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Pero el fénix vuela, de Fabián Plaza Miranda: reseña de la novela sobre la madre del primer emperador de China

La Insomne
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Imágen destacada - Pero el fénix vuela, de Fabián Plaza Miranda: reseña de la novela sobre la madre del primer emperador de China

Del primer emperador de China lo sabemos casi todo: que unificó siete reinos a sangre y fuego, que se hizo enterrar con un ejército de terracota y que hasta tiene ópera propia (The First Emperor, que Tan Dun estrenó en el Metropolitan de Nueva York en 2006 con Plácido Domingo en el papel del monarca). De su madre, en cambio, las crónicas no conservaron ni el nombre. Dicen que era de Handan, que era hermosa, que bailaba bien y que vivía en casa de un mercader. Poco más. Con esos cuatro datos y un silencio de más de dos mil doscientos años, Fabián Plaza Miranda ha levantado una novela sobre una mujer a la que todos creen poder comprar.

Pero el fénix vuela, ganadora del XIV Premio de Novela Histórica Ciudad de Úbeda (dotado con 20.000 euros) y publicada por Ediciones Pàmies, nos traslada al año 263 a. C., en pleno Período de los Reinos Combatientes, cuando China todavía era un tablero de reyes que se devoraban entre sí. Su autor, que en 2021 se llevó el Premio Minotauro con Más fría que la guerra y que ya nos había paseado por la China unificada en Jirones de seda, retrocede aquí unas décadas para contar cómo empezó todo: con una hija vendida, un príncipe olvidado y un comerciante con demasiada vista. ¿Quieres saber por qué se coló entre mis mejores lecturas del año pasado? Sigue leyendo.

Argumento de Pero el fénix vuela, de Fabián Plaza Miranda

Handan, capital del reino de Zhao. Fengying acaba de cumplir diecisiete años y es la segunda hija del artesano Bai, dueño de un taller de alfarería que fue próspero durante tres generaciones y que ahora acumula platos sin vender, porque la guerra con el vecino reino de Qin ha subido los impuestos y ha vaciado los bolsillos de los clientes. La situación de pobreza es tal que la familia ya ha tenido que desprenderse de sus dos esclavas. Una noche, después de la cena, sus padres le comunican que un hombre se ha fijado en ella en el mercado: se llama Lü Buwei, es comerciante, es rico y ya tiene esposa. No busca una boda. Busca una concubina.

"

Por eso, cuando su madre le ordenó vivir en una pesadilla, Fengying obedeció.

En esa misma ciudad malvive Yiren, príncipe de la casa real de Qin, entregado a Zhao como rehén cuando tenía once años y olvidado allí por los suyos. Ocho años después se aloja en una casucha con goteras, bebe demasiado y se entretiene provocando a los parroquianos de las peores tabernas, sabedor de que nadie puede tocarlo sin desatar una guerra. Todos ven en él a un borracho despreciable pero Lü Buwei ve la inversión de su vida. Y mientras el mercader hace cuentas, el general Wang He conduce a los ejércitos de Qin a través de los montes Taihang. Tres hilos (la concubina, el rehén y la guerra) que Fabián Plaza Miranda trenza hasta que el príncipe se convierte en un muro inesperado entre Fengying y el hombre que la compró.

Contexto histórico de Pero el fénix vuela: la China de los Reinos Combatientes

Faltan más de cuarenta años para que exista algo parecido a un imperio chino. Pero el fénix vuela se ambienta precisamente en el Período de los Reinos Combatientes, donde los siete principales estados (Qin, Zhao, Wei, Han, Chu, Yan y Qi) que comparten ritos, filósofos y antepasados, llevan dos largos siglos de guerra. La novela lo resume con una sorna que se agradece:

"

Todos los gobernantes sabían que la intención del resto era unificar los territorios de China bajo su mandato. Sin embargo, todos fingían que no era el caso y que en realidad deseaban vivir en paz.

La novela se centra principalmente en las dos grandes potencias del momento, que son Qin (a cuyos habitantes llaman en Handan, con desprecio, los bárbaros del sur) y Zhao. En Qin manda el rey Zhaoxiang, que lleva cuarenta y cuatro años en el trono de un estado que las reformas del legalista Shang Yang convirtieron en una maquinaria de censos, impuestos y soldados que ascienden por méritos. En Zhao reina el joven Xiaocheng, con menos de cinco años de experiencia, sobre una corte refinada donde los mandos militares se reparten por apellido y los ministros se zancadillean en lugar de mirar el mapa. Entre ambos queda la comandancia de Shangdang, un territorio de montaña que pertenece al pequeño reino de Han y que es la puerta de Handan: quien la controle tendrá la espada en el cuello del otro.

Entonces, si ambos reinos están en guerra, ¿por qué Zhao tiene en su capital a un príncipe de Qin al que hace malvivir? Porque la paz, cuando se pactaba, se garantizaba con personas. Un reino pedía un rehén de sangre real y el otro se lo entregaba como prenda de que respetaría el acuerdo; mientras el rehén siguiera vivo e intacto, el pacto seguía en pie. Europa conoció bien la costumbre (los dos hijos pequeños de Francisco I de Francia pasaron cuatro años en fortalezas castellanas como la de Pedraza para que Carlos V soltara a su padre). Así llegó Yiren a Handan con once años, pero Qin cumplió la letra del trato y no su espíritu: envió al decimoséptimo hijo de su heredero, un niño cuya vida no le importaba a nadie, y siguió con sus incursiones en la frontera. Zhao tampoco puede matarlo, porque eso le regalaría a Qin la excusa perfecta para invadir y dejaría a Handan sola, sin que ningún otro reino moviera un dedo por ella. Así que lo mantiene con vida y lo trata como a un apestado.

"

Una jaula, incluso una de ciento cincuenta mu de grande, siempre será una jaula.

(El mu equivale a unos setecientos metros cuadrados: la jaula de Yiren es una ciudad entera.) Por debajo de los reyes y de los príncipes herederos existe una sociedad ordenada a través del confucianismo, en la que cada uno ocupa su peldaño: el padre es en casa lo que el rey en el reino y hasta la forma de hablar cambia según el rango (Fabián Plaza Miranda lo traduce alternando el tú, el usted y el vos, y funciona de maravilla). En el último peldaño de la gente libre están los comerciantes, como Lü Buwei, tenidos por parásitos que engordan con el sudor ajeno. De ese desprecio nace medio libro.

Qué es historia y qué inventa Fabián Plaza Miranda: Fengying, Lü Buwei y el príncipe Yiren

La novela se abre con una lista de personajes en la que los ficticios van marcados con un asterisco, un gesto de honestidad que ya dice mucho. Existieron Lü Buwei, el príncipe Yiren, su padre An Guo, la dama Huayang, los reyes de ambos bandos y los generales Wang He, Lian Po y Bai Qi; casi todo lo que sabemos de ellos procede de las Memorias históricas de Sima Qian, escritas más de un siglo después. De la protagonista, el gran historiador dejó apenas unas líneas, que el autor reproduce en su nota final:

"

Lü Buwei había seleccionado, entre las damas de Handan, a una de belleza sin igual y gran habilidad al danzar [...]

Ni nombre, ni familia, ni voz. Lo demás es de Fabián Plaza Miranda: el nombre de Fengying, el taller de alfarería, la esposa Liqiu, el escriba Gran Tigre, el impagable caballero Dou. Las fuentes sugieren que ella procedía de una familia importante, y el autor la rebaja a hija de artesanos arruinados porque le parece poco creíble que un mercader accediera a una concubina noble; también reconoce que exagera la miseria del príncipe y el protagonismo del general Wang He. Lo explica sin rodeos:

"

Así que me he centrado más en la verosimilitud que en el indestructible —e imposible— rigor histórico.

Y es que Fabián Plaza Miranda respeta lo que las crónicas fijaron e inventa los motivos, que es justo lo que las crónicas callan. Por qué un comerciante elige a esa chica y no a otra, qué siente un rehén al que su abuelo usa de cebo y cómo se lleva una esposa con la muchacha que su marido mete en casa.

Fengying y el papel de la mujer en la antigua China: hijas, concubinas y esposas

El primer capítulo arranca con una lección de piedad filial (el hijo que calienta la cama de su madre en invierno, que no usa ni un peine si ella enferma) y a continuación nos enseña para qué sirve esa obediencia cuando el dinero se acaba. La familia de Fengying se empobrece despacio: primero vende a sus esclavas, luego se endeuda y por último descubre que lo único que todavía tiene salida son los ornamentos funerarios.

"

La gente les daba más importancia a los muertos que a los vivos.

Lo siguiente en salir al mercado es su hija, y la novela no se anda con eufemismos: a Fengying no la casan, la venden. El Libro de los ritos, el gran manual confuciano del decoro, lo resumía en una frase («si hubo ritos de esponsales, era esposa; si se marchó sin ellos, concubina») y esa diferencia lo decidía todo. La esposa llegaba con dote, ceremonia y un lugar en el clan; la concubina llegaba por un precio que cobraba su familia, sin boda, y quedaba sometida a la esposa principal. Si tenía hijos, serían de rango inferior y tendrían que honrar como madre también a la mujer de su padre. Fengying sabe perfectamente lo que le espera:

"

Una mera concubina, sometida a la voluntad de la esposa principal. Un objeto de placer y de deseo para un hombre que no sabía nada de ella.

Su hermana Fang le ofrece el único consuelo posible («Serás concubina, no esclava. Eso te dará algo de protección») y su madre, Chun, lo justifica con el amor más desesperado del mundo:

"

Estarás con un hombre con dinero. No te faltará de nada. No pasarás hambre. No tendrás deudas que te quiten el sueño. No tendrás… —se le humedecieron los ojos— no tendrás que vender a una hija al primero que pase.

Y es que la pobreza, en esta novela, no embrutece a nadie: obliga a hacer cuentas con lo que más se quiere. Esas cuentas tienen hasta su puesta en escena. La familia cuelga frente a la casa el shenyi que Fengying lleva años bordando (la túnica de una pieza que se vestía en la época) para anunciar la unión al barrio como si hubiera boda. Y aunque la tradición parte del mismo punto, casi ningún vecino acude a felicitarles por los esponsales de su hija porque saben que, en realidad, se marcha como concubina a la casa de un comerciante enriquecido.

"

No estaban exponiendo el vestido, sino a su futura portadora.

Nadie le pregunta a Fengying qué quiere: su padre pacta un precio, el comprador lo negocia y ella se entera después. Incluso Lü Buwei llega a confesarle, encantado con su propia astucia, que en la visita a la familia fingió desinterés para no encarecer la compra:

"

No quería que tus padres notaran cuánto me interesa tenerte de concubina. Tu padre es hombre de palabra, y dudo que ahora vaya a cambiar el precio pactado, pero el riesgo está ahí.

Y aquí está lo más incómodo del libro, que también es lo más interesante. El narrador mira al mercader con una benevolencia constante: es educado, valora las ideas de Fengying hasta el punto de que la escucha como ningún otro varón había hecho antes y ni siquiera le impone su presencia en el lecho. Pero un dueño amable sigue siendo un dueño, y la novela deja que sea ella quien lo diga cuando el escriba Gran Tigre le pide comprensión:

"

Entonces ¿tengo que estar agradecida porque el señor Lü me compró?

Tampoco la esposa principal, Liqiu, la cual evidentemente se convierte con cierta facilidad en una antagonista, es realmente culpable del todo. Ella no eligió gran cosa: aceptó que su marido tomara una concubina para no llevarle la contraria pero no aceptará la presencia de Fengying en su hogar y rápidamente se desquita mandándole los recados y tareas más ingratos y abrumadores. La rabia que no puede dirigir contra él cae sobre la más débil, y Lü, que tiene la última palabra en su hogar y el poder de poner paz y frenar los abusos de su mujer hacia Fengying, prefiere no hacer nada porque, según su escriba, «esto es un asunto de mujeres».

Es la misma lógica de mujeres enfrentadas por un sistema que no han diseñado que encontrábamos, veintiún siglos después, en Pies de loto, y Fabián Plaza Miranda tiene el acierto de darle a Liqiu sus razones en lugar de dejarla en madrastra de cuento. Esta es, en el fondo, una historia de mujeres compradas, manipuladas y movidas como fichas, cuya opinión no le importa a nadie, contada con tanta suavidad que a veces hay que pararse a recordárselo.

Lü Buwei y el príncipe Yiren: comerciantes, rehenes y el precio de un trono

Lü Buwei es el personaje más resbaladizo de la novela y, ante todo, un superviviente. Hijo de un comerciante que tardó años en hacer fortuna, de niño aprendió lo que es humillarse ante todo el mundo, y de mayor ha comprobado que los nobles que hoy negocian con su familia no dudarían en hundirla si tropezara. Le sobra ambición en una sociedad que no le deja medrar, así que juega con lo único que controla: la imagen. Sonríe siempre, convierte cualquier situación en una «regla del comercio» y cuida su aspecto bajo lo que hoy en día llamaríamos marketing. Para la visita a la familia de Fengying se pone ropas ostentosas, porque la ceremonia lo exige; en su día a día viste con una discreción calculada:

"

Creo que es más práctico disimular, vestir ropas que ellos puedan considerar inferiores. Así se sienten menos amenazados.

Como el dinero no le abre las puertas que abre el nacimiento dentro de una familia poderosa, decide fabricarse un rey. Y ahí se ve que no es un vendedor de mercado, sino un inversor que sabe que todo gran negocio empieza perdiendo dinero: le paga a un príncipe sin blanca las veladas en una de las hospederías más caras de Handan y lo apunta como quien siembra. La escena en la que se lo explica a su escriba es una clase de economía política: los campos rinden diez veces lo invertido, las perlas y el jade cien, ¿y un trono?

"

[...] si invirtiera mi dinero en lograr que alguien se sentara en un trono y controlara todo un reino, ¿cuál sería mi beneficio?

Y es que Lü Buwei inventa el lobby dos mil años antes de que tuviera nombre: financia a un candidato sin opciones para cobrárselo cuando gobierne. Cualquiera que sepa cómo se pagan hoy ciertas campañas reconocerá perfectamente el mecanismo. Y aunque es un humilde comerciante consciente de que cada inversión podría ser la última y que se esfuerza enormemente en que nadie sepa sus verdaderas aspiraciones, comprar a Fengying, una cortesana, lo traiciona totalmente. Al fin y al cabo, tener dentro de casa a una concubina es algo que solo pueden permitirse las familias poderosas.

Frente a él, Yiren encarna la otra cara del poder: la sangre real que en realidad no vale nada. La monarquía que dibuja la novela es absoluta hasta en los objetos rituales y sus diálogos (como cuando muestra que los edictos se reciben de rodillas, como si el rey estuviera presente), pero al mismo tiempo, se trata a sus príncipes como calderilla: el heredero de Qin tiene una veintena larga de hijos legítimos y por tanto, Yiren, su decimoséptimo vástago, importa tan poco como un humilde emisario.

"

La gente es gente. Para gobernarla hay que conocerla. La gente que suda, que tiene callos en las manos.

Batallas y estrategia en Pero el fénix vuela: la guerra como una partida de ingenio

Una de las cosas que más me sorprendieron de Pero el fénix vuela es que no se queda en una historia de una joven bailarina vendida que medra con su ingenio, sino que tiene unas escenas de batallas que son absolutamente sublimes. Fabián Plaza Miranda las cuenta con una claridad asombrosa (sabes en todo momento dónde está cada ejército y qué pretende) y, sobre todo, sin que puedas adivinar cómo van a terminar. Y es que aquí no gana el ejército más grande, sino el general que piensa mejor, y la guerra entre Qin y Zhao se lee como una partida de weiqi (el go, que ya se jugaba entonces) en la que cada movimiento obliga al otro a replanteárselo todo.

Lo que hace tan adictivo este duelo es que nada está decidido de antemano. Cada general juega con sus cartas (la caballería, las máquinas de asedio, las murallas, los espías, la mentira) y nunca sabes cuál va a pesar más. El que parecía invencible en un capítulo se queda bloqueado en el siguiente, la superioridad numérica no sirve de nada en un desfiladero y una sola idea brillante vale más que miles de soldados. Cualquiera puede caer ante el ingenio del otro, y eso convierte cada enfrentamiento en una partida de go literaria en la que hasta los generales saben que son piezas de algo más grande:

"

Tú y yo no somos los verdaderos generales de este tablero. El juego es más vasto de lo que pensamos.

Se nota que Fabián Plaza Miranda se ha empapado de la tecnología militar de la época, porque la usa como motor de la trama y no como decorado. Así, llena los combates de trabuquetes movidos a fuerza de los soldados de a pie, de ballestas de asedio capaces de atravesar a varios hombres de un disparo, de ballesteros que tensan el arma con los pies, y de señales con cometas de colores que avisan de una amenaza a kilómetros de distancia… Y lo mejor es que muchos de esos ingenios están ligados a los moístas, la escuela filosófica que predicaba el amor universal y, a la vez, se especializó en defender ciudades (a su fundador, Mozi, la tradición le atribuye incluso la invención de la cometa). Ninguno aparece para lucirse: cada máquina cambia el equilibrio de fuerzas y obliga al rival a inventar una respuesta.

Detrás de cada batalla late además el pensamiento militar chino. Los generales se apoyan en el Wuzi y en el Arte de la guerra de Sun Tzu para leer al enemigo, y el narrador los usa para que entendamos cada jugada sin necesidad de ser expertos. Y la novela añade algo que pocas veces se cuenta en el género: que la guerra también se gana en la retaguardia, con la intendencia y la moral de la tropa.

"

Cien mil hombres más eran una ventaja. Pero también un inconveniente. Porque necesitaban comer.

Mi opinión sobre Pero el fénix vuela

Creo que ha quedado claro con la reseña que Pero el fénix vuela me ha apasionado. Es de esas novelas históricas largas que se leen con la ansiedad de una serie, porque cambia de escenario justo cuando más quieres quedarte. Fabián Plaza Miranda escribe con una claridad envidiable sobre una época que nos pilla lejísimos, y lo hace sin sobrecomplicarse con términos retorcidos: la guía de pronunciación y el glosario están ahí por si los necesitas, pero la historia se explica totalmente sola.

Me quedo sobre todo con Fengying, que empieza la novela bajando la cabeza hasta tocar el suelo y a la que da gusto ver medrar a base de ingenio. También con la decisión de Fabián Plaza Miranda de no modernizar los términos ni las actitudes de sus personajes para hacerlos más cercanos, y con unas batallas que sostendrían el libro por sí solas.

Si te gusta la novela histórica con intriga palaciega, mujeres con cabeza y batallas que se entienden, es una apuesta segura; y si nunca has leído nada ambientado en la antigua China, no se me ocurre mejor puerta de entrada. Gracias a Ediciones Pàmies por el envío del ejemplar: es un Premio Ciudad de Úbeda más que merecido.

"

—En efecto. No se puede tratar a un fénix como a una gallina.

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