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Cuanto vemos o parecemos, de Ken Liu: análisis y opinión de un thriller sobre IA y sueños

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Escritora consumada, concept artist en ciernes y adicta al trabajo. Do...


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Imágen destacada - Cuanto vemos o parecemos, de Ken Liu: análisis y opinión de un thriller sobre IA y sueños

Hay novelas de ciencia ficción que necesitan inventarse tecnologías imposibles basadas en avances espaciales para construir un contexto futuro que resulte creíble. Y, sin embargo, Ken Liu ha decidido lo contrario. Cuanto vemos o parecemos toma como base el estado actual de la inteligencia artificial, lo proyecta algunos años hacia el futuro y construye con ello un mundo en el que una IA puede llegar a gestionar nuestra economía doméstica, aprender nuestra forma de crear, reconstruir parte de nuestra personalidad o dejarse engañar por unas instrucciones escondidas dentro de un correo electrónico.

Así empieza Cuanto vemos o parecemos, la primera parte de una serie escrita por Ken Liu cuya segunda entrega, What Birds Have Vanished, está planificada para 2027. Una serie de novelas sobre una detective neurodivergente, increíblemente capaz con la tecnología, que se ve de pronto sumergida en una trama de manipulación de imágenes y amenazas cuando una famosa onirofex desaparece de la noche a la mañana.

Argumento de Cuanto vemos o parecemos, de Ken Liu

Julia Z lleva años intentando desaparecer. Cuando tenía apenas catorce años se convirtió en la famosa «huérfana-hacker», pero ahora intenta sobrevivir tranquilamente en los suburbios de Boston dejando tras de sí la menor cantidad posible de información. No utiliza redes sociales, evita las cámaras, desconfía de las grandes IA comerciales y ha construido a Talos, su propio sistema de inteligencia artificial, para no entregar buena parte de su intimidad a las grandes corporaciones.

Su frágil anonimato se rompe cuando Piers Neri aparece en su casa pidiéndole ayuda. Su mujer, Elli Krantz, ha desaparecido y alguien asegura tenerla secuestrada. Elli tampoco es precisamente una desconocida: se ha convertido en una celebridad gracias a los llamados sueños vívidos, espectáculos multitudinarios en los que ejerce como onirofex y utiliza inteligencia artificial para conducir a miles de personas a través de una experiencia onírica colectiva. Lo que comienza como la búsqueda de una mujer desaparecida lleva a Julia hacia una red de secretos, datos robados y realidades artificiales donde cada prueba puede haber sido fabricada y donde averiguar qué ocurrió exige preguntarse primero qué significa exactamente que algo sea real.

¿Qué significa el título Cuanto vemos o parecemos?

El título procede de A Dream Within a Dream, el poema de Edgar Allan Poe que Ken Liu coloca además como epígrafe de la novela. Poe se pregunta hasta qué punto aquello que percibimos, recordamos o creemos poseer tiene una consistencia real, una duda que encaja especialmente bien con un thriller donde los sueños pueden construirse, las imágenes pueden falsificarse y una inteligencia artificial puede llegar a reproducir fragmentos de la identidad de una persona.

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¿Es cuanto vemos o parecemos
tan solo un sueño dentro de un sueño?

La referencia funciona casi como una declaración de intenciones. A lo largo de la novela, Ken Liu vuelve una y otra vez sobre la dificultad de distinguir entre la experiencia y su representación: un recuerdo frente a los datos que deja, una persona y el modelo de inteligencia artificial construido a partir de ella, una imagen auténtica y otra generada artificialmente. El verso de Poe acaba condensando esa inseguridad permanente que atraviesa toda la historia: cuánto podemos confiar realmente en aquello que vemos y, sobre todo, en aquello que parece ser.

La inteligencia artificial de Ken Liu: un espejo desde el que ver el futuro que nos espera

Uno de los aspectos que mejor funcionan en Cuanto vemos o parecemos es la manera en que Ken Liu imagina la evolución de la inteligencia artificial a partir de problemas, usos y limitaciones que ya existen en el presente. Antes de dedicarse por completo a la literatura, Ken Liu trabajó como ingeniero de software, y esa formación se percibe especialmente en la forma en que imagina y crea los sistemas integrados en la sociedad de la obra: Julia tiene a Talos, una IA personal que conoce su manera de trabajar; existen inteligencias especializadas en finanzas, economía y leyes, como los jurijinns o los fiscojinns; las redes neuronales han evolucionado hasta convertirse en neuromallas; y aparecen términos como cefaloscripts, onirofex o egolines.

Ese vocabulario tiene bastante importancia dentro del worldbuilding de la obra. Y es que el autor no se limita a trasladar al futuro las palabras que utilizamos ahora, sino que imagina cómo el propio lenguaje tendrá que adaptarse a tecnologías cada vez más integradas en la vida cotidiana. Igual que hoy hemos normalizado términos como streaming o prompt, su futuro ha desarrollado palabras específicas para designar herramientas, profesiones y procesos que todavía no existen exactamente de esa forma. Y todo ello lo hace a partir de ejemplos reales y de sistemas de inteligencia artificial técnicamente ya viables.

Un ejemplo más que ilustrativo se da al comienzo del libro, cuando Ken Liu monta una escena que parece extraída de Minority Report en la que Julia Z navega a través de una neuromalla para limpiar un sistema informático comprometido. Es entonces cuando descubre que el ataque comenzó mediante unas instrucciones escondidas dentro de la firma en HTML de un correo electrónico, una forma de ataque informático real conocida como indirect prompt injection: una IA procesa información externa que contiene instrucciones capaces de modificar su comportamiento.

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Tras varios ciclos de mejora de prompts conflictiva, el gusano se atribuyó prácticamente los mismos privilegios que tendría un usuario con categoría de administrador.

A todo esto, Ken Liu le suma el empleo de drones como Puck, el morfodrón construido por Julia hecho de metales polychapados y microestructuras de origami que plantean el futuro de esta tecnología; los bloques tensoriales que componen los elementos básicos de las neuromallas cognitivas (al estilo de un archivo .apk instalable); la evolución de las gafas de visión fusionada que emplean tanto Julia como Piers para trabajar y que supone una evolución de las gafas de realidad virtual actuales; los sensibroches, que dan un salto de calidad a los relojes deportivos Fitbit o Garmin; y muchos otros aspectos que, en mi opinión, plantean una lucidez por parte del autor hacia el futuro absolutamente maravillosa.

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Era donde Talos almacenaba los componentes más críticos para su funcionamiento: la neuromalla entrenada con las interacciones que mantenía con Julia; los libros, documentos y contenidos multimedia que ella había leído y estudiado; las fotos y los vídeos personales y, en definitiva, todo cuanto Julia querría recordar de sí misma pero era incapaz de acomodar en su cerebro.

Julia Z: una detective que aprendió a ser invisible

Hay algo de Lisbeth Salander en Julia Z, y creo que Ken Liu juega de manera bastante consciente con esa genealogía de mujeres detectives que funcionan mejor en los márgenes que dentro de las instituciones. Julia es extraordinariamente inteligente, desconfiada, seca en el trato, mucho más cómoda delante de una máquina que frente a otra persona, clarísimamente neurodivergente y, encima, está acostumbrada a trabajar sola. También comparte con Salander esa cualidad casi fantasmal de quien puede entrar y salir de determinados espacios sin que nadie termine de saber muy bien qué ha visto. La diferencia está en que Liu construye esa capacidad a partir de algo bastante menos glamuroso que el talento innato para el espionaje: Julia aprendió a desaparecer porque, con catorce años, tuvo que aprender a sobrevivir en la calle.

Durante aquella etapa se acostumbró a buscar lugares donde dormir y asearse, a reconocer el brillo de una cámara antes de entrar en su campo de visión, a identificar los drones de seguridad por el sonido, a esconderse en bibliotecas y edificios a punto de cerrar y a rebuscar comida en los contenedores. Incluso sabe que los cementerios son buenos lugares para pasar la noche durante los meses cálidos porque casi nadie se acerca a ellos. Toda esa experiencia termina convirtiéndose años después en una herramienta de investigación que servirá como valioso contrapunto para la experiencia de burgués acomodado que ha tenido toda su vida Piers y que lo pondría en el ojo del huracán de sus enemigos en pocos segundos.

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Aprendió a distinguir los destellos reveladores que despedían los objetivos de las cámaras de vigilancia y a percibir el zumbido que emitían los drones de seguridad durante los patrullajes. Aprendió a girarse para que las cámaras no grabaran su rostro y a ponerse máscaras con las que frustrar el reconocimiento facial.

Esta invisibilidad no se debe solo a su trágico pasado, sino que responde también a un evidente componente de denuncia social. Julia es hija de una inmigrante china y ha crecido sintiendo que, para buena parte de la sociedad estadounidense, su pertenencia al país estaba siempre bajo sospecha. Ese desarraigo atraviesa toda su construcción como personaje, pero también le ha enseñado algo extremadamente útil para sobrevivir: la gente ve muchas veces aquello que espera ver.

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De niña le era imposible olvidarse de que era china, la hija de una inmigrante, y siempre la dejaban al margen porque no tenía raíces en esta tierra.

En un mundo hipervigilado e inundado de datos, Julia sabe que hacerse pasar por inspectora de construcción, inmigrante ilegal o simple jogger la convierte en un dato irrelevante más. Y esto, en un entorno desbordado por la sobreinformación, es casi una forma perfecta de camuflaje: cuando todo queda registrado, la mejor manera de desaparecer consiste en conseguir que nadie considere que merece la pena mirar dos veces aquello que está viendo. Julia entiende que los sistemas de vigilancia también tienen puntos ciegos, pero sobre todo entiende los de las personas que los manejan: sus prejuicios, sus expectativas y esa tendencia tan humana a clasificar rápidamente lo que tenemos delante para poder seguir con nuestra vida.

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Los datos eran como la contaminación; cuantos menos generara uno, mejor. Una vez que se generaba un dato, era imposible predecir dónde acabaría.

Los sueños vívidos: cuando la inteligencia artificial se convierte en instrumento artístico

La gran aportación tecnológica de Elli son los sueños vívidos, experiencias colectivas dirigidas por un onirofex en las que cada participante recibe imágenes y estímulos adaptados a sus propios recuerdos mientras todos recorren, al mismo tiempo, una misma trayectoria emocional. Para conseguirlo, la IA de Elli procesa los cefaloscripts y las respuestas de miles de personas en tiempo real y le permite ir modificando la experiencia sobre la marcha. Y aunque suena todo tecnológicamente muy avanzado, no deja de ser una experiencia colectiva similar a los cantos de mantras o las experiencias grupales hippies evolucionadas en extremo, aunque Ken Liu compara el proceso con un concierto de jazz: existe una estructura previa, pero buena parte de lo que ocurre depende de cómo reacciona el público. En este símil, la IA funciona como el instrumento de Elli, una herramienta capaz de ampliar hasta niveles imposibles para un ser humano aquello que ella ya sabe hacer como artista.

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Aunque Elli bosqueja cada uno de los sueños en términos generales, los prompts precisos no están definidos de antemano. Se basan en las reacciones que el soñante muestra durante la sesión. Es como en los conciertos de jazz, donde los músicos improvisan según la respuesta del público.

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Elli no podría hacer lo que hace sin la ayuda de su IA personal. De hecho, es como su instrumento.

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Una sala llena de personas que soñaban con los ojos abiertos, unidas y distanciadas de las demás al mismo tiempo, guiadas por la mujer que bailaba en el escenario, una maga que tejía un hechizo.

Pero los sueños vívidos también responden a algo bastante menos tecnológico y mucho más real que ya está enquistado en algunas sociedades asiáticas. Y es que, en el futuro que plantea Ken Liu, gran parte de las relaciones pasan por pantallas, bots e inteligencias artificiales y muchos de los vínculos más intensos terminan siendo parasociales. Frente a ese aislamiento, las sesiones de Elli ofrecen la sensación de estar físicamente unido a cientos de desconocidos y de formar parte, durante unas horas, de algo mayor que uno mismo.

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La mejor manera que se me ocurre de describirlo es que sientes que formas parte de algo grande y épico; que estás rodeado de amor, y que ese es tu sitio. Que el sueño es como la vida debería ser y que tu otra vida, la de fuera del sueño, es mera ficción.

Quizá por eso funcionan tan bien dentro de la novela: cuanto más personalizada se vuelve la tecnología, más desesperadamente parecen buscar sus personajes una experiencia que puedan compartir.

Mi opinión de Cuanto vemos o parecemos, de Ken Liu

Creo que Cuanto vemos o parecemos funciona especialmente bien cuando Ken Liu deja que el thriller se convierta en un laboratorio de ideas. La inteligencia artificial, la vigilancia, los egolines, la generación de identidades sintéticas o los sueños vívidos forman parte del mundo con una naturalidad que pocas novelas recientes consiguen. Se nota muchísimo que Liu entiende la tecnología desde dentro y que, cuando especula, suele hacerlo a partir de bases tecnológicas y fundamentos de la inteligencia artificial que ya tenemos delante. Quizá por eso algunas de las escenas más potentes son, en mi opinión, las que podrían parecer menos espectaculares a un ojo no entrenado: un correo que engaña a una IA, una VPN que termina señalando a quien pretendía ocultarse o una neuromalla que conoce a alguien lo suficiente como para imitar ciertas decisiones.

También me ha gustado especialmente la construcción de Julia Z. Hay algo reconocible en esa hacker brillante, solitaria y algo imposible en el trato, pero Liu consigue darle una biografía que explica casi todas sus manías: la necesidad de desaparecer, el rechazo a dejar rastros, su facilidad para identificar los puntos ciegos de los sistemas y esa extraña habilidad para convertirse en alguien a quien los demás dejan de mirar.

Donde más interés he encontrado, en cualquier caso, es en todo lo que la novela propone alrededor de qué queda de nosotros cuando nuestras decisiones pueden convertirse en datos. Los egolines, los sueños de Elli, el verso de Poe y esa obsesión constante por distinguir entre una persona y la huella que deja terminan convergiendo en la misma pregunta. Ken Liu ha escrito un tecnothriller muy consciente del momento en el que vivimos, capaz de imaginar una inteligencia artificial futura sin convertirla en una entidad mágica ni reducirla a la habitual amenaza apocalíptica. Y aunque el misterio ocupa buena parte de la novela, para mí Cuanto vemos o parecemos resulta mucho más interesante por todas las preguntas que deja abiertas sobre identidad, privacidad, creación y memoria que por descubrir simplemente qué ha ocurrido con Elli Krantz.

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