cada nuevo golpe. Hacía lo imposible por no mirar al chico, por no procesar su dolor y su tortura, por no entender lo que estaba ocurriendo. Pero, aunque se centrase en ignorarlo, no podía parar lo que sucedía a pocos centímetros de su cuerpo.

Los esclavos en la planta baja miraban con disimulo la puerta cerrada del Hoyo y callaban, uniéndose en espíritu a aquel que estuviese abajo con el Amo.

Mientras, Ramiel sonreía con su cigarro entre los dientes, riéndose al ver la sangre del esclavo crear una mancha abstracta y dinámica sobre su camisa sucia, desgarrada y arrugada, mientras este se balanceaba colgando de las cadenas del techo. Le dio una nueva calada y, sin quitarse el cigarro de los dientes, lanzó su brazo hacia atrás e impulsó su látigo con toda la fuerza que tuvo sobre el cuerpo del esclavo. Noeux volvió a tratar de taparse los oídos, pero aquel dolor profundo, desgarrador y ciego estaba acabando con sus nervios. A ella misma le pareció abominable que fueran sus manos las que temblaban y no las del esclavo que tanto parecía sufrir.

De pronto, Jack abrió la boca y, jadeando por el dolor, susurró:

—Para… para ya, por favor. Ya es suficiente, para…

Más que una súplica, parecía una orden. Ramiel frunció el ceño con maldad, sonrió y descargó de nuevo con toda la fuerza que tenía otro corte que recorrió la totalidad de la espalda del chico, atravesándole de la cintura a los hombros. El esclavo apretó los dientes e inclinó la cabeza hacia atrás, en un semicírculo de dolor, antes de que los goterones de sudor que creaban surcos en su rostro cayesen al suelo.

Entonces, el Amo se detuvo un segundo, le dio una nueva calada al cigarro y contempló la espalda desgarrada, ahora ya desnuda y ensangrentada del chico.

—Sí, eso es lo que estaba buscando. Un cuerpo duro y joven, cargado de sangre y de arte que derrama su vida gota a gota —Paró para volver a aspirar una nueva calada de su cigarro antes de comentar—… esto es tan creativo...

Dicho aquello, tomó aire con fuerza y continuó con la tortura, golpe tras otro, restallando el látigo, echándose a reír al ver cómo el esclavo se retorcía y maldecía en su propio idioma, convirtiendo su ira, poco a poco, en un gemido de angustia.

Ramiel, entonces, colocaba su mano en la espalda herida y, con ojo crítico, pasaba el índice por las heridas abiertas, introduciendo el dedo hasta que el joven gritaba de nuevo y sonriendo al ver su propia piel teñida del color de la vida.

Y Noeux no los miraba. No se sentía capaz de ver aquel aspecto de desgarradora agonía, concentrada, como estaba, en balancearse de delante a atrás y en intentar evitar que largos lagrimones cayesen por su rostro. A cada golpe, la niña rebotaba ligeramente de su sitio y temblaba de nuevo, inconsciente de que había dejado que su uniforme se le resbalase del hombro y mostrase ahora su pecho al descubierto.

El conde paró durante unos segundos que le parecieron benditos al herido, se fijó por primera vez en aquel día en la esclava y se regodeó con su aspecto quebradizo, frágil, puro, depresivo y en aquellos ojos azules que temblaban clavados en el suelo. Sonrió con lujuria antes de decidir que había sido suficiente. Sin tomarse ni un segundo de contemplación o empatía, accionó la maquinaria para que las cadenas dejaran caer el peso muerto del chico sobre la piedra.

Este soltó un grito de sorpresa al notar la fría piedra contra su propio cuerpo. Permitió que lo desencadenaran como si fuera un perro lastimero, temblando y llorando del dolor, golpeando el suelo con su puño izquierdo y sin atreverse a hacer ningún movimiento por miedo a su propio martirio en la espalda.

El conde dio varias vueltas alrededor del esclavo con una mano en el mentón y la boca torcida, mientras el cigarro empezaba a apagarse poco a poco entre sus labios. Reavivó la llama, dándole una nueva calada y de una patada volvió al esclavo para verlo de frente, sonriendo más conforme a lo que veía.

—Bueno, no has quedado del todo mal. —Pareció querer consolarlo antes de echarse a reír y soltar una bocanada de humo sobre el rostro del chico—. Demasiado limpio en la cara, creo yo.

Dicho esto, se sacó una navaja de su bota, se agachó y le propinó un corte en la mejilla, en forma diagonal, dejando que la sangre se dispersara lentamente.

—Ahora está mejor —se burló de él antes de sacarse el cigarrillo de la boca y apagarlo sobre el hombro del esclavo.

Después, se volvió hacia un recipiente de barro de una esquina que había traído antes y sonrió de forma déspota, acercándose poco a poco al prisionero, todavía retorcido por el dolor. Lo tomó por el pelo para obligarlo a incorporarse a pesar del martirio que eso le acarreaba y, una vez que tuvo la cabeza lo suficientemente vertical, le acercó el recipiente a los labios y vertió unas pocas gotas en su boca. Sin esperar una reacción, se apartó justo a tiempo para verlo volverse de manera violenta y vomitar hacia un lado, ahogando unas convulsiones terribles. Sonrió una vez más, se apartó su rubio y cuidado pelo de la cara y, tras golpear al esclavo en el estómago, obligándole a abrir de nuevo la boca, le derramó el resto del contenido caliente en la garganta, sin permitirle girarse o escupir el contenido.

—No —murmuró el sometido en herjmansko, ahogando unas terribles arcadas que le obligaban a virarse y a abrir la boca, escupiendo los restos que quedaban en su interior—… ¿No tendrías que habérmelo dado antes?

—¿Y perderme el resultado de tan artístico cometido? —se burló él—. De eso nada

El noble se volvió entre carcajadas hacia la esclava, que continuaba en la misma posición que antes, con una de las mangas caídas hacia un lado y su pequeño pecho casi a la vista, sugerente e inocentemente mostrado. Se acercó como un animal que huele la carne fresca y la tomó de la muñeca antes de levantarla con rudeza del sitio, provocando que el rostro de ella se desencajara de la sorpresa.

Entonces, la llevó lejos de la vista del prisionero, hacia las escaleras de piedra que separaban el lugar donde el chico se desangraba, acorralándola contra el muro y quitándole el vestido por la cabeza. La esclava, desnuda, solo tuvo tiempo de suplicar que no le hiciera nada antes de que el conde le mordiera en el cuello, dejándole una nueva marca bajo el collar de cuero y continuando por el pecho y la cintura. Sus manos rozaron, veloces, los muslos de ella y la obligó a abrirse de piernas para recibirle, sin importarle que ella no estuviera preparada, ignorando los gemidos de dolor y las lágrimas que vertía cada vez que entraba y salía.

Los gemidos de placer de él se abrieron paso poco a poco por la mente empañada de Jack. Entonces, este frunció el ceño, sintiéndose al momento humillado y rabioso. Se volvió otra vez con las arcadas palpitando su garganta y un dolor acuciante y horrible que le paralizaba los dedos. Tenía la espalda en carne viva, no podía moverse del maldito dolor, se le iba la cabeza y, para colmo, tenía que estar escuchando los lamentos de aquella esclava al otro lado de la pared, sumados a los gemidos y risas de su maldito Amo. Volvió a golpear el suelo antes de notar un súbito tirón en la espalda.

Entonces, gritó de dolor.

Gritó destrozándose la garganta y el pecho, desgarrando parte de su alma y su sufrimiento en aquel alarido de dolor, sintiendo las arcadas, el dolor inflamado en los pies, los cortes en la espalda, en los brazos y, sobre todo, el frío, aquel frío penetrante que venía de los mismos muros de la habitación o de sus propios brazaletes, encadenado para siempre como un perro, preguntándose si quizá a él mismo también le pondrían un collar alrededor del cuello. Las lágrimas resbalaron por su rostro mientras gritaba, mientras desahogaba aquel terrible padecimiento por todo lo que había perdido y que nunca recuperaría, por haberse convertido ahora en un simple objeto a merced de un amo loco, por no haber podido luchar por su libertad, por su venganza, por todo, mareándose por culpa de la tenaz fiebre y con la certeza de que caería inconsciente si dejaba de gritar, si dejaba de vomitar todo lo que sentía.

—¡MALDITOS SEÁIS TODOS!

Y antes de poder mantener la conciencia una vez más, antes de escuchar cómo Noeux caía al suelo entre llantos después de haber saciado a su Amo, escuchó aquella risa penetrante, aquella risa burlona y esquizofrénica que se le clavaba en la mente, llevándosela en su sueño, junto al rostro de su amo que ahora le miraba desde las alturas, con aquel rostro de implacable poder.

—Buenas noches, Jack.


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