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NOTA: 9.5

The Raven Scholar (El camino eterno 1): reseña completa

La Insomne
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La Insomne

Escritora consumada, concept artist en ciernes y adicta al trabajo. Do...


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Imágen destacada - The Raven Scholar (El camino eterno 1): reseña completa

Me cuesta empezar a hablar de The Raven Scholar. Quizás es porque de alguna manera me siento dividida dentre lo huérfana que me ha hecho sentir terminarme esta obra y lo que increíble que me parece la forma que ha ido evolucionando esta primera parte de la trilogía El camino eterno desde que nos la presentaron, en un evento privado en Gigamesh, como una de las novedades más esperadas de primavera de 2026.

Qué poco sabía yo mientras mi arc engrosaba la pila de libros pendientes de mi estantería que acabaría obsesionada con Neema y Caín, con la nariz metida entre las páginas del libro, acariciando la cubierta de su espectacular edición de cantos tintados durante semanas. Y es que esta obra, la primera incursión a la fantasía épica de Antonia Hodgson (aclamada novelista histórica cuya novela The Devil in the Marshalsea ganó el CWA Historical Dagger 2014), preseleccionada para el Waterstones Book of the Year 2025, tardó cuatro años en escribirse. Y yo la he devorado, dibujado y anotado en menos de diez días menos todavía de lo que me gustaría.

Déjame que me incline, te presente un saludo de cuervo y te prepare para hablarte de qué hace tan mágico The Raven Scholar, y por qué deberías estar leyéndolo ya mismo.

TODO
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Argumento de The Raven Scholar

The Raven Scholar empieza, en realidad, ocho años antes de que empiece. Yana Valit, melliza de Ruko Valit e hija de la princesa Yasila y del gran traidor del Imperio, es convocada por el emperador Bersun y sentenciada al exilio por guardar una reliquia de su padre, muerto hace ya muchos años.

Neema Kraa, archivera y escriba del monasterio del Cuervo, es elegida entonces para usar su excelente caligrafía a la hora de redactar la sentencia en dos copias: una para los archivos, y otra que se coserá sobre la piel de Yana en su largo camino hasta el bosque de Dolrun, donde morirá. Y aunque su mejor y único amigo, Cain, le ruegue que no lo haga y huya con él, Neema sabe que no tiene otra opción y de esta forma, con su pluma, sella el destino de Yana.

Ocho años después, el Imperio de Orrun se prepara para el Festival de los Ocho: el torneo que cada veinticuatro años reúne a siete contendientes de siete órdenes monásticas distintas para decidir quién se sienta en el trono. Neema, que a estas alturas es la Alta Erudita del Emperador y cuyo único compañero de vida es un camaleón llamado Rosita, debería limitarse a organizar la ceremonia de apertura y volver a su biblioteca. Sin embargo, todo cambia cuando aparece una contendiente muerta y el Emperador decide que la persona más indicada para investigar el crimen es, naturalmente, la misma erudita que no tiene ni idea de pelear y que, encima, será arrastrada a competir en el Festival como una contendiente más al trono mientras lo investiga.

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Un worldbuilding húmedo, decadente y plagado de cucarachas

Orrun no es un paraíso, y la isla donde vive el Emperador y su corte se cae a pedazos. Alzado sobre un intento de golpe de estado que pudrió los cimientos del mandato del Oso, el Palacio del Dragón Despertando es un espejismo mal pulido de la gloria de un imperio decadente y terrible. Y no es que los habitantes o la propia Neema se den cuenta de ello y lo pongan de relieve, sino que la ruina se traslada a través de las continuas alusiones a las cucarachas que pueblan las calles y los cubos de basura; a la incapacidad de Palacio para dotar de habitaciones dignas a los contendientes a emperador en cierto momento (dejando incluso a Neema en un cuartucho húmedo, con una alfombra podrida, paredes llenas de moho y hasta alguna rata en descomposición en una esquina).

Queda claro a su vez con la escasez del servicio que tienen los altos cargos (no se le conoce a Varghas criado alguno y la Alta Erudita cuenta únicamente con un secretario incompetente hasta ser sustituida por Benna); y con la elección y descripciones de las comidas que se hacen en la obra. En el banquete de inauguruación del campeonato, Neema se esfuerza por replicar la majetuosidad del banquete original de Yasthala y, aunque consigue replicar los postres con forma arquitectónica, no alcanza la esplendorosidad de antaño (pollo asado, gambas especiadas, lubina…) y se puede ver a las Antiguas Familias rosmando encima de sus platos de sopa aguada.

Y es que Orrun es un mundo de contrastes. Iluminado por la gloria de los relatos y cuentos de antaño, edificado sobre un pasado del que nada se sabe, aterrorizado por la vuelta de los Ocho y la destrucción del mundo, es, también, algo escéptico ante las manifestaciones divinas y la magia en general (en especial los provenientes de anat-ruar, el monasterio del cuervo). Frente a la opulencia de las telas, las sedas y el imperio y las historias de la Emperatriz Yasthala, nos encontramos callejones llenos de deshechos, gente pobre que muere de hambre y una penísula abandonada por un emperador que deja que las murallas, el mantenimiento y la supervivencia de miles de personas, recaigan sobre las manos de un ingeniero que nunca quiso tal grado de responsabilidad.

Y entre ellos nos encontramos a los Ocho, que, seamos honestos, también son dioses un poco decadentes: son protectores y al mismo tiempo su presencia en este Reino significa la destrucción de todo; son portadores de sabiduría pero es posible que te maten en el proceso de dártela. Los invocan en cualquier contexto e inmediatamente desean que “permanezcan ocultos”. Esta dualidad de worldbuilding de The Raven Scholar que supone algo para mí tan refrescante se traslada en cada aspecto de los personajes, del argumento, de la moral e incluso del género de la obra (un mix entre fantasía oscura y whodunit).

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Los Ocho como voz narrativa

The Raven Scholar no reinventa el género, pero está claro que su magnífica voz narrativa es capaz de acunarte en un lecho de géneros entremezclados con una tonalidad única. Déjame que te lo explique quizás de una forma menos poética: Los Ocho son los dioses del Imperio de Orrun: ocho Guardianes que, según la fe del Imperio, se retiraron del mundo hace milenios y cuya eventual vuelta constituye la profecía más temida de la historia. Y Hodgson, en un ejercicio narrativo que personalmente me parece de los más brillantes que he leído en los últimos años, decide que sea precisamente uno de ellos (el Cuervo, el guardián de la sabiduría), quien nos narre parte de la historia. El resultado que nos da es una voz colectiva, omnisciente y profundamente egocéntrica (y adorable) que rompe la cuarta pared dirigiéndose a ti como lectora, que observa y comenta los eventos con la distancia de quien sabe exactamente cómo va a acabar todo esto, pero que al mismo tiempo se dirige a Neema con la familiaridad posesiva de quien la considera su contendiente, su protegida, su pieza en el tablero.

Y es que hay algo enormemente divertido y al mismo tiempo inquietante en la decisión de Hodgson de construir un narrador que es, a todos los efectos, poco de fiar. Como todos los dioses, los Ocho son caprichosos, el Cuervo tiene sus propios intereses, y conforme lees te das cuenta rápidamente que te está guiando hacia donde a él le conviene y que nadie, en especial Neema, está a salvo bajo su protección. Es una trampa narrativa preciosa, de las que solo funcionan cuando el worldbuilding que la sostiene es lo suficientemente sólido como para que funcione todo en su conjunto y no sea una pieza más en la historia.

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Neema Kraa: la antiheroína imperfecta

Y en medio de toda esta magnificiencia narrativa se encuentra Neema Kraa: un reflejo con el que toda adolescente incomprendida, que llevara (o no) gafas y se pasara los recreos del cole o del instituto con la nariz metida en un libro reconocerá. Y es que Neema nos presenta el arquetipo de joven despreciada por el resto, ninguneada, aislada y con un profundo trauma por haber sido rechazada por absolutamente todo el que la rodea.

Como parte de las políticas integracionistas de Bersun en el Imperio, Neema ha obtenido la posibilidad de entrar a formarse en el monasterio del Cuervo e incluso de cambiar su propio nombre a pesar de no provenir de una de las familias fundadoras (la aristocracia de Orrun). Es sin lugar a dudas esto, además de su perfil clarísimamente neurodivergente que la empuja a corregir continuamente a alguien con datos exactos, lo que hace que Neema sea despreciada por los hijos y estudiantes de los nobles con los que comparte monasterio, bien sean sus secretarios; bien sean simples conocidos. Esto queda especialmente de manifiesto cuando Gaida (la cual me recordó poderosamente a Galinda de Wicked) entra en escena y se ve cómo para ellos, relacionarse con Neema, sería un auténtico suicidio político para sus familias.

Pero hay algo que va mucho más allá de su perfil neurodivergente y que convierte a Neema en un personaje de una complejidad moral realmente fascinante: Neema no es solo una víctima del sistema, sino alguien que se ha beneficiado de él. Su ascenso meteórico desde archivera hasta Alta Erudita del Emperador está construido, en parte, sobre los cimientos del acto imperdonable del prólogo: haber escrito la sentencia de Yana. Una culpa que lleva ocho años cargando en silencio, sin poder hablar de ella con nadie y sin posibilidad de redención, porque la propia ley que la condena le prohíbe mencionar siquiera que Yana existió. Que Rosita, su camaleón, acaba siendo el único vínculo afectivo verdaderamente sin complicaciones que le queda en toda la corte, lo cual dice absolutamente todo lo que hay que saber sobre lo sola que está Neema Kraa en el mundo.

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La culpa como motor narrativo a lo largo de toda la obra: el peso de las elecciones

The Raven Scholar comienza de forma suave y deliberadamente inocente para introducirte un mundo con un emperador absoluto, mellizos con un desequilibrio de habilidades y ética y un punto de inflexión importante cuando son convocados a la corte. Lo que sin duda no te imaginas cuando entras a ciegas en esta novela es el hecho de que la culpa es el principal motor narrativo de los personajes y la razón por la que muchos de los Contendientes acaban aspirando al trono.

Y es que lo verdaderamente magnífico de Antonia Hodgson es que esa culpa no le pertenece solo a Neema por haber escrito la nota de exilio que coserían al pecho de Yana. Por un lado tenemos a Shal Worthy, el sargento que ejecutó la orden con la convicción de que hacía lo correcto, y que desde entonces ha intentado ser tan irreprochable, tan perfectamente leal, que la perfección futura compense lo que hizo entonces. Conforme va avanzando la trama veremos que Shal es el clásico paladín que se da de bruces contra un mundo que está más podrido de lo que parece.

Yasila, la madre de Yana, es condenada a un duelo que el Imperio le ha prohibido hacer: no puede llorar a su hija, no puede nombrarla, no puede ni vestirse de gris en su memoria y, encima, con la elección de Ruko, lo pierde también a él. Toda su frialdad, toda su distancia, es la única forma que le queda para sobrevivir a una pérdida que oficialmente no existe. Cain, que sabe perfectamente lo que Neema hizo y lleva ocho años eligiendo no hablar de ello, ignorando sus emociones y levantando un muro de frialdad alrededor de su corazón.

Y luego está Ruko: quizás el más perturbador de todos precisamente porque no arrastra su culpa de forma ostensible, sino que la ha sepultado tan hondo que ya no la encuentra. Ruko traicionó a su hermana, lo hizo deliberadamente, y lleva ocho años construyendo encima de eso una identidad de hierro tan convincente que a veces uno se pregunta si él mismo recuerda lo que hay debajo. Y lo mejor de todo es que la autora se niega a dejarlo ser simplemente el villano de la historia, una de las decisiones más valientes de toda la obra que te permite comprender los tonos de grises detrás de la misma.

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Origen, mérito y privilegio: una sociedad basada en el Antiguo Estamento

Si algo nos queda claro desde que empezamos a leer The Raven Scholar es que nos encontramos en una sociedad medieval y férrea que, aunque empieza a abrir la mano a ciertas ideas de modernidad en su estamentos, no cuenta con un movimiento ideológico predominante que proteja o iguale a los comunes.

Sin embargo, esto depende enormemente del Monasterio o casa al que sirvas. Algunos de los Ocho son más abiertos a la posibilidad de que personas sin sangre aristocrática, las llamadas Antiguas Familias en Orrun, puedan atravesar sus puertas y estudiar con ellos. Este es el caso del Monasterio de Oso (todo el que sobrevive y supera su prueba de iniciación es digno de entrar), el Monasterio del Zorro, el del Buey y el del Dragón si tienes el infortunio de ser seleccionado. Sin embargo, otros como puede ser el Monasterio del Tigre, Cuervo o Mono son mucho más elitistas.

Con el cambio de políticas de Bersun, el Emperador abrió la posibilidad a que los hijos de los comunes pudieran entrar en cualquiera de ellos, provocando de esta forma un falso espejismo de tolerancia. Y es que por mucho que Neema haya superado los exámenes, las pruebas y sea, sin lugar a dudas, la mejor de su promoción, nada en el Monasterio del Cuervo está preparado (ni pretende estarlo) para darle una oportunidad justa. Desde sus compañeras de curso, entre las que se encuentra Gaida y que desprecia y rechaza a Neema en cuanto la ve, hasta Kindry, el monasterio del templo, que la acepta como un mal menor. Está claro que no hay detrás (o la autora no nos lo ha mostrado), un proceso ideológico de resistencia o lucha contra el orden estamental anterior, lo cual de alguna manera, al más puro estilo del tribuno Tiberio Graco en el S.II a.C., demuestra que las reformas de igualdad entre los comunes y el resto son, para las viejas familias, un mal pasajero producto de la excentricidad de un emperador demasiado compasivo.

Esto nos genera un sentimiento de impotencia e injusticia como lectores mientras leemos sobre los esfuerzos de la propia Neema por sobrevivir con su disociación emocional que, de alguna manera, solventa la aparición de Sol (un personaje magnífico del que no te hablaré para no hacerte spoiler). Y es que The Raven Scholar no nos presenta una sociedad en transición hacia algo mejor, sino una sociedad que ha aprendido a mirar hacia otro lado y fingir que nada ha cambiado. Las reformas de Bersun no han logrado tanto como deberían y el Festival de los Ocho, que debería ser la máxima expresión de ese mérito por encima del linaje, acaba demostrando, una vez más, sus brutales contradicciones: porque cuando Neema ocupa el lugar de contendiente del Cuervo, la reacción de la corte entera no es admiración, sino de rechazo.

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Entonces… ¿merece la pena leer The Raven Scholar?

Déjame empezar diciéndote qué no es The Raven Scholar. No es ni una obra juvenil, ni un romantasy popular. Sus primeras 50 páginas pondrán a prueba incluso al lector más avezado de novelas del género fantástico debido a la rapidez con la que cruza nombres, escenarios, lugar y contexto solo para después, de una patada en las espinillas, te obligue solo unas páginas más adelante a recontextualizarte de nuevo ocho años más tarde con personajes y escenarios nuevos.

Si lo piensas en frío, The Raven Scholar no reinventa el género: tiene pruebas que deben superar los contendientes, personajes que encajan de forma aproximadamente certera en los arquetipos de héroes y arcos de redención para todos los cretinos que van apareciendo al comienzo de la obra. Y sin embargo, tampoco sabría decir por qué me ha obsesionado a niveles inesperados (sí sé por qué, adoramos a los Ocho, especialmente al Cuervo y al Zorro). The Raven Scholar plantea una novela perfectamente entrelazada, que se toma en serio a sí misma, llena de debates morales y con personajes en absoluto planos que van saliendo de las dificultades como van pudiendo.

La edición de Oz Editorial, especialmente la tapa dura con cantos tintados, es todo un acierto para revestir la obra de la magnificiencia que se merece. Si eres de las que disfrutan de una fantasía que te exige y te recompensa en igual medida, de las que subrayan frases con el lápiz y necesitan hablar con alguien del libro en cuanto lo terminan: este es tu libro. Y si además tienes la suerte de llegar a él sin saber nada, mejor todavía. Cuando terminé de leerlo me sentí dramáticamente huérfana sin el apoyo contante de sol y mi bandada en tinta. Solo espero que Antonia Hodgson no tarde demasiado antes de traernos The fox in winter

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