Escritora consumada, concept artist en ciernes y adicta al trabajo. Do...
Algunos cuentos empiezan justo donde uno espera: en una aldea, con un señor que viene a cobrar el diezmo, campesinos que trenzan guirnaldas y agachan la cabeza… pero pocos de ellos son capaces de realizar un giro tan violento y dramático como para dejarte descolocada durante meses tras su lectura.
Esto es lo que hace precisamente Ogros, la obra de Adrian Tchaikovsky que edita Dolmen en su línea Freder, traducido por la magnífica Cristina Macía y con portada de Borja González. Y es importante que os avise cuanto antes: lo del cuento de ogros es solo la carcasa de un cuerpo abandonado que se pudre, porque en realidad, Tchaikovsky escribe sobre el poder y la desigualdad, sobre cómo se construye y se mantiene un sistema en el que unos pocos comen y el resto existe para alimentarlos. Sobre ser cómplices de un sistema putrefacto. Sobre el capitalismo, la falta de moral, la hipocresía, la ingeniería genética, la superpoblación y el hambre convertida en herramienta de control, y todo eso lo disecciona con una frialdad casi clínica. Por algo fue finalista del Hugo y del Locus, además de candidata en los BSFA y los British Fantasy Awards.
Argumento de Ogros: el puñetazo que desordena el mundo
En un mundo donde los ogros (también llamados los Amos) dominan a una humanidad reducida a servidumbre, la vida en la aldea transcurre dentro de la apacible monotonía de siempre: se trabaja la tierra, se entrega el diezmo y se recibe con guirnaldas y aplausos al Señor cuando baja a cobrar lo suyo, como si visitarte para esquilmarte fuera un honor. Torquell, el hijo del jefe del pueblo, es el golfillo de turno, grande y fuerte para ser humano y al que todos consienten las travesuras. Hasta que la visita de Sir Peter Grimes y de su hijo Gerald se tuerce y Torquell comete el único crimen que nadie le podría perdonar jamás: levantar la mano contra un ogro.
A partir de ahí Torquell comenzará una huida hacia delante que lo arrastra de los bosques de los proscritos a terribles lugares donde tendrá que enfrentarse a desgarradoras revelaciones que le obligarán a mirar de frente la verdad sobre los ogros y sobre las ciencias oscuras que sostienen su poder.
El poder en Ogros: una sociedad organizada alrededor de la cadena alimentaria
Ogros no se molesta en disimular la metáfora anticapitalista y emplea para ello el consumo de carne.
Y es que en esta obra, Adrian Tchaikovsky nos deja claro desde el principio que los humanos, a diferencia de los ogros, son débiles porque no pueden alimentarse de carne. Esto es, que de forma simplista, plantea una división entre ogros como depredadores y humanos como presas.
El autor juega aquí a dos bandas para acercar lo que es clarísimamente una metáfora de la “depredación” del capital, de los de arriba comiéndose a los de abajo o de la consabida escalera social, para acercarlo a un cuento de hadas y luego retorcerlo hasta lo grotesco. Así, quizás como en la promesa de la falsa libertad que promete el capitalismo, el autor comienza planteando un mundo bucólico donde, mientras gires la cabeza y evites ver los abusos que se cometen, puedes vivir en una relativa paz (como ocurre en nuestro día a día contemporáneo donde la gran masa evita informarse sobre la contaminación de las grandes marcas, las abusivas prácticas laborales que provoca la industria de rápido consumo o la violenta y del todo amoral industria ganadera).
Las bestias del campo pueden comer carne, igual que los nobles Amos, pero tú no. Es la voluntad de Dios, lo dice el pastor. Porque si los humanos pudieran comer carne, nos multiplicaríamos más allá de todo lo razonable, y no quedaría bestia ni ave con vida. Dice el pastor que esos apetitos no se nos pueden confiar. Son solo para aquellos superiores a nosotros.
Quién come carne manda: la dieta como frontera de clase
Y si esa cadena tiene un eslabón que lo explica todo, es la carne. Comer carne es la frontera exacta que separa a un ogro de un humano: los Amos devoran filetes, médula y caza mayor, mientras que a los “económicos” (que así llaman a los humanos) ni siquiera les funciona el estómago para digerirla. La carne, aquí es el distintivo comestible de quien manda, el lujo que define una casta. Y Tchaikovsky lleva la idea hasta su conclusión más obscena: llegado el caso, los señores no se conforman con vivir del trabajo de sus siervos, sino que se los comen. En la ciudad Fabril hay incluso un plato (una empanada) que condensa el capitalismo entero entre sus bordes almohadilladitos ya que su relleno está hecho con los cuerpos de una familia endeudada que ya no tiene nada que vender salvo a sí misma.
Por fin llega el plato principal […]: empanada de moroso, sea eso lo que sea. Es una vasta extensión de hojaldre dorado sobre trozos de carne y salsa espesa y burbujeante, y los ogros la atacan con entusiasmo […]. Esto es el último recurso de una familia sin trabajo, o con deudas, o que no puede permitirse unas medicinas […]. En el peor de los casos, un humano siempre tiene algo que puede vender y que al ogro le resulta útil.
Dios puso al Amo en el castillo: la opresión hecha catecismo
Y es que Tchaikovsky, quizás realizando un símil con las grandes corporaciones, proyecta su clase dominante (los ogros) no solo como metafóricamente más poderosa, sino también físicamente más grande, más fuerte y con una forma de vida y statu quo que normaliza totalmente la opresión. Y es que la sociedad de la novela es, sin eufemismos, una cadena alimentaria, y la posición de cada cual depende de una única pregunta: si comes o si te comen.
En esta sociedad clarísimamente desigual, lo que sorprende es el entusiasmo con el que los de abajo aplauden su propia condición. Al fin y al cabo, la aldea recibe al Señor con guirnaldas, lo agasaja, se desvive por tenerlo todo en orden, y en la iglesia se canta que Dios puso al Amo en el castillo y al pobre ante su puerta. Y aquí Adrian Tchaikovsky no inventa nada: ese verso es casi calcado de All Things Bright and Beautiful, el himno que Cecil Frances Alexander escribió en 1848 para enseñar a los niños victorianos que la riqueza y la miseria eran un reparto divino. El mensaje, en la novela y en el himno es idéntico: tu sitio en el mundo lo decidió alguien por encima de ti, así que agacha la cabeza y da las gracias. Los ogros son colosales, cierto, pero lo que de verdad los mantiene arriba es que nadie, durante generaciones, se ha molestado en preguntar por qué.
Que cuidan de su ganado, que aran sus campos, en las tierras donde se os permite vivir y trabajar. Y de todo lo que da la tierra generosa, la parte del ogro es siempre lo primero, y la única esperanza es que quede suficiente para alimentar todas las bocas.
La segunda persona en Ogros: el «tú» que te encadena a la pared
La decisión más arriesgada de Tchaikovsky no está en la trama (y tiene tela decirlo sobre una obra con tantas capas y de una brillantez tan absoluta), sino en el planteamiento de la voz narrativa: porque toda la novela está escrita en segunda persona. No es la primera vez que Tchaikovsky aborda con tal maestría este reto (ya lo hizo en su momento con Linaje ancestral) y esta elección genera, al menos en este caso, la idea de encontrarte como un ser superior sobrevolando a un hámster de laboratorio (aka Torquell) que corre desnudo por los bosques escapando de los ogros. Pero es que además, cuando la voz narrativa interpela a Torquell, al usar la segunda persona del singular, sientes que lo que le sucede a él, te está pasando a ti. Tú agachas la cabeza ante el Señor, tú cantas el himno en la iglesia, tú das por bueno que el mundo es así porque siempre lo ha sido.
Ahora mismo, el primer incidente en el viaje del héroe te está esperando más allá del horizonte, y tú no tienes ni idea, ni la menor idea.
Así, de golpe eres un testigo más, un cómplice de este viaje por el conocimiento que realiza Torquell y que, al igual que en el mito de la caverna de Platón, vas aprendiendo sobre el “orden natural del mundo”. Así, conforme Torquell sale de la cueva y se enfrenta al mundo exterior, va teniendo que enfrentarse al trauma de la revelación de la verdad, de ver cómo toda su raza ha sido sometida bajo un ejercicio de ingeniería genética y social al más puro estilo de la China futurista y de comprender que, en el fondo, quizás todos seamos demasiado pequeños como para poder enfrentarnos solos a una sociedad podrida desde dentro.
¿Sabes lo que hacemos los que componemos la casa de la Señora? […] Hacemos preguntas. […] No nos quedamos sentados escuchando al pastor decir que es el plan de Dios.
Opinión de Ogros: Tchaikovsky vuelve a demostrar ser capaz de revolucionar nuestro mundo en menos de 200 páginas.
Tendría que haber estado prevenida. Al fin y al cabo, Linaje ancestral me voló la cabeza hasta el punto de retenerme en las escaleras de mi gimnasio, ignorando las clases planificadas, mientras desaparecía en su magnífica narración. Y Ogros es exactamente igual.
En poco más de 160 páginas, Tchaikovsky hace lo que muchas novelas de seiscientas no logran: levantar un mundo entero, derribarlo y obligarte a mirar los restos humeantes que quedan debajo (y que provocan en ti, al terminarlo, una suerte de sensación de total impotencia que es difícil de superar). No es fantasía de evasión, no hay un villano cruel al que vencer y volver a casa con tus amigos. Es una obra incómoda, con una metáfora transparente y dolorosa que te obliga, durante esas dos horitas que le dedicas, a mirar lo que por lo general no quieres contemplar. Es ciencia ficción con dientes, distopía de fábula política que te cambiará, para siempre, una vez lo acabes.


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