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Yo no maté a Federico, opinión de una obra sobre la muerte de Federico García Lorca

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Imágen destacada - Yo no maté a Federico, opinión de una obra sobre la muerte de Federico García Lorca

«Yo no maté a Federico.» 

Bajo esa premisa, el libro de Carlos Mayoral esconde una promesa, una elipsis ex profeso que elude el apellido del gran escritor y que sin embargo resuena en la cabeza de los lectores como si fuera humo al viento. Porque todos conocemos la historia del cruel, cobarde y vil asesinato de Federico García Lorca, pero hasta el momento, hasta ese instante en el que cogiste este libro en tus manos, nunca te planteaste que leerías un testimonio de su verdugo. Y mucho menos, que un escritor de la talla de Carlos Mayoral te haría empatizar con él. 

De esta forma, Yo no maté a Federico nos introduce poco a poco en la vida de dos personajes que la Guerra Civil cruza en bandos opuestos, conectados por el cariño que le profesan a Federico García Lorca: un joven prodigio del piano conocido como Germán Monteverde, y el capitán Nestares, del que se cuenta que fue el hombre responsable de ponerle punto y final a la historia de uno de los mayores poetas de España. 

Yo no maté a Federico es ágil, esperanzador, y, exactamente tal y como percibieron la guerra civil de España, te arrebata cualquier rastro de alegría remanente de un golpe cargado de injusticia. Es un libro rápido de leer, sensible y violento al mismo tiempo. Una ventana a uno de los episodios más vergonzosos de la historia de España y del rostro de los hombres de lo protagonizaron.

Argumento de Yo no maté a Federico 

Germán Nestares nunca creyó poder ser otra cosa más que un jornalero y transportista como su padre. Sin embargo, su vida cambió para siempre cuando una tarde de verano que acompañaba a su progenitor a cobrar a la hacienda de los García Lorca, el sonido de un piano lo transportó al interior de la casa. 

Allí conocerá a Federico García Lorca: un hombre siempre impecable, sensible, alegre y optimista, que rápidamente verá en Germán a un joven prodigio del piano y al que acogerá con cariño, enseñándole todo lo que conocía sobre interpretación y composición. 

Pronto la vida de Germán dará un giro de 180 grados, invitado a jaranas clandestinas en las cuevas de la montaña, a tertulias con el maestro Falla o a protagonizar sus propios conciertos en México. 

Quién podría llegar a imaginarse que todo ello cambiaría cuando estalla la guerra y el bando franquista decide apresar y ajusticiar a Federico García Lorca, dejando a Germán y al resto de España, en un estado de absoluta desesperación.  

Fotografía de Federico García Lorca

Una novela a dos voces y a dos tiempos 

Como dijo Lola Montalvo en el Certamen de Novela Histórica de Úbeda de 2021, España camina sobre una herida mal cosida e infectada que evitamos tratar e ignoramos. Y precisamente alrededor de este dolor, de este rencor pasado de padres a hijos, gira la obra de Carlos Mayoral. Contado a dos voces y en dos tiempos, el estilo novelístico del autor, muy contemporáneo, rápido y ligero, conformado por capítulos brevísimos de apenas una o dos páginas, nos fuerza a ir comprobando el año que aparece como referencia para poder situarnos en la lectura.  

Con este mecanismo nos presenta tanto al Germán de 1946, un hombre apagado y amargado que busca la muerte en un régimen traidor, violento e injusto; como al niño que fue en 1942. Este enfrentamiento entre optimismo, poesía, libertad y esperanza que tiene el joven hijo de un jornalero con la ausencia de oportunidades, la pobreza y la inseguridad ciudadana del futuro sirven para reflejar perfectamente la España de la República con la España franquista. Para que el cambio sea todavía más acuciante, Carlos Mayoral realiza los saltos del pasado al futuro con una gran regularidad, lo cual, sumado a la brevedad de los capítulos, contribuye a generar la sensación en el lector de estar asistiendo a dos realidades diferentes. 

Sin embargo, el libro no toma partido por un bando y nos muestra, como cabría de esperar, toda la vileza del partido falangista frente a las bondades del republicano. Para ello, el autor introduce a José Nestares, o Pepe para los amigos. Capitán de una compañía de la falange, José se nos presenta al comienzo de la obra como un cerdo violento y agresivo que golpea a ancianos indefensos y los condena a una muerte casi segura en un penal por rumores y habladurías. 

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—¿Señor Martínez Fraile? 

La pregunta de Nestares cayó sobre el tapete de los jugadores como un mazazo. Su voz sonaba poderosa al leer la orden de detención contra un anciano débil, un simple jugador de cartas. Los cuatro amigos se observaron con la mirada rota. Podía respirarse el miedo [...]

Nestares es un canalla de manual: exactamente el estereotipo de falangista que cualquiera se imaginaría. Un hombre aparentemente inculto, propenso a la violencia y que hace valer su autoridad de la peor forma posible. Y sin embargo, conforme vamos avanzando en la trama y lo vamos conociendo cada vez más, nuestro desprecio y odio por él se va desdibujando. Nestares, cargado de defectos, que representa una de las peores partes de la historia de España, es también un hombre capaz de emocionarse con la música, sentir empatía por hombres de ideologías políticas contrarias y que incluso pone en peligro y sacrifica a los suyos por proteger a algunos enemigos del régimen. 

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━Tuve que matar en batalla, de lo cual no me arrepiento, porque me hubieran colgado de un campanario de haber perdido la guerra, pero también tuve que matar por rencores y codicias de esta gente. Los llevaban a la colonia y allí los liquidaban, sin que yo pudiera hacer nada para salvarlos. ¿Cómo no me iba a odiar el pueblo?

La obra nos golpea de frente y nos restriega el principio de la difusión de la responsabilidad: nadie quiere ser la persona que se oponga a los superiores cuando llega la orden de detención de Federico García Lorca. Nadie quiere tener que enfrentarse a un régimen entero, simbolizado por un hombre rabioso e insensible, por mucho que considere que se está haciendo lo incorrecto. La gran cantidad de personas que no estaban de acuerdo dentro del bando falangista con la ejecución de Federico García Lorca fue, por irónico que parezca, una de las razones que hicieron firme su sentencia de muerte ya que nadie tomó la iniciativa o responsabilidad de detenerla. 

Calles de Granada
Calles de Granada 
Foto de Granada, lugar donde se desarrolla la acción
Granada, lugar donde se desarrolla la acción

Silencio. ¿Quién tiene la responsabilidad final de un asesinato?

Al igual que en los Juicios de Núremberg, Yo no maté a Federico nos plantea una ácida y farragosa pregunta: ¿quién es el responsable moral de la ejecución de un inocente? Alrededor de la muerte de Federico se presenta todo un batallón de hombres, ninguno de los cuales hizo nada por impedir aquel violento e injustificado asesinato. Pero ¿quién es más culpable? ¿El que da la orden? ¿El que permite que todo suceda cuando podría impedirlo? ¿O el miserable que aprieta el gatillo? 

En un periodo de guerras, violencia y conquista, los personajes de la obra buscan continuamente una justificación para tanta vileza. Desde el tabernero que observa cómo se llevan a un anciano frente a sus ojos y que busca razones que apoyen esa crueldad para no tener que hacerse cargo moralmente de la culpa de ser cómplice de un delito tal. 

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━Se lo dije muchas veces: no permitas que tu hijo ande por ahí con rollos marxistas. Pero… ni caso. Hay que joderse…

Hasta el propio padre de Nestares, que apoya las acciones de su hijo como un accidente, una consecuencia imprevista de una guerra que se les fue de las manos a los superiores. 

Fotografía de José María Nestares a la derecha
José María Nestares en el margen derecho de la fotografía. 

Y así, el bando falangista gana, se extiende y a su alrededor solo queda miedo, venganzas personales y la obsesión de un grupo de desalmados por “limpiar el país de gandules”, cuando precisamente a todos a los que arrastran a las colonias contaban con una amplísima experiencia en puestos del gobierno, talleres, fábricas y universidades.  

La obra recoge así la falsa sensación de libertad con la que se mueve Germán en ese diciembre de 1941 en el que decide traficar con aceite para sentir que al menos hace algo en contra del régimen. Reúne en anécdotas y frases el rúnrún de los rumores y cotilleos sobre personas desaparecidas, presos que no se sabe dónde estarán y otros a los que mataron cobardemente una noche en la calle, y, cómo no, el hambre. Un hambre terrible y extrema que solo estaba empezando. 

Y, alrededor de todo ello, la obsesión del partido por el silencio. Porque de lo que no se habla, no existe. Porque para ellos, un obediente ciudadano es aquel que no lee, no se informa, y sobre todo, se queda callado. 

"

━¿Nadie les ha enseñado que la Semana Santa es para estar en silencio? 

━ Pues eso digo yo ━respondió el capitán━. Pero es imposible meter en vereda a estos comunistas.

Una obra sin duda necesaria, que amplía verdaderamente las vistas de nuestro pasado

Yo no maté a Federico es uno de esos libros capaces de cambiar tu perspectiva y forma de ver el pasado y el presente de España. No solo ofrece una gran perspectiva acera de uno de los episodios más vergonzosos de la historia del falangismo en España, sino que lo hace de su propia manera. 

Así, Carlos Mayoral deja de lado los rumores y habladurías de que fue precisamente el estreno de la obra La casa de Bernarda Alba la que puso al régimen de sobreaviso sobre la figura de Federico García Lorca. Tampoco arremete contra Ramón Ruíz Alonso, amigo del poeta que pasará a la historia como el hombre que lo traicionó y denunció frente a los falangistas. 

En lugar de ello, retrata a Valdés, el cual se había reunido con la familia de los Roldán, enemistados con los García Lorca desde hacía años y que sin duda tuvieron que ver con la orden de detención. Valdés aparece retratado como un animal de presa, cruel y despiadado, pero ni siquiera vemos la punta del iceberg (al fin y al cabo, fue el responsable de más de 4.000 ejecuciones a inocentes). Ni tampoco nos habla directamente de la responsabilidad de Nestares frente a los 572 asesinatos en el pueblo de Víznar durante agosto de 1936

Y es que Yo no maté a Federico continúa el trabajo del libro García Lorca y Víznar. Memorias del general Nestares (Federico Molina Fajardo. 2012) allí donde este fracasó: mostrándonos el verdadero rostro de una de las personas a las que se ha demonizado y acusado de ser uno de los responsables de la muerte del gran poeta español. 

Sin embargo, desde aquí, yo no puedo dejar de verlo como un asesino. Un hombre de su tiempo, sí pero que me suscita la pregunta: ¿vale su arrepentimiento por su inacción como perdón por las más de 600 vidas que se perdieron en pelotones de fusilamiento bajo sus órdenes? 

Y, de nuevo ¿quién es capaz de eximir de responsabilidad a alguien que, pudiendo y sabiendo lo que pasaría, optó por no hacer nada? 

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