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Reseña de La canción de Aquiles: el libro que cuenta la historia entre Patroclo y Aquiles

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Escritora consumada, concept artist en ciernes y adicta al trabajo....


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Imágen destacada - Reseña de La canción de Aquiles: el libro que cuenta la historia entre Patroclo y Aquiles

A menudo la historia que nos ha llegado sobre la guerra de Troya es la un semidiós con aspecto impoluto y un grupo de hombres rezumando odio la venganza para acabar contra el impávido Paris. Mucho se ha hablado de si realmente Helena fue secuestrada o se escapó de las garras del viejo y bruto de Menelao; o de si realmente Aquiles deseaba quedarse en su casa junto a su mujer Deidamia antes que ir a morir en el campo de batalla. 

Lo que está claro es que la historia parece haber olvidado a Patroclo, mano derecha de Aquiles y sin duda su verdadero amor. En realidad es lógico ¿por qué recordarlo? según Madeline MIller en La canción de Aquiles, Patroclo era un bueno para nada: un chico escurridizo, poco astuto, algo estúpido y sin ningún talento real a la vista. Sin embargo, será este el que nos tome de la mano y nos lleve a vivir un relato de príncipes exiliados y muchachos gobernados por diosas menores de una forma tal que es imposible no sentir cariño y cierta empatía por el joven apartado de las historias de gloria.

Patroclo. Cada sílaba sonaba de forma diferente cuando él las pronunciaba. Así que hoy, humildemente, vengo a hablaros de su historia. 

Argumento de  La canción de Aquiles 

Muchas historias se han contado sobre Aquiles: que fue un semidiós o bien un asesino implacable. Los troyanos huían al verlo en combate y nadie era capaz de hacerle frente en una lucha entre iguales. Sin embargo, existe otra canción: una muy suave y dulce que solo pocas personas conocen: la balada de cómo un chiquillo llamado Patroclo fue exiliado de su propia tierra por un accidente; de cómo acabó en Ftía, solo y desesperado, y cómo conoció a un joven semidiós de ojos verdes y cabello dorado. 

Una historia de amor que empieza en una mentira y acaba con una violenta muerte. La tonada que acompaña la verdadera leyenda que hay detrás de la historia de amor entre Aquiles y el único hombre al que jamás llegó a amar. 

No hay gloria para los exiliados

La canción de Aquiles es suave, poética y simplemente arrebatadora. Madeline Miller toma la lanza del mítico relato sobre el rubio y atractivo semidiós y le da una vuelta de forma que conocemos todo sobre la infancia y juventud de Aquiles desde su adolescencia hasta el momento fatídico de su muerte. Para ello emplea como narrador subjetivo una única voz: la de su amante Patroclo. 

La canción de Aquiles, fotografía del libro en una terraza
Gato sobre banco de piedra con La canción de Aquiles y Circe de Adnovelas

Patroclo se nos presenta ya desde la primera página como un chico práctico, rencoroso y resentido que narra con toda la naturalidad posible su ridículo linaje. Este queda todavía más en manifiesto precisamente por el hecho de que el pobre, desde su más tierna infancia, está siempre rodeado de grandes hombres que combatieron en guerras al lado de personajes como Heracles u Odiseo o que provienen directamente de escarceos amorosos con los dioses. Desde la misma introducción de la obra la autora no se para a hacer que sintamos pena o compasión del joven protagonista: ni por su madre a la que definen como imbécil; ni por su padre, déspota y cruel; o por el propio destino del chico. Patroclo es un joven práctico y sin duda fundamentalista que tiene las ideas muy claras y que no teme expresárselas al lector: lo exilian porque costaba menos eso que pagar un funeral. No porque él mismo valiera nada. 

Será en la adoración lejana y en el recíproco cariño y atención que le profesa Aquiles el momento en el que el personaje empieza a evolucionar. Madeline Miller no comete el error de blanquear a Patroclo, de manera que sus envidias y rencores de niño lo hacen irritante y molesto en los primeros capítulos y su capacidad para dudar de sí mismo, huir y tomar decisiones irreflexivas lo convierten en algo real. El reconocimiento de Aquiles le dará a Patroclo pie a empezar a creer en sí mismo y será el profundo enamoramiento que va surgiendo entre ellos lo que motive en adelante todas las decisiones de un personaje redondo y creado con la maestría propia de una autora consagrada. 

Lo realmente fascinante de toda la obra es precisamente cómo esta gira alrededor de un concepto de gloria con el que todos los personajes, menos Patroclo y Aquiles, están obsesionados. Desde Tetis, la madre del semidiós, hasta sus sirvientes, todos orbitan alrededor de la idea de que morir joven dejando una fama que perdure a lo largo de los tiempos es sin lugar a dudas mucho mejor que llegar a ser viejo y morir viendo a tus nietos crecer. Esta obsesión por la fama precede a Aquiles en otros mitos y retellings de La Ilíada pero en esta ocasión la autora ha querido darle un giro escabroso y cruel a la historia: la alternativa a no luchar en Troya no es morir sin fama. sino apagarse lentamente y perder su esencia e identidad. Este gran dilema en el personaje irá evolucionando a lo largo de las páginas hasta que Aquiles comprende, por intercesión de su madre Tetia, que en el fondo, lo único que tiene además de a Patroclo, es su reputación. 

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Los hijos de Troya son conocidos por su habilidad en el combate y escribirás tu nombre en las estrellas con sus muertes. Si te pierdes la guerra, habrás dejado pasar tu posibilidad de ser inmortal. Te quedarás atrás, serás un desconocido. Sumarás más y más años, envejecerás en la oscuridad del anonimato. 

Aquiles desde la distancia es un semidiós muy convincente. 

El narrador escogido es especialmente brillante precisamente porque en la mediocridad de Patroclo, Aquiles destaca aún más. La autora de esta forma escoge crear a un personaje que se comporta como un adolescente que sabe lo que quiere: con la entereza y la grandiosidad de los dioses pero todavía capaz de avergonzarse como un muchacho o de buscar los halagos de aquellos a los que aprecia. Aquiles nunca se justifica a lo largo de la obra ni es extremadamente locuaz con sus palabras. Eso permite marcar una barrera imaginaria entre el lector, más identificado con el pobre Patroclo, y el semidiós, otorgándole un aura distintiva que justifica el comportamiento de todos los personajes a su alrededor. 

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Su boca era un arco carnoso y su nariz, una flecha de rectitud aristocrática. Sus miembros no se torcían como los míos cuando tomaba asiento, sino que adoptaban una gracia perfecta, como si los hubiera cincelado un escultor. 

Captura de La canción de Aquiles sobre la cama.
Fotografía de Ren de Momoko leyendo

La obra se estructura sobre los pilares de las mentes de dos hombres que se profesan una admiración, lealtad y amor tales que ya les gustaría a muchas famosas parejas literarias. Así, el libro nos permite crecer y madurar con Patroclo y Aquiles, ver su estupor y su confusión conforme este comprende que no puede dejar de fantasear con su amigo del alma por las noches y cómo todo ello estalla cuando ambos, por fin, reconocen un amor al que la obra desviste de etiquetas. Esta perspectiva masculina nos permite además ver lo profundamente machista que era la sociedad griega de entonces. La autora, sin necesidad de suavizar los mitos griegos, a menudo implacables, nos muestra cómo las violaciones a las diosas y a otras mujeres están completamente normalizadas en una sociedad que estaba hecha por y para la guerra. 

Peleo era un hombre pío y obediente e hizo todo tal y como las divinidades le habían ordenado. Esperó a que saliera de entre las olas del color de la pizarra y dejara ver su melena negra y larga como una cola de caballo. Entonces la atrapó y la retuvo, a pesar de la violenta resistencia de la ninfa, hasta que ambos acabaron exhaustos, sin aliento y desplomados sobre la arena. La sangre de las heridas que ella le había causado se mezcló con la de la doncellez perdida que salía de entre los muslos de Tetis. Su resistencia ya no importaba: una desfloración ataba tanto como unos votos matrimoniales. 

La narración sin embargo es suave y destila un profundo olor a higos y verano junto al río. Madeline Miller convierte la relación de Aquiles y Patroclo en algo carente de cualquier tipo de subterfugio moral y se luce realmente como escritora describiendo la pasión, al principio confusa y luego más asentada, con la que Patroclo observa y admira al semidiós. 

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—Aquí tu rostro es más ancho que antes. —Alcé mi propia mano para palpar esa diferencia, pero a mí se me antojó como siempre: hueso y piel. Aquiles me cogió la mano y me la llevó hasta la clavícula—. Y también has aumentado de tamaño aquí… y aquí —continuó, tocando suavemente con el dedo el bulto que me sobresalía de la garganta. 
Tragué saliva cuando sentí la yema ponerse en movimiento una vez más sobre la piel. 

—¿Y dónde más? —pregunté. 

Él indicó el atisbo de pelo fino y oscuro que me recorría el pecho y el estomago. Me empezaron a arder los carrillos cuando detuvo el dedo. 

El atractivo de Aquiles genera una auténtica pasión entre los jóvenes griegos, los cuales aceptaban las relaciones homosexuales de los chicos como un entretenimiento sin mayor importancia siempre y cuando se realizaran antes de la edad de casarse. Su aspecto continuamente se define como el de un joven atractivo, de huesos finos, cabellos dorados y ojos verdes que, sin embargo, debía presentar una imagen realmente andrógina. A los occidentales nos cuesta enormemente llegar a imaginarnos a un Aquiles que podría pasar perfectamente por una mujer, pero los relatos clásicos no perdonan: el semidiós no tuvo ninguna dificultad en hacerse pasar por bailarina y actuar bajo el nombre de Pirra cuando se esconde para no ir a Troya y la única pista que desvelaba su secreto era su pecho completamente plano. 

Hoy en día, pensando en las adaptaciones cinematográficas que escogen siempre a hombres muy masculinos y musculados para interpretar a Aquiles nos cuesta enormemente imaginar que el personaje pudiera guardar en su interior rasgos tan femeninos. 

Cuadro de la muerte de Patroclo

La guerra de Troya como nunca te la han contado

Es inevitable al leer sobre la historia de Aquiles saber que esta acaba en la guerra de Troya. Sin embargo, las pésimas adaptaciones cinematográficas y los ridículos cuentos del caballito de Troya no te preparan realmente para lo que Madeline Miller describe con muchísimo criterio, y no es otra que un asedio largo, escabroso y pésimamente gestionado por hombres astutos y manipuladores como Odiseo o a manos de reyes de orgullo frágil y soberbia suma. Agamenón, gran rey posicionado a la vanguardia de los helenos demuestra un criterio voluptuoso y a menudo irreflexivo conforme la historia de la rápida guerra colmada de riquezas y de gloria se va alargando hasta convertirse en un asedio de diez años. 

Durante este tiempo, el ejército heleno, capitaneado por docenas de príncipes diferentes, está en continuas tensiones por el equilibrio de poder: las enfermedades, malas decisiones y sobre todo, las ofensas a los dioses los van mermando poco a poco, dejando al lector completamente a oscuras sobre la verdadera situación en Troya. Por si esto no fuera suficiente, la divinidad de Aquiles acaba percibiéndose como una insubordinación desde el primer momento en el que este se presenta ante Agamenón, generando una presión e incertidumbre sobre la guerra que traspasa el papel. 

Madeline Miller no es una autora de batallas y a diferencia de Abercrombie no se explaya en las mismas sino que, a través de los ojos de Patroclo, nos relata una única vez el caos abrumador y pendenciero de las batallas para después centrarse de nuevo en el pilar de la historia, que es la relación entre Aquiles y Patroclo. Lo simplemente fascinante es cómo Madeline, decidida a contar la historia desde una óptica mística, involucra a los dioses en las decisiones de las batallas, trayendo plagas y enfermedades y tomando partido por los resultados de las batallas, de manera que uno, como lector, aprende a temer a los dioses y a la ira que estos puedan provocar. 

Mi opinión sobre La canción de Aquiles 

Es un privilegio tener la oportunidad de leer La canción de Aquiles y recordar que, detrás del mito, se esconde la figura quieta, humilde y tan dolorosamente realista de Patroclo. Madeline Miller golpea con la mano abierta sobre todas las historias y adaptaciones que se han hecho sobre Troya desvistiendo la guerra de una gloria que no tuvo y arrastrando por el fango los nombres de grandes hombres como Agamenón, Odiseo o Menelao con la firme intención de transmitirnos un mensaje: al final, solo importa el amor. 

La obra envuelve, enamora y seduce como si bebieras néctar directamente de las fuentes de los dioses gracias precisamente a su forma pausada y dulce de transmitir la relación de amor que se esconde entre Aquiles y Patroclo. Debido precisamente a su buena pluma, se le perdona a la autora que deliberadamente decida saltarse las batallas y los enfrentamientos, más enfocada como está en contarnos una historia de amor. 

La preciosa y maravillosa historia de cómo este gran semidiós nació y creció entre humanos. Cómo se permitió el lujo de amar a otro chico cualquiera sin familia ni honor, cómo lloró su muerte y cómo perdió la vida con una sonrisa en el rostro después de haber gritado su nombre durante días.  

Esta es, definitivamente, la mejor canción que he escuchado sobre Aquiles. 

Story de Instagram sobre La canción de Aquiles
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