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NOTA: 10

Reseña de Hija de invierno, de Lola Llatas: fantasía oscura sobre un reino sitiado

La Insomne
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Escritora consumada, concept artist en ciernes y adicta al trabajo. Do...


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Imágen destacada - Reseña de Hija de invierno, de Lola Llatas: fantasía oscura sobre un reino sitiado

Hay algo que se pudre detrás de las murallas de Veldra. No es solo el hambre, o la guerra, o los cadáveres que nadie puede enterrar porque fuera no queda nada: es la bruma roja del Olvido, una niebla letal que devora todo lo que toca y convierte los cuerpos en parte de sí misma, engordando con cada vida que se lleva. Dentro del castillo gobierna una reina bajo el consejo de los muertos. Fuera, solo queda vacío.

Hija de invierno (Duermevela, 2026), la novela de Lola Llatas, me ha dejado sin respiración durante trescientas páginas y me ha envuelto en una atmósfera cargada de simbología y misticismo capaz de superar con creces mis ya de por sí elevadas expectativas.

Porque Lola Llatas no viene de la fantasía (o al menos no de forma directa). Viene de escribir terror rural con su obra Bosque, o incluso de destacar con el thriller psicológico (El lugar invisible, una de sus obras, se llevó el Premio Ignotus a Mejor Novela en 2024). Con Hija de invierno da el salto a la fantasía oscura de asedio y encierro y lo hace como quien lleva toda la vida preparándose para esto sin que nos diéramos cuenta. Déjame que te cuente qué tiene para mí esta novela para ser tan increíble.

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Argumento de Hija de invierno

Veldra es un reino que lleva tanto tiempo en guerra que ya no recuerda cómo era la paz: cercado por la bruma roja del Olvido, una niebla letal que devora todo lo que toca y que se alimenta, literalmente, de los cuerpos de quienes engulle, el reino sobrevive como puede bajo el gobierno de una reina que consulta al consejo de muertos sobre su próxima decisión y que ha prohibido la misma magia que podría salvarles.

Y es que la familia real lleva generaciones aferrándose al poder matando brujas, y ese miedo atávico a perder el control les impide usar lo único que podría curarles, incluso cuando tienen a un guerrero malherido desangrándose y a sanadoras que observan, impotentes, cómo su reino se pudre desde los cimientos. La tensión explota cuando Ysla, una joven que logra atravesar la niebla, entra en la fortaleza y declara haberse casado con el príncipe heredero. Ysla no recuerda gran cosa, solo que su amor se halla malherido y que la única forma de poder salvarlo, es llevándose el Cáliz sagrado, en el que reside todo el poder de la magia de Veldra, a través de la bruma allá donde Alderick la está esperando.

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Veldra, o cómo se construye un reino que se devora a sí mismo

Si hay algo que Lola Llatas hace magistralmente en Hija de invierno, es la construcción de una atmósfera y un worldbuilding cargado de referencias donde la gloria de antaño se construye sobre la guerra y la opresión de los más débiles y donde la decadencia del asedio sostenido se traslada en la grieta política que revienta un sistema estamental basado en la monarquía heteropatriarcal más absoluta.

Y lo hace, sobre todo, construyendo Veldra en vertical. El castillo se apila a través de niveles y niveles de piedra que ascienden por escaleras gigantes hacia las estancias de la reina y descienden hacia unos sótanos donde la servidumbre lleva tanto tiempo encerrada por el asedio, que ya ha olvidado la luz del sol. Esa construcción arquitectónica no es fruto de una casualidad ni mucho menos decorativa, sino que manifiesta con fuerza la tesis política de la novela. Porque en Veldra, la altura equivale a la distancia respecto a la muerte, y cuanto más arriba vives, más fácil resulta fingir que los de abajo no existen.

Esto es especialmente evidente con la señora de Veldra, que se niega a bajar para ver a su pueblo hacinado en los primeros pisos mientras intentan sobrevivir al asedio, sí, pero también gracias a la madre de Caelem, el guerrero que regresa del Olvido sin recuerdos, de la que se nos cuenta que muere en esas profundidades sin que nadie pueda sacarla. Es, quizás, especialmente ilustrativo, cómo Lola Llatas cuenta de pasada este tipo de situaciones, añadiéndolo como dato ambiental que te deja claro que morir encerrada bajo tierra es parte de su normalidad.

Esa construcción vertical recuerda poderosamente a un Piranesi vivo. Las Carceri d'invenzione, esas cárceles imaginarias que el grabador italiano dibujó en el siglo XVIII, están construidas exactamente con la misma lógica con la que Llatas levanta su castillo: escaleras que no llevan a ninguna parte, niveles que se suceden hasta perder la cuenta y una sensación de que la arquitectura misma es el carcelero. La diferencia es que Piranesi dibujaba cárceles vacías y Llatas las llena de gente que no sabe que lo es. Porque en Veldra, todos son prisioneros, aunque solo algunos lo parezcan.

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Nadie sale de Veldra: la cárcel donde la reina viste de seda

El movimiento de los personajes a través de esa vertical que es el palacio es un reflejo realmente de lo que sucede en la trama y la brecha que se va abriendo en este sistema estamental. Así, Ysla, la joven que llega sin recuerdos pero con la idea de haberse casado con el príncipe, entra al castillo y sube, atravesando los niveles hacia arriba en dirección a la reina, al consejo y al Cáliz; mientras tanto, Joya, una de las favoritas de Alderick, la primera mujer de su harén, abandona la opulencia de las plantas altas y baja, renunciando a las sedas para descender a los pisos donde la vida ya no es vida sino supervivencia a oscuras. Ese cruce, esa coreografía de dos mujeres que se pasan en la escalera yendo en direcciones opuestas, funciona como el mapa moral entero de la novela.

Porque nadie sale, esa es la clave. Fuera está el Olvido, esa bruma roja que Llatas trabaja con una fisicidad casi pictórica: una niebla que tiene textura y color y que te trae a la cabeza inmediatamente los rojos enfermos de Francis Bacon, en esas figuras que parecen gritar envueltas en atmósferas que las devoran desde el propio lienzo, y que te muestran de golpe por qué Llatas insiste tanto en describir la niebla visualmente: porque el Olvido es el paisaje pintado del reino, su autorretrato involuntario. Y dentro del castillo no se está mucho mejor, porque el asedio ha convertido los muros en la otra cara de la misma cárcel. La única diferencia es que la cárcel de arriba viste seda.

Y sobre todo, la novela escucha. Si hay algo que Llatas trabaja con especial intensidad sinestésica, no es el olor, ni siquiera la vista: es el sonido. Veldra grita. Gritan los de los sótanos, gritan los heridos que nadie puede sanar porque la magia está prohibida, y gritan, sobre todo, las puertas del consejo. Porque las puertas de la sala donde la reina consulta a los muertos están hechas de cadáveres que alargan los brazos y se desgañitan cuando la reina se pone delante. La reina, la dama con el corazón de hielo que, cuando cruza, aparta la mirada. Ese gesto es, para mí, una de las cosas más afiladas del libro, ya que nos muestra la negación mental activa del horror. La reina sabe perfectamente quiénes son los cuerpos que le aguantan las bisagras del poder, y todos los días elige no mirarlos. El Olvido, en realidad, no está solo fuera del castillo.

Lo más desolador, sin embargo, es que ella también lo sabe. Porque la reina de Veldra no vive en la ficción de su poder: es plenamente consciente de que está tan atrapada como la servidumbre de los sótanos, solo que su celda tiene ventanas y trajes. Y lo que hace con esa consciencia es lo que probablemente sea la imagen más perturbadora de toda la novela: cada vez que se siente superada, abre una caja donde guarda una pequeña criatura vampírica y deja que le muerda hasta desmayarse, porque solo en las alucinaciones que siguen a esa mordedura puede regresar a un tiempo en que fue feliz, como en Füssli y su Pesadilla.

Y ahí es donde todas las piezas del worldbuilding terminan de encajar en una sola tesis, que es la que me ha dejado dándole vueltas al libro mucho después de cerrarlo. Veldra no es un reino donde hay víctimas y verdugos claramente separados por la arquitectura, sino un reino donde el sistema estamental, guerrero y heteropatriarcal ha convertido a todas sus mujeres en prisioneras de distinta categoría, donde la servidumbre muere a oscuras en los sótanos, las favoritas sacrifican su propio cuerpo para placer y disfrute de los hombres, las sanadoras callan mientras observan pudrirse lo que podrían curar, y la propia reina se deja morder cada noche por una criatura guardada en una caja para soportar el peso de gobernar una cárcel desde el piso más alto de la cárcel. Veldra es la historia, levantada piedra a piedra sobre los cuerpos que la sostienen.

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El poder que se condena a sí mismo: la quema de brujas y la sororidad

Una de las jugadas más inteligentes de Hija de invierno es que su conflicto central no es externo, sino autoinfligido (la verdad es que escuece un poquito al escribir esto, porque la mayor parte de nuestro sufrimiento lo es). Y es que Veldra no se muere porque la bruma la asedie: Veldra se muere porque al quemar a las brujas, se ha negado a sí misma la única herramienta que podría salvarla.

Al igual que en la caza de brujas bajo Jacobo VI (finales del siglo XVI y principios del XVII), la familia real lleva generaciones aferrándose al trono mediante la persecución sistemática de las brujas y ahora que el reino agoniza, que los guerreros vuelven malheridos del Olvido y que las sanadoras observan impotentes cómo la carne se pudre sin remedio, no puede recurrir a lo único que lo salvaría sin deslegitimarse por completo. Es una paradoja casi perfecta, y Llatas la trabaja con una precisión que la convierte en mucho más que un motor argumental: el poder de Veldra prefiere morir antes que reconocer que se equivocó al nacer (algo, en mi opinión, en extremo heteropatriarcal).

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Las mujeres que empiezan a hacer preguntas

Una de las decisiones más finas de Lola Llatas es haberse negado al crear personajes planos a través de la construcción más arquetípica de la fantasía: es decir, la heroína que se opone a la reina malvada y deja al lector escoger bando con comodidad. En Hija de invierno no hay bandos limpios entre mujeres sino un espectro basado en el miedo. Están por un lado las sanadoras que callan porque nombrar la magia es firmar una sentencia de muerte; las favoritas del harén de Alderick, construidas para ser decorativas, que sin embargo empiezan a mirarse entre ellas y a reconocer en la otra la misma jaula de sedas. Está Joya, a la que le arrebatan todo o Ysla, que entra desde fuera sin memoria.

Hay aquí ecos evidentes a Las hermanas del invierno de Katherine Arden, con su tradición de mujeres que heredan saberes prohibidos en reinos que las queman por tenerlos. Pero la referencia que me resuena con más fuerza leyendo a Llatas es Beloved, de Toni Morrison, porque Morrison entendió antes que casi nadie que la maternidad, bajo un sistema de violencia estructural, deja de ser un espacio íntimo y se convierte en un campo de batalla. Y eso es exactamente lo que ocurre en Veldra, donde a las madres de las clases bajas se les arrebatan los hijos en tiempos de paz para alimentar al consejo de guerra, donde la madre de Caelem muere en los sótanos sin que nadie pueda salvarla, y donde la reina carga con un calvario íntimo que Llatas se cuida mucho de no convertir en excusa pero tampoco en simple castigo narrativo. En Hija de invierno, preguntar es el primer acto de insurgencia que le queda a una mujer de Veldra, y Llatas construye una novela entera sobre el momento exacto en que varias de ellas, desde pisos distintos del mismo castillo, empiezan a hacerlo casi al mismo tiempo.

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Ysla, o la amnesia como insurgencia

Y en medio de todo esto, Lola Llatas mete a Ysla, que es justamente la que no tiene preguntas porque no tiene recuerdos. Lo que podría parecer un recurso romántico al uso (la amante que cruza la niebla guiada solo por la certeza de un amor esperándola al otro lado) es en realidad una de las jugadas políticamente más afiladas del libro: en un reino gobernado literalmente por la memoria, por un consejo de muertos que dicta cada decisión de la corte, Ysla entra siendo casi un folio en blanco. No carga con el peso del pasado de Veldra, no debe lealtad a los cadáveres que gritan en las puertas del consejo, no recuerda las guerras que justificaron la quema de brujas ni los pactos que levantaron los muros donde muere la servidumbre.

Su amnesia es estructural, lo que la convierte en una figura disruptiva. Ysla puede mover Veldra precisamente porque es la única que ha llegado hasta sus estancias más altas sin traer consigo el archivo de excusas heredado junto con el apellido o el sacrificio de las favoritas, y por eso la amenaza que representa para la reina es epistemológica. Lola Llatas le da la vuelta con elegancia a uno de los clichés más manidos de la fantasía romántica: aquí el personaje que ha perdido la memoria no es una víctima que deba recuperarse para cumplir su destino, es el agente del cambio precisamente porque su vacío es su arma.

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Mi opinión sobre Hija de invierno: por qué no puedo dejar de pensar en la reina

Os voy a ser sincera: hacía muchísimo tiempo que una novela de fantasía no me dejaba con esta sensación de querer volver al escenario en cuanto cierro la última página. Hija de invierno me ha encantado de principio a fin. La aventura funciona, el palacio con su rollo nigromántico y sus puertas que aúllan me ha parecido una de las ambientaciones más memorables que he leído en años, y el retrato de la opresión sistemática de las mujeres de Veldra me ha parecido tan afilado como desolador.

Pero si tengo que ser totalmente honesta, lo que me ha atrapado de verdad no ha sido tanto Ysla como la reina. Ysla funciona, cumple su papel como figura disruptiva y como motor del cambio, pero es la reina quien me ha fascinado desde el comienzo. Esa mujer viuda que podría liberarse pero que es víctima de la herencia de su propia opresión, que viste trajes sacados de un sueño de Alexander McQueen (concretamente de su colección Widows of Culloden de otoño/invierno 2006-2007). Quiero más de ella. Quiero saber cómo llegó hasta ahí, quiero entender cuándo decidió dejar de mirar, quiero que Llatas me dé trescientas páginas más solo con ella dentro de su torre.

¿Para quién es Hija de invierno? Para quien disfrute la fantasía oscura entendida como género adulto y no como estética. Para quien busque atmósfera densa, imaginería potente y personajes moralmente incómodos. Para quien haya leído a Katherine Arden, a Madeline Miller o a Toni Morrison y quiera ver cómo una autora española dialoga con esa tradición desde un reino sitiado por la niebla. ¿Para quién no lo es? Para lectores que vengan buscando romantasy ligero, quien prefiera la fantasía cómoda de sagas largas con mapas y escuelas de magia o para quien necesite que sus novelas le ofrezcan una salida luminosa.

Yo voy a estar pensando en esta novela mucho tiempo. Probablemente la relea. Probablemente me obsesione todavía más con la reina. Y probablemente esté esperando con los dientes apretados lo próximo que publique Lola Llatas, porque si este es su salto a la fantasía oscura, me muero por ver hasta dónde piensa llegar.

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