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Capítulo 12 | Ambiente caldeado


Para empezar, no sabía qué cojones hacía ahí.

¿Era acaso una casamentera? ¿Estaba alguno de ellos interesado en invertir sus fortunas personales en planear una huida o en crear una revolución interna que los llevase a generar un estado autosuficiente en pleno centro de Laserre?

¿No?

Entonces… ¡¡¡¿por qué cojones tenían que realizar esas reuniones en su habitación?!!!

Frente a él, Alekj se agarraba la pierna herida y miraba con pena a sus compañeros, en especial a la morsa de Varo que había secuestrado una de las camas y la había mandado poner contra la pared para mantener la espalda resguardada.

Safah, Crebensk y Yermien permanecían contra el muro. Aunque resultara extraño, Crebensk tenía una marca roja en un pómulo que poco a poco parecía que se le iría poniendo morada. Varo, como si estuviera en pleno trance meditativo, juntaba las yemas de los dedos frente a su diminuta y femenina nariz.

Todos parecían bastante calmados para lo que suponía la situación. Leví soltó un suspiro de cansancio antes de acomodarse mejor sobre su cama. Maldijo cada segundo en el que se planteó volver pronto a la habitación a ver si comenzaba a entrar en calor y se reponía del duro trabajo de la semana. Porque claro, cómo iba a saber él que convocarían a toda la puta tropa de payasos en SU HABITACIÓN para hacer aquellas estúpidas negociaciones.

Claramente, el universo le estaba jugando una mala pasada. Era como si todos los dioses se hubiesen reunido en el cielo alrededor de canapés y pequeñas copitas de vino dulce para reírse de sus desgracias.

Y cómo no, siempre que había drama y violencia presente, todo partía de ¡ÉL!

Jack agarraba a Alekj de la camisa con una sola mano, como si le sobrara fuerza y espacio para hacerse cargo del resto de imbéciles que se le acercase.

Alekj parecía recién sacado de una pileta en la que lo hubieran sacudido con remos de madera durante horas. Tenía el uniforme rasgado, la cara abultada, las manos contraídas en gestos absurdos y un precioso e impresionante moratón de todos los colores del puto arcoíris en un ojo.

El subnormal que le había provocado aquello estaba a su lado. Era lo bastante estúpido como para pegarle en la cara a otro esclavo, un año y varios meses después de entrar en la casa. En ese tiempo, había sido azotado, matado de hambre, humillado, golpeado y obligado a trabajar hasta la extenuación varias veces.

Pero ahí seguía, obstinado e impulsivo. En la península del Reloj de Arena tenían un nombre para ese tipo de personas. Y las llamaban…

—Te traigo a tu pelele —espetó con rabia Jack, lanzándole a Alekj a los pies de Varo—. Ha ido por ahí diciendo estupideces de «compein»,

«compein» —Forzó el acento de corcupionés al pronunciar la palabra

«compañero»— y amenazas sobre lo que ibas a hacerme cuando te enteraras de esto. Pues bien, te lo he traído para que te lo comunique en persona.

Varo entrecerró sus ojillos de porcino y los clavó en Jack. Leví sabía que el cerdo humano era un hombre paciente. Pero también era el tipo de persona que se había comido a uno de sus enemigos, cortándolo en pequeños pedazos y asándolo mientras este todavía estaba vivo.

Y, aunque Jack no lo supiera, podía empezar a plantearse que el hecho de meditar cuáles iban a ser las consecuencias de sus acciones era una buena estrategia de supervivencia.

Porque estaba claro que a aquello no le había dado muchas vueltas.

—Bueno, chico. Explícame por qué has decidido —Hizo una pausa dramática señalando a Alekj con la palma de la palma con lentitud— disciplinar a mi socio.

Jack sonrió ante la palabra socio. Cuando hacía eso, sus ojos brillaban con la ferocidad de los imbéciles que se lanzan a un estanque repleto de espadas.

No, no había pensado mucho eso. Estaba claro.

—Digamos que me he tomado la justicia por mi mano por cierta azada que desapareció —Sacudió a su presa— y de la cual este tarado es el responsable.

—¿Tienes pruebas? —inquirió Varo. El resto callaban como putas.

—Podemos empezar con su maldita confesión. —Torció el gesto el esclavo—. ¿No es así, compein?

Pero ni un puto minuto de meditación.

Varo calló con prudencia. Tomó aire y al hacerlo su papada se sacudió graciosamente, como si estuviese llena de agua y grasa en idénticas proporciones. Leví se pasó la mano por la frente, demasiado agotado por el día como para tener que soportar aquello. Le habría gustado envolverse en su manta y quedarse en una esquina, pero eso le habría hecho parecer débil.

—Bueno, chico. Entonces, si lo entiendo bien, Alekj te robó la azada y tú pagaste por ello. Así que le has pegado una paliza para resarcirte.

¿Voy bien? —explicó la Morsa, viendo cómo el otro callaba como único asentimiento—. Pero no has tenido en cuenta algo. En cuanto el viejo cante por la mañana y Alekj llegue donde están los capataces, les dirá que le has pegado una paliza. Seguro que no conoces esto con el mismo cuidado que yo, pero la Ley de los Croisovert, emitida en septiembre del 789 de nuestro Señor, implica que todo esclavo que dañe la propiedad de su Amo, ya sea un animal, una herramienta u otro esclavo, recibirá un castigo proporcional no inferior a sesenta latigazos. Estoy seguro de que el conde conoce esta ley y estará encantado de ejercer la justicia del rey con su propia mano. Pero, además, los capataces te odian por tus acciones anteriores. Así que yo me imagino que se cebarán contigo, te harán trizas, te cortarán una maldita mano y luego te entregarán al conde. Aunque le suplicases piedad o dijeras que nos lo hemos inventado, aquí somos seis testigos de que lo apalizaste. En otras palabras. Estás jodido, chico. Así de imbécil eres.

Jack lo miraba todo sin cambiar la expresión. Leví, que, aunque no se consideraba el hombre más inteligente del mundo, tampoco era tan imbécil, vio que en los cálculos de Varo lo habían incluido.

Ya estaba. Jodido. Y todo por hablar el puto herjmansko. Podría haber cerrado su maldita bocaza aquel día cuando le preguntaron si era capaz de entender al retrasado del novato.

—Conozco las leyes de los Croisovert —le dijo muy serio el chico—.

¿Te sabes también la de enero del 745 sobre el Tratado de Regulación de Esclavos? —El rostro de Varo se puso lívido—. Cualquier esclavo que yazca con una esclava sin permiso expreso de su Amo será penado con la castración y, en el caso de estar embarazada la chica, empalados ambos. No sé si os habéis fijado que Amnes se ausenta a menudo del campo para vomitar. Está mareada y no retiene nada en el estómago. Ahora, yo no soy ningún experto en medicina, pero Amnes pasa mucho a verte a tu habitación, Varo. Creo que, en este caso, más que el capataz, será Joshua el que esté muy interesado en esta información. En otras palabras, van a sacarte las putas tripas como tú o tus perros abran la boca.

Varo fue a interpelarle cuando Jack, sin cortarse ni un pelo, soltó:

—O también podríamos hablar de por qué un esclavo tiene siete mantas en su habitación y varios uniformes, calcetines o incluso instrumentos de la cocina. Podríamos investigar por qué la mitad de las mujeres de la casa le han comido la polla a tus amigos y cómo todas ellas confesarán como putas en cuanto el conde las roce. Y, créeme, sobre eso, también sé bastante.

Varo y compañía empalidecieron un instante, y, por un segundo, Leví se planteó que quizá el chico no fuera tan estúpido como parecía. Quizá, por un momento, sí que había metido su caliente y horrenda cabecita en un cántaro de agua fría y le había dedicado dos segundos a meditar aquello.

Ambos midieron sus fuerzas con la mirada. Entonces, para sorpresa de todos, Varo se echó a reír.

—Querido, queridísimo, Jack. Estoy seguro de que no sabes con quién te la estás jugando. Pero vamos a pasarlo por alto porque —Lo señaló de pies a cabeza con la mano e hizo un gesto de compasión—… no parece que hayas aterrizado bien aquí.

Todos conocían las anécdotas de Jack y no terminaban en aquella en la que había tirado al capataz del caballo (que ahora se contaba como que Jack le había propinado una paliza desde el suelo y que los capataces habían tenido que pedir refuerzos a los soldados para abatirlo…). No. Una vez lanzó a un esclavo por los aires por hablarle mal. Otra había demostrado su cerebrito enumerando cada uno de los nombres de los treinta y dos siervos que trabajaban en los campos.

Había aprendido a hablar con fluidez en corcupionés en pocos

meses.

Y la gente rumoreaba que le plantaba cara a Ramiel cuando lo bajaba para torturarlo. Pero, claro, como todo aquel que gana fama sin buscársela, también tenía detractores. Esos comentaban que si Jack era capaz de aguantar todo lo que le echaban encima, era porque su Amo, en esos tiempos «a solas», lo colmaba de regalos y de atenciones a cambio de ciertas acciones… sucias.

Si Leví no estuviese tan seguro de que el conde más que follárselo lo estaba torturando y si se creyese que le daba medicinas, excelentes manjares y camas de plumas… entonces, joder, él mismo iría a chuparle la polla.

Vaya, seguro que era menos ignominioso que escuchar al puto Varo en aquel momento.

—Es más, vamos a hacer un trato. Tú tienes algo que a mí me gustaría tener. —Pausa dramática. Escuchar a este hombre era como hacer penitencia…—. Una habitación propia. Te dejaremos en paz si tú nos cedes tu habitación. ¡Además!, te pediremos un favor en el futuro. De esta forma, podrás seguir con tu fascinante vida y nosotros sacaremos solo un pequeño beneficio de esto.

Alekj parecía a punto de explotar.

—¡Pero Varo! ¡Mira lo que me ha hecho! ¡Voy a tener que dar explicaciones! —clamó iracundo, señalándose el ojo herido.

—Di que te chocaste con un soldado y te dio un guantazo. Punto. No es para tanto Alekj. —Le quitó peso de encima el gordo antes de mirar al joven y guiñarle un ojo—. ¿Qué opinas de nuestro plan?

Jack mantenía las cejas enmarcadas en una curva de sorpresa. Iba  a aceptar… oh Dios, iba a aceptar… Pero… ¿quién podía culparle? Su vida era un puto infierno. Cuando Ramiel no lo estaba torturando, Varo y el resto le hacían la puta vida imposible.

—¿Un favor futuro?

La tensión podría morderse y escupirse con la misma rapidez con la que Leví robaba y devoraba la verdura que cosechaban en los campos o los trozos de pan del petate sin vigilar de los capataces.

—Sí. Mira el lado bueno. Podrás volver a acceder a nuestro servicio de favores. Te conseguiremos cosas.

—Como la verbena que te dimos una vez —intervino Crebensk para ayuda de su jefe—. Te gustó, ¿verdad? ¿Dormiste bien esa noche?

—Cosas útiles para los esclavos. Porque está claro que no vas a ir a ninguna parte…

Jack frunció el ceño y clavó sus ojos en Varo. Luego se cruzó de brazos. Su postura relajada, su barbilla inclinada hacia un lado y, sobre todo, esa pinta de que iba a romperse en cualquier momento indicaban que iba a aceptar.

—Entonces, déjame que me lo piense. Queréis que os ceda mi habitación, la única aislada en toda la casa y además que os haga un favor en el futuro a cambio de… ¿qué? ¿Que dejéis de jugarme putadas como la de esconderme la azada? Tienes razón en que llevo poco tiempo aquí. Estoy aprendiendo. Pero, ey, al menos el que me ha esclavizado y ha restringido mis libertades es un puto conde, no un esclavo pretencioso.

Varo frunció el ceño con rabia. Una vena azul se le hinchó en la frente y parecía que iba a explotarle. Su cara se convirtió en una máscara de rabia.

Leví sonreía sin poder evitarlo. Atacar de esa forma el orgullo de la Morsa… qué estúpido. Qué estúpido, imprudente y al mismo tiempo… divertido. Tenía que reconocerle al chico al menos que desde que estaba allí Leví había dejado de imaginarse que moriría de aburrimiento un día al dormir.

—Piensa bien lo que dices, chico. Es tu última oportunidad. Somos más, controlamos la casa y te podemos hacer mucho, mucho, mucho más daño del que te imaginas.

El chico sonrió de nuevo. Entonces, soltó sin pensárselo:

—No os dais cuenta. Después de todo lo que me han hecho, de todo lo que he pasado, el dolor no me aterra lo más mínimo. Os espero con paciencia. Estoy seguro de que sea lo que sea que tengáis contra mí, puedo devolvéroslo.

Antes de salir por la puerta, dándoles la espalda al cruel extraficante de esclavos y a sus indignados compatriotas, Jack espetó en voz alta con un mal gesto:

—¡JRIÈSTE DALMÉ!

Todos se quedaron en silencio al ver cerrarse la puerta. Varo frunció el ceño y apoyó la cara en las manos mientras Alekj se toqueteaba nervioso la pierna. Entonces, Yermien decidió romper el hechizo de la nada y preguntar en voz alta:

—¿Qué cojones ha dicho?

Al principio parecía que nadie iba a contestarle hasta que Varo abrió la boca y, con un gesto que apuntaba a Leví, mencionó:

—Pregúntale a él. Él es el que habla ocho idiomas.

El aludido se irguió de hombros como si quisiese pasar del tema antes de notar cómo los ojos de los cuatro «perros» se clavaban amenazantes en él. Sin un cuchillo o algo con lo que defenderse, estaba bastante jodido si decidía callar.

—Es una forma culta de decir, —Dudó un momento antes de apuntar—… «que os follen». Bueno, ahora que me lo planteo, no es que sea culta, es que está bien formulada. En herjmansko existen diversas formas de formular los verbos según la persona. Esta es como si dijera:

«estoy por encima de vosotros y, además, me gustaría que os follasen».

—Con dos palabras —susurró Safah—. Ni en meviatés somos así de retorcidos.

No, claro que no. Porque los meviatenses eran todos una panda de burros cabreros sin tiempos verbales definidos. Hablar su idioma era como tocar un violín con un arco hecho de estiércol endurecido. Algo que, por cierto, Leví había llegado a ver en su época como hombre libre.

—Tenemos que demostrarle que nuestro poder llega a todos los esclavos de la casa. Que no puede jugar con nosotros de esa forma.

—Volvió a ponerles sobre el tema principal Yermien con un gesto de acritud—. Además de darle un merecido.

—No podemos atacarlo de forma directa sin que él cante sobre lo nuestro. Habla con el conde. Podemos ser pienso de cerdos si vamos de esta forma.

—No hablará —intercedió Safah a media voz en grito para hacerse oír—. No es de los que se chivan.

—Se chivará otro.

—¿Y la chica? ¿Amnes? Si está embarazada, estamos jodidos…

—Ya nos ocuparemos de la chica —murmuró Varo, acallando todas las voces—. Haremos guerra de desgaste. No tenemos ninguna prisa. Lo primero de todo —Se giró hacia Yermien—, ¿quién reparte la comida de los esclavos de los campos?

—Pietro.

—Pietro nos debe un par de favores. Diles que a partir de mañana, cuando vaya a recoger su rancho, si no hay ningún capataz delante, que no le dé de comer. Es un hombre orgulloso, pero sabe que podemos joderlo bien si no nos obedece. Cuando el hambre pueda con él y se desmaye en los campos, los capataces le meterán una paliza. Al final, acabará suplicando perdón.

Leví estaba convencido de que Jack preferiría morirse de hambre o ser torturado milímetro a milímetro que suplicarle perdón a un hombre como Varo. Al fin y al cabo, Leví había visto a Varo rodeado de sus propios desechos, atado a una pared y llorando como un crío y estaba seguro de que esa faceta suya se traslucía por los poros. Apestaba a cobarde. Y la gente como Jack o como él podían notarlo.

Espera, ¿estaba empezando a pensar en el chico como alguien con media neurona?

«Al menos, me entretiene», razonó para sí mismo en herjmansko.

Al día siguiente, cuando fueron a recoger el rancho, Pietro, un hombre con canas prematuras y los ojos verdes hundidos, negó con la cabeza cuando Jack fue a por su ración de comida. Cuando el chico lo miró inquisitivo y frunciendo el ceño, Pietro solo pudo tartamudear:

—Lo siento. Cosas de Varo y de los suyos.

—¿Te han dicho que no me des de comer? —inquirió Jack con la misma expresión del que va a partirte la puta cabeza si das una mala respuesta—. ¿Delante de los putos capataces? ¿A pesar de que pueden torturarte por no hacer tu trabajo?

El hombre había tragado saliva y había mirado a otro lado, intentando no centrar los ojos en el esclavo al que estaba negando su única fuente de sustento en un día completo de trabajo sin detenerse.

—Perdón, de verdad. Si te doy de comer, me esperarán y me pegarán una paliza. Además, han amenazado con contarle a los soldados que robaron por mí medicina cuando me puse enfermo el invierno pasado y que me cubrieron los turnos. Tuve un dolor en el pecho horrible, pensaba que me moría…

Jack, entonces, había fruncido el ceño y Leví vio por el rabillo del ojo cómo un capataz se acercaba con mal humor al ver que la cola no avanzaba.

—¿Qué coño pasa aquí? —espetó con mal humor el del apellido de corcupionés.

—Nada —Saltó con acritud Jack clavando sus ojos iracundos en el que repartía la comida—. Ya me voy.

—¿No piensas comer? —le preguntó sorprendido el hombre.

—¿Esa bazofia? No.

Así fue cómo Jack se ganó un golpe con el mango del látigo y cómo Pietro se había quedado de piedra al ver que, por primera vez en su vida, alguien le cubría las espaldas por nada. Luego, Leví tuvo que sufrir el ver al esclavo rebuscar en su tiempo libre por el suelo hierbas comestibles y arrancar corteza de árboles con mala cara. Parecía saber bastante de plantas y de sus usos, aunque su gesto de preocupación le indicó a Leví que andaba algo desorientado.

—Las de aquí no son iguales a las de la península. Y si algo sé de plantas es que como tomes un poco de la equivocada puedes irte al otro mundo.

Así que lo observó paladear raíces, limpiar hojas y arrancar corteza durante varios días. Se ponía a la cola como el resto, miraba con rabia a Pietro y después se marchaba al tronco de siempre a rosmar por lo bajo en herjmansko.

Poco a poco, sus movimientos al trabajar se hicieron más lentos y su ánimo se ensombreció. Se le formaron grandes concavidades negras bajo los ojos y en los pómulos. Poco a poco parecía que su inmensa estatura (era bastante más alto que Joshua) y su fuerza se quedaban reducidas por su debilidad.

Así que empezó a robar la verdura que cosechaban. No patatas ni esas cosas, pero sí zanahorias, tomates… esas fruslerías inútiles. Se cuidaba mucho de que los capataces estuvieran lejos y de que ningún esclavo lo mirase. Pietro sí lo hacía, por supuesto, y temblaba de cargo de conciencia cada día que pasaba.

Sin embargo, Jack no lo traicionaba.

Cuando Leví lo vio rebuscar en la tierra y guardarse escarabajos y cucarachas en un pequeño petate que escondía, creyó que había perdido por completo la cabeza y que iba a empezar a comerse los bichos.

Pero oye… el chico que dormía a su lado devoraba ratas CRUDAS. No era tan malo, ¿no?

Vale, sí, era bastante malo. Era un buen puñado de cucarachas.

Pero de pronto, qué sorpresa cuando el domingo siguiente, Tier, una esclava que trabajaba en los campos y con la que había hablado un par de veces, se le acerca a Leví y le cuenta la última comidilla entre todos los esclavos.

—Al parecer, un soldado que estaba comiendo pan de la casa, se había encontrado… No, no… ya verías… ¡Imposible! ¡Cucarachas en el pan! Según parece, el esclavo encargado de hacer el pan para tooooodos los soldados no se había dado cuenta y la masa estaba llena de escarabajos, cucarachas y bichos de todo tipo. ¡Imagínate que al conde le da por pedir comida en ese momento! ¡Hubiera sido horrible!

—Pero el encargado del horno y de cocinar el pan es Varo —había dicho cargado de dudas Leví, con cara de inmensa expectación—. ¿Qué le van a hacer?

—Dijeron que fue un accidente, pero terrible. De verdad, terrible. Ese día pocos tenían pan, pero al parecer había muchas hogazas llenas de bichos. Al responsable se le va a caer el pelo. Han dicho que lo van a azotar esta tarde. No menos de treinta latigazos por despistarse de esa forma.

Leví frunció el ceño y acudió, como el resto de los esclavos que tenían el día libre, al patio trasero donde se suponía que iban a azotar al rey de los esclavos hasta que este se desmayase. Para su sorpresa, el que estaba atado contra el poste de madera no era la inmensa Morsa con sus michelines sobresaliendo a los lados del patíbulo.

No.

Era Pietro.

Su orgullo impidió que llorase cuando el soldado descargó sobre él el látigo. Impidió que gritase que la culpa no la había tenido él y que él no tenía ni un mínimo acceso a las cocinas de la casa más que para recoger la comida.

No obstante, habría llegado a algún tipo de trato con Varo. O no. Quién sabe. El caso es que era su sangre la que ensuciaba las losas de piedra y que eran sus manos las que temblaban con sus alaridos de dolor tras la casa. El resto de los esclavos miraban en silencio la escena. Todos tenían la certeza de que Pietro era inocente.

Todos sabían que era cosa de Varo.

Como una petaca pinchada que se vacía poco a poco, así iba mermando la fidelidad del grupo de siervos hacia la maldita Morsa.

Pero todos callarían. Nadie soplaba los asuntos de los esclavos hacia arriba. Nadie se convertiría en un chivato.

Sin embargo, todos, en aquel momento, odiaban más que a nada a Varo. Y Pietro, si sus ojos no mentían, era el que más rencor le guardaba de todos.

El miércoles siguiente, cuando Pietro se «recuperó» de su castigo y volvió a servir la ración, al ver a Jack en un lado, le hizo un gesto para que se pusiese en la cola. Entonces, con la rabia del que tiene la espalda en carne viva por algo que no hizo, le llenó el bol hasta el borde de comida y le dio una ración enorme de agua. Después, al estilo de los corcupioneses, le hizo un corte de manga a Alekj y a Crebensk, declarándose al momento partidario de la que Leví había apodado como «La causa Huracán».

Las cosas fueron de mal en peor en los siguientes meses. Mientras a Amnes le crecía a todas luces la barriga y que ocultaba gracias a los jerseys de invierno (finos como la conciencia de Leví, estaba claro), Jack y el resto de payasos de Varo seguían haciéndose putaditas de las divertidas.

Porque, hay que reconocerlo. Ellos eran unos animales, pero Jack tenía un par de trucos ingeniosos que hacían que se partiese de la risa cuando otros no veían.

Por ejemplo, ellos esperaron a Jack una noche y lo apalizaron con palos en una esquina. Al día siguiente, cuando el capataz le preguntó a Jack que cómo se había hecho los moratones, este había contestado que le había tirado sin querer un cubo de agua a un soldado. Despointes no se creyó una palabra, pero tampoco tenía forma de confirmarlo.

La contrapartida fue que, no se sabe cómo, cuándo o de qué forma (en realidad sí, pero si no, perdía toda la gracia), mientras Alekj llevaba la primera carga de estiércol a los campos, el carro se desmembró y toda la mierda de los cerdos lo inundó de pies a cabeza. Tuvo que recogerla y apestar durante días mientras buscaba la forma de conseguir más agua para poder bañarse.

Jack, entre tanto, jugueteaba con un par de tuercas y silbaba divertido una canción popular herjmanska.

«¿Qué es la ira? ¿Qué la rabia y los enfados? Solo quiero que la venganza esté a mi lado que la ilusión de tus ojos sea muerte

que todo el tiempo se desvanezca y en nada acabe tu suerte.»

La siguiente vez, Crebensk intentó robarle la pala. Aprovechó que estaba distraído con otra cosa para cogérsela. Pero no se había dado cuenta de que Jack, que al fin y al cabo no parecía ser del todo imbécil, la había atado a un tronco.

Cuando vio lo que hacía, silbó como solo lo hacen los soldados de las caballerizas y atrajo la montura de Mc’Culligan al momento. En cuanto este se dio cuenta de lo que pretendía hacer Crebensk, lo molió a palos y le escupió hasta que el esclavo más que un Mamut pareció un polluelo ahogado.

Entonces, en un alarde de creatividad, sellaron la puerta del dormitorio de Jack con cemento. Como si le importase más bien poco, el esclavo acudió a un joven soldado que, de muy buenas maneras (¿de dónde había salido ese tipo? Parecía más un modelo que un hombre de armas…), llamó a un grupo de esclavos para que picasen el sello y se pudiese abrir la puerta de nuevo.

Jack durmió en los pasillos durante una semana. También estuvo una semana sin agua por las mañanas por la misma razón. Pero, además, de apestar ligeramente y tener una barba larga y descuidada, no pareció incomodarle mucho.

Para alguien que a todas luces dormía con la espalda abierta en el suelo de una caverna donde los esclavos temían entrar, el hecho de tener que estar apoyado en la entrada del laberinto de las dependencias de los esclavos echando una cabezada no debió de suponerle demasiada molestia. Y eso que al principio se puso para que los soldados pudiesen verlo y que así no le atacasen mientras dormía.

Eso sí, a la mañana siguiente de tener de vuelta su habitación, Yermien cojeaba y se llevaba la mano al estómago en un gesto de duro rencor y dolor.

Jack volvía a aparecer con un ojo morado o el labio partido y, entonces, a los pocos días uno de los esbirros de Varo las pasaba putas por algún extraño e inexplicable suceso; una herramienta que se perdía, un trabajo que salía mal, un soldado que aparecía gritando improperios sin una razón en específico…

Poco a poco, la popularidad de Jack entre los esclavos aumentaba. Para todos, era el chico que entraba con el Amo en el Hoyo y salía chorreando sangre, sí, pero por su propio pie. Era el que cuando Pietro no fue capaz de levantarse después de su paliza, lo había recogido y lo había llevado a su habitación (todo mentira, fueron Tier y Bronn, pero los chismes siempre crecían de forma desordenada).

Jack era el único capaz de plantarle cara a Varo y a los suyos y seguir viviendo para contarlo.

Nadie se había dado cuenta de que todas estas putadas mutuas que se hacían y que a Leví tanto le entretenían habían coincidido con que el conde no estaba en la casa. Leví no apostaba por la piedad de Ramiel si volvía un día cualquiera y se encontraba a su juguete favorito medio apalizado por otros esclavos.

El problema es que no se dio cuenta de que aquello iba a salpicarle más de lo que él esperaba. Frustrados por no conseguir arremeter contra él, decidieron simplemente joderle la vida al que tenía más cerca.

Estaban construyendo un nuevo almacén de alimentos. Leví sujetaba una viga de madera inmensa sobre la que se levantaba la estructura del edificio. Entonces, vio a Alekj y a Crebensk acercarse a él.

—Creo que deberías soltar eso, compañero —murmuraron con

maldad, fingiendo que llevaban varios haces de madera en los brazos.

—De hecho, compañero, vas a soltarlo.

—Nos tienes hasta las bolas protegiendo a ese subnormal.

—Yo no estoy protegiendo a nadie —le espetó Leví con frialdad.

Era cierto que le daba consejos y trucos y que comían todos los días juntos, pero… tanto como protegerlo… Leví solo miraba por él mismo. Eso estaba claro.

—Nos da igual. Suelta esa puta viga —inquirió Crebensk antes de tirarse a por él.

Forcejearon contra el apodado «Sombra», que no era capaz de defenderse sin soltar el pilar. Entonces, de la nada, sacaron una esquirla de piedra afilada y, como si nada, le rajaron todo el brazo.

El corte hizo que la fuerza se le fuera y la estructura cediese al momento. Se escuchó el ruido de un trueno retumbar a su alrededor antes de que las enormes vigas se partiesen al chocar las unas contra las otras.

 Entonces, los capataces aparecieron.

—¿¡Quién coño ha soltado la viga!? —gritó Despointes histérico—.

¿De quién es la puta culpa? ¡Os azotaré hasta mataros si ninguno

confiesa!

No mentía. Al menos, Leví lo había visto azotar a un esclavo hasta CASI matarlo en un par de ocasiones. El gordo borracho sabía hacer su maldito trabajo.

—He sido yo —resonó de pronto en mitad de ninguna parte—. Me he mareado y he perdido fuerza. Lo lamento.

Leví ya se creía hombre muerto o, lo que es peor, hombre destacado. Atentaba contra su puto primer mandamiento, joder. ¡Nadie debía saber que tenía cerebro o que podía liarla de esa forma! Pero, entonces, aquel característico acento y aquella voz lo sacaron por completo de sus casillas.

Eso no se hacía, joder. No podía llevarse la puta culpa de algo que a todas luces había hecho él.

Hasta el jodido Alekj y Crebensk parecían sorprendidos.

¿Quién coño se creía que era? ¿El Mesías?

Lo abofetearon un poco por si cambiaba su versión. Lo castigaron tres días sin comer y lo pusieron a reparar todo el trabajo por las noches como ya había hecho en otra ocasión. Solo que, ahora, se acercaba el invierno. Uno no sobrevivía al invierno en Corcupiones fuera. Menos sin comer. Y menos por un puto crimen que no había cometido.

Pero, cómo no, se las arregló. Si la sangre de ese chico no hervía, entonces no entendía cómo coño conseguía hacerlo una y otra vez.

Cuatro días después, Leví lo vio aparecer. Estaba empapado en barro y tenía profundas ojeras negras. Caminaba cojeando un poco en su absurdo jersey más largo de lo que debería, pero con las mangas lo bastante cortas como para mostrar los brazaletes, tal y como dictaba la ley.

Se sentó a su lado en el tronco y empezó a comer en silencio.

—No tenías por qué hacerlo —arremetió iracundo contra él en herjmansko.

—Lo sé.

—Puto subnormal…

—Entonces…. ¿por qué lo hiciste? ¿Acaso eres imbécil? ¿No tienes miedo de que te apalicen?

El chico puso cara de no entender bien la pregunta antes de tragar lentamente agua. Estaba ronco y a todas luces parecía tener fiebre.

—No tengo mucho miedo del dolor, la verdad. Cuando estás en mi situación, el dolor no es ni de coña lo peor a lo que tienes que enfrentarte.

Leví frunció el ceño con mala saña antes de preguntar:

—Si no es el dolor… ¿qué es?

Jack pareció quedarse en un océano de negrura antes de susurrar en su propio idioma:

—Pensar.

Entonces, Leví lo tuvo claro. El chico no es que fuera imbécil. No es que fuera un estúpido retrasado salido de algún agujero. No. Era justo. Uno de esos unicornios de personas que no son capaces de cerrar la boca cuando ven algo que no les gusta. Una de esas personas que prefieren morir antes que ver su orgullo mancillado.

Bueno, quizá sí fuera un puto imbécil.

—Te has visto arrastrado a todo esto por mi culpa. No tienes por qué pagarlo tú.

—En eso estamos de acuerdo —comentó con acritud el antiguo ratero.

—Así que voy a devolverte el favor —Sonrió con gracía el chico a través de sus greñas negras largas antes de añadir—: ¿cuánto apego le tienes a tu habitación?

En aquel momento, no se dio cuenta de a qué se refería. De hecho, no lo creyó capaz de barbaridades superiores a las que ya había montado. Pero aquella noche, un gritito mudo de Alekj lo despertó en mitad de la madrugada. Y lo vio ahí, con su metro ochenta de estatura, agarrando una vela y plantado en mitad de la estancia.

—Me ha contado un pajarito —comentó en corcupionés para que todos lo oyesen— que estás jodiendo a la gente equivocada, Alekj. Pero… ¿sabes qué es lo peor? Que el otro día me encontré a Marhia, la que limpia los suelos, comentándole a un soldado que el esclavo personal de Ramiel… un tío así alto, con el pelo negro y una cicatriz larga en la mejilla (un poco como yo, ¿sabes?, parecido), se estaba follando a otros esclavos, atención al acento, hombres.

»Me imagino que alguien con poca imaginación y un poco cabrón cree que al conde le va a cabrear mucho ese rumor cuando se entere. Y he pensado… este Alekj tiene demasiado tiempo libre para pensar.

¿Será que pasa frío?

»Así que… he venido a caldear el ambiente.

Soltado su discurso, lanzó la vela sobre la cama y la manta prendió al instante. Alekj y Crebensk se pusieron a chillar como ratas atrapadas en una trampa. El hombre rata y la mujer del mal aliento salieron corriendo de la habitación y Leví, que solo había despegado los ojos de Jack un segundo, comprobó que ya no estaba allí.

Lo gracioso era que el único con permiso para llevar velas en esa habitación era Alekj. Y, precisamente, era la cama de Alekj la que había salido ardiendo…

Cuando lo apalizaron frente al resto de los esclavos por su torpeza y lo obligaron a reponer con su trabajo la cama y el catre que había echado a perder, no se vio a Jack por ninguna parte. Los esclavos mantenían la cabeza en alto al ver al tísico y cabrón siervo que les había jodido sus vidas durante años temblar bajo la vara de los soldados.

Pronto descubrió que Frievha llenaba el cubo de agua de Jack hasta el borde y se esmeraba en la limpieza de su habitación. Pietro le daba doble ración de comida. Hasta Ornella y las suyas le habían lavado el uniforme un domingo que se lo quitó mientras dormía, dejándolo impecable en el mismo sitio donde lo encontraron.

Jack había empezado una verdadera revolución en el interior del ala de los esclavos.

Y lo que estaba claro era que Varo no se lo iba a permitir. Había jugado sucio, le había ganado en su propio juego. Ahora, Varo iba a tomar cartas en el asunto de una vez por todas.


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