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Los reflejos de la luna, reseña de una obra absolutamente olvidable

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Escritora consumada, concept artist en ciernes y adicta al trabajo....


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Imágen destacada - Los reflejos de la luna, reseña de una obra absolutamente olvidable

Los reflejos de la luna es una de las novelas precursoras del género romántico contemporáneo que tanto nos gusta y nos enamora. A través de unas escasas trescientas páginas, Edith Wharton nos habla de la conveniencia del matrimonio, de las mentiras y la frivolidad conforme va desplegando frente a nuestros ojos el día a día de una pareja pobre que se basan de la generosidad de sus amigos para vivir su luna de miel. 

La obra pertenece a una época (1922) en la que la gente de buena familia perdía el tiempo viajando, charlando y cultivando amistades con el círculo de los más poderosos. Así, el libro, publicado dos años después de que su autora, Edith Wharton, ganara el Pulitzer, plantea el gran dilema de si una joven debe casarse por dinero o por amor.  

Breve resumen del argumento de Los reflejos de la luna 

Susy, una joven arruinada que vive a expensas de la generosidad de sus amigos ricos, tiene un plan para poder salir de la miseria: casarse con Nick Lansing. El joven escritor, todavía más pobre que ella, goza de una gran popularidad entre las clases altas americanas y europeas por lo que ambos urden un maravilloso complot: se desposarán y como serán una novedad muy jugosa, todos sus amigos les ofrecerán sus casas de veraneo y vacaciones para pasar la luna de miel de una forma cómoda y agradable. 

Además, han llegado a la conclusión de que deben seguir una regla: en el momento en el que uno tenga la posiblidad de casarse mejor y hacerse ricos, el otro no pondrá objeciones al divorcio. 

Todo parece ir de fábula hasta que un día Nick descubre que para poder estar viviendo durante meses en el palacio de Venecia de una amiga de su mujer, esta ha tenido que incurrir en un acto moralmente reprochable. Y entonces, el peso de la vida que han escogido juntos cae sobre ambos y aplasta un amor demasiado joven para mantenerse en pie por sí solo. 

¿Hay vida más allá del lujo? 

Susy y Nick son la perfecta definición de un parásito social: ella se encuentra en la miseria debido al derroche de su padre; mientras que Nick cuenta con una paupérrima dotación por parte de su familia. A pesar de ello, esta pareja cargada de prejuicios morales y éticos, no dudan en absoluto en aprovecharse de sus amigos para pasar sus días comiendo su comida, viviendo en sus casas desocupadas o atendiendo a sus fiestas con ropa prestada. De los dos, Nick, el cual no conocía la buena vida hasta su matrimonio, es el menos ducho en comprender el lenguaje y el dominio del precario equilibrio dialéctico y social que entraña una vida con la mano extendida hacia delante. Será Susy, crítica moralista, hipócrita y astuta, la encargada de conseguir lo mejor de lo mejor valiéndose de engaños y palabras de cariño que siempre profesa a la gente a la que detesta. 

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El espíritu independiente y la autosuficiencia de Susy figuraban entre sus mayores atractivos, pero si ella se convertía en un eco, el delicioso diálogo que ambos mantenían corría el peligro de transformarse en el más aburrido de los monólogos.

En ese sentido Edith Wharton juega a engañar al lector. Susy, la buena de Susy, solo quiere lo mejor para su nuevo marido y con esa firme creencia roba, engaña o miente, rodeándolo todo de un halo de feminidad y de hospitalidad por el resto que saca de quicio a su acostumbrado pobre marido. Susy llora, manipula y se miente a ella misma cuando asegura que sus intenciones son puras y es tan buena en hacer creer a su entorno lo impecable que es su ética y su moralidad que por un momento, como lectores, somos propensos a creerlo. 

Portada de novelas eternas de Los reflejos de la luna
Primera página de Los reflejos de la luna

Y sin embargo, no hay nadie más cínico que ella. Así, veremos cómo amolda sus respuestas a las de su marido con la intención de agradar o cómo trata con el máximo cariño a la gente que, gracias a que contamos con su punto de vista alternado con el de su marido en la novela, podemos ver que desprecia profundamente. 

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Por un instante le acometió cierto vértigo al columbrar el enigma insoluble que constituía la vida sentimental: si bien era exasperante que la persona amada discrepara de uno, resultaba monótono que se mostrara conforme. 

Unos personajes magníficamente bien construidos: Susy es superficial y Nick un estúpido 

Lo realmente genial de la obra de Edith Wharton es que este doble narrador que nos proporciona el punto de vista de ambos personajes de forma separada permite ver la maestría de la autora a la hora de retratar a ambos protagonistas. 

Susy se presenta al comienzo de la obra como una joven carente de faltas que busca sobrevivir en medio de un mundo cruel, pero poco a poco iremos comprendiendo que no es así en absoluto: no solo es superficial y cínica sino que esta desconexión total de sus sentimientos y su continua obsesión por fingir ser otra persona han provocado que no sea capaz de discernir realmente entre lo que siente y lo que debería sentir; provocando que a lo largo de la obra se sienta continuamente sola y cargada de una incertidumbre que no puede expresar con nadie más que con Strefford. 

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Hacía tiempo que Susy había aprendido el arte de apreciar a las personas vulgares que tenían la bolsa bien provista. 

Nick por su parte es un moralista de tomo y lomo. Su actitud en los primeros capítulos es la de un dulce amante superior en todos los ámbitos a esos despreciables ricos de los que se rodean: es joven, es atractivo, es culto, sabe comportarse y además tiene un talento literario incomprendido. Pero lo que no podemos ignorar es que también se trata de un hombre inseguro, celoso y agresivo por momentos, que empieza a cambiar en el momento en el que Strefford y Fred aparecen en el palacio de Venecia para hacerle compañía a su mujer. Es en esos momentos en los que se retuerce su forma de hablar, impone su criterio y empieza a dirigirse a Susy con una rotunda agresividad cargada de rencor y frustración. 

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Recuerda, querido le dijo, que estás aquí para escribir y que tu deber es evitar que nadie te moleste. ¿Por qué no les decimos que mañana mismo nos marchamos? 

Porque no serviría de nada: nos los encontraríamos en todas partes. Además, no me da la gana evitar a los Hicks. 

Los ricos no saben amar. 

Lo que está claro es que existe un código no escrito cargado de trampas, dobles sentidos y desdobles de una moral cristiana que se esconde detrás de las interacciones entre los ricos. Susy, conocedora del mismo, comprenderá que hay un precio que una tiene que pagar por el lujo y el éxito y en ningún momento se plantea una vida sin el mismo. De esta forma veremos que esta se rodea de mujeres caprichosas que creen que todos los hombres les pertenecen; de jóvenes vividores que escapan de las obligaciones de sus familiares y de una competición ridícula por ganar en el concurso el “qué dirán” que impulsa a estas mujeres aburridas a levantarse de la cama cada mañana. Y es que, cómo no van a sentirse hastiadas si por convenciones sociales tienen prohibido no solo trabajar sino también culturizarse.  

Es fascinante ver cómo Susy critica vehementemente a Coral Hicks, la joven hija de la familia que protege a Nick, apelando directamente a su formación y educación. Las mujeres de la obra insisten en varias ocasiones sobre lo poco conveniente que es que una mujer sea una erudita y mucho menos que ocupe su tiempo leyendo o estudiando. 

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Pero, pese a no ser bonita, iba bien vestida; y pese a que su erudición había hecho de ella una sabihonda, parecía capaz, tal como sugiriese Strefford, de superar incluso esa desventaja añadida. De todos modos, Coral no condescendía a ocultar su erudición [...]

Entrada del primer capítulo de Los reflejos de la luna
Marcapáginas art deco que usé mientras leía la obra.

Lo que está claro es que la obra plantea un dilema importante y claro desde el comienzo de la misma: ¿pueden los pobres ser felices? ¿Cuentan los pobres con la posibilidad de casarse con quienes aman? Susy y Nick deciden experimentar y hacerlo siendo conscientes de que podría presentarse una ocasión más provechosa para ambos ya que está claro que si te casas por amor, vivirás en plena pobreza rodeada de lo hijos que corren, criadas caóticas y lo que les da por recordar continuamente, “guisos nefastos”. En estas condiciones, es imposible que sean felices. Sin embargo, casarse por dinero les arrastrará a una vida de tedio y aburrimiento que acabará por llevarles al camino del escándalo (con amantes incluidos). Así pues ¿qué elegir? La incógnita se sirve sobre la mesa rodeada de zafiros, mentiras y un vulgar perfume a rico malcriado. 

Mi opinión de Los reflejos de la luna 

Si la intención de la autora era la de transmitirnos el tedio que supone ser una persona joven y rica rodeada de opulencia, entonces está claro que ha bordado su propósito. Los reflejos de la luna cuenta con todos los tropos manidos y mil veces empleados de las novelas románticas, en las que el conflicto que separa a los protagonistas no es, ni por asomo, algo que no podría solucionarse con una conversación con la mente fría. Desgraciadamente, tanto Nick como Susy carecen de la capacidad de mantener un diálogo. Alrededor de este drama generado por unas cartas enviadas la autora construye una fábula sobre la importancia de realizarse independientemente de las riquezas que se posean en la que involucra a personajes tan adorables como el propio Strefford, a menudo mucho más comprensivo y adecuado para Susy como marido que el inaplacable Nick; o la deslustrada Coral Hicks que nunca supuso una competencia real. 

Con la intención de darle algún tipo de credibilidad a este drama infundado, Wharton continuamente hace que Susy reflexione sobre la conveniencia de callar sus verdaderos sentimientos cuando su pareja no los descubre por ciencia infusa y hasta retuerce la trama, de una forma difícil de creer en pos de que el argumento salga como ella desea. 

Pequeño spoiler aquí: Así Strefford, el bueno de Streff que siempre fue generoso, dulce, amable y comprensivo, se vuelve un caballero sordo y odioso en dos párrafos para justificar que Susy deteste la idea de casarse con él y Nick, que hasta el último momento está decidido a comportarse como el canalla cobarde y miserable que es, recapacita cuando recuerda que su mujer era, ciertamente, hermosa. No hay excusas, rencores ni se le piden explicaciones al varón que abandona de tal forma a una esposa que le ha provisto de todo sino que de nuevo vuelven a vivir una extraña luna de miel de forma que el peso de todo el error recaiga nuevamente en Susy ya que ella afirma que “devolverá la pulsera con la que le sobornó Ellie”. 

El insufrible ritmo de la autora que gusta de explayarse no en paisajes ni descripciones acertadas sino en pensamientos y reflexiones que se van contradiciendo la una a la otra hace que la lectura de Los reflejos de la luna tenga que ser abordada con calma, paciencia y una óptima muy académica. Esto, sumado al hecho de que la edición de la colección de Novelas eternas en la que yo la leí cuenta con varios fallos de puntuación muy molestos a partir de la segunda mitad, han hecho que sobre mí se despierte toda la rabia de una lectora que se aproxima quizás a la obra equivocada de una gran autora. 

Al fin y al cabo, nadie puede decir que Edith Wharton no escriba bien. La cantidad de apasionantes y certeras citas que pueden extraerse de Los reflejos de la luna es extensa y apasionante. Pero sí que puedo decir, sin miedo a equivocarme, que pasarán muchas lunas hasta que vuelva a atreverme con otra obra de la autora. 

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