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La niña del maíz

Editorial: Autopublicación
7.5

Olot, 1940. La pequeña Martina recibe desde hace días la visita de una misteriosa niña; una aparición salida de las leyendas populares. La familia de la pequeña se guarece como puede entre las miserias que la guerra ha dejado en todo el país. Sobrevivir al día a día es su principal objetivo. Pero el destino es impredecible y en un escenario de postguerra, incluso el menor de los detalles puede convertirse en implacable.
Entretanto, en el cielo se prepara una tormenta como jamás se ha visto en la comarca.

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La niña del maíz: análisis del relato largo de Joan Llensa
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En el interior del molino, las mujeres terminaban de comer las últimas cucharadas de sopa que había preparado la abuela.

—Madre, está tan deliciosa que me inunda de alegría por dentro— dijo Valentina complaciente—. Creo que deberíamos cerrar el molino y abrir una posada. Sería la envidia de la comarca.

—¿A algo más? —replicó esta—. ¿Cómo que? Solo los hombres pueden estudiar para conseguir buenos trabajos.

—Pues yo estoy dispuesta a cambiar las cosas —se defendió María—. Alguien tiene que empezar por romper las reglas. Quizá seré yo la primera erudita de la comarca.

[...]Creían que podían mantener a un hombre con vida e ir devorándolo poco a poco.

—¿Y era cierto?

—No. No era más que el miedo a lo desconocido lo que les hacía pensar de ese modo. Y de ese modo tenían una excusa perfecta para acabar con aquellos que pensaban diferente a ellos. El miedo es el mal más peligroso, Martina. Hace que las personas actúen sin pensar y ensalza sus sombras más oscuras. Y, durante aquellos tiempos ya de por sí difíciles, dio comienzo a una persecución despiadada.

—¿Como la guerra que hemos pasado y las mentiras que debemos decir para vivir tranquilos?

—Cuando la conocí, pensaba que estaba loca —Pancracio siguió relatando con la mirada en las nubes—, pero el tiempo me ha enseñado que el único loco es aquel que no se atreve a abrir los ojos ante las evidencias. Y ahora mismo la evidencia es que la diosa de la lluvia nos quiere ver mojados.

Joan Llensa