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Llamas en Nuncanada: opinión de la nueva novela de Catriona Ward

La Insomne
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Escritora consumada, concept artist en ciernes y adicta al trabajo. Do...


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Imágen destacada - Llamas en Nuncanada: opinión de la nueva novela de Catriona Ward

Hay escritoras a las que no les hace falta presentación, aunque siempre merezcan una. Catriona Ward, la autora detrás de La casa al final de Needless Street, de La pequeña Eve, de La bahía del espejo, es uno de esos casos en los que la reputación llega antes que el libro, con todo lo bueno y lo complicado que eso conlleva para el lector. Y es que Catriona Ward no escribe novelas de terror convencionales, sino que es especialista en generarte una suerte de vértigo incómodo conforme estás leyendo que te hace sentirte, de alguna manera inexplicable, totalmente desamparado.

Llevo años siguiéndola y puedo deciros con total honestidad que pocas autoras de género me generan la misma expectativa antes de abrir el primer capítulo. Así que cuando Llamas en Nuncanada llegó a mis manos, me senté a leerla con ese ánimo ansioso que solo provocan los libros de los que esperas mucho.

La novela, publicada en España por Alianza Editorial este febrero de 2026 de forma simultánea con su publicación americana, con traducción de Cristina Macía, se presenta como su sexta entrega. Así, la obra nos plantea una fábula oscura sobre niños perdidos en las Montañas Rocosas de Colorado, sobre el precio que se paga por el refugio, sobre la violencia que viaja dentro de los cuerpos de quienes la han sobrevivido y sobre el peso de la identidad y del pasado. A través de una profunda reinvención de la historia de Peter Pan meets El señor de las moscas (admitido por la propia autora), nos habla de lo que les ocurre a los niños cuando los adultos desaparecen de la ecuación y se convierte, a su vez, en una reflexión sobre la impunidad y la fama y el modo en que los paisajes absorben el daño que los seres humanos cometen dentro de ellos.

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Riley, Oliver y los niños de Nuncanada: de qué trata la nueva novela de Catriona Ward

La historia arranca con Riley, una adolescente que roba leche de una tienda para alimentar a su hermano pequeño Oliver, de siete años. Los dos viven bajo la tutela de Primo, un hombre que los somete a un régimen de hambre, adoctrinamiento religioso y control absoluto que el lector reconoce de inmediato como abuso, aunque la novela tenga el detalle de no simplificarlo con una etiqueta. Así es como comprendemos que Riley, que ha tenido que crecer demasiado rápido para sus escasos dieciséis años, ya ha tomado una decisión: la de sacar a su hermano de allí como sea.

La huida de ambos los lleva hacia las Montañas Rocosas de Colorado, siguiendo unas instrucciones garabateadas en un papel arrugado que les ha entregado una chica extraña que se asoma a su ventana una noche llamada Mediodía. El destino es Nuncanada: las ruinas de un rancho enorme que perteneció a Leaf Winham, un actor de fama mundial cuyo nombre la gente del pueblo pronuncia en voz baja y que tiene una historia sangrienta y terrible de la que nadie habla.

Allí, en un valle verde protegido por paredes de roca, vive una comunidad de niños y adolescentes fugitivos que han construido su propio mundo completamente al margen de los adultos. Sin normas externas ni tutores pero amparados por una serie de rituales que poco a poco irán poniéndole la piel de gallina a Riley.

La historia no se cuenta desde un único punto de vista, sino a través de cuatro narradores que se alternan y cuyas líneas temporales no siempre coinciden. Además de Riley, tenemos la voz de Marc, un documentalista francocanadiense que investiga la leyenda de los niños de Nuncanada en el presente; la de Linus, un bombero que estuvo allí la noche del incendio que destruyó la Casa Nuncanada; y la de Adam, un arquitecto contratado por Leaf Winham para realizar unas obras en su propiedad, que descubrió demasiado tarde lo que se escondía detrás de sus paredes. Cada voz aporta una pieza del puzle, ninguna lo cuenta todo y es tarea del lector ir armando las piezas.

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La estructura narrativa de Llamas en Nuncanada: cuatro voces que solo mienten

Catriona Ward lleva toda su carrera construyendo novelas que funcionan como palimpsestos y que se configuran a través de capas de narración superpuestas donde ninguna voz lo cuenta todo y donde la verdad está escondida entre las capas de una milhoja narrativa. Lo hizo en La casa al final de Needless Street con un mecanismo que todavía me parece uno de los más brillantes que he visto en el género, y lo volvió a hacer en La bahía del espejo con esa estructura de muñeca matroshka que se va abriendo hacia dentro. Y Llamas en Nuncanada no es la excepción.

Los cuatro narradores son Riley, Marc, Linus y Adam. Cada uno habita un momento diferente dentro de la historia de Nuncanada, y el libro los va alternando sin anunciarte con demasiada antelación cómo encajan temporalmente entre sí. Es un efecto muy cercano al de Rashomon, la película de Kurosawa, donde cuatro personas describen el mismo suceso y las cuatro dicen la verdad y ninguna la cuenta de forma completa. La diferencia es que Ward no te presenta a cuatro personas contando lo mismo desde ángulos distintos, sino a cuatro personas que, en principio, ni siquiera saben que están contando partes de la misma historia. De cualquier forma, hay que tener en cuenta que sus narradores no mienten deliberadamente, sino que cuentan desde donde pueden ver, que es siempre un lugar limitado y cargado de afecto, de trauma o recuerdos que los convierte a todos en narradores poco fiables.

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Hay personas que atraen a la muerte. La muerte las adora, se enrosca en ellas como si fuera una hiedra, las sigue toda la vida.

Lo que sí conviene saber de antemano es que esta estructura le exige bastante al lector. No es una novela que puedas leer a medias tintas ni en ratos sueltos de metro: requiere atención sostenida y una cierta disposición a no saber durante un tiempo considerable dónde te encuentras. Para quien ya conozca a Ward eso no será ninguna sorpresa. Para quien llegue aquí por primera vez, es importante saberlo antes de entrar.

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Riley y Oliver: el demonio, los secretos y la hermandad rota que vertebra Llamas en Nuncanada

Riley es un personaje encerrado en una coraza que la aisla del mundo. Obligada a hacerle frente a la locura de su madre y de Primo, ha aprendido que no debe mostrar miedo ante el resto, que debe resistir y sobrevivir y, sobre todo, que está completamente sola en el mundo.

Este increíble peso que sufre Riley, esta presión que la mantiene a duras penas entera y que le recuerda que no existe un lugar para ella donde pueda estar a salvo, choca de frente con el valle de Nuncanada que nos presenta la obra. Y es que es fácil empatizar con Riley, ver cómo Oliver le grita y vuelca sus frustraciones en ella y cómo, al llegar al valle, siente al mismo tiempo la necesidad imperiosa de escapar y de ser aceptada por los que la rodean.

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Solo existe un mundo, este. Riley lo sabe. No hay nunca nada hacia donde huir.

Una podría pensar que Riley está maldita, que está condenada. Sin embargo, el movimiento genial que esconde Catriona es el hecho de que no es ella realmente la que tiene un demonio dentro de la cabeza, sino Oliver. Esta es probablemente la parte más perturbadora del libro, y conviene detenerse en ella. Oliver tiene siete años, pasa hambre, hace cajas durante horas como castigo, duerme con la cabeza tapada bajo las sábanas y está convencido de que tiene una voz maligna que le empuja a hacer cosas terribles.

De esta forma, la autora retrata lo que la psicología del trauma llama la voz introyectada del abusador: el niño que ha sido tan adoctrinado que ya no necesita al maltratador presente porque lo lleva dentro, vigilándolo desde el cráneo. Es el mismo mecanismo terrible que Toni Morrison exploró en Beloved. Y luego, en Nuncanada, Oliver repite los gestos y se mueve tan permeable al adoctrinamiento de la zona bajo la promesa de un hogar que empieza a sentir que quizás Riley sobre.

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Cuando Oliver se enfada con ella, siente como si le faltara una parte de su propio cuerpo.

Ese es el golpe maestro de Catriona Ward, y es también la parte más cruel del libro: Riley no pierde a Oliver porque alguien se lo arrebate, sino porque este, agotado de ser el objeto de la salvación de su hermana, empieza a buscar a otra gente. Y Riley, que lleva toda su vida siendo una madre cuando aún tendría que estar experimentando lo que es ser niña, descubre la paradoja más amarga de la maternidad sustitutiva: que cuando construyes tu identidad alrededor del cuidado de alguien, cuando este se va, ya no te queda nada.

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A veces, en la vida, la gente te dirá que te pueden salvar. No pueden. Solo quieren algo de ti.

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Leaf Winham: el monstruo ausente que lo gobierna todo en Llamas en Nuncanada

Irónicamente, para lo poco que aparece Leaf Winham en la novela, este supone el centro gravitacional de toda la obra.

Estrella de cine y actor con fama planetaria, nos cuentan que hace tiempo Leaf compró un rancho enorme y aislado en las Montañas Rocosas y lo convirtió en su refugio personal: un lugar para esconderse de su propia fama, de los fans, de los seguidores y, como vamos intuyendo poco a poco, para esconder cosas mucho peores. La gente del pueblo de Ault pronuncia su nombre en voz baja, sus películas siguen circulando, y su recuerdo flota sobre todo el valle con esa mezcla de fascinación y horror que reservamos para los monstruos que además fueron célebres.

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El amor no es una emoción. Se parece más a la violencia. Eso no te lo dice nadie.

Lo verdaderamente interesante a nivel narrativo es que Winham lleva muerto, al menos oficialmente, muchos años cuando arranca el presente de la novela y sin embargo, su presencia lo impregna todo. Desde Marc, que dedica su carrera profesional a investigar lo que ocurrió allí, hasta el ritual con el que los niños apuntan los dedos y lanzan su aliento hacia la casa quemada.

Y es aquí donde la novela toca su nervio más contemporáneo: porque Leaf Winham no es un asesino cualquiera escondido en una cabaña perdida, sino un asesino célebre, querido, blindado por la maquinaria de la fama. La iconografía es inconfundible (la noria, el tiovivo, la feria entera traída en camiones, el zoo privado con animales exóticos) y remite directamente al imaginario del rancho Neverland, una inspiración que la propia Ward ha reconocido al contar que la chispa del libro nació al pasar en coche junto a la carretera que llevaba hasta allí.

De ahí nace una de las reflexiones más afiladas de la obra: la de la cultura de la impunidad, el modo en que ciertos espacios quedan contaminados para siempre por la mitología de sus dueños y la incomodísima manera en que el público sigue consumiendo las obras de quienes ya sabe culpables. Y es que no nos vamos a mentir, hay algo de fascinación en el hecho de aproximarse a las vidas o las mentes de aquellos que sabemos culpables de los crímenes más terribles y Catriona Ward emplea a Adam como espejo para que veamos a una persona normal, aburrida de su vida, completamente aislado de los horrores y el mundo de la fama en el que vive Leaf, que poco a poco va dejándose fascinar por él.

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Es un virus. Cada vez que alguien ve una de esas películas se extiende un poco más. Con esto que estamos haciendo lo mantenemos vivo.

Toda la obra es, en mi opinión, una reflexión enormemente lúcida sobre nuestra época, sobre la industria del true crime y sobre la complicidad incómoda de quienes convertimos el sufrimiento real en entretenimiento. Que sea precisamente Marc —y, por extensión, el propio lector que sostiene el libro— quien participe de esa maquinaria es uno de los aciertos más sutiles que esconde Llamas en Nuncanada.

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Las Montañas Rocosas: el paisaje como personaje en Llamas en Nuncanada

Si algo distingue a Catriona Ward es su manera de tratar el paisaje como un personaje más, a menudo el más poderoso de todos. La propia autora ha explicado que el paisaje suele ser lo primero con lo que empieza a construir una novela, y en Llamas en Nuncanada está claro que lo ha llevado al extremo.

Ambientado en las Montañas Rocosas de Colorado, esta formación pedregosa y agreste no solo sirven como protección a los niños, sino que devoran a los que se adentran en ellas a partes iguales. Hay un momento en que Riley siente que las montañas tienen rostro, que las cuevas son ojos y las bocas de roca afilada la observan a ella y a Oliver con un desdén antiquísimo, indiferente a si dos vidas diminutas se apagan o no en su ladera.

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Riley se da cuenta de que tienen cara, las montañas tienen cara: las cuevas son ojos, las bocas crueles son de roca afilada.

Esa cualidad sublime y amenazante a la vez emparenta el libro con la mejor tradición del folk horror (como la de Midsommar). En Llamas en Nuncanada, la montaña no es hostil: requiere de un sacrificio para llenarse de esplendor, vida y belleza; un sacrificio que jamás es del todo inocente…

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¿Para quién es Llamas en Nuncanada?

Llamas en Nuncanada funciona especialmente bien como puerta de entrada al universo de la autora. Si nunca has leído nada suyo y quieres descubrir de qué va eso de Catriona Ward antes de lanzarte a La casa al final de Needless Street o a La pequeña Eve, este es un buen punto de partida porque encontrarás aquí todos sus rasgos reconocibles: las múltiples voces, las líneas temporales que se cruzan, la infancia herida, el paisaje convertido en amenaza…

Es, sobre todo, un libro para quien le gusta ir montando el puzle por su cuenta, sin que la autora le coloque las piezas en orden. Para quien le gusten las novelas corales, las revelaciones que llegan poco a poco y la sensación de ir reconstruyendo el mapa a medida que avanza. Por el contrario, si lo que buscas es una narrativa lineal, de progresión clara y con las cartas sobre la mesa desde el principio, conviene que sepas de antemano que esta no es tu novela. Funciona mejor leída del tirón, sin las interrupciones del día a día, dejándose llevar por su lógica de niebla en lugar de pelearse con ella.

Como reinvención oscura de Peter Pan, como fábula sobre la infancia desamparada y como pieza de folk horror ambientada en un paisaje tan magnífico como inhóspito, Llamas en Nuncanada cumple lo que propone y te plantea la pregunta final de hasta dónde seríamos capaces de llegar por proteger a quien queremos.

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