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El bosque de los suicidas, reseña del cómic de El Torres

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Imágen destacada - El bosque de los suicidas, reseña del cómic de El Torres

Al noreste del monte Fuji, la montaña más emblemática del país Nipón, se extienden más de 35 km² de un bosque denso, oscuro y cargado de misterios al que acuden cientos de japoneses cada año para suicidarse: Aokigahara. Formado debido a una serie de erupciones y torrentes de lava entre los años 800 y 1083, el bosque se ha convertido hoy en día en el segundo lugar más popular del mundo para suicidarse. A salvo de los curiosos, de las posibles interrupciones y de espectadores indeseados, Aokigahara es la última parada de aquellos demasiado consumidos por el dolor para continuar vivos, sin saber que, inevitablemente, sus almas permanecerán encadenadas a senderos encadenados que ya nadie se atreve a transitar. 

De qué trata El bosque de los suicidas de Karras Cómics 

El bosque de los suicidas es una novela gráfica de terror reeditada por Karras Cómics en la que Gabriel Walta y El Torres exponen una atribulada historia de desamor, suicidio y dolor a través de un espectacular y terrorífico cómic cargado de escenas de una gran potencia visual. En él Alan, un gaijin (o extranjero en japonés), decide cortar una relación tóxica con su novia Masami, la cual está tan obsesionada con él que afirma ser incapaz de vivir si él la deja.

 Alan intenta pasar página saliendo con sus compañeros de trabajo, ignorando el hecho de que Masami, como cientos de japoneses cada año, ha decidido poner fin a su vida marchándose a Aokigahara. Allí, en un rincón solitario, oscuro y apartado, la joven japonesa pone fin a su vida de una forma terriblemente violenta, convirtiéndose desde ese momento en un espíritu vengativo que no parará hasta que Alan descanse para siempre a su lado. 

La obra, de una violencia gráfica solo comparable a su impecable calidad artística, se publicó originalmente en el 2011. Con ilustraciones de Gabriel Walta y guión de El Torres, la novela gráfica se concibió en un primer momento en formato de miniserie de cómics de terror titulados The suicide forest. A pesar (o quizás precisamente por ) de su espectacular calidad artística, rápidamente se convirtieron en joyas difíciles de conseguir en el mercado. Así, con su característico olfato para las historias cargadas de cadáveres, trazos inconvulsos, protagonistas desequilibrados y un dibujo capaz de ponerle los pelos de punta a cualquier lector aficcionado al género, Karras Cómics se decidió a tomar de la mano esta historia y reeditarlo en una preciosa edición de tapa dura con todo el mimo y el cuidado que se merece. 

Y es que El bosque de los suicidas es un relato espeluznante capaz de ponerle el estómago del revés a cualquier lector desprevenido. La maestría que caracteriza a El Torres a la hora de crear obras que calan poderosamente se conjunta a la perfección con un dibujo a trazos, tembloroso y agresivo, donde abundan los primeros planos y las deformaciones de los rostros de una forma que recuerda poderosamente a las películas de terror japonesas donde la inestabilidad de sus planos contribuyen a recordar el temblor de cualquiera que se encuentre cara a cara con un fantasma. De esta forma, en un estilo artístico que recuerda por momentos al del videoclip Breaking the habit de Linkin Park dibujado y animado por Studio 4 °C, El bosque de los suicidas reconstruye escenas de gran complejidad cargadas de guiños a películas de terror y a la cultura japonesa sin aparente esfuerzo, dividiendo la trama en dos bloques basados en una colorimetría muy diferenciada. Por un lado tenemos el pasado y la vida de Alan y de Ryoko, diseñado e ilustrado en un apagado tono azul que recuerda inevitablemente a la tristeza, la melancolía y la soledad y que justifica sin necesidad de bocadillos de diálogo ni palabras el estado anímico de los personajes, frente al verde ocre y apagado de las escenas transcurridas en Aokigahara. Esto no es en absoluto accidental ni anecdótico teniendo en cuenta que el verde es un color que a menudo se asocia con la pobredumbre, la muerte y la descomposición en Occidente. El color, escogido de forma puntillosa y clarísimamente teniendo en cuenta las emociones y significados que ocultan, se emplea de forma brillante para señalar drama o peligro, de tal forma que en toda la obra solo se verán detalles en rojo para señalar las uñas, labios o restos de sangre de Masami y otros personajes peligrosos. 

Esto se suma a espectaculares páginas dobles ilustradas donde no hay lugar para la belleza y para el silencioso respeto que evoca el monte Aokigahara: El Torres y Gabriel Walta se aseguran de mostrar la cara más cruda del suicidio. Lejos quedan las románticas evocaciones de las novelas gráficas góticas donde damas vestidas de blanco embellecen la idea de tirarse de un rascacielos. El bosque de los suicidas es crudo, inquietante y capaz de mostrarte, de alguna forma escabrosa, la profunda soledad que deben sentir los cuerpos abandonados de hombres y mujeres a los que puede que jamás encuentren en el bosque. 

 

Cada una de las cuatro partes, se introduce con una viñeta que retrata imágenes reales filtradas de Aokigahara y un breve poema de diferentes autores, entre los que se encuentra Natsume Soseki, uno de los autores más prolíficos y emblemáticos de Japón cuyos versos están cargados de desasosiego; Matsuo Basho, el poeta y creador de haikus más famosos de la época Edo en Japón; o Kobayashi Isa, poeta y sacerdote budista. 

"

Nunca lo olvides: 

caminamos en el infierno

mirando las flores. 

Kobayashi Isha. 

Con un profundísimo conocimiento de Japón, Gabriel Walta se luce dibujando una Masami absolutamente desquiciada desde las primeras viñetas, introduciendo pequeños detalles como las manos en forma de garras que vaticinan su paso a espíritu vengativo o incluso la forma con la que representan el rostro del propio Alan: un gaijin incapaz de tener su propia personalidad que se ve arrastrado por los acontecimientos. Es magnífico percatarse de que ninguna viñeta está dibujada de forma accidental: por ejemplo, al comienzo de la obra, cuando Alan se está acostando con Midori por despecho tras romper con su ex-novia, el dibujante decide ocultar a propósito la cara del hombre para mostrar su disconformidad con el “pecado” que él mismo cree estar cometiendo.  

A pesar de ello, hay que tener en cuenta que el espectro de Masami no es al 100% un yurei japonés (aunque su comportamiento agresivo y patrón de asesinatos sigan los del onryo más tradicional). A diferencia de los yureis, los cuales no tienen por qué ser siempre espíritus vengativos y que cumplen ciertas reglas obligatorias (como el hecho de no tener pies, aparecer en forma de kimono funerario y contar con un pelo largo que produce repelús), el fantasma de la ex-novia muerta está cargado de convenciones occidentales. Esto no quiere decir, sin embargo que, el autor no se valiese de ciertas imágenes y convencionalismos propios de la representación de los yureis (como hizo en su momento el cineasta Takashi Shimizu con su película Jun On) para proveerle de un maquillaje espectral que deforma su rostro, genera pavor y que, como dato y curiosidad, bebe de las tradiciones del kabuki tradicional. 

El bosque de los suicidas de Karras no es un cómic para todo el mundo 

La novela gráfica está escrita por y para aficionados de la cultura japonesa. Desde las primeras viñetas y diálogos se percibe que El Torres quiere dejar claro no solamente la forma de comunicarse de los japoneses (llamando a la montaña Fuji-san con respeto o hablando de los onis, los yokais y el nomikai de forma natural), sino que también realiza pequeños guiños a su pronunciación (como cuando Ryoko habla de la película Ringu, cuando se refiere a The Ring: el japonés construye los sonidos a partir de sílabas por lo que añaden una “u” /  “o”  al final de las palabras inglesas que acaban en una consonante diferente a “n”.

Esto sumado a las breves viñetas con las que se da a entender que Ryoko es una miko, hacen que el cómic gane mucha más trascendencia cuanto mayor sea tu nivel de cultura japonesa. 

Y es quizás por eso por lo que yo fui capaz de sumergir la cabeza en ese mar sinestésico de trazos inconvulsos, de dobles sentidos, de jerarquías pisoteadas y sobre todo, de una soledad candente y desgarradora capaz de ponerte el cuerpo al revés. Está claro que El bosque de los suicidas, como de momento todo lo que he leído de Karras Cómics, no es fácil de olvidar. De alguna forma morbosa, artística y de una calidad que roza la perfección, su historia, aunque típica, es capaz de revolverte por dentro. Deja, de alguna forma, una huella dentro de ti con olor a soledad, a montes verdes y, por qué no, a desesperanza. 

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