Escritora consumada, concept artist en ciernes y adicta al trabajo. Do...
En Corea del Sur, hablar de salud mental sigue siendo, para muchos, territorio prohibido. El peso del nunchi (눈치)— esa conciencia colectiva de lo que se espera de ti — convierte el malestar psicológico en algo que se disimula y se esconde so pena de ser apartado de la sociedad en un ejemplo moderno similar a la lepra de antaño. Que una joven editora publicara en un blog las transcripciones literales de sus sesiones con su psiquiatra, con toda su torpeza, sus rodeos y sus vergüenzas al aire, fue, en ese contexto, un acto subversivo. Y sin embargo, o quizás precisamente por eso, Quiero morir pero quiero comer tteokbokki se convirtió en un fenómeno editorial que sacudió Corea del Sur primero y luego al resto del mundo.
Y es que algo está cambiando poco a poco dentro de Corea del Sur. La cultura popular lleva ya unos años colándose por las grietas del tabú que plantea el nunchi (눈치): series como A Una dosis diaria de sol — que lleva a Netflix directamente a las salas de psiquiatría de un hospital coreano — demuestran que hay un público enorme, hambriento de ver representado un sufrimiento que lleva décadas sin nombre.
Publicado originalmente en Corea del Sur en 2018, Quiero morir pero quiero comer tteokbokki debutó directamente en el número uno del ranking semanal de Kyobo — la mayor cadena de librerías del país — y no tardó en cruzar fronteras: traducido a más de 25 idiomas y con más de un millón de copias vendidas en todo el mundo, su edición británica en Bloomsbury alcanzó las 100.000 copias en apenas seis meses. Es, además, el primero de una bilogía: Todavía quiero morir pero sigo queriendo comer tteokbokki continúa el mismo dispositivo narrativo y prolonga la conversación sobre la distimia y la necesidad de dar visibilidad a este tipo de enfermedades mentales.
De qué trata Quiero morir pero quiero comer tteokbokki
Quiero morir pero quiero comer tteokbokki es un diario donde la autora, Baek Sehee, transcribe doce semanas de sesiones entre ella y su psiquiatra, intercaladas con breves textos reflexivos donde medita acerca de sus traumas, sus problemas personales y los obstáculos emocionales que ha ido encontrando en su vida.
De esta forma, Quiero morir pero quiero comer tteokbokki no se nos presenta como una autobiografía o un manual de crecimiento personal, sino más bien como un cuaderno de su proceso de autoexploración y conocimiento, con todo lo que eso implica. Y es que es importante comprender que no asistiremos como lectores a una historia de mágica sanación, consejos que nos curen nuestros traumas ni detalles específicos sobre la vida y las relaciones de Baek Sehee. En su lugar, asistiremos a conversaciones llenas de repeticiones, rodeos, pequeñas obsesiones que vuelven una y otra vez y la sensación, trasladada por parte de la autora, de que no hay un progreso suficiente para todo lo que sufre.
Se trata de un libro que funciona como testigo susurrado de la distimia, la depresión crónica que te paraliza, te impide tomar decisiones y te va arrastrando, cada vez más, a un estado de parálisis que refuerza tus patrones de conducta más tóxicos y dañinos.
[...] el corazón humano, incluso en los momentos más miserables, incluso cuando lo único que quiere es dejar de sentir y de sufrir, muchas veces también quiere ir a comer tteokbokki
Para quién es este libro
Ya he dicho anteriormente que Quiero morir pero quiero comer tteokbokki no es un libro de autoayuda ni una novela o biografía propiamente dichas. Si te aproximas a él buscando una solución para tu propio caso de distimia o depresión, sal corriendo: no encontrarás ejercicios, no encontrarás herramientas, no encontrarás un camino hacia la mejoría. Lo que encontrarás es a alguien que sufre lo mismo que tú y que tampoco sabe muy bien cómo salir de ello.
Es, en ese sentido, un libro que funciona exclusivamente como espejo. Te reconoces, sientes que no estás sola, y cierras las últimas páginas exactamente igual que las abriste — sin respuestas, sin mapa, sin red. Para quien busca compañía en el malestar sin esperar nada más, puede ser suficiente. Para quien necesita algo que le ayude a moverse, resultará profundamente insatisfactorio.
La distimia como territorio narrativo
Existe una forma de sufrimiento que padece entre el 3 y el 6% de la población en el mundo y del que nadie habla. No es la depresión que te impide levantarte de la cama, ni la crisis que lo rompe todo de golpe y te obliga a parar. Es algo mucho más escurridizo y, precisamente por eso, mucho más difícil de nombrar: la distimia, una depresión crónica de baja intensidad que convive contigo mientras sigues funcionando, sigues respondiendo correos, sigues quedando con tus amigos y sigues, en apariencia, estando bien. Es el tipo de malestar que, en una sociedad hiperproductiva donde el peso y la responsabilidad de “estar bien” recaen siempre en ti, hace que te sientas con poco permiso para pedir ayuda y parar, y mientras tanto vas dejando que se coma tu vida.
quiero querer y ser querida. Quiero encontrar un camino que no me hiera. Quiero vivir una vida que me satisfaga. Quiero seguir cometiendo errores y descubriendo nuevos caminos.
Baek Sehee va al trabajo. Queda con amigos. Mantiene una vida que, vista desde fuera, parece completamente normal. Y sin embargo acude cada semana a la consulta de su psiquiatra para intentar poner palabras a una tristeza que no termina de tener forma. Esa tensión — entre el exterior funcional y el interior roto — es el verdadero territorio narrativo de Quiero morir pero quiero comer tteokbokki, y es lo que lo separa de prácticamente todo lo que existe sobre salud mental en el mercado editorial. No es El año del pensamiento mágico de Joan Didion, donde el duelo tiene una causa clara y una cronología, sino algo más parecido a lo que Sally Rooney hace con la ansiedad en Personas normales — ese malestar que se cuela entre las conversaciones cotidianas sin anunciarse — pero trasladado a un formato de consulta psiquiátrica real, sin ficción que lo suavice.
Cuando vivir se convierte en sobrevivir, cuando sobrevivir se apropia de todo y no deja espacio para alzar la voz ante otros aspectos de la vida; cuando el tiempo pasa vertiginosamente rápido y seca, pudre todo lo que nos hemos visto obligados a descuidar;
Las preguntas del psiquiatra como espejo del trauma
Baek Sehee nunca nos describe a su psiquiatra. No nos da detalles ni de la consulta, ni de cómo lo ha encontrado, ni de la medicación que le pautan o los ejercicios y herramientes que este le da (algo que, personalmente, he echado tremendamente de menos). En lugar de eso, todo lo que sabemos de él es a través de sus conversaciones donde, de forma absolutamente brillante, este va indicando (de una forma diferente a cómo lo haría un terapeuta en España), la razón del comportamiento y las conductas destructivas de la autora.
Así, seremos testigo de cómo la propia Baek Sehee se tiene que enfrentar a esos patrones de conducta que llevan años instalados dentro de ella sin que nadie los hubiera nombrado y que van mermando su capacidad para ser feliz: la autoexigencia que la inunda, su dificultad para creer en el afecto ajeno, el agotamiento de estar continuamente pendiente de la opinión del resto, y este impulso desesperado por escapar sus propias críticas. Este tipo de pensamientos serán los que la empujen poco a poco y cada vez más, como sucede con la obra autobiográfica de Kabi Nagata, al alcoholismo.
Yo: (En resumen, que tengo poca autoestima). Cuando pienso en todo lo que he hecho, por muy notable que sea, siento que pierde importancia, que es patético.
Psiquiatra: Puede que pienses así porque sientes que todo lo que has hecho, en lugar de hacerlo porque quieres, lo has hecho porque te has sentido obligada a hacerlo, obedeciendo a estándares que tú misma has inventado.
Los detonantes: cuando el pasado explica el presente
A medida que avanzan las sesiones, Quiero morir pero quiero comer tteokbokki va revelando los orígenes de una forma de ver el mundo radicalmente polar — todo blanco o todo negro, todo éxito o todo fracaso, todo amor o todo abandono de la autora. Así, Baek Sehee comparte con nosotros el bullying que sufrió de pequeña por tener dermatitis atópica y cómo esto hoy en día la condiciona a maquillarse siempre que sale a la calle; el ciberbullying que llegó después o la relación tóxica y codependiente con su hermana mayor que la ha llevado inevitablemente a estropear cualquier relación amorosa o de amistad que tenga con alguien.
Y entre esas capas también hay progresos, pequeños pero reales en los que Baek Sehee hace esfuerzos para mejorar (como ir a una tertulia de cine y explicar por qué un libro no le había gustado) mientras vamos siendo testigos de sus recaídas, de los efectos secundarios que tienen a veces las pastillas y que le generan insomnio, de la forma en la que recae en viejos hábitos y de sus complicadas relaciones con su amiga o con su trabajo, donde cada vez se siente más desplazada.
La presión estética de ser mujer en Corea del Sur
Una de las mayores fuentes de inseguridad de Baek Sehee es la relación que tiene con su propio cuerpo y con su apariencia. Y para entenderlo del todo, hay que comprender primero el contexto en el que creció.
Corea del Sur es, con 74 intervenciones por cada 10.000 habitantes, el país con mayor tasa de cirugía plástica per cápita del mundo. De hecho, se estima que una de cada cinco mujeres en Seúl de entre 19 y 49 años ha pasado por el quirófano, y es tan normal someterse a estos procedimientos que en muchos casos se regalan como regalo de graduación. No es de extrañar por tanto que en esta sociedad hiperexigente donde la apariencia determina tus posibilidades laborales, afectivas y sociales, la autora se sienta de esa forma.
Yo: También tengo una obsesión con mi apariencia. Hubo un tiempo que no podía salir a la calle sin maquillaje. Incluso pensaba que nadie me miraría si ganaba peso.
Psiquiatra: No es por tu apariencia que tienes esta obsesión, es más bien porque has construido una versión idealizada de ti misma muy específica e inalcanzable. Por ejemplo, bajo estos estándares puedes llegar a pensar: «Si peso más de cincuenta kilos soy un fracaso». Lo único que puedes hacer es ir probando cosas nuevas, poco a poco, hasta que descubras qué es lo que quieres, hasta qué punto estás cómoda con el cambio
Es en ese contexto donde hay que leer la inseguridad de Baek Sehee. La autora arrastra desde pequeña una herida abierta respecto a cómo la ven los demás, alimentada por el bullying que sufrió de niña por tener dermatitis atópica y que hoy la condiciona a sentirse siempre insuficiente. Pero lo que el libro retrata con una precisión especialmente hiriente es la asimetría entre cómo la ven las mujeres de su entorno — que la encuentran guapa — y cómo la perciben los hombres, cuyas respuestas y comentarios sobre su aspecto la mortifican de una forma acumulativa, instalándose en ella como una certeza: que hay algo en su cuerpo que no está bien, que necesita ser corregido. Esa convicción la lleva, en un momento del libro, a acudir a una clínica para plantearse seriamente la cirugía estética.
Cuando leí esa parte no pude evitar lo que probablemente hicieron miles de lectoras antes que yo: buscarla en internet. Y me encontré con una mujer presencia, con una presencia que no tiene nada de lo que ella describe empujándome a pensar cuántas veces yo misma me habré quejado de cosas que no eran para tanto o que pasan totalmente desapercibidas a los ojos del resto…
Mi opinión sobre Quiero morir pero también comer tteokbokki
Creo que comprendo como la que más la importancia que ha supuesto Quiero morir pero también comer tteokbokki en la cultural literaria coreana y lo vital que es que autoras de todas las partes del mundo se atrevan a alzar la voz y visibilizar temas sobre la salud mental. Sin embargo, me ha extrañado de manera suma el resultado final de la obra de la que os hablo.
Quizás es porque no me aproximé con la mentalidad adecuada a ella. Al fin y al cabo, la propuesta que hace sobre transcribir sus sesiones con su psiquiatra se cumple a la perfección, pero creo que la obra se habría beneficiado enormemente de un trabajo de edición más cuidado y trabajado. Al fin y al cabo, nos vamos encontrando con transcripciones fidedignas de las conversaciones donde se apostilla de forma totalmente aleatoria el verbo: “llorando” para que te hagas una idea de lo duro que es ese momento para Baek Sehee. Sin embargo, es inevitable darse cuenta de que a menudo carerecemos del contexto necesario para interpretar bien las conversaciones y se echa muchísimo en falta un apartado al comienzo y final de las sesiones donde nos ubiquen como lectores sobre cómo fue la semana de la autora, el tipo de ejercicios que le ha dado el psiquiatra o quién es quién dentro de su vida.
Esta sensación que tuve de encontrarme ante un borrador de obra inacabada se acrecentó todavía más con el final, ya que ahí nos encontramos con una breve nota del psiquiatra entonando el mea culpa y diciendo que ahora, en retrospectiva, hay cosas que no hizo bien, acompañado de reflexiones de la autora de diferente longitud donde habla acerca de la importancia de vivir y de hacerlo de forma positiva. Creo que Baek Sehee tenía algo urgente que contar. Lo que faltó fue alguien que la ayudara a contarlo mejor.


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