¿Cómo se cuenta la vida de una reina de la que todo el mundo cree saberlo todo? Mario Escobar lo resuelve empezando por donde casi nadie mira: mucho antes de Granada, de Colón y de los retratos oficiales, cuando Isabel de Castilla era una niña de diez años a la que arrancan de Arévalo, suben a una galera con las ventanas tapadas y llevan al Alcázar de Segovia para que deje de estorbar. En La prisionera del trono, Castilla es un tablero de ajedrez con demasiadas manos encima y ella, una pieza menor que nadie cuenta con ver llegar al otro lado.
La novela, publicada por Istoría (sello del Grupo Planeta), es además la primera entrega del relato: se cierra en octubre de 1469, con Isabel recién casada y todavía sin corona, y su epílogo deja escrito que queda mucha partida por narrar. La voz que lo cuenta es la de la propia reina, que en el verano de 1504, enferma en Medina del Campo, escribe a su hija Juana para contarle lo que las crónicas no dicen. Así se compone la obra: a través de noventa y siete capítulos brevísimos, tres partes diferenciadas (Una Corona sin rey, Una reina sin corona, Una boda sin novia) y una galería de nobles que cambian de bando más rápido de lo que tardas en pasar la página.
Argumento de La prisionera del trono: de Arévalo a Valladolid
Julio de 1461. Los infantes Isabel y Alfonso, hijos del difunto Juan II, viven olvidados en Arévalo junto a una madre (Isabel de Portugal) que ha perdido la cordura. Su medio hermano, el rey Enrique IV, espera por fin descendencia y ordena trasladarlos a la corte: lo que se presenta como custodia es, en la práctica, un encierro. En el Alcázar de Segovia los recibe la hostilidad abierta de la reina Juana de Portugal, que ve en ellos una amenaza para la hija que está a punto de nacer, y un enjambre de consejeros (el favorito Beltrán de la Cueva, el marqués de Villena, el arzobispo Carrillo) que los miden como se mide una mercancía.
Nos arrancaron de nuestro hogar, algo que no se hace ni a los animales salvajes. ¿Es natural robar del nido los polluelos que no han aprendido a volar?
A partir de ahí, la novela sigue ocho años de vida a contrarreloj: el nacimiento y la jura de la princesa Juana, a la que media Castilla llama ya «la Beltraneja»; la rebelión de los nobles, que se llevan a Alfonso para proclamarlo rey frente a su propio hermano; la guerra civil, los pretendientes que le van buscando a Isabel (a cual peor) y la muerte que lo cambia todo y la deja sola como heredera. Con el apoyo de su ayo Gonzalo Chacón, de su amiga Beatriz de Bobadilla y de un arzobispo de fidelidad discutible, Isabel tendrá que decidir si acepta el marido que le imponen o si elige, a escondidas y jugándoselo todo, a un príncipe aragonés de diecisiete años al que no ha visto nunca.
Era preferible sospechar la traición que mirarla a los ojos. Porque, una vez que ella fija su mirada en ti, ya podías darte por muerto.
Contexto histórico: la Castilla de Enrique IV y la guerra por la sucesión
Para entender por qué una infanta de diez años era un problema de Estado hay que retroceder un poco. Enrique IV había heredado en 1454 un reino en el que la alta nobleza llevaba décadas midiendo sus fuerzas con la corona (el valido de su padre, don Álvaro de Luna, acabó degollado en Valladolid en 1453, y su sombra recorre toda la novela). Su primer matrimonio, con Blanca de Navarra, se anuló tras trece años sin consumarse; del segundo, con Juana de Portugal, nació en 1462 una niña a la que las Cortes juraron heredera y a la que los enemigos del rey atribuyeron enseguida otro padre: Beltrán de la Cueva, un hidalgo de Úbeda que había entrado en la corte como paje y que en pocos años era conde de Ledesma y maestre de Santiago. (Ese ascenso, hecho en parte con rentas y señoríos que Juan II había dejado a sus hijos pequeños, es uno de los detalles mejor aprovechados del libro.) La sátira de la época no se anduvo con delicadezas: las Coplas de Mingo Revulgo pintan al rey como un pastor que deja el rebaño a merced de los lobos y las Coplas del Provincial convierten la corte en un convento donde nadie se salva.
No quiero malmeteros contra nadie, pero en Castilla la envidia es la enemiga más peligrosa. Tened cuidado con quién habláis, quién os ofrece un trago de agua u os invita a sus aposentos. Nuestro reino está sin nadie que lo sepa gobernar.
Y es que, en ese tablero, Isabel era una pieza que casi nadie miraba. Hija del segundo matrimonio de Juan II, tenía por delante a su medio hermano el rey, a los hijos que este pudiera tener y a su propio hermano pequeño, Alfonso, que por ser varón la adelantaba en la línea de sucesión. El testamento paterno lo dejaba claro en el reparto: a él, el maestrazgo de Santiago y media docena de villas; a ella, Cuéllar, la promesa de Madrigal y una renta hasta que estuviera casada. Una infanta no era una heredera, era una dote en espera, y cuando Enrique IV dejó de cumplir aquellas mandas, la reina viuda y sus dos hijos se quedaron en Arévalo pasando estrecheces de las que hablan varios cronistas. Nadie lo consideró un escándalo, y ahí está lo revelador. Castilla no era Francia: las Siete Partidas admitían que una hija heredase el trono a falta de varón, pero el poder de una mujer se entendía de otro modo, como algo que pasaba por su vientre y por su honra. El de la reina Juana, llegada de Portugal con dieciséis años, dependía por entero de dar un heredero y de que nadie dudara de quién era el padre; por eso su reputación era asunto de Estado y por eso la novela la muestra defendiendo a su hija con uñas y dientes.
Enrique IV ejercía el suyo de la manera contraria a la que su siglo esperaba de un rey. Prefería negociar a combatir, compraba lealtades con mercedes y gobernaba a través de privados (primero Pacheco, después Beltrán), lo que convertía cada favor en un agravio para quien no lo recibía. El gran reproche, con todo, era su inacción hacia el sur. Castilla llevaba siglos legitimando a sus reyes por la guerra contra el islam, y Enrique empezó su reinado convocando Cortes para lanzar la ofensiva sobre Granada; pero la hizo a base de talas y cabalgadas, rehuyendo la batalla campal en la que la nobleza ganaba botín y fama, y acabó prefiriendo las treguas y los tributos del emirato. Que además se rodeara de una guardia de jinetes moros y comiera, vistiera y se sentara a su usanza dio a sus enemigos el argumento perfecto para atacarle: Enrique era un rey que no hacía la guerra al infiel y vivía como él. Sus dos cronistas ni siquiera se ponen de acuerdo en el retrato (Diego Enríquez del Castillo, su capellán, lo pinta clemente y pacífico; Alonso de Palencia, que acabó en el bando contrario, lo retrata como un hombre sin piedad), y en ese desacuerdo cabe entera la Castilla en la que crece la infanta.
El orgullo es el único pecado del mundo, el que jamás sería perdonado, cuyo portador es incapaz de beber de la copa del arrepentimiento. Sabía que Castilla necesitaba menos orgullo y más misericordia. Pensé en las palabras de las Sagradas Escrituras, que sobre cualquier otra cosa hay que guardar en el corazón.
Personajes reales y personajes inventados en La prisionera del trono
Casi todos los nombres que cruzan la novela tienen partida de bautismo y existieron realmente, y esto hay que concedérselo a Mario Escobar. Reyes, validos, arzobispos, embajadores y hasta el paje de Alfonso, un tal Gonzalo Fernández de Córdoba al que la historia acabará llamando Gran Capitán, están en las crónicas (uno de los secundarios es, por cierto, bisnieto de aquel Pedro I cuyas mujeres protagonizaban Olvido y crueldad, de Álvaro Lozano). Los inventados caben en una línea y el propio autor los señala en su nota final: Gaspar, el aprendiz del archivo de Segovia; Mohamed, el soldado de la guardia mora del rey (la guardia sí existió), y los bandidos que complican cierto viaje. A ellos se suman algunas figuras de servicio y poco más.
Y es que lo que Mario Escobar inventa no son personas, sino certezas. La Castilla de Enrique IV nos ha llegado a través de rumores y la novela los va planteando, a toda velocidad, eso sí, uno a uno. Que la princesa no fuera hija del rey fue una sospecha que sus enemigos hicieron circular y que nadie llegó a probar, pero Mario Escobar le pone un testigo en la obra. Algo parecido ocurre con dos muertes muy oportunas que las crónicas despachan como una enfermedad repentina en mitad de un camino y como una pestilencia (de esta última ya se dudó entonces, y un estudio de la Universidad de León volvió a dudar en 2013) y que en el libro tienen culpable y motivo. La reina Juana sale todavía peor parada, porque la novela da por buena la acusación de los nobles rebeldes, que decían que los infantes vivían presos y amenazados de muerte, y la convierte en un peligro de carne y hueso. Y del paje solo consta que pasó del séquito del hermano al de la hermana, así que la complicidad que comparte con Isabel es terreno exclusivo del novelista.
No es un capricho, ya que quien cuenta la historia es Isabel, y lo que leemos es su versión de los hechos: la misma que acabaron fijando los cronistas de su bando. Cuando ella no estuvo presente, el libro tiene la honradez de apuntarlo con frases como «me lo refirió» o «me contó años después».
Querida hija, la vida está repleta de personajes desconocidos que han hecho más por algunos reinos que los que aparecen en las crónicas.
Tono narrativo: una novela histórica de capítulos cortos que va al galope
Lo primero que notas al abrir La prisionera del trono es la velocidad. Y es que la novela condensa en noventa y siete capítulos ocho años de historia: así te encontrarás con escenas de tres o cuatro páginas, casi siempre cerradas con un cliffhanger, que saltan de Segovia a Madrid o de Zaragoza a Roma, sin detenerse a describir más de lo imprescindible. Mario Escobar escribe la juventud de Isabel con el pulso de una novela de aventuras: hay emboscadas en el camino, un oso en los montes de El Pardo, copas que es mejor no beber, fugas a caballo y un príncipe disfrazado de mozo de mulas. (Esto último, por inverosímil y raro que parezca, ocurrió y está documentado en las crónicas.) Muchos capítulos se abren o se cierran, además, con unas líneas en las que la reina de 1504 se dirige a su hija, y es ahí, en esa segunda persona, donde el libro baja el ritmo y deja sitio a la sentencia y al consejo.
Esa velocidad tiene una consecuencia que conviene saber antes de entrar: la novela es coral en nombres, pero no te ofrece esta misma riqueza de perspectivas. Por estas páginas desfilan decenas de condes, obispos, embajadores y damas que entran, juran, traicionan y salen con la misma rapidez con la que ondean sus blasones en el campo de Olmedo, y lo más probable es que al cerrar el libro recuerdes a muy pocos. Los que se quedan son tres: Isabel, que lo narra todo; Fernando, que no aparece hasta bien avanzada la segunda parte y que llega con el desparpajo de quien todavía no sabe lo que es perder; y Juan Pacheco, el marqués de Villena, un antagonista de una pieza (sonrisa de zorro, lengua de serpiente) al que la novela reserva el papel de mano que mueve todas las demás. Los demás entran y salen con tanta rapidez, con tan poca descripción sobre su vida, físico o pareceres, y se les da tan poca importancia que, inevitablemente, a mitad de lectura tuve que renunciar a mis intentos de memorizarlos y contextualizarlos y soltar todo el control. Siendo honesta, hubiera preferido que la novela se extendiera y así poder empatizar, quizás con Beatriz, quizás con la propia Juana o con el pobre paje.
¿Ellos son las piezas que se pueden sacrificar en la partida para proteger al rey y la reina?
Hay una excepción, y es la que sostiene emocionalmente el relato. Alfonso es el único personaje al que la novela le concede tiempo: lo vemos con siete años agarrado a la cintura de su hermana, ganándole al ajedrez en cinco movimientos, celebrando los catorce con Gómez Manrique, y por eso su final es el único que de verdad pesa.
Que me entierre en una tumba propia de reyes y pida a los cronistas y juglares que hablen del rey niño que amó a Castilla más que a su propia vida.
Moneda de cambio: el matrimonio como mercado en la Castilla del siglo XV
Antes de ser reina fui la moneda con la que los hombres sellaban sus juramentos.
La frase abre la novela y funciona como pilar sobre el que se sustenta todo. Y es que La prisionera del trono es, antes que la historia de una coronación, la historia de una negociación matrimonial contada por la mercancía: a Isabel la ofrecen sucesivamente a un maestre de Calatrava que casi le triplica la edad, a un rey de Portugal viudo y a un duque francés, y en cada oferta lo que se tasa no es ella, sino lo lejos que quedaría de Castilla. El vocabulario que la rodea es de feria de ganado (Pacheco habla de yeguas que hay que domar; ella le contesta que eso se hace con las yeguas, no con una princesa) y la novela lo repite con toda intención hasta que la protagonista le da la vuelta: en las condiciones que envía a Aragón es ella quien reclama dote, quien fija que nada importante se firmará sin su nombre y quien deja escrito que Castilla no se entrega con la novia.
Yo no soy sólo una mujer. Soy la princesa de Asturias. Estabais tratando con quién casarme. Eso se hace con las yeguas.
Isabel no es la única a la que casan, venden o guardan bajo llave en esta novela. Y es que Mario Escobar va repitiendo el mismo destino en casi todas las mujeres que la rodean. Ahí tienes a su amiga Beatriz de Bobadilla, que se pasa noches enteras llorando porque el rey la ha prometido a un hombre diez años mayor al que no quiere, o a la marquesa de Villena, que le explica a la infanta, con una serenidad que da escalofríos, que el amor es cosa de otras y que una mujer noble está en el mundo para parir herederos. Su hija pequeña prepara ilusionada el ajuar de una boda que solo existe como maniobra diplomática y la niña Juana crece encerrada en un castillo de los Mendoza mientras media Castilla discute quién es su padre. Hasta la reina, la gran enemiga de Isabel, tiene un capítulo entero para explicarse (y, la verdad, acabas percibiéndola menos como una villana que antes). Todas son prisioneras del mismo trono, y el título, leído así, habla de todas ellas y no solo de Isabel. De hecho, no es casual que fray Martín de Córdoba se presente en Arévalo con un tratado sobre las virtudes de las doncellas y que Isabel se lo discuta punto por punto: el Jardín de nobles doncellas existió, se escribió para ella hacia 1468 y defendía, con todas las cautelas de su siglo, que una mujer podía reinar.
Los nobles tienen que velar por el honor de sus casas. Por eso sus alianzas han de ser siempre políticas. ¿Pensáis que una princesa puede aspirar al amor?
Las cartas a Juana: lo que la novela sabe y su destinataria todavía no
El segundo gran acierto de construcción es el marco. Isabel no le habla al lector, sino a Juana (la que la posteridad llamará la Loca), que en 1504 está en Flandes pendiente de un marido que no se ha molestado en aprender una palabra de castellano. Cada consejo que la madre desliza entre recuerdo y recuerdo (que no se deje gobernar por nadie, que los celos son malos consejeros, que cuide su seso) está escrito sobre una ironía trágica que la narradora ignora y tú no: sabemos que la hija a la que entrega «una Corte donde las mujeres han aprendido a ser libres» pasará casi medio siglo encerrada en Tordesillas. La prisionera que da título al libro acaba teniendo heredera también en eso. (Si quieres leer sobre esto, la Juana recién llegada a Flandes es la protagonista de El naranjal y la garza, de Neus Arqués.)
No te dejes gobernar por ningún hombre. Eres la heredera de Castilla y sobre tus hombros recaerá el peso de todo un pueblo que ahora se extiende más allá de la mar océana.
Sobre ese marco descansa también la visión del mundo de la narradora, que es rigurosamente providencialista: «Dios pone y quita reyes» se repite como un estribillo, frente a un Pacheco que sostiene exactamente lo contrario (que en Castilla los reyes los ponen y los quitan los nobles) y a un Fernando criado en la idea de que Dios se ocupa solo de lo que el rey no puede conseguir por sí mismo. El ajedrez es la imagen que la novela elige para ese pulso entre providencia y cálculo, y tiene su gracia histórica: es justo en estas décadas, y en la Península, cuando el juego cambia de reglas y la antigua alferza se convierte en la dama que cruza el tablero entero (el poema valenciano Scachs d'amor, hacia 1475, es el primer testimonio conocido), una transformación que historiadores del juego como Govert Westerveld o Marilyn Yalom han puesto en relación con la figura de Isabel.
Dios es el que gana o pierde. Nosotros sólo somos sus instrumentos, Alfonso. La partida siempre la juega Dios. El resto, simplemente, debemos escoger bando.
Moros, judíos y conversos: la convivencia según la joven Isabel
Queda un último tema, y es el más delicado. La Isabel que la posteridad discute (la de la Inquisición de 1478, la expulsión de 1492, la guerra de Granada) no ha llegado todavía a estas páginas, y el propio autor lo advierte en su proemio al recordar que para unos es una santa y para otros una genocida. La novela opta por retratar el antes: una adolescente que pide en voz alta que cristianos, judíos y musulmanes convivan en paz como en tiempos de su padre, que prefiere a los físicos hebreos porque curan mejor y que le debe la vida, más de una vez, a un soldado de la guardia mora. Los prejuicios del siglo están, pero en boca de otros: es Chacón quien desconfía del converso Cabrera, es Pacheco quien escupe la palabra «judío», es Carrillo quien le reprocha al rey sus costumbres moriscas.
Tranquilizaos. Dios creó tanto a uno como a otros. Mi padre, Juan, protegió igual a judíos que musulmanes. Convivamos en paz.
Que Mohamed sea precisamente uno de los dos personajes que Escobar reconoce haber inventado dice mucho de dónde ha querido poner el acento, y que la narradora de 1504 admita de pasada que aquellas palabras de concordia eran «fáciles de pronunciar y muy difíciles de mantener» es lo más cerca que este primer volumen se asoma a lo que vendrá.
Y aquí es inevitable hacerse la pregunta: ¿está Mario Escobar blanqueando a Isabel para que nos caiga mejor? En parte, sí. La Isabel de esta novela piensa como una lectora de hoy: le parece injusto que a las mujeres se les exija una virtud que a los hombres ni se les supone, aborrece la guerra porque la sangre que se derrama es siempre la del pueblo y defiende la convivencia con una naturalidad que cuesta imaginar en una infanta criada entre confesores en la Castilla de 1460. El autor tampoco esconde de qué lado está (dedica el libro a las mujeres españolas «indómitas, libres y poderosas» y en el proemio la llama «la mujer más increíble que han dado los siglos»). Pero creo que hay dos cosas que juegan a su favor. La primera es la edad: la novela se detiene cuando Isabel tiene dieciocho años y todavía no ha firmado nada de lo que se le reprocha. La segunda, y para mí la más inteligente, es la voz. Quien habla es una reina moribunda que le escribe a su hija para dejarle la mejor versión de sí misma, y nadie se retrata con dureza en su propio testamento.
Entonces, ¿para quién es La prisionera del trono?
La prisionera del trono es para ti si lo que le pides a una novela histórica es que no te suelte: si quieres aventuras, capítulos que se leen de dos en dos sin mirar el reloj y una trama que avanza a golpe de emboscada, cartas interceptadas y una boda negociada a escondidas.
Es para ti si te fascina la Castilla del siglo XV (sus validos, sus bandos, sus reinas vigiladas) y quieres recorrerla entera sin que nadie te detenga en cada sala del alcázar, y también si de Isabel la Católica solo conoces el final de la historia y te apetece empezar por el principio, cuando todavía no era nadie. Si disfrutas más siguiendo una partida que deteniéndote en cada una de sus piezas, este es tu tablero. Y si al cerrarlo te quedas con ganas de saber qué hizo aquella niña con la corona, tranquila: ella misma promete seguir contándolo.


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