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Reseña

Los años de peregrinación del chico sin color, crítica de una obra increíble

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Argumento de Los años de peregrinación del chico sin color

Tsukuru Tanizaki es el único de su pandilla que no tiene un apellido con el nombre de un color. A pesar de ello, Ao, Shiro, Kuro y Aka lo tratan como a uno más y juntos forman una pandilla simplemente perfecta, sin fisuras.

Sin embargo, un día, sin darle más explicaciones, sus amigos de siempre le dicen que no quieren volver a saber nada de él. Desde ese momento, Tsukuru Tanizaki piensa de una forma obsesiva en la muerte, mientras el tiempo va pasando y su cuerpo se va convirtiendo en algo que es incapaz de reconocer.

Una novela de Murakami ligeramente diferente al resto

Los años de peregrinación del chico sin color es una de las novelas más accesibles de Haruki Murakami. Dentro de su estilo introspectivo e intimista y de su obsesiva reflexión sobre la vida y el suicidio, Los años de peregrinación del chico sin color se presenta como una historia con un principio, un desarrollo y un final definido.

Es la novela ideal para introducirse dentro del mundo de Murakami. Cada uno de los personajes guardan profundas simbologías con el pasado del protagonista y es cierto que en algunos momentos el universo que crea se desdibuja y se solapa con otro paralelo, pero no de una forma que confunda al lector hasta hacerle perder el contacto con la realidad. Los años de peregrinación del chico sin color es capaz de crear un protagonista serio con el que es fácil empatizar y que se asemeja a una vasija vacía, o un caldo sin color ni sabor, esperando a que cualquiera lo llene y lo complete con sus propias experiencias de vida.  

El libro no trata por tanto del suceso que hizo que Tsukuru fuera expulsado de su pandilla, sino de la forma con la que Tsukuru, día tras día, vive convencido de que él mismo se compone de una nada etérea a la que nadie le importa.

El dolor de la sociedad en un ser que depende biológicamente de otros.

“El hombre es un ser social por naturaleza”, decía Aristóteles. Hay un tipo de dolor que conocen únicamente aquellas personas que se han sentido apartadas o abandonadas por aquellos que se suponía que les amaban. Psicológicamente es un golpe muy duro para la mente el hecho de que alguien como tus padres o tus amigos desde hace años, decidan de la noche a la mañana, y sin previo aviso, que ya no desean seguir queriéndote.

Existe un grupo muy determinado de personas que han pasado por un dolor como este. Un dolor que provoca innevitablemente que las personas que lo hayan sufrido se culpabilicen con la única intención de encontrar un por qué a tan desgarrador suceso. Y así, poco a poco caen en la depresión. Y por eso, solo este tipo de gente que ha estado al borde del suicidio entienden la sensibilidad única y terrible que expone Murakami en sus obras.

Parte del dolor de esa separación estriba precisamente en dos puntos importantes: el primero es que no le dan una razón a Tsukuru Tanizaki sobre por qué deciden abandonarle; y el segundo es a la situación prácticamente mágica con la que se formó su amistad y su relación. Ocurrió de una forma tan natural y fluía de manera tan sencilla que Tsukuru no podría replicarlo con ningún otro ser humano del planeta. Y por eso, la pérdida era todavía más definitiva.

Tal era la sensación de armonía. Se asemejaba a una venturosa fusión química que se hubiera producido por pura casualidad. Aunque se hubiesen reunido y preparado con sumo cuidado los mismos ingredientes, seguramente jamás habría vuelto a obtenerse el mismo resultado.

El hecho de que sus cuatro amigos permaneciesen en su ciudad natal y él no, no solo no alivia la sensación de soledad cuando es excluido, sino que esta, además, le despoja de la tranquilidad de la vuelta al hogar.

Desesperado por buscar una razón, ya sea espiritual o cargada de la superstición profundamente arraigada en la mentalidad Nipona, Tsukuru llega a la conclusión al principio de la obra de que sus amigos decidieron darle de lado porque todos compartían el nombre de un color en su apellido (Akamatsu, rojo; Oumi, azul; Shirane, blanco y Kurono negro).

Atención, spoilers a partir de este punto.

Los colores de la pandilla de Nagoya

Todas las personas que se relacionan con Tsukuru y acaban abandonándole tienen un color impreso en su kanji. Incluso Haida, su amigo de la universidad, cuenta con el kanji de “gris” en el interior de su apellido. Sin embargo, Murakami no escoge estos colores a la ligera, sino que se basa en la psicología para escoger el kanji adecuado en función de la personalidad de cada uno.

Kei Akamatsu, o Mr. Red, a pesar de que en su adolescencia fuera un chico más bien pasivo que dejaba el protagonismo al resto, demostrará ser el adulto más agresivo con el que habla Tsukuru, creando una empresa de coaching empresarial con apariencia de secta moderna. Yoshio Oumi, o Mr. Blue, se convierte en uno de los personajes más accesibles de la novela, que no teme buscar un momento en su ajetreada vida para hablar con Tsukuru y que le cuenta la razón sobre por qué decidieron darle de lado.

En este mundo existen colores buenos, deseables, y colores que transmiten malas vibraciones. Colores alegres y colores tristes. Hay personas con un halo intenso y otras con un halo difuso.

Lo más interesante dentro de la relación entre color y personalidad es precisamente Shiro, el blanco. No debemos olvidar en ningún momento que en Japón el blanco es un color asociado a la muerte y a los fantasmas, pero para nosotros, los occidentales, el blanco siempre va relacionado con la pureza. De esta forma, Murakami crea un relación doble y ambigua entre la personalidad dulce y pura de una joven con su apellido con el kanji de blanco pero que realmente acaba destrozando la vida de Tsukuru basándose únicamente en una mentira.


Las metáforas cargadas de Eroguro y la música en esta obra

Murakami, a pesar de haber sido definido a menudo como un autor japonés fuera del estilo de su país, no deja de ser un hombre que se ha criado en la sociedad nipona. Y por tanto, no es de extrañar encontrar gran influencia de la literatura eroguro dentro de su obra y, especialmente, dentro de sus maravillosas metáforas, tan pictóricas y plásticas que resultan casi audiovisuales.

Al mismo tiempo, como en otras obras de Murakami (como Kafka en la Orilla o 1Q84), Murakami nos introduce en un universo que se pliega sobre sí mismo y se desdobla, en donde la realidad no es una constante firme y rígida a la que poder aferrarse y donde todo lo imposible, si uno puede imaginarlo, llega a convertirse en un hecho factible. Resulta de lo más interesante que en una obra como esta en la que se debate largamente sobre lógica y razón hegelianas, el propio protagonista (un hombre frío aferrado a los cálculos matemáticos), confunda continuamente realidad y sueño, introduciéndonos de esa forma en el lococentrismo japonés tan típico de Murakami y tan atractivo para los lectores occidentales. Esto es: el tiempo y el espacio no son uno, sino que se difunden, cambian y con ellos nuestros personajes y los recuerdos sobre los que establecen sus realidades.

Mientras cavilaba sobre eso y oía el tamborileo de la lluvia en la ventana, la habitación pareció transformarse. No era el dormitorio de siempre, y parecía dotado de vida propia. En esa habitación, poco a poco, Tsukuru dejó de distinguir lo que era real de lo que no lo era. En una realidad, no le había tocado ni un pelo a Shiro. Pero en otra realidad la había violado de manera infame. Y, por más vueltas que le daba, Tsukuru no sabía en qué realidad se hallaba en ese momento.

Como ya decíamos antes, a lo largo de este libro al igual que en otras obras de Murakami, aparecen diferentes temas musicales resaltados a lo largo de la obra (y es realmente genial ver los comentarios de Youtube de los usuarios que dicen que llegaron a esa interpretación gracias a Murakami). Tras la lectura de Los años de peregrinación del chico sin color ya no podrás oír Le mal du pays de Liszt sin exigir una interpretación de Berman, aunque en la obra se citen otros temas como Living Las Vegas de Elvis Presley o Träumerei de Schumann.


Las violaciones en el contexto japonés

Si una de vuestras amigas del alma os explicara que un conocido en común la ha drogado y ha abusado de ella ¿cómo reaccionarías? Exacto, llamaríais a la policía. Sin embargo, ni Aka, ni Ao o Kuro se plantean en ningún momento ir a las autoridades y es muy posible que la propia Shiro contase con ello. Si la policía hubiera investigado mínimamente lo que decía Shiro, habrían descubierto fácilmente que esta mentía y la vida de Tsukuru no habría caído en una terrible depresión.

A pesar de que año tras año se van realizando progresos en el tema de la igualdad, Japón sigue siendo una sociedad hegemónicamente masculina. En un mundo como el suyo, en el que importa tanto lo que piense el resto de ti, la mayor parte de las violaciones permanecen en el completo anonimato. Las mujeres, por miedo a ser tachadas de busconas, no suelen denunciar a sus agresores sexuales. Esta tendencia que forma parte del imaginario colectivo japonés, propició que Shiro pudiese inventarse una violación, sabiendo que quedaría completamente impune debido a la falta de investigación profesional por su parte.

Es complicado entender la visión de la mujer dentro de la mentalidad de Murakami. A veces ellas son el único salvavidas con el que cuentan los protagonistas mientras que otras son seres frágiles y tóxicos dispuestos a envenenar todo lo que tocan.

Explicación del final de Los años de peregrinación del chico sin color

Cuando terminé de leer la novela en voz alta, mi pareja me miró y me dijo: «¿pero… ¿ya está? ¿ese es el final? ¿Por qué no nos dice si al final Sara le elige a él?». Para mí la respuesta estaba clara: la obra no va acerca del día a día por el que pasa Tsukuru. No. Trata precisamente del terrible dolor emocional que le provocó que sus amigos decidieran darle la espalda y cómo, desde ese momento, Tsukuru Tazaki se vacía por completo.

Primero narra cómo se llena de la necesidad de morir y cómo la apatía por la vida y las propias emociones lo envuelven hasta tal punto que es incapaz de desear nada. No desea a sus novias, con las que mantiene una relación de conveniencia, o disfruta en las pequeñas cosas como el hecho de comer o tener una buena conversación con un amigo. Su incapacidad para sentir, impide que reaccione incluso cuando descubre que su amigo Haida lo observa por las noches y que ha recogido el semen de su sueño erótico con la boca. Al día siguiente, como el ser transparente que es, ni siquiera le pregunta por el suceso hasta que Haida desaparece de su vida.

Sin embargo, Sara siembra la semilla en la vasija vacía que es Tsukuru que florecerá y que le hará de una vez por todas ir a enfrentarse con su pasado, con sus antiguos amigos y que germinará finalmente en un hombre que ha superado un trauma, capaz de sentir de nuevo y de ilusionarse. Prueba de ello está en que el Tsukuru de antes nunca habría llamado a Sara a las cuatro de la mañana, y mucho menos hubiera estado tan ansioso por verse con ella.

Tsukuru Tanizaki por fin ha evolucionado, por fin ha sanado y de alguna forma, acabe con Sara o no (aunque todo parece apuntar que sí por su última conversación), por fin es un hombre nuevo.

Mi opinión sobre Los años de peregrinación del chico sin color

Es la tercera vez que me leo esta novela (seguro que os habéis dado cuenta porque la reseña es increíblemente larga), y cada vez que la leo descubro cosas nuevas. Pequeñas simbologías que crean el complejo y maravilloso mundo que solo Murakami es capaz de crear.

Es cierto que puede llegar a ser realmente introspectivo en ciertos puntos y que por momentos da la sensación de que repite una y otra vez reflexiones que Tsukuru ya ha tenido en anteriores capítulos, pero su descripción acerca del vacío que sienten las personas que quieren morir es realmente certero y verídico. A veces me pregunto si el propio Murakami ha estado al borde del abismo alguna vez. Si el propio Tsukuru Tazaki, tan similar a otros protagonistas de las novelas del propio autor, no son más que un reflejo de sí mismo.

Sea como sea, si es tu primera vez con Murakami te recomiendo encarecidamente este libro. Está claro que te sumergirá en una trama llena de sensaciones, reflexiones y, finalmente, de color.

LIBRO

8.5

Portada libro - Los años de peregrinación del chico sin color
Haruki MurakamiFicciónTusquets
Cuando Tsukuru Tazaki era adolescente, le gustaba sentarse en las estaciones a ver pasar los trenes. Ahora, con treinta y seis años, es un ingeniero que diseña y construye estaciones de tren, pero en el fondo no ha dejado de ver pasar los trenes. Lleva una vida holgada, tranquila, tal vez demasiado solitaria. Cuando conoce a Sara, algo se remueve en lo más profundo de su ser. Y revive, en...
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La Insomne

Jefa de redacción y fundadora de Momoko.es

Escritora consumada, concept artist en ciernes y adicta al trabajo. Doy clase de diseño, subo vídeos a Youtube, trabajo de jefa de proyectos en @pululart y escribo artículos para @mundogamers y @gameit_es. Momoko es mi pequeño proyecto y lo quiero con todo mi corazón.


2 comentarios en este post

  1. Avatar usuario comentario

    Ya terminé el libro, y lo releí por secciones, sin embargo, sigo con una duda inmensa, y por mucho que busco en internet, no encuentro nada. Básicamente, fuera de los colores en las personas, no logro concretar bien el aporte de la historia del padre de Haida.

  2. Avatar usuario comentario

    Insomne, acabo de leer tu reseña sobre la novela de Murakami y coincido plenamente contigo, No es la primera que leo de él pero me ha sumergido en una trama llena de sensaciones de color y de dolor. De amistad, de vida. Sin tu permiso, pero obviamente citando y valorando fuente, comparto fragmento de tu crítica en la mía propia como siempre hago cuando hay una lectura que merece la pena compartir. Gracias y a partir de ahora cuentas con una nueva lectora.


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