Escritora consumada, concept artist en ciernes y adicta al trabajo. Do...
Calabobos es una obra extraña y desgarradora. En sus apenas 180 páginas, Luis Mario captura la empapada, violenta, hermosa y brutal alma de la vida al lado del mar en Cantabria. Y es que Calabobos es infame, preciosa y retorcida, a caballo entre el realismo mágico más descarnado y el resquemor salado de la carne de un mejillón.
Escrito en un cántabru que bebe de la tradición oral, incorrecto, plagado de localismos, con condicionales mal conjugados y expresiones que probablemente harían sudar sangre a cualquier corrector de estilo, Luis Mario construye una historia sobre un pequeño pueblo costero incapaz de desprenderse de sus muertos, sus prejuicios y las historias que llevan generaciones contándose unos a otros. Y lo hace, que es lo verdaderamente mágico de esta obra, escrito en una primera persona del singular que cuenta como habla: sin corrección alguna. Esta decisión deliberada por parte del autor reivindica una forma de expresión que él mismo, según ha contado en varias entrevistas, trató de corregir cuando salió de Cantabria.
Así comienza y se construye la historia de una niña que se ha perdido: de manera violenta y fogosa a pesar del frío y la lluvia que empapa al narrador; solitaria en un pueblo lleno de gente.
Argumento de Calabobos, de Luis Mario: la historia de una niñuca perdida.
Mariuca ha desaparecido. Y ni siquiera es la primera vez.
Lleva toda su vida escapándose entre las rocas, desde que era pequeñuca, cuchicheando con los mejillones, recorriendo la costa con sus zapatucos ortopédicos y sus puñucos cerraos. Ya nadie se preocupa: su madre y su hermano están acostumbrados a buscarla antes de que suba la marea allá donde las vacas del vecino, o entre las flores que crecen en la montaña, o inclinada escuchando al mar susurrar.
Pero esa tarde, precisamente, se aproxima una galerna.
Mientras su hermano recorre el pueblo preguntando a vecinos, entrando en casas y descendiendo por los caminos que llevan hasta los acantilados, cada vez más desesperado por la ausencia de su hermanuca, los recuerdos empiezan a aflorar en su interior. Recuerdos de historias de mujeres que enloquecieron encerradas dentro de casa, de hombres que desaparecieron en las rocas, de amores que tuvieron que esconderse por culpa de la homofobia o de familias que han aprendido a extraer percebes ilegalmente de unas rocas capaces de matarlos porque, sencillamente, hay que comer.
Y mientras la pleamar se acerca y la lluvia arrecia, la historia de Mariuca empieza a confundirse con las leyendas cántabras que los habitantes del pueblo han escuchado durante generaciones.
Porque dicen que Mariuca nació de la espuma de mar.
Y quizás esto no sea mentira.
Calabobos es un libro que se canta
Escrito en un cántabru oral deliberadamente incorrecto, lleno de laísmos, condicionales imposibles, palabrotas y expresiones que parecen salir directamente de una conversación escuchada detrás de la barra de una taberna, Calabobos construye un lugar donde absolutamente todo está mojado. Las casas, la ropa, los animales, los prados, las mujeres, los muertos y hasta los recuerdos cargan con una humedad que poco a poco se mete también dentro del lector y que huele a sal y a infección. Y cuando terminas de leer, te das cuenta del eco poético que comprende el título, ya que “calabobos” es precisamente el nombre que se le da a esa lluvia fina de Cantabria que apenas percibes mientras cae y que, cuando quieres darte cuenta, ya te ha calado hasta los huesos.
Exactamente igual que ocurre con la violencia en esta obra.
A través de una prosa construida mucho más para ser escuchada que para ser leída, Luis Mario reproduce las repeticiones, exageraciones y asociaciones propias de alguien que te está contando una historia de viva voz. Así el narrador empieza hablando de Mariuca, salta al recuerdo de Chanín y termina veinte años atrás con una historia de Nanda La Chona sin que esos cambios resulten extraños. Y es que la novela funciona precisamente igual que la memoria: a saltos, rebotando de un lugar, una palabra o una persona a otra sin que resulte en absoluto desconcertante.
Esta oralidad determina también el ritmo de una novela a veces salpicada de poemas, otras con solo una o dos palabras ocupando las páginas. Las palabras, términos, expresiones e imágenes con las que se construye la historia, reaparecen como pequeños estribillos: la lluvia, los puños de Mariuca, el estar «empapao», el mar. A ellos se suman los «Cuchicheos de mejillón», breves composiciones en verso que interrumpen el relato y funcionan casi como el coro de una tragedia griega: recuperan imágenes, anticipan acontecimientos y comentan la violencia del pueblo desde una voz distinta a la del narrador. Incluso la disposición del texto cambia según lo que está contando: los recuerdos se alargan en párrafos atropellados mientras que la lluvia, las canciones o determinados momentos de tensión fragmentan las frases y obligan a leerlas con otra cadencia.
Y quizás por eso Calabobos es, en cierto sentido, un libro que se canta. Su oralidad no consiste únicamente en conservar laísmos, condicionales o expresiones cántabras, sino en construir toda la novela alrededor del sonido y de la transmisión de las historias. Conforme avanzas, dejas de corregir mentalmente ese lenguaje y empiezas a escuchar al narrador. Normalizar su manera de hablar habría supuesto cargarse una parte esencial de la obra, porque Cantabria no está presente solamente en los percebes, las galernas o los acantilados: también está en la forma en la que alguien decide contártelos.
Luis Mario ha explicado que concibió Calabobos como un relato mitológico antes que como una novela convencional. Quería recuperar las historias que había escuchado desde pequeño, muchas de ellas a través de su abuela, y reproducir precisamente esa condición esencial de los mitos: su sencillez argumental, su enorme carga simbólica y su capacidad para transmitir mediante historias aparentemente imposibles aquello que resulta muy difícil explicar de otra manera.
Una Cantabria llena de violencia y hambre.
Calabobos sobrecoge con su belleza violenta y desgarradora por su forma de trasladarte el día a día de esta Cantabria desolada y por cómo rompe con la idea de aislarte en el norte en un paraíso estético de casas de piedra, hogazas artesanas y mujeres felices cultivando lechugas que tanto romantiza a veces la literatura contemporánea.
Porque aquí, vivir en el campo, es una condena de muerte y tristeza.
Luis Mario nos presenta a una familia para la que la precariedad forma parte de la normalidad de su día a día. El protagonista siega el terreno de Suco para conseguir «medio duro», la leña está demasiado mojada para encender la estufa, los zapatos ortopédicos de Mariuca suponen un gasto importante y la fábrica aparece durante un tiempo como una salvación precisamente porque trabajar allí, aunque paguen una miseria, garantiza algo que el mar jamás podrá garantizarte: volver vivo cada noche. En mitad de esta salvaje belleza al borde de los acantilados, Luis Mario recoge los recuerdos y experiencias escuchadas en Cantabria para dar voz a una obra que, aunque no es una autobiografía, representa con exactitud dolorosa las historias que le contaron de pequeño.
Cómo unos viven de lo que es capaz de matarles, como es la pesca de percebes. Los personajes esperan las mareas vivas porque son precisamente esos días, cuando el agua baja más de lo habitual y cuando quedan expuestas las piezas más grandes. Así que bajan escondiéndose, porque está prohibido mariscar sin licencia, arrancan todo lo que pueden y vuelven bajo la presión de que una ola los estampe contra las rocas o de que la guardia civil los multe por furtivos.
«Lo único que tienes que hacer es irte antes de que la mar vuelva a subir y te mate. Fue lo único que no hizo Chanín…»
Aquí la ilegalidad está integrada dentro de una economía paralela que surge de la más absoluta necesidad.
Pero quizás lo más interesante de esta precariedad es que en Calabobos prácticamente nadie vive de una única cosa. El protagonista tiene su propio prado y su huerto, pero cuando encuentra un rato libre tiene que segar las tierras de Suco «pa ganar medio duro» con un dalle oxidado que convierte el trabajo en una tarea interminable. También limpia su cuadra y se ocupa de unas vacas que el propio Suco maltrata, soportando a un hombre al que detesta porque, como reconoce él mismo, «no me queda otra». Nanda La Chona sobrevivió a los años de hambre gracias a la peluquería y las gallinas y llegó incluso a ayudar económicamente a la familia; la abuela cultivaba vainas cuyas alubias servían tanto para comer como para que el Viejo las vendiera en el mercado; y, mucho más arriba en las montañas, la Mujer Osa vive sola sobre unas choneras donde los cerdos le proporcionan calor durante el invierno y alimento durante el verano. La pobreza que retrata Luis Mario se sostiene así sobre una continua mezcla de agricultura, animales, pequeños oficios, trueque, trabajos ocasionales y aquello que buenamente pueda arrancarse del mar.
Y es aquí donde la fábrica adquiere una importancia mucho mayor de la que parece en un primer momento. Cuando abre, buena parte de los hombres abandona el campo y el mar para convertirse en operarios porque, aunque «los pagaban una ruina», por primera vez podían salir a trabajar por la mañana con la certeza razonable de regresar vivos por la noche. El Viejo deja entonces de sembrar, desaparecen las vainas que alimentaban a la familia y que vendía en el mercado y hasta la abuela pierde la tarea alrededor de la cual había organizado buena parte de su vida. Años después, cuando la fábrica apenas mantiene trabajadores, tampoco queda ya aquel antiguo modelo agrícola intacto al que regresar y el protagonista sobrevive cogiendo aquí y allá lo que encuentra. Luis Mario retrata de esta forma una Cantabria atrapada entre una economía rural durísima que apenas permitía sobrevivir y una industrialización que prometió cierta seguridad sin llegar nunca a ofrecer verdadera prosperidad.
Un pueblo donde las historias pertenecen a todos y la verdad cambia dependiendo de quién la cuente
El segundo de los grandes pilares de la obra es la oralidad, pero creo que sería un error analizarla únicamente desde un punto de vista lingüístico. Luis Mario no utiliza esa voz solo para diferenciar estilísticamente a su narrador. La utiliza porque Calabobos habla precisamente de una sociedad donde la historia se conserva oralmente.
El protagonista conoce gran parte de su pasado a través de aquello que le han contado su madre y Nanda La Chona. El problema es que las dos mujeres modifican detalles, omiten información y construyen versiones diferentes de los mismos acontecimientos. Cuando pregunta por las vacas que tenían determinados personajes, unas veces eran cuatro y otras siete; cuando quiere conocer qué ocurrió realmente con su tío Terio, descubre que la versión familiar ha escondido deliberadamente aquello que todo el pueblo sabía.
No son como las historias que se cuentan en los libros, las d’aquí de los pueblos. Que en un pueblo las historias están más vivas que las garduñas. Que como no andes atento, se te cuelan en tu casa y t’acaban jodiendo.
Esta frase me parece esencial para comprender Calabobos. Las historias que recorren el pueblo funcionan como organismos vivos: cambian dependiendo de quién las cuenta, se transmiten entre generaciones y acaban teniendo consecuencias reales sobre las personas implicadas. La homosexualidad del tío Terio, por ejemplo, pertenece a todo el pueblo antes incluso de que el protagonista comprenda qué significa. La privacidad es prácticamente inexistente y la reputación de cada vecino se construye a través de un relato colectivo sobre quién es, qué hizo su familia y qué cosas se rumorean sobre él.
La mala sangre entre los vecinos: pertenecer a un pueblo también significa no poder escapar de los demás
La comunidad de Calabobos está muy lejos de cualquier representación amable de la solidaridad rural. Es cierto que los vecinos se ayudan, se conocen y mantienen unas redes de apoyo que resultarían difíciles de replicar en una gran ciudad, pero esa proximidad tiene otra consecuencia bastante menos amable: resulta prácticamente imposible escapar de la vigilancia del resto.
Luis Mario construye un pueblo donde las rencillas pueden sobrevivir décadas y donde el hecho de conocer a alguien desde niño tampoco garantiza que exista cariño entre ambos. Suco está obsesionado con sus lindes y con impedir que nadie se acerque demasiado a sus animales; determinados personajes continúan siendo considerados idiotas o malas personas porque ya lo eran durante la infancia; y el protagonista recuerda constantemente afrentas pasadas que parecen haberse integrado en la identidad de quienes las cometieron.
Era hijoputa, lo es y lo será. Que’l que lo es de crío en este pueblo, raro es que no lo sea de mayor.
En este lugar las personas difícilmente dejan de ser aquello que una vez fueron. Y, por si cometes el pecado de intentar olvidarte, rápidamente te plantan encima un apodo que reduce tu presencia como individuo a un simple calificativo. Esto explica también por qué resulta tan importante que no se sepa nada. En el caso del tío Terio, el narrador lo formula de una manera especialmente clara: el problema no consistía únicamente en que Terio mantuviera relaciones con otro hombre, sino en que el resto del pueblo se enterase. Y en el momento en el que lo supo, pierde su trabajo como cartero, recibe agresiones y se ve obligado a marcharse. La comunidad actúa de esta forma como una estructura que castiga cualquier cosa que sea diferente, donde todos conocen las normas aunque nadie necesite formularlas explícitamente.
Mi tío Terio se fue a vivir a las montañas porque odiaba este pueblo y porque este pueblo l’odiaba a él.
Mariuca sufre otro tipo de violencia todavía más cotidiana porque, desde que es pequeña, el pueblo convierte su discapacidad en la única característica desde la que parece posible definirla. Sus piernas torcidas, las barbas que le nacen en las patillas, su forma de caminar o las dificultades que tiene para comunicarse dejan de ser simples rasgos físicos y se transforman rápidamente en nombres: «barbuda», «montayeguas», «títere», «guarra». En el colegio los niños llegan incluso a empujarse después de tocarla para pasarse entre ellos «la repugnancia», como si aproximarse a Mariuca pudiera contagiarles aquello que la hace diferente.
Y esa mirada tampoco desaparece completamente dentro de casa. Su madre y su hermano la quieren y la protegen, pero Mariuca continúa siendo constantemente «la mi pobre», una expresión cargada de cariño que al mismo tiempo la coloca en una posición permanente de desgracia y dependencia. Desde las primeras páginas sabemos además que su tratamiento médico estuvo condicionado por el dinero: la doctora recomendó aparatos para corregir su forma de caminar, pero eran caros, exigían desplazamientos y su madre estaba agotada, de manera que nunca llegaron a utilizarlos. Luis Mario construye así alrededor de Mariuca una violencia que no procede únicamente de unos cuantos niños crueles, sino de la suma del capacitismo, la pobreza y una comunidad que ha decidido qué es ella antes incluso de concederle espacio para definirse por sí misma.
La facilidad con la que se mata: animales, personas y una extraña definición de lo que significa ser bueno
Calabobos está lleno de muertes. Y es sobrecogedor ver lo enormemente normalizada que está y el peligro real que corren los personajes dentro del pueblo de ser apalizados por vecinos vengativos. Y es que algunas de ellas son accidentales, otras consecuencia del mar y otras absolutamente deliberadas y cargadas de violencia. Así, veremos cómo Nanda La Chona se presenta como uno de los personajes más bondadosos del libro para después mostrarnos, sin ningún pudor, cómo coge la camada de gatitos recién nacidos de su gata, los mete dentro de un saco, lo hunde en un bidón de agua de lluvia y espera a que mueran.
Los hunde. No se los oye, debajo el agua.
No se oye nada.
Cuando los saca, los saca muertos.
Y acto seguido el narrador vuelve a hablarnos de cómo Nanda es, en realidad, una buena persona.
La violencia es algo endémico del libro y queda claro no solo con las amenazas de muerte de los vecinos (plausibles, reales y aterradoras) sino por ejemplo a través de los gorriones. Después de una galerna, estos se refugian bajo tierra y quedan aturdidos, algo que aprovechan los miembros del pueblo para atraparlos, partirles el cuello y cocinarlos. Los mejillones y percebes se arrancan de las rocas para comerlos o venderlos. Los cerdos chillan al morir. Las vacas pueden despeñarse y acabar abiertas contra las piedras.
Todo forma parte del mismo paisaje.
Por muy incómoda que me sienta al respecto y por mucho que te ponga el estómago del revés, es especialmente interesante ver cómo Luis Mario no plantea estas escenas desde una moral animalista contemporánea; y es que sería demasiado sencillo leerlas desde una posición urbana, económicamente cómoda y llegar a la conclusión de que aquellos personajes son simplemente crueles. Los personajes matan porque deben comer, porque nadie les ha dado la oportunidad o les ha explicado que puede vivirse de otra manera y porque, nos pese o no, están atrapados en una precariedad que les empuja a pensar únicamente en su propia supervivencia.
Las galernas y el calabobos: el agua como forma de representar una violencia que se acumula
Evidentemente, no podemos hablar de Calabobos sin analizar la lluvia.
Llueve durante prácticamente toda la obra y los personajes están permanentemente mojados. La casa tiene goteras, la ropa no termina de secarse, el protagonista recuerda a su padre muerto encima de un charco de agua que había ido dejando caer de sus propias prendas y hasta determinados recuerdos parecen inevitablemente asociados a un día lluvioso. Y es que Calabobos es, tal cual como promete el título, una obra donde la llovizna está siempre presente y simboliza la brutalidad silenciosa de un pueblo que ahoga todo el sonido y grito de auxilio bajo el retumbar del agua al caer: algo que va calando a sus habitantes sin que estos lleguen siquiera a darse cuenta y que impregna toda la obra.
La metáfora funciona porque Luis Mario opone esta llovizna a otro fenómeno meteorológico mucho más violento: la galerna. La galerna que llega de repente, con su cielo cambiante, el viento que se lo lleva todo, el mar que no deja vivo a nadie que se acerque a la costa y que arrasa con todo. Así Luis Mario dedica un fragmento bastante extenso a describir cómo esta tormenta afecta por igual a las rocas, los peces, las gaviotas, los gorriones y las personas.
Y si hay algo que, de alguna manera, también me ha llegado a mí, es que de la galerna sabes que tienes que protegerte porque es de una violencia tan directa que eres incapaz de no reconocer su existencia, mientras que la llovizna de calabobos te empapa sin darte casi cuenta. Y la obra cuenta con los dos: con la violencia explícita de la muerte del padre, de la paliza al tío Terio; y con la llovizna del silencioso llanto de la madre y de una vida oyendo cómo todo el mundo te tilda de “retrasada”.
Mi opinión sobre Calabobos
Calabobos ha sido una maravillosa, desgarradora e inconsolable sorpresa. A día de hoy, meses después de haberla leído, mientras reconstruyo esta reseña con las notas que fui dejando en la obra, se me siguen saltando las lágrimas. Y es que, pobre mía, qué espanto, qué dolor en el corazón siento al pensar en Mariuca, que nació del mar y desapareció un día antes de una galerna, mientras la tormenta gira en torno a nuestras cabezas reclamando para sí la violencia con la que, en apenas 180 páginas, ha llegado a empaparte.
Es una obra cruel, que al más puro estilo de la película de As bestas nos demuestra que la ley, el sentido común y la empatía, a veces son lujos que las personas que viven en el rural más romantizable del mundo, no se pueden permitir. Y lo hace, además, a través de pequeñas historias que recupera la forma de escritura basada en la oralidad que tanto me encantó en Cousas de Castelao.
Luis Mario quería escribir sobre una Cantabria más allá de la postal verde y preciosa, del lugar para escapar del calor en verano, del sobao y de la anchoa, y creo que lo consigue precisamente porque se niega a protegerla de sus propias contradicciones. Hay muchísimo amor hacia su tierra en esta novela, pero también rabia, vergüenza, resentimiento y una necesidad bastante evidente de revisar todo aquello que durante muchos años se aceptó como parte de una normalidad aplastante y enfermiza. Y quizás por eso Calabobos sea una novela incómoda.
Porque detrás del Hombre Pez, la Mujer Oso y Mariuca naciendo dentro de un mejillón hay cuestiones tremendamente reales. Como que la abuela recibió palizas sin que nadie hiciera nada, que el tío Terio tuvo que huir por amar a la persona equivocada, que la madre dejó de estudiar o que a nadie parece importarle de verdad Mariuca.
La lluvia llevaba cayendo todo ese tiempo. Simplemente, nadie se había dado cuenta todavía de cuánto había calado.


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