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Capítulo 4 | Melifluo


Si alguien, aunque fuera una simple persona, le hubiera anticipado a la condesa que aquella velada con sus iguales la iba a sacar de sus casillas, quizá esta habría escogido un corsé menos ceñido. Aunque fueran solo unos centímetros. Lo mínimo para que el resto fueran conscientes de lo superior que era a sus esfuerzos ridículos por sacar de su pobre imagen una belleza con la que no habían nacido. 

Vamos, lo habitual en cualquier velada con Armelle. 

Pero no, ahí estaba. Rodeada de la más alta cuna, bebiendo té de camelia y rosas con aquellas odiosas mujeres cuyo máximo mérito era haber heredado, o haberse casado, con fortunas o personalidades más interesantes que ellas. Las había citado, como cada tarde cada quince días señalados en su agenda, en su precioso salón Régence de su magnífica mansión en Mérimée. La estancia estaba iluminada por las inmensas vidrieras por las que se veían los exquisitos jardines poblados de rosas blancas y parterres divinamente recortados.

Las paredes estaban recubiertas de paneles de madera con ornamentaciones de plantas en tonos rosas palo y marfil. Hace quince días, la estampación era en azul pálido, pero las modas cambiaban al mismo ritmo que los caprichos de la condesa y esta se veía continuamente abocada a una reforma tras otra y a la renovación total de los muebles de su salón. Y últimamente, dicho fuera de paso, empezaba a aburrirle tener que ocupar sus horas con esos “proyectillos” caseros con los que dilapidaba la fortuna de su marido. 

Sonrió a algún comentario que ni siquiera se dignó del todo a escuchar antes de parpadear encantadora frente a sus invitadas. Las señoras se sentaban rodeando una preciosa mesa baja de mármol y oro que desbordaba bandejas con dulces de todas las clases y tazas de la más fina porcelana.

Todo se suponía que era perfecto. Aun así, siempre aprovechaban ese día para sacar de sus casillas a la preciosa y perfecta Armelle.

—Querida, hoy me ha comentado Pietro que os vieron con el Sr. Belavowski en el club de campo. Si no estuvierais casada, sería todo un escándalo — la provocó Renata Boulabay—. ¿Os lo imaginais? La comidilla de todos los salones.

Armelle pasó por alto el hecho de que la gorda baronesa, del tamaño de un carro de combate, no apreciara que ahora estaba sentada en su maldito salón y que aquel comentario podría considerarse rudo e incluso maleducado. Pero no por ella. Porque si de algo podía enorgullecerse la disciplinada noble, era de ser una buena política.

—Bueno, seguro que M. Chatêz te mencionaría también que estuvimos en todo momento en la cafetería o paseando por los jardines, a la vista de todo el mundo. No me atrevería jamás a verme a solas con un hombre. —Miró con una sonrisa de fingida resignación a su compañía antes de añadir—: Ya sabéis cómo es mi marido.

—Sí, sí… Por supuesto. ¡Era solo una broma! —aclaró con rapidez la gorda baronesa.

—¡Por supuesto! ¡Cómo eres! —repitió como una tonta la vizcondesa de Zatoy.

Armelle sonrió modestamente e inclinó la cabeza hacia un lado con galantería. En realidad, sus compañeras no sabían cómo era en absoluto. No eran capaces de percibir que la cubertería era de plata con pequeños rubíes engarzados y que la noble había hecho que Naya le sacase brillo con dos horas de antelación a cada pequeño detalle. Tomaban las exquisitas tazas de porcelana de Flavenzza sin sopesar la delicadeza de su peso o la suavidad de su material. Miraban a Armelle y envidiaban su preciosa piel, sus formas de moverse, sus modales y su dulce voz, sin saber que todo ello estaba ensayado hasta la extenuación.

De hecho, la condesa reservaba tres horas cada mañana para su habitual rutina de belleza, el cual incluía un baño matinal de rosas vírgenes, un tratamiento a base de miel, manzanilla y nopal para su cabello y una revisión de sus cejas y uñas. Armelle estaba convencida de que las manos eran el centro de las miradas de una mujer de la corte, y que tenerlas demasiado oscuras, con las uñas sin cuidar o con algún rasguño, denotaba falta de clase y de buena cuna.

Por ello, ella contaba en su colección con más de sesenta y tres pares de guantes para diferentes ocasiones. No solía salir de su casa sin emplear alguno de ellos. Todos estaban delicadamente hilados con los mejores materiales y, aun así, pasaban desapercibidos por el exquisito vestuario de la noble.

Había llegado hasta tal punto en la preocupación de su estética que había comprado a Metis y a Selene a un mercader específico que entrenaba a las esclavas en las delicadas artes del peinado y el servicio a las damas de alta cuna desde que nacían. Metis rizaba el rubio y perfecto cabello de ángel de la mujer con tenazas calientes, mientras Selene preparaba su ropa interior de la más dulce seda y le iba colocando a su dueña los más deliciosos corsés, combinados a la perfección con los vestidos a la última moda.

Y, aun así, la condesa no resultaba nunca excesiva. No, no… nada como esos repugnantes nuevos ricos que llenaban su atuendo con lazos y otras decoraciones abultadas, onerosas y grotescas. Como si quisieran decirle al mundo: «Eh, aquí estoy. Tengo un título nobiliario».

No…

Armelle, como toda mujer que nace y se cría en la más extrema riqueza, no tenía ninguna necesidad de recordarle a sus iguales que era superior a ellos. Por poner un ejemplo, su matrimonio ya se lo indicaba sin necesidad de ese tipo de fruslerías absurdas y ridículas.

A pesar de la cantidad de tiempo que Armelle dedicaba en el estupendo cuidado de su cuerpo, su vestuario (que cambiaba tres veces al día, según la ocasión, situación, acompañantes, tiempo, humor y alineación astral de sus hormonas femeninas), aún tenía mucho tiempo libre para dedicarlo a otros asuntos más elevados. Como reunirse con M. Chatêz, el hombre que la baronesa (que ahora devoraba su tercer pastelito ignorando que se le había quedado algo de crema prendida a uno de los pliegues de su inmensa papada) había llamado con toda la falta de cortesía, Pietro. 

—¿Y qué te hizo ir a ver a alguien tan vulgar? — inquirió de nuevo la baronesa — No es propio de ti ver a plebeyos.

Armelle sonrió como solo lo haría una amiga a otra en la más profunda de las confianzas femeninas, pero en el fondo la detestaba. ¿No llevaba demasiado escote para su edad?

—Es el administrador de varias de mis propiedades y veía necesario renegociar un contrato. La verdad es que estoy encantada con sus servicios. Hace que me ahorre muchos problemas —aclaró.

En ningún momento dejó traslucir el tremendo asco que le producía que una mujer con poder y dinero se atiborrara como si no se pudiera permitir los pasteles en su propia casa.

Bueno… quizá no se los podía permitir… al ritmo que comía… Ju,ju,ju…

A Armelle le parecía lógico y normal que las clases populares comiesen hasta reventar. Ella misma se aseguraba de que sus esclavas estuviesen bien rellenitas. Necesitaban toda esa comida por el extenuante trabajo manual que realizaban cada día. Si no… ¿de dónde iban a sacar las fuerzas?Una de las debilidades de la condesa eran los esclavos hambrientos, los pobres y la gente que vería un pastel de la misma forma que lo hacía aquel ballenato de baronesa.

—Pero…, querida. Esa ocupación es más propia de los hombres. ¿Es que acaso tu marido no tiene tiempo para administrar sus propiedades? —Saltó entonces con malicia Mme. Zatoy.

Un relámpago de rabia cruzó la médula espinal de la aludida. ¿Cómo diablos se atrevía? No esperaba que mujeres tan planas e inútiles como ellas entendiesen el horrible tedio al que se enfrentaba Armelle cada día de su vida y que la llevaba a buscar negocios, oportunidades, fundación de algún orfanato para la beneficiencia y renovaciones continuas de su vestuario, pero no hubiera estado de más que hubieran heredado algo de educación. Inmediatamente, mientras Armelle sonreía con toda la dulzura del mundo, empezó a planear cómo iba a vengarse de aquel comentario. Cómo iba a arrebatarle a Boulabay cada una de sus explotaciones comunales ganaderas y sus ridículos campos de cultivo. 

—Oh, Ramiel está muy ocupado en estos momentos. Ya sabéis que ADORA el campo y que tiene una maravillosa y muy prolífica actividad artística.

Mme. Zatoy alzó una ceja inquisidora. A diferencia de su amiga, a la que acompañaba a todas partes, la vizcondesa era una espiga enjutada y estirada. Todas sus facciones llamaban la atención por tener la nariz ganchuda de una bruja, la barbilla saliente de una verdulera, los labios de una funcionaria y los ojos de un ave rapaz. No era ni atractiva, ni inteligente, ni rica, ni poderosa. Pero por alguna extraña razón, la baronesa la adoraba y ella sí que era lo bastante rica como para que Armelle la incluyese en su purgatorio azucarado personal.

¿Hemos mencionado ya que Zatoy tenía un impronunciable nombre que a todas luces provenía de meviat? Muy vizcondesa y lo que tú

quieras, pero… ¿de Meviat? Su sangre era tan vieja como una manzana recién recogida y aplastada contra el suelo. Para colmo, su voz chillona era capaz de matar a los periquitos más dulces de todo Corcupiones.

—Ya… ya… Es solo que…, querida —Se rio con el mismo pitido que suena en los tísicos antes de morir—... nunca hemos visto ninguna de las obras de tu marido.

La baronesa se atragantó de la risa. ¿Cuántos pasteles llevaba ya?

¿Seis?

¿Siete?

Como siguiese a ese ritmo, no habría riqueza en el mundo que pa- gase por tanta tela a la hora de vestirse.

—Es que, gracias a Medha, madame, no tenemos la necesidad de vender o exhibir sus cuadros para mantenernos.

El cuervo ganchudo empalideció ante aquel comentario. Por un momento, la vizcondesa se preguntó si Armelle sabría de la venta privada de obras de arte que había realizado, con mucha discrección, entre su círculo más privado de amigos para poder hacer frente a unos impagos que se les echaban encima. Pero no, era imposible. Y ella sonreía con tal candidez que no se le podían buscar segundas intenciones.

Por supuesto, Armelle lo sabía. Lo sabía todo de la corte. Pero se hacía la tonta. Era más lucrativo.

—¡Por cierto! ¿Os habéis enterado de lo de los Navarro? —clamó de pronto Marelèi Démeter, despertando por fin del aburrimiento.

Fernanda de Bispo saltó de su sillón, molesta al oír el nombre de sus vecinos de Bethania, que tantos problemas le habían causado en el pasado. Frunció su naricilla y, con un golpe de muñeca, abrió un abanico negro de madera con pequeñas florecillas pintadas a mano.

—Un escándalo, sin duda —clamó emocionada y dando pequeños botes en su sitio Zatoy.

—¿Qué pasó? ¿Qué pasó? ¡CUÉNTALO YA, NIÑA! —chilló entonces la baronesa. 

Las migas de los pasteles mancharon la preciosa tapicería de los sillones de Armelle. Y esta se mantuvo impertérrita sin mover un músculo de su gentil y educada sonrisa. Ni siquiera la varió cuando la mano de la baronesa, como ruedas de carros y llena de anillos que cortaban la circulación de sus dedos como salchichas, tanteó la bandeja de plata en busca de un sándwich de pepino.

Metis, observadora, rellenó la taza de la invitada de su Ama y se retiró a preparar una nueva tetera, consciente de que la baronesa necesitaría mucho líquido para bajar lo que estaba comiendo.                                                                                    

—Pues, veréis. Dicen las malas lenguas que está embarazada.

—¡EMBARAZADA! Pero… esa niña no se casó ¿o se casó? — inquirió Zatoy con un agudo gritito de ave raptora — ¿se casó sin que lo supiéramos? 

—No… No —Pausa dramática, la baronesa mantenía la boca abierta por si alguien le encajaba dentro una tarta entera—… NO. Eso es lo fuerte.

—Llevo muchos años diciendo que esa niña no estaba bien —se excusó Fernanda como si se tratase de su propia hija—. Salía a caballo como un hombre, vestía de forma extraña y… —Suspiró agotada.

Las damas se miraron. Un periquito chilló a lo lejos, y Metis llenó la taza de todas las asistentes con té hasta la mitad. Luego, rellenó lo que faltaba con un chorrito de orujo.

—¿Qué van a hacer los padres? ¡No está casada! Ahora nadie la querrá ni regalada.

—¿Es financieramente estable la familia Navarro? —preguntó con curiosidad la anfitriona de la fiesta.

—No. ¡Eso es lo fuerte! —se repitió Marelèi—. Están arruinados. Muchas propiedades y campos de cultivos… pero nada con que hacerle frente a un invasor.

—No necesitan un ejército para defenderse de nadie. Bethania es un país estable y en paz. —Trató de desviar la conversación Fernanda.

—Ahora que su honra está manchada, los muy burros de sus padres han amenazado con matarla.

—¿Y qué iban a hacer? ¡Menuda desgraciada!

—Matarla desde luego no. No tienen otros hijos.

—Yo haría que mi marido la azotara con el cinturón hasta que abortase. La muy desgraciada…. Con todo lo que se ha tenido que esforzar su familia por acallar las habladurías de que simpatiza con los campesinos…

Marelèi, que parecía que iba a estallar de la bomba que tenía en su interior, saltó de su sitio.

—¡PERO ES QUE NO OS HE CONTADO LO PEOR!

—Oh, querida —Devoró su cuarto sándwich la baronesa, llevándose la taza de té a la boca para remojar la masa—, no puede haber nada peor.

—Lo hay. lo hay. —Chasqueó la lengua con un brillo maléfico y su bigotillo negro bailó al ritmo de su frenético corazón. 

Esperó.No solo era vulgar hablando y comentando las desgracias ajenas con esa ligereza propia de las clases inferiores. No. También le gustaba ser el centro de atención. Armelle lo relacionó directamente con una forma de intentar paliar el terrible efecto que producía su horrendo vestido gris de volantes que, todo hay que decirlo por honor a la justicia, había repetido por tercera vez aquel año. Quizás era buena idea poner a algunos de sus inversores en contacto con la familia Marelèi. Siempre y cuando los intereses que generase su deuda acabasen en las arcas de Armelle, por supuesto. 

—Dicen que el padre no es un hombre.

La baronesa se empezó a reír de manera desproporcionada. Fernanda se avergonzó tanto que escondió su rostro tras su abanico, y Zatoy lanzó un graznido similar al de un ave al morir.

—¡¿QUÉ?! ¡Pues no se va a embarazar de una oveja! 

Qué bruta era, por amor de Dios.

—Piensa, vizcondesa, piensa. Si no era un hombre… pues era… — Quiso extender su momento de fama la otra.

La baronesa parecía que iba a morirse de la risa. Ojalá fuera así…

—De una mujer no puede quedarse una embarazada, y está claro que la Navarro esa no es una enviada del señor.

—Qué ultraje, Dios mío, qué ultraje. —Se abanicaba con vehemencia la vecina de Bethania.

—¡Si no era un hombre, era un esclavo! - escondió una arcada la mujer, escondiendo el placer que le provocaba soltar ese tipo de comentarios escatológicos. 

—AHHHHHHH —chilló Zatoy, negando con la cabeza rápidamente—, nonononononono.

—Pues sí. Era un esclavo norteño. Una buena pieza, al parecer. Muy guapete y joven. Estaba en su servicio personal.

—Siempre he considerado muy vulgar que una dama tenga esclavos masculinos en su servicio personal. A no ser que, por supuesto, esté debidamente castrado. 

Armelle parpadeó ante aquel comentario, pero no se dejó traslucir el hecho de que ella misma contaba con un médico y las veces chamán dentro de sus esclavos. Jean Pierre aliviaba sus dolores menstruales, le masajeaba los hombros y controlaba a sus esclavas a la perfección. Todo el mundo creía por error que Jean Pierre era un eunuco, así que… bien por ella. 

—Su padre mató al esclavo a golpes en un patio del castillo. Fue justo cuando se supo que ella estaba embarazada.

—¿Cómo se llama la chica? 

—Jimena. Jimena Navarro —murmuró Fernanda—. Es hija de Pablo Landers y Rigoberta Navarro. Son marqueses…

—Lo que tú quieras. Mis hijas tienen el doble de honor que esa marquesita abierta de piernas para que un esclavo le haga un bombo antes de casarse. Hay que ser torpe…

Armelle inclinó la cabeza hacia un lado. Tanto parpadeo de abanico estaba empezando a marearla y era evidente que no podría beneficiarse de la desgraciada situación de una familia noble ya desgraciada de por sí. Así que decidió cambiar hábilmente el curso de la conversación. 

— ¿Matarla? No creo que Su Majestad esté demasiado de acuerdo con esa decisión. Suele ser bastante permisivo con las locuras de la juventud ¿no es cierto? - sonrió diplomáticamente - Como el noviazgo del príncipe. 

— ¿Qué príncipe? ¿Iván?

— Pues qué príncipe va a ser - gimió Fernanda Bispo - si el otro está muerto. Que Ahmre le dé un juicio justo y vuelva pronto a la tierra. 

—Me caía mejor el joven —admitió sin contemplaciones la baronesa, mostrando muy poco tino en cuanto a política —El que murió de meningitis

— Ese no podía ser rey si se lo lleva un invierno.

—Ya. Pero Iván es un poco inmaduro. No sé… me da una espina rara. Se parece poco al padre.

—¡MADAME! —Se escandalizó Marelèi.

—No, no… Si no insinúo nada. Es solo que va a casarse con una mujer de posibilidades muy inferiores a las que esperaría de un Croisovert, y… ella tampoco me gusta. Va por ahí con pelucas baratas, apestando a colonia, habla cuando no le toca… y se dice que a veces repite vestido.

Marelèi miró a otro lado, como queriendo dejar pasar el asunto y hacerse invisible en su vestido funerario gris. Armelle no pudo evitar mostrar una leve sonrisa de placer desde su impecable y lujoso atuendo.

—Una tragedia lo del joven Rodrick. Todos esperaban que fuese al menos un buen ministro.

—Apenas se le veía en la corte… por Dios. Muy inteligente, hábil y lo que quieras, pero tendría que haber hecho un poco más por conocer a sus futuros súbditos.

—Era solo un crío cuando murió. No deberíamos hablar mal mal de los muertos.

—Ya, pero es que yo y otras tantas como nosotras solo lo conocemos por el nombre.

Armelle aguantó estoicamente las tonterías de sus invitadas durante cuarenta y cinco minutos más antes de empezar el nuevo ritual de despedida. Pero su mente ahora solo navegaba alrededor del comentario desafortunado de la baronesa sobre su marido. Como siempre, cualquier mención al rico y excéntrico hombre con el que se había casado le provocaba la crispación y la ira de la que odia que ciertas cosas escapen a su control. 

Y, además, no podíamos olvidar que Armelle se aburría. Se aburría soberanamente sobre sus zapatos de tacón, sobre su carísima alfombra y en aquel palacio apartado donde tenía que escuchar los comentarios capciosos de esas… damas, insinuando que algo pasaba con su marido. 

Porque era evidente que algo ocurría dentro de un matrimonio joven al cual no se les ha visto juntos en ni un solo acontecimiento social desde su boda. 

Armelle se apretó ligeramente la sien mientras las ricas aristócratas se levantaban destripando a la joven Navarro, rajando sobre algún modisto deslucido o burlándose del tocado de alguna señora en la ópera. 

Luego, por fin, se levantaron un poco mareadas a causa del calor (más bien del orujo) y con el temple algo más animado.

Muá, muá, muá, lo he pasado genial. Muá, muá, muá, a ver si nos vemos más.

Muá, muá, ricos los pasteles, pero los he probado mejores. 

Muá, a ver si vemos algún día a tu marido.

En cuanto se quedó sola, Armelle se deslizó lentamente sobre el borde del sofá antes de cerrar los ojos para evitar una jaqueca que empezaba a palpitar contra sus sienes. Zatoy estaba pasando apuros económicos, y si su orgullo la mantenía suficientemente calladita, era posible que Boulabay no se enterase a tiempo para salvar la mansión de Sielbe que Armelle estaba comprando, a un precio más que ridículo, a través de uno de esos “plebeyos” que tanto ellas habían criticado. Y Fernanda de Bispo… dios bendito, si fuera más mojigata sería una sacerdotisa de Legiah, pero eso no quitaba que su familia poseyera exactamente el tipo de mineral que necesitaba Armelle para construir su puente. 

Suspiró cansada cuando notó la presencia de Metis detrás de ella. ¿Por qué este juego, ya no la divertía? Era todo… tan fácil. 

Mi Ama, os esperan en el taller de Mesié Gonzo a las seis. ¿Queréis cambiaros de vestido? 

Suspiró otra vez. Menuda formalidad más estúpida. Claro que tenía que cambiarse. 

Sí, dame un minuto, Metis. 

Otras dos horas para librarse del corset, el vestido, la camisa y las enaguas para volver a empezar el proceso de convertirla en una muñeca que el resto envidiasen. Luego, tenía que verse con Alphonse en Le Bastillons y por último acudiría al teatro a ver la última obra creada por Revolèt. Tantas tareas, tantas obligaciones, y sin embargo seguía notando que aquel no era su sitio. Que no importaba lo que hiciera para acallar las habladurías. Por muy bien que maquilles un párpado, no servirá de nada si te han arrancado el ojo.

Tiene correo, Mi Ama - se inclinó respetuosamente frente a ella Naya.  

Sonrió de forma automática y estiró una perezosa mano, apartando los ricos sobres decorados con joyas, lazos y todo tipo de fruslerías que buscaban llamar la atención de la joven más influyente del territorio. Entonces, reparó en el pequeño papelito doblado en cuatro, con manchas de dedos sobre el envoltorio, claramente fuera de lugar sobre la fuente de oro blanco. 

Estiró la mano y lo tomó muy a su pesar con sus guantes blancos. Luego tomó aire para darse fuerzas a sí misma y levantó las cejas con un mohín de decepción. Era él. Estaba claro. 

Mi muy querida Condesa:

Mis pensamientos siempre están con vos. Hemos pasado muy cerca de Mérimée, pero no hemos podido detenernos. Para mí fue muy duro ver alejarse los caminos que me llevarían a vos. Sé que nos hemos visto poco, pero no puedo olvidar la amabilidad con la que me tratasteis aquella noche y no puedo dejar de pensar en cómo podré pagaros el favor.

Vuestro esposo tenía prisa por volver a Laserre. Ni siquiera hicimos un alto en los otros castillos. Creo que en los próximos meses estará de mejor humor y podré abordar el tema de vuestra mudanza a Laserre de otro modo. Intentaré persuadirle. Solo… tened paciencia. 

Sabéis que no hay nadie en el mundo con más interés en vuestra mudanza que yo mismo. 

Tuyo.

La carta no iba firmada. Sin embargo, eso no impidió que los ojos de Armelle se cerraran en un deje de odio antes de lanzar el papel arrugado a la chimenea. Juntó las manos enguantadas, odiando a ese mequetrefe que había escrito aquellas dulces palabras, pero, sobre todo, molesta con el hombre con el que se había casado y que, tras dos meses de la boda, la había recluido en Merimeé y se había marchado a Medha sabía dónde.

Dando lugar a habladurías. Problemas.

Comentarios.

Cotilleos.

Y desvirtudes.

Subestimando todo lo que su mujer podía hacer para atarle de una vez por todas a su legítimo lugar. El lugar del cuarto heredero a la corona, el hombre más rico del reino y el marido de la mujer más bella de toda la península. El lugar que ella le exigía al conde Roizeron.


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