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NOTA: 9

Destino y furias, de Helen Scheuerer: reseña de la tercera parte de Las leyendas de Thezmarr

La Insomne
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Imágen destacada - Destino y furias, de Helen Scheuerer: reseña de la tercera parte de Las leyendas de Thezmarr

Hacía mucho tiempo que no me metía de esta manera en una saga de fantasía. Y créeme si te digo que Las leyendas de Thezmarr y, en especial, esta tercera parte están superando todas mis expectativas. De alguna forma me reconecta con esas novelas de mujeres guerreras en mundos apocalípticos con magia señalada que me ayudaban a evadirme de las penosas tardes de verano cuando era adolescente, sin que por ello me rechine o me parezca una historia pueril. Y es que Destino y furias ha sido toda una sorpresa: deliciosa, adictiva, divertida y cargada de momentos épicos que no he podido dejar de disfrutar.

Es imposible escribir una reseña de una tercera parte sin hacer spoilers, así que, si todavía no has leído Sangre y acero o Promesas y ruinas, debo advertirte que es mejor que no sigas leyendo. Quédate solo con la idea principal de la reseña: ¿merece la pena? Yo creo que, sin lugar a dudas, sí.

Destino y furias: argumento de la tercera parte de Las leyendas de Thezmarr

Después de la terrible traición de Wilder, Thea no sabe cómo sentirse ni cómo comportarse: ver al hombre al que amas, el espadachín que había sido tu mentor, ponerse del lado de la oscuridad que secuestró a Wren es más de lo que cualquier persona podría asumir. Así que ha tomado la determinación de atrapar al traidor, cueste lo que cueste, y arrastrarlo ante los gobernantes de los Mediorreinos para que sea juzgado y castigado.

No importa que eso lleve al límite a Cal y a Kipp, agotados después de cabalgar durante meses por la nieve enfrentándose a aulladores, espectros y otras amenazas, ni que Thea apenas consiga pegar ojo. Wilder Hawthorne se llevó su corazón, y ahora dentro de ella no queda absolutamente nada: ni siquiera magia.

Sin embargo, las cosas no siempre son lo que parecen, y en algún momento Thea tendrá que comprender que la lealtad no es algo tan rígido como el acero de una espada naarviana.

El lado más tozudo de Althea Zoltaire: cuando la rabia femenina se convierte en poder

Thea siempre se nos ha presentado como un personaje tozudo y cabezota y, de hecho, esta cualidad es la que le permite superar las pruebas a las que la sometían en el primer libro, cuando todo el mundo solo intentaba que se diese por vencida. Sin embargo, es en esta tercera parte cuando el dolor por la pérdida de Wilder y su cabezonería se fusionan en una especie de impulso salvaje y disociado que la empuja siempre hacia delante sin pararse a pensar en las consecuencias. Y esto puede llegar a ser frustrante, porque durante las cien primeras páginas asistirás a una Thea que no escucha a Cal y Kipp, que los pone constantemente en peligro (aunque sea sin querer) y que en ningún momento se para a razonar cuando Wilder aparece de nuevo en escena e intenta explicarse.

Pero debes tomártelo con filosofía, porque forma parte del arco del personaje: no todas las heroínas tienen que ser astutas, lógicas e inteligentes, además de grandes guerreras. Y, en el caso de las hermanas Embervale… digamos que los atributos necesarios para formar a una reina perfecta están sabiamente repartidos entre ellas.

Lo que sí es interesante es la manera en la que la rabia y la furia se muestran en la novela. Thea siente una cólera que la consume por dentro y, en lugar de detenerse a explorar esos sentimientos y descubrir que debajo de tanta ira solo hay pena, sigue hacia delante peleando, cabalgando y dejándose a sí misma en último lugar, y así es como pierde su magia.

Y es que me encanta cómo ha construido Helen Scheuerer la magia en Las leyendas de Thezmarr, ya que la tormenta y los rayos forman parte intrínseca de la identidad de Thea, pero desaparecen cuando ella no se permite ser quien es, sentir lo que siente o conectar con su cuerpo. Ni los ejercicios de meditación, ni las cartas de Audra, ni repetirse que ella es la tormenta funcionan, porque Althea se está negando a sí misma, y los rayos nacen de su propia concepción del yo.

La furia es un motor fantástico para la obra, pero también aporta mucho contexto dentro de una saga con un clarísimo componente feminista: las Furias fueron en su día las primeras espadachinas, convertidas después en diosas, pero ya nadie recuerda sus nombres. Es decir, lo que Scheuerer nos está diciendo es que en Thezmarr, al igual que en muchas partes de nuestra realidad, a una mujer enfadada solo se la recuerda por su estado, no por su identidad ni por los motivos que la llevaron a estarlo.

¿Quién es Althea Zoltaire? La importancia de los nombres en Destino y furias

Uno de los puntos clave de cualquier buena novela de fantasía es la importancia que se les da a los nombres, y con Althea Zoltaire esto queda todavía más patente: nadie emplea su nombre completo y tampoco puede usar su verdadero apellido, Embervale, sin quedar expuesta ante los reyes de los Mediorreinos como heredera de la corte de Delmira.

Es una guardiana a la que su hermana Wren apoda «Thea, la de las Nueve Vidas» y, al mismo tiempo, en todos los Mediorreinos la conocen como «la Sombra de la Muerte», porque sigue los pasos de «la Mano de la Muerte», el mentor al que ahora persigue.

Lo curioso de todo esto es que Thea aparece desdibujada e incompleta en cada una de esas identidades y etiquetas, que no la representan ni muestran realmente lo que lleva dentro. Es una luchadora que aspira a convertirse en espadachina, pero cuyo mentor ha resultado ser un traidor. Y su manera de ver la vida la empuja una y otra vez a enfrentarse a la pregunta que vertebra toda la novela: qué es realmente la lealtad.

Thea tiene una concepción tremendamente rígida del mundo. Thezmarr es, para ella, la cuna de todo lo que está bien; ser espadachín es un honor, y los reyes, la autoridad legítima. Bajo esta idea, romper un juramento supone, automáticamente, convertirse en traidor. Y Wilder rompe esa estructura mental, lo que obligará a Thea, por muy tozuda que sea, a replantearse cómo funciona el mundo.

La familia es la que se escoge: Cal y Kipp son los mejores sidekicks que podría tener Thea

Thea podría haber perseguido a Wilder en solitario, eso está claro. Pero la autora, quizá para que no olvidemos a los adorables amigos que hizo en el primer libro y que siempre la han ayudado, nos muestra una versión mucho más madura de ellos, especialmente de nuestro estratega favorito: Kipp. Kipp ha evolucionado hasta convertirse no solo en el relaciones públicas más sospechoso de las tabernas de los Mediorreinos, sino también en uno de los personajes con más inteligencia emocional que nos podamos encontrar: le da a Thea su espacio para procesar sus emociones y la acompaña sin juzgarla en su duelo por la pérdida de Wilder.

Pero, evidentemente, el tema familiar no acaba aquí. Thea ya sabe que Anya, la Hija de la Oscuridad de la profecía, es su hermana mayor, pero en esta entrega por fin la conoce de verdad, entiende hasta qué punto se ha demonizado a su familia y descubre que ya no le queda mucha gente en la que poder confiar. Y es lógico, porque Destino y furias tira por la borda todas las certezas sobre las que nuestra cabezota protagonista había construido su confianza: la crueldad de Anya, la traición de Wilder, los verdaderos responsables de que las sombras se extiendan, etc.

Así, el romance entre Wilder y Thea deja de ser el enemies to lovers que disfrutamos en Sangre y acero para convertirse en una historia de redención, de reparación de la confianza rota y de segundas oportunidades. Con mucha menos carga spicy que la segunda parte de la saga, gracias a las Furias.

Aveum: el fin del mundo se parece mucho a un invierno que nunca termina

Otro de los grandes aciertos de Destino y furias es, precisamente, la ambientación. Atrás han quedado los salones de piedra con el fuego encendido y las alquimistas jugando con estrellas arrojadizas: ahora, lo que atraviesan Thea, Wilder, los espectros y el resto de personajes es un mundo con un apocalipsis anunciado que casi se puede tocar y paladear.

Al comienzo de la novela se nos cuenta que la oscuridad se extiende cada vez más deprisa, y eso provoca grandes cambios en el mundo: la primavera no ha llegado ni siquiera a las zonas más cálidas de los Mediorreinos, los días apenas tienen unas horas de luz y los protagonistas combaten más contra el frío y el riesgo de perder algún dedo por congelación al acampar donde no deben que contra los espectros y demás criaturas.

Aveum es un reino de frío constante, lagos congelados, árboles muertos, comidas calientes escasas, aldeas aisladas cuyos vecinos observan asustados tras las ventanas y un eclipse que todos, optimistas como nunca, creen que acabará por arte de magia con la oscuridad. No es casualidad que Thea, que ha perdido la llama y el calor del amor, se vea obligada a atravesar estos territorios helados convencida de que su primavera no regresará. Es una metáfora climática que se hace cada vez más evidente.

Mi opinión: ¿merece la pena leer Destino y furias?

Si te gustaron Sangre y acero y Promesas y ruinas, Destino y furias es un acierto total. Tengo que confesar que tras la segunda parte de la saga me sentía algo reacia, porque la cantidad de spicy que encontré en Promesas y ruinas no acabó de casar del todo conmigo, pero esta tercera entrega se parece mucho más a la primera y, para mí, encuentra el equilibrio perfecto entre novela de aventuras y romantasy con algo de spicy de por medio.

Prepárate para unas pruebas en la nieve que pondrán a Thea al límite, para que la trama dé un giro más político en la segunda mitad (por cierto, esas reuniones estratégicas con personajes peleándose como críos por tonterías le restan toda la seriedad del mundo, pero siguen siendo muy disfrutables) y para emocionarte cada vez que leas «yo soy la tormenta». Porque sí, Althea Zoltaire, puede que la piedra del destino nos recuerde en cada entrega que te queda poco tiempo, pero no dudes de que lo pasaremos juntas desatando el caos.

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