Border top left cut image
Border middle left cut image
Border bottom left cut image
Border middle right cut image
Border bottom left cut image
Logotipo de momoko.es
NOTA: 6

Maddaddam, reseña de la tercera parte de la trilogía de Margaret Atwood y Salamandra

La Insomne 0 Comentarios
Avatar del redactor La Insomne

Escritora consumada, concept artist en ciernes y adicta al trabajo....


COMPARTE:
Imágen destacada - Maddaddam, reseña de la tercera parte de la trilogía de Margaret Atwood y Salamandra

Maddaddam, la tercera parte que cierra su trilogía homónima, por fin ha salido a la venta de forma inédita en España. El libro de Atwood pone punto y final a una apasionante distopía anticapitalista en el que la autora muestra las consecuencias de la búsqueda de la humanidad por un crecimiento económico desmedido sin tener en cuenta la ética ni la moral.

Maddaddam, inédito hasta ahora en España, pondrá el foco en la vida de los supervivientes, sus intentos de organizarse y de convivir con los crakers y de dominar sus emociones en un entorno baldío donde el hallazgo de un paquete de galletas es motivo de celebración. El ciclo se cierra y lo hace de una forma completamente diferente a sus anteriores dos entregas. Pero cuidado, solo aquellos que hayan leído Oryx & Crake y El año del diluvio deberían seguir leyendo. 

Argumento de Maddaddam

Después de encontrar a Hombre de las Nieves medio muerto y de chocar contra las diferencias culturales y religiosas de los crakers, Toby, Amanda y Ren se repliegan al interior de una gran casa donde los supervivientes se han atrincherado. 

Las amenazas están siempre presentes: dos paintbalistas han escapado y amenazan con asesinar a cualquiera que se aleje demasiado de la protección de los guardias. Asimismo, los cerdones, hartos de que los cacen para comérselos, han empezado a organizarse de una forma sospechosamente humana. 

En medio de todo este caos, Amanda luchará contra el estrés postraumático que le supuso ser la cautiva de los paintbalistas; Jimmy entrará y saldrá del coma provocado por la infección de su pie y Toby, contra todo pronóstico, encontrará el amor.  

Maddaddam cuenta con un narrador y un ritmo completamente diferentes 

Muchas cosas han pasado en la vida de Atwood entre 2009, año en el que publicó El año del diluvio, segunda parte de la trilogía Maddaddam, y la obra que cierra el ciclo. Y es que esta tercera entrega y final de historia es radicalmente diferente a las otras dos anteriores. 

Oryx and Crake era más introspectiva y desordenada que la segunda parte y empleada un narrador muy poco fiable como es Jimmy (Hombre de las Nieves) para realizar una reconstrucción en la mente del lector de cómo era el mundo antes de su hecatombe; y aunque El año del diluvio emplea dos narradores en lugar de uno y le otorga un sentido lineal a sus historias; Maddaddam opta por romper con una y con otra. Ambas novelas empleaban un narrador ligeramente influenciado por la primera persona que contaba los hechos: en el primer caso, Jimmy veía a su alrededor un mundo de destrucción con pequeños y fugaces momentos de claridad y belleza; mientras que Toby comprendía el alcance de la naturaleza y se proyectaba hacia el futuro en El año del diluvio. Ahora, esta última entrega, salta entre una Toby que ha perdido su toque con la naturaleza y que ha sido poseída por sentimientos y emociones que no se habían mostrado hasta el momento y los recuerdos de Zab. 

El narrador cambia radicalmente para pasar de los largos párrafos introspectivos a una construcción por momentos más propia del teatro, cargado con largos diálogos sin acotaciones descriptivas ni indicaciones de quién es el autor de cada frase. Así, aunque Toby sea ahora el único hilo conductor de la historia, es fácil percibir que el ritmo de la historia zigzaguea, se apresura, salta y evoluciona siguiendo la característica falta de objetivo final de Atwood, azuzada hacia una conclusión final.  

Y en medio de ese caos, de grandes explanadas de polvo y cemento, de desayunos basados en tierra y raíces, de galletas atesoradas como tesoros, están las historias de Zab. La falta de salud de Jimmy eleva a Toby a una suerte de nueva profeta capaz de ungir a nuevos santos para los crakers. De esta forma, Toby traslada de forma subconsciente su enamoramiento y fascinación por Zab a los crakers, los cuales empiezan a adorarlo. 

En una construcción que recuerda enormemente a Las mil y una noches, en las que la dama cuenta cada noche una historia (aunque en este caso se la haya arrancado de la boca a su amante), la obra funciona enteramente solo por los momentos en los que Zab explora su pasado. Así será cómo sepamos realmente qué hay detrás del misterioso motero que no se suscribía a las reglas de los Jardineros de Dios y su conexión con el fantástico Adán. 

La facilidad con la que Toby se inventa nuevas historias y las extiende frente a los ojos de los propios crakers, así como las referencias a la iglesia del santo petróleo mencionada en el pasado de Zab no son más que críticas radicales con las que la autora arremete contra las religiones organizadas, poniendo el enfoque y el ojo crítico en la responsabilidad que tienen los líderes de cultos religiosos. 

Una correlación entre Glenn / Adán y Jimmy / Zab. 

Atwood juega continuamente en la trilogía con los dobles sentidos, los conceptos retorcidos y los personajes conectados de maneras dispares. De esta forma, teje un complicado entramado en el que Zab conoce a Glen, de la primera novela, mientras trabajaba en Vita Morfosis; para luego ir enredando más la madeja y hacer que prácticamente todos los personajes que han sobrevivido a la distopía se hayan visto o hayan hablado al menos un par de veces en toda la trilogía. 

Esto no quita que haya en Maddaddam un evidente paralelismo entre las figuras del genio - loco creador que está por encima del bien y del mal y que nunca se altera o se equivoca y el chico algo tonto pero con talento para ejecutar cosas que está a su lado. En Oryx and Crake esos eran Glenn y Jimmy y no es en absoluto de extrañar que todos los recuerdos de Zab en los que aparece su hermano tengan un halo que recuerde enormemente a las conversaciones entre uno y el otro, ya que ambos comparten arquetipos. Zab y Jimmy, ejecutores y simples seguidores, acompañan y aceptan el dogma de Adán / Glenn sin rechistar, poniendo toda su fe en ellos y acatando sus órdenes, movidos únicamente por sus emociones y la confianza que han puesto en sus manos. 

Por su parte tanto Adán como Glenn son extremadamente inteligentes, algo asociales, se apartan del mundo y tienen una concepción muy elevada de sí mismos y muy pobre de la naturaleza que les rodea. Sus diálogos siempre están cargados de condescendencia hasta el punto de poder sustituir a un personaje por otro y no darte realmente cuenta de quién está hablando.

Este arquetipo, que sirve para cerrar de alguna forma el ciclo con la primera novela, salta a la vista a cualquiera que lea la trilogía seguida y contribuye a generar una sensación circular sobre el propio tiempo de la obra. 

El tiempo, el amor y la prisa en Maddaddam 

Maddaddam supone por fin el cierre de una obra prácticamente redonda, una trilogía esencial sobre el peligro del capitalismo sin medida que condensa todo el talento de una autora imperecedera. Su capacidad para crear un lenguaje nuevo, producto de una sociedad fuertemente jerarquizada y basada en el consumo; y sobre todo de introducirlo de forma orgánica, es absolutamente fascinante. Y es que Atwood, consumada autora, domadora de bestias híbridas y salvajes, abre de esta forma una ventana a una crisis mundial desorganizada y caótica, peligrosamente humana y profundamente inquietante.  

He de confesar, sin embargo, que esta tercera parte me ha enganchado y enamorado menos que las otras dos. Las prisas de la autora hace que momentos de especial dramatismo, como las violaciones del principio de los crakers a Amanda y Ren, pasen por completo desapercibidas. El cambio de planteamiento de Toby, que empieza a mostrarse celosa y obsesionada por los sentimientos de Zab, me inquietó e incomodó a partes iguales. Y continuamente tenía la sensación de que la obra flotaba sin una dirección o poso determinado. 

Y aún así, es fascinante cómo ciertos conceptos, que perdieron sentido en Oryx & Crake o en El año del diluvio, vuelven a su ser en cuanto los humanos se reúnen en un grupo o pseudo-sociedad. Ideas como el tiempo, que tanto aparecía simbolizado en forma del reloj roto de Hombre de las Nieves; o la envidia pronto se convierten en el día a día del grupo, haciéndonos preguntarnos si esto es lo mejor que tiene que ofrecer la raza humana. 

Al fin y al cabo, la trilogía de Maddaddam está llena de incógnitas y enigmas, de secretos retorcidos y de predicciones para el futuro. Nos avisa de qué ocurrirá si dejamos que el capitalismo siga creciendo sin freno y cómo al final, volver a nuestras raíces, es lo único que puede salvarnos. Una trilogía sin lugar a dudas indispensable para cualquier amante de la literatura de calidad. 

0 comentarios en este post

Deja un comentario

Kinishinaide! No publicaremos tu email ni te spamearemos sin tu permiso