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Un poco de odio

Editorial: Runas
10

Años después, la era de la máquina está llegando al Círculo del Mundo, pero la era de la magia se niega a morir. Las chimeneas de la industria se elevan sobre Adua y el mundo bulle de nuevas oportunidades. Pero las viejas rencillas no se han olvidado.

En las castigadas fronteras de Angland, Leo dan Brock lucha por conseguir la fama en el campo de batalla y derrotar a los ejércitos de Stour Ocaso. Para ello espera recibir ayuda de la corona, pero es mejor no contar con el hijo del rey Jezal, el irresponsable príncipe Orso.

Savine dan Glokta (influyente inversora e hija del hombre más temido de la Unión) planea llegar a la cumbre del montón de escoria de la sociedad empleando los medios que sean precisos. Con lo que ella no cuenta es que ningún dinero podrá poner coto a la ira que va a estallar en los suburbios. Con ayuda de la montañera Isern-i-Phail, Ikke trata de controlar el don, o la maldición, del ojo largo.

Ver el futuro es una cosa, pero cambiarlo, cuando el Primero de los Magos sigue manejando los hilos, es otra muy distinta.

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Existen pocas bendiciones que no lleven escondida dentro una maldición, y pocas maldiciones sin una pizca de bendición. —Isern cortó una pequeña porción de chagga de un trozo secado—. Igual que casi todo, es cuestión de cómo se mire.

—Hemos dado grandes pasos, lady Savine, en parte gracias a los generosos préstamos de la Banca Valint & Balk. Han abierto hace poco una nueva filial en Valbeck, ¿lo sabíais? —Sacudió la cabeza y luego empezó a adormilarse de nuevo—. Deberíais visitar… la parte nueva de la ciudad.

Juraría que recibo más veneno incluso que mi padre. Me ha hecho darme cuenta de que solo hay una cosa que los hombres odien más que a otros hombres.

—¿Y cuál es? —preguntó la señora Vallimir.

—A las mujeres.

Era así como había terminado metiéndose a puta, en un principio. Nadie la había obligado, no exactamente. Era solo que elegir entre ser puta y pasar hambre no era una decisión en absoluto.

—Si hay una mercancía que Valbeck posee en abundancia —le gritó Vallimir al oído— son los niños huérfanos y abandonados. Indigentes, que solo suponen una carga para el estado. Aquí les proporcionamos una ocupación útil. —Compuso una ancha sonrisa—. Bienvenida...al futuro.

[...]

Debería haber sido un espectáculo que partiera el corazón. Pero en los negocios no había lugar para los corazones. Por lo menos, para los fáciles de partir.

Caminaba como si la calle le perteneciera, y de hecho era dueña de cinco casas semiderruidas que se alzaban más abajo, abarrotadas hasta sus podridas vigas de refugiados gurkos que pagaban el doble del arriendo habitual.

Joe Abercrombie

+otras personas involucradas
Traducción: Manu Viciano