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La librería ambulante, de Christopher Morley: reseña y opinión

La Insomne
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Escritora consumada, concept artist en ciernes y adicta al trabajo. Do...


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Imágen destacada - La librería ambulante, de Christopher Morley: reseña y opinión

No es de extrañar que leyendo una media de cuatro o cinco obras al mes, llegue un momento en el que te encuentres con un bloqueo lector. Y aunque Internet está poblado de razones y consejos para superarlo, a veces simplemente no encuentras esa obra que resuena en un momento específico de tu alma. Eso fue lo que me pasó durante una visita a La Coruña, cuando entré en una librería llamada El Cocodrilo Amarillo (en honor a Roald Dahl) y le pedí a la librera que me recomendara cualquier obra capaz de devolverme un poquito la fe en la posibilidad de escapar de la rutina. Después de sacarme varios títulos de editoriales independientes con cubiertas en blanco y negro, me recomendó La librería ambulante: una pequeña novela de Christopher Morley que habla precisamente de cómo, en ocasiones, el tedio y el aburrimiento son suficientes para tomar decisiones drásticas y cambiar por completo de vida.

Publicada originalmente en 1917 y recuperada en España por la editorial Periférica, La librería ambulante fue la primera novela del escritor estadounidense Christopher Morley. A través de la mirada de una mujer que vive en el campo de Nueva Inglaterra, el autor ofrece una encantadora descripción de la necesidad de acercar la literatura a las clases trabajadoras más alejadas de las ciudades y del verdadero poder sanador de los libros. Todo ello envuelto en una historia protofeminista que reflexiona sobre la posibilidad de las mujeres de escoger su propio camino y los sacrificios que se daba por hecho que debían asumir para preservar el statu quo, la tranquilidad del hogar y el derecho de los hombres a desarrollarse en otros ámbitos.

Argumento de La librería ambulante: una mujer, un carromato y la oportunidad de empezar de nuevo

Helen McGill lleva quince años viviendo en una granja de Nueva Inglaterra junto a su hermano Andrew, un escritor de éxito que ha encontrado en la vida campestre una fuente inagotable de inspiración literaria. Mientras él se dedica a escribir libros sobre las maravillas de la naturaleza, recorrer los caminos en busca de nuevas aventuras y recibir las alabanzas de sus editores, Helen pasa los días ocupándose de las gallinas, horneando pan y preparando las comidas. A sus treinta y nueve años, apenas ha conocido otra cosa que las obligaciones domésticas y una rutina que, aunque hasta entonces había considerado satisfactoria, comienza a resultarle terriblemente monótona. Por eso, cuando un excéntrico librero llamado Roger Mifflin aparece en la granja con la intención de venderle a Andrew su pequeña librería ambulante, Helen toma una decisión completamente inesperada: comprar ella misma el carromato con sus ahorros y marcharse antes de que su hermano regrese a casa.

Así comienza la primera gran aventura de Helen McGill, una mujer que hasta entonces apenas había salido de su granja y que ahora se encuentra recorriendo los caminos rurales a bordo de un curioso carruaje repleto de libros, acompañada por un librero de barba rojiza, una yegua llamada Pegaso y un perro llamado Bock. Bajo la tutela del entusiasta Roger, Helen aprenderá los secretos del oficio de librero ambulante, conocerá a granjeros y familias que apenas han tenido acceso a la literatura y descubrirá que existe todo un mundo más allá de las paredes de su cocina. Poco a poco, irá comprendiendo lo mucho que se había perdido durante aquellos quince años en los que jamás llegó ni siquiera a preguntarse si había algo más al otro lado de sus cazuelas.

Un Parnaso sobre ruedas: la necesidad de acercar la literatura a las clases populares

Si hay un personaje capaz de despertar la simpatía de cualquier amante de los libros, ese es Roger Mifflin, un antiguo maestro de escuela que lleva años recorriendo los caminos rurales de Estados Unidos con una librería ambulante. Roger está convencido de que buena parte de la población campesina apenas tiene oportunidades de acceder a la literatura y ha convertido la venta de libros en una especie de misión personal. Su método consiste en visitar granjas, conocer a las familias y recomendarles obras que respondan a sus intereses y circunstancias. Así, por ejemplo, consigue despertar el entusiasmo por la lectura de los hijos de la familia Pratt gracias a La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson, y recomienda a otros campesinos obras de autores tan dispares como Shakespeare, Louisa May Alcott, O. Henry o los hermanos Grimm.

Esta preocupación por democratizar el acceso a la cultura tenía un precedente histórico muy cercano. En 1905, apenas doce años antes de la publicación de la novela, la bibliotecaria estadounidense Mary Lemist Titcomb había puesto en marcha en Maryland una de las primeras bibliotecas móviles del país: un carromato tirado por caballos que transportaba libros hasta comunidades rurales alejadas de las bibliotecas convencionales. Aunque no existen pruebas de que Morley se inspirara directamente en aquella iniciativa, resulta interesante comprobar que la preocupación de Roger por acercar la literatura a las familias campesinas respondía a un problema real de la sociedad estadounidense de principios del siglo XX.

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—¡Dios! —dijo—, cuando le vendes un libro a alguien no solamente le estás vendiendo doce onzas de papel, tinta y pegamento. Le estás vendiendo una vida totalmente nueva.

Morley, que trabajó en el mundo editorial y desarrolló buena parte de su carrera como crítico literario, aprovecha las interminables conversaciones de Roger para cuestionar también el elitismo de ciertos círculos intelectuales. El librero se burla de los escritores que consideran la literatura un placer reservado a unos pocos privilegiados y de los editores que parecen conocer mejor el precio de los libros que las necesidades de sus lectores. Hay, además, una curiosa ironía histórica real: en 1921, el librero Frank Shay, amigo de Morley, puso en circulación una auténtica librería móvil bautizada Parnassus on Wheels en homenaje a la novela.

La sátira de la vida rural: ¿quién se ocupa de las tareas domésticas mientras los hombres escriben?

A principios del siglo XX, la literatura estadounidense vivió un notable interés por los relatos que celebraban las bondades de la vida en el campo, el contacto con la naturaleza y la posibilidad de encontrar la felicidad lejos de las grandes ciudades. Entre sus representantes se encontraba David Grayson, seudónimo del periodista Ray Stannard Baker, cuyo libro Adventures in Contentment (1907) alcanzó una considerable popularidad. Christopher Morley conocía perfectamente aquella corriente literaria y decidió dedicarle una pequeña sátira en La librería ambulante. De hecho, la novela comienza con una carta dirigida al propio Grayson en la que se plantea una pregunta que parece haber quedado fuera de sus historias: ¿qué ocurre con las mujeres que se encargan de mantener esa existencia campestre tan idílica?

La respuesta aparece en la relación entre Andrew y Helen McGill. Andrew disfruta de largos paseos contemplando la naturaleza, tiene tiempo para leer y escribir, e incluso puede permitirse desaparecer durante semanas para buscar inspiración. Mientras tanto, su hermana prepara tres comidas diarias, atiende a los animales y mantiene en funcionamiento una granja que él describe ante sus lectores como un auténtico paraíso. Esta contradicción recuerda inevitablemente a las reflexiones que Virginia Woolf desarrollaría doce años después en Una habitación propia (1929), donde defendía que una mujer necesitaba independencia económica y un espacio propio para poder dedicarse a la literatura. Morley parece plantear una cuestión complementaria: ¿cuántos hombres pudieron convertirse en escritores precisamente porque había una mujer ocupándose de todo aquello que ellos no tenían que hacer?

La ironía adquiere especial fuerza cuando Helen descubre que incluso ha sido descrita en una publicación como una especie de contrapeso doméstico encargado de mantener a su hermano con los pies en la tierra. Su contribución a la carrera del escritor queda reducida así a una peculiaridad pintoresca de su biografía. Morley aprovecha esta situación para cuestionar la imagen idealizada del artista que encuentra inspiración en la tranquilidad de la naturaleza, recordándonos que el tiempo necesario para crear también depende de las condiciones materiales de quien escribe y, con frecuencia, del trabajo invisible de quienes lo rodean.

La revolución de Helen McGill: seis mil hogazas de pan y el derecho de una mujer a vivir su propia vida

Una de las cosas que más me han llamado la atención de La librería ambulante es el carácter sorprendentemente protofeminista de una novela publicada en 1917, en un momento en el que las mujeres estadounidenses todavía no habían conseguido el reconocimiento constitucional de su derecho al voto. Christopher Morley construye así a Helen McGill como una mujer de treinta y nueve años, soltera, de constitución robusta y profundamente acostumbrada a una vida de sacrificios domésticos. Durante quince años ha cuidado de la granja que comparte con su hermano Andrew, asumiendo la responsabilidad de preparar las comidas, mantener la casa y ocuparse de buena parte de las tareas cotidianas. Mientras tanto, Andrew ha podido desarrollar una exitosa carrera literaria, viajar durante semanas y disfrutar de la admiración de sus lectores escribiendo precisamente sobre las maravillas de una existencia campestre que su hermana se encarga de sostener.

Lo curioso es que, cuando el Parnaso aparece frente a su puerta, Helen no parece especialmente interesada en cambiar de vida. Su primera preocupación es impedir que Andrew compre aquella librería ambulante y encuentre una nueva excusa para ausentarse durante semanas, dejándola nuevamente al cargo de todo. De hecho, su decisión de gastar cuatrocientos dólares en el carromato nace de un impulso de rebeldía contra su hermano y del deseo de preservar el equilibrio de una vida que, hasta ese momento, apenas se había cuestionado. Pero cuando Roger Mifflin le propone que sea ella quien salga de viaje y deje a Andrew ocupándose de la granja, Helen empieza a considerar, por primera vez en quince años, que también podría tener derecho a unas vacaciones.

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—Escúcheme, señor Parnaso —dije—, que soy una vieja gorda y tonta, pero estoy resuelta a hacerlo. Prepare al caballo que yo iré a recoger algunas cosas y a firmarle un cheque. A Andrew le vendrá muy bien no contar conmigo.

Morley construye así a una protagonista que ha interiorizado hasta tal punto las expectativas de su época que se describe constantemente como una mujer vieja, gorda y poco interesante. A sus treinta y nueve años, Helen parece haberse resignado a la soltería y a la idea de que su existencia estará dedicada para siempre al cuidado de Andrew. Incluso cuando decide marcharse, sus primeras preocupaciones son encontrar a alguien que prepare las comidas de su hermano, recordarle dónde guarda la ropa interior de invierno y asegurarse de que las gallinas reciban su alimento. Esa educación basada en la responsabilidad doméstica también condiciona sus primeras experiencias fuera del hogar. Helen siente vergüenza cuando tiene que presentarse ante sus vecinos como propietaria de una librería ambulante, desconoce buena parte de las obras que Roger vende y se enfrenta con bastante inseguridad a la necesidad de hablar en público y convencer a sus posibles compradores.

Su transformación se produce a medida que empieza a desenvolverse por su cuenta. Durante las primeras jornadas, Helen observa cómo Roger se acerca a las familias campesinas, recomienda lecturas y consigue despertar su curiosidad por los libros. Poco después intenta imitar sus métodos, aprende a gestionar las ventas y termina atreviéndose incluso a reunir a un grupo de desconocidos mediante una campana para pronunciar su propio discurso sobre literatura, aunque la experiencia resulte bastante desastrosa. Hay también un momento especialmente ilustrativo cuando, desde el pescante, ve a una mujer limpiando la estufa de su casa mientras contempla el paisaje. Helen siente entonces el impulso de gritarle que abandone las cazuelas, aunque sea durante un día, y salga a disfrutar del sol, del cielo y del río. La mujer que pocos días antes defendía con uñas y dientes la estabilidad de su cocina empieza a reconocer las limitaciones de esa misma existencia en otras mujeres y hasta llega a invocar a Susan B. Anthony, una de las principales figuras del sufragismo estadounidense (cuya mención, me vais a perdonar, resulta especialmente significativa en una novela publicada apenas tres años antes de la ratificación de la Decimonovena Enmienda, que prohibió negar el derecho al voto por razón de sexo en Estados Unidos).

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—Escúchame bien, Andrew —dije—, hablas precipitadamente. Una mujer de cuarenta (por cierto, exageras) que ha compilado una antología de seis mil hogazas de pan dedicadas a ti merece algo de cortesía. Cuando tú quieres emprender uno de tus vagabundeos o algo por el estilo no dudas nunca en hacerlo. Esperas que me quede en casa haciendo el papel de Lady Eglantine en el corral de las gallinas. ¡Por el fantasma de Susan B. Anthony, me niego!

La independencia económica de Helen McGill: una mujer adulta a la que siguen tratando como a una niña

En 1917, las mujeres solteras estadounidenses ya tenían derecho a poseer propiedades, administrar su dinero, firmar contratos y dirigir sus propios negocios. La situación de las casadas había sido históricamente mucho más restrictiva debido a la doctrina jurídica de la coverture, que subordinaba su identidad legal a la del marido, aunque diversas reformas aprobadas durante el siglo XIX habían ido ampliando sus derechos patrimoniales. ¿Por qué es importante recalcar este punto? Porque Helen McGill, por tanto, tenía pleno derecho a comprar el Parnaso, gestionar su librería ambulante y disponer de sus ahorros sin solicitar la autorización de ningún hombre. De hecho, Morley se detiene en explicar cómo ha conseguido reunir más de seiscientos dólares gracias a la venta de huevos, conservas y recetas, un dinero que llevaba años reservando para comprarse un automóvil Ford. La posibilidad de mantener cierta independencia económica existía legalmente para una mujer en su situación, aunque eso no significaba que la sociedad aceptara con naturalidad que decidiera ejercerla.

Esta contradicción se manifiesta cuando Andrew descubre que su hermana ha gastado cuatrocientos dólares en el carromato y decide intervenir para impedir que se haga efectivo el cheque. Su comportamiento revela hasta qué punto considera que tiene autoridad sobre el patrimonio de Helen, pese a que ella es una mujer adulta que ha ganado y ahorrado su propio dinero. Esta actitud condescendiente en la que la trata de impedida mental o donde se comporta alrededor de ella como si esta fuera una niña chica menor de edad se puede ver también en la manera en la que los empleados del banco la tratan. Y así podemos ver, con la frustración de los ojos modernos con el que leemos la obra, cómo Andrew y el resto de los hombres tratan de forma extremada y desafortunadamente protectora a Helen, desproveyéndola a sus ojos de cualquier criterio propio, acusándola de haber sido estafada, y cómo esto se contrapone con el papel de Roger, que es, con diferencia, el único de la obra que trata a Helen con respeto.

Mi opinión sobre La librería ambulante, de Christopher Morley

Creo que parte del encanto de La librería ambulante reside en la naturalidad con la que Christopher Morley consigue abordar cuestiones bastante complejas mediante una historia de aventuras aparentemente sencilla. La novela está repleta de situaciones cómicas, referencias a grandes clásicos y conversaciones que parecen escritas por alguien que disfruta profundamente recomendando sus lecturas favoritas. Roger Mifflin tiene esa capacidad tan particular de los buenos libreros para hablar de un libro como si estuviera presentándote a un viejo amigo y, aunque en ocasiones sus discursos se alargan más de lo necesario, resulta difícil no dejarse contagiar por su entusiasmo.

Sin embargo, personalmente creo que la verdadera fuerza de la novela se encuentra en Helen McGill. Su carácter práctico, sus contradicciones y la valentía con la que se plantea dejar atrás su vida y enfrentarse a las diversas dificultades de la vida me han parecido del todo inspiradoras.

Cuando entré en El Cocodrilo Amarillo buscaba una lectura que me ayudara a recuperar esa ilusión por las posibilidades que ofrece cambiar de vida. Y me parece curioso haber terminado precisamente con una novela que concede tanta importancia a las recomendaciones de un buen librero y a la capacidad de los libros para abrirnos horizontes que ni siquiera sabíamos que existían. La librería ambulante es una obra breve, de lectura ágil y cargada de humor, especialmente recomendable para quienes disfrutan de las historias sobre libros y librerías. A veces basta un carromato lleno de libros y una mujer cansada de hacer pan para recordarnos que nunca es demasiado tarde para preguntarnos qué queremos hacer con nuestra vida.

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