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Los perros de Essex: opinión y reseña de la novela histórica de Dan Jones que me devoré en tres días

La Insomne
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Escritora consumada, concept artist en ciernes y adicta al trabajo. Do...


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Imágen destacada - Los perros de Essex: opinión y reseña de la novela histórica de Dan Jones que me devoré en tres días

¿Qué ocurre cuando uno de los historiadores medievalistas más brillantes y populares del panorama actual decide dar el salto a la ficción? La respuesta es que nace algo como Los perros de Essex, la primera novela de ficción de Dan Jones, un autor cuyo nombre quizás no te suene si no frecuentas el género de la divulgación histórica anglosajona, pero cuyos libros — Los Plantagenet, Los Templarios, Cruzados, Poderes y Tronoshan vendido más de dos millones de copias en veintitrés idiomas y cuyas series documentales en Netflix y Channel 5 lo han convertido en ese tipo de historiador que te hace sentir que la Edad Media no es un periodo remoto y polvoriento, sino un lugar vivo, brutal y fascinante al que merece la pena asomarse.

Formado en Cambridge bajo la tutela de David Starkey, miembro de la Royal Historical Society y con un podcast de historia que arrasa, Dan Jones es, ante todo, un narrador nato, y Los perros de Essex —(primera entrega de una trilogía que continúa con Lobos de invierno (ambientada en el asedio de Calais) y culmina con Corazones de león (publicada en 2026 y situada tras la Peste Negra) es la prueba irrefutable de que saber contar la historia real es el mejor entrenamiento posible para inventar una que te deje sin aliento.

Y digo todo esto porque necesito que entiendas de dónde vengo: esta novela me llegó sin expectativa alguna: un historiador que debuta en ficción, una portada que no me decía gran cosa y una guerra de los Cien Años de la que, siendo sincera, creía saberlo todo gracias a Bernard Cornwell y compañía. Pues bien, déjame que te diga con toda la rotundidad de la que soy capaz que Los perros de Essex me ha volado la cabeza. Me ha recordado por qué me enamoré de la novela histórica, me ha devuelto esa sensación de vértigo de estar leyendo doscientas páginas seguidas de una sentada y me ha demostrado que aún quedan autores capaces de hacerte sentir el barro en las botas, la sal en los ojos y el miedo visceral de un soldado de a pie al que nadie va a recordar en las crónicas. Porque Dan Jones no ha escrito una novela histórica sobre batallas, sino sobre lo que significa sobrevivir a ellas.

TODO
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Argumento de Los perros de Essex de Dan Jones

Julio de 1346. Diez hombres hacinados en una diminuta pinaza se dirigen hacia las playas de Normandía bajo una lluvia de flechas de ballesta: los Perros de Essex: una compañía de arqueros y hombres de armas liderada por Loveday FitzTalbot, un capitán de 43 años cuyas sienes grises y grasa alrededor de la cintura delatan que sus mejores días han quedado atrás. Y, sin embargo, saben que deben aguantar los cuarenta días pactados con sir Robert para poder conseguir la paga prometida y volver a su hogar, ajenos a las proclamas de gloria que el rey Eduardo III y sus caballeros profesan por todas partes.

A su lado desembarcan Millstone, un cantero de cuello robusto que partió el cráneo a un capataz y cambió la albañilería por la guerra; el Escocés, un hombre enorme, violento y pelirrojo de lengua afilada; Hormiga, el veterano de vista de lince; el Padre, un sacerdote violento y adicto que esconde sus demonios bajo la casaca gris; Romford, un chico apenas salido de la adolescencia que carga con sus propios secretos; los arqueros Tebbe y Thorp, y dos hermanos galeses, Darys y Lyntyn, que se unieron a la compañía la víspera de partir de Portsmouth y que ni siquiera hablan su idioma. Juntos, esta banda de hermanos se adentrará cada vez más en territorio enemigo, desde el desembarco en La Hougue hasta la batalla de Crécy, en una marcha que los llevará a través de Valognes, Saint-Lô, Caen y el cruce desesperado del vado del Blanchetaque sobre el Somme, mientras la gran invasión del rey a Francia va devorando todo lo que encuentran a su paso, incluidas sus propias almas.

TODO
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Una banda de hermanos forjada en el barro y la sangre

Si hay algo que Dan Jones comprende mejor que la mayoría de los novelistas del género es que una novela bélica no se sostiene sobre sus batallas, sino sobre las personas que las sufren. Y es precisamente aquí, en la construcción de los Perros de Essex como grupo humano, donde la obra despliega todo su músculo narrativo y donde yo, como lectora, me rendí por completo.

Porque lo que Jones consigue es algo que parece sencillo pero que resulta extraordinariamente difícil de ejecutar: que conozcas a diez hombres, que los diferencies desde el primer capítulo y que, conforme avanza la novela, cada uno de ellos se te vaya clavando de una forma distinta. Loveday, el capitán, es el corazón del grupo: un hombre que repite como un mantra las palabras del Capitán que le precedió («entierra a tus muertos, no dejes a ningún hombre vivo atrás») y que arrastra sobre sus hombros la responsabilidad de que todos vuelvan a casa, una promesa que se va resquebrajando con cada capítulo que pasa hasta convertirse en algo insoportable de leer. Millstone, el cantero, es quizás el personaje que más me ha marcado: un hombre de pocas palabras, de voz suave y violencia quirúrgica, capaz de posar la mano amable en el hombro de un chaval asustado y, sin apartar la mirada de sus ojos, estrellar una maza en el cráneo de un enemigo porque «no había más remedio». El Escocés es pura furia pelirroja y lengua envenenada, el tipo de soldado que insulta a todo el mundo pero que no deja atrás a ninguno de los suyos; Hormiga, el veterano de vista de lince, el único que lleva la cuenta de los días. Y luego está Romford, y Dios bendito, qué bien construido está Romford: un chico introvertido, callado, que apenas levanta la voz entre estos hombres rudísimos y que sin embargo guarda dentro una fragilidad y una oscuridad (su adicción al polvo medicinal, su sensibilidad ante la crueldad, su incapacidad para mirar un ahorcamiento sin que se le llenen los ojos de lágrimas) que lo convierten en uno de los personajes más atractivos de toda la novela. Hasta los galeses, que son en lo personal mi favorito, Darys y Lyntyn, que no hablan inglés y se comunican entre susurros en su propia lengua, te conquistan por su forma de cabalgar esta guerra con total libertad.

Pero lo verdaderamente importante, lo que convierte a estos personajes en algo más que un catálogo de soldados pintorescos, es el vínculo que los une. Los Perros de Essex no luchan por la gloria de Inglaterra, ni por el honor de su rey, ni por la cristiandad, ni por ninguna de esas grandes palabras que los heraldos gritan desde los pabellones reales. Luchan los unos por los otros. Y Dan Jones construye esa hermandad no a través de discursos grandilocuentes ni de juramentos solemnes, sino a través de gestos pequeños y brutalmente humanos: la bota de cerveza que Loveday comparte con el Padre antes del desembarco, la mano de Millstone posándose en el hombro de Romford cuando el chico está al borde del pánico, el Escocés despotricando contra Dios y el mundo pero sin soltar jamás el hacha mientras uno de los suyos siga en peligro. Es una hermandad que no necesita palabras bonitas porque se sostiene sobre algo mucho más sólido: la certeza de que, cuando todo se derrumbe, el hombre que tienes al lado no va a salir corriendo. Y es precisamente por eso por lo que resulta tan devastador ver cómo esa promesa se va haciendo imposible de cumplir, cómo cada muerte, cada desaparición, cada separación forzada va arrancando pedazos de un grupo que empezó siendo diez y que termina la novela reducido a un puñado de supervivientes rotos, borrachos y perdidos, reunidos al borde de un campo de batalla que apesta a sangre y a caballo muerto, intentando recordar por qué siguen vivos.

"

He visto el lugar que hay más allá de donde la luz jamás escapa. La muerte va a devorarnos a todos.

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Un lenguaje que apesta a trinchera y blasfemia

Y no puedo dejar de mencionar algo que, para mí, es una de las señas de identidad más geniales de esta novela: el lenguaje. Los Perros (y sus superiores, como los condes y nobles) maldicen, blasfeman y se insultan con una creatividad que arranca carcajadas en mitad del horror, y lo hacen con esa naturalidad de quien lleva años compartiendo trinchera y miseria. Northampton, el conde, es posiblemente el personaje con la boca más sucia de toda la novela, capaz de soltar un «si tengo que tumbar un travesaño sobre el río y cruzarlo yo mismo, lo haré» delante del mismísimo rey Eduardo sin despeinarse, o de referirse a la información de un espía como lo que le contó «una ramera leprosa con las tetas descolgadas y con los mismos dedos que un puto camello». Y hasta el Padre, un sacerdote, cierra el primer capítulo de la novela con un «subamos y matemos a esos putos franceses» que inmediatamente te sitúa dentro de la atmósfera de la obra.

Y es que las imágenes de la obra son sinestésicas y potentes. Verás un obispo cabalgando con una maza, ballesteros decapitados, un sacerdote enajenado de la cabeza y, sobre todo, gente que se expresa como soldados del siglo XIV que cobran por matar, que llevan semanas durmiendo en el barro y comiendo lo que pueden robar.

No solamente esto, sino que además tenemos que tener en cuenta que las blasfemias que sueltan (donde hay continuas referencias a Cristo, como por ejemplo en: «por los clavos de Cristo», «por los huesos de Cristo», «por la corona de espinas sobre un puto borrico muerto» ) son, además, un recordatorio constante de que estos hombres viven en un mundo donde Dios lo impregna todo, pero donde la fe se manifiesta más en las maldiciones que en las oraciones.

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La guerra que no cuentan las crónicas: logística, espera y horror

Si hay algo que diferencia a Los perros de Essex de la inmensa mayoría de novelas bélicas medievales que he leído es que Dan Jones dedica tanto tiempo — y tanta maestría narrativa — a lo que ocurre entre las batallas como a las batallas mismas. Y esto, que podría parecer un riesgo en una novela de acción, se convierte en una de sus mayores virtudes. Porque la guerra, tal como Jones la retrata con su ojo de historiador, no es una sucesión de cargas heroicas de caballería, sino una interminable cadena de esperas, marchas agotadoras y logística de un ejército de quince mil hombres que necesita comer, beber, dormir y cagar todos los días en territorio enemigo. Los Perros son enviados como exploradores a pueblos teóricamente abandonados donde podrían quedar emboscados por rebeldes agazapados en cada esquina; pasan horas en los caminos detenidos ante puentes que los franceses han destruido a su paso, esperando a que los ingenieros ingleses los reconstruyan para poder seguir avanzando y pasan calor, se aburren y apestan durante horas y horas de marcha por Francia. Jones te hace entender que un ejército medieval, por muy rico y bien aprovisionado que fuese el de Eduardo III, era ante todo una bestia enorme y lenta que devoraba recursos, generaba caos y arrastraba consigo toda una infraestructura de carretas de suministros, herreros, galenos, capellanes e ingeniero sin la cual no habría habido batalla posible.

Y cuando la batalla llega, Jones desmonta por completo cualquier imagen caballeresca que pudieras albergar sobre la guerra medieval. No hay honor en los desembarcos bajo una lluvia de piedras de catapulta que revientan cráneos como yunques, no hay gloria en los saqueos donde los soldados enloquecidos acuchillan a madres embarazadas y lanzan bebés al río, no hay nobleza en las fosas comunes donde los cuerpos se apilan como troncos para una hoguera sin ritos religiosos ni diferencia entre ricos y pobres, enterrados únicamente para librarse del hedor. Un chico de quince años acaba con los huesos de la pierna asomando a través de la carne rosada; un arquero recibe una flecha en la mejilla mientras la incredulidad se le dibuja en los ojos; los ciudadanos de Caen son masacrados por millares, el caos y los caballos desbocados gobiernan el campo de batalla y, a menudo, descubres que cualquier resbalón en el agua podría ser fatal.

Y es que la violencia en esta novela es gráfica, sí, a veces casi insoportable, pero jamás gratuita: cada escena de brutalidad sirve para que sientas lo que sienten los personajes, para que comprendas por qué Loveday es incapaz de recordar las caras de sus hijas pero guarda grabado a fuego el rostro de cada hombre que ha visto morir, y para que entiendas que la guerra medieval, despojada de las crónicas triunfales y los blasones dorados, no era más que un matadero donde los que morían tenían mala suerte y los que sobrevivían, peor.

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Los que mueren y los que cobran

Hay una frase de Thorp que resume con una precisión dolorosa uno de los temas vertebrales de la novela: «Nosotros hacemos el trabajo, los señores se lo pasan bien y los cronistas lo plasman como algo histórico». Y es que la distancia entre los poderosos y los que mueren por ellos atraviesa cada página de Los perros de Essex como un cuchillo. Mientras los Perros entierran a sus compañeros en agujeros cavados con sus propias manos, Thomas Holand cobra doce mil libras por «capturar» a unos nobles franceses que ya conocía de una cruzada anterior; mientras los Perros se juegan la vida como exploradores en pueblos llenos de emboscadas, caballeros como sir Thomas lanzan cargas suicidas contra posiciones fortificadas por puro orgullo, arrastrando con ellos a hombres que no tienen ni voz ni voto en la decisión y a los que después llaman cobardes si se atreven a cuestionar la locura.

Y en la cúspide de esa pirámide de arrogancia se encuentra el príncipe Eduardo, y qué retrato más despiadado e inteligente hace Jones de él. El heredero del trono es un niño jugando a ser hombre: se lleva a la mujer de Valognes atada con una soga como si fuera un trofeo de caza, se pavonea ante quien quiera escucharle sobre la pésima estrategia de su padre, fantasea ante la corte con planes absurdos de infiltrarse en París disfrazado para retar a Felipe a un combate singular y que se pasa, borracho, más de la mitad del libro, recordándote dolorosamente que la guerra la deciden los que nunca sangran y la pagan los que nunca serán recordados.

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Mi opinión sobre Los perros de Essex

Si te soy completamente honesta, no recuerdo la última vez que una novela histórica me devoró de esta manera. Han caído cuatrocientas y pico páginas en tres días, con esa sensación en la cabeza de que necesitas dejar lo que estás haciendo para continuar una historia que, desafortunadamente para mí, acabó demasiado pronto. Y es que hay algo en la prosa de Dan Jones, quizás sea ese ritmo implacable o esa capacidad para alternar la brutalidad con la ternura) que te atrapa con la misma fuerza con la que la corriente del canal de la Mancha arrastra la pinaza de los Perros hacia la playa de Normandía en el primer capítulo: no puedes resistirte, solo dejarte llevar. Y cuando llegué a las últimas páginas, no hice lo que suelo hacer al terminar una novela, que es dejarla reposar unos días para digerir lo que me ha hecho sentir. No. Salí despedida a por Lobos de invierno con la paz de la que sabe que esta ansia por seguir acompañando a los perros de Essex puede llegar a solucionarse.

Si me hubieran dicho hace un mes que un historiador británico especializado en los Plantagenet iba a escribir la novela que me reconciliase con el subgénero bélico medieval, me habría reído. Y, sin embargo, aquí estoy, escribiendo la reseña más entusiasmada que he escrito en mucho tiempo, incapaz de encontrar un solo defecto que me parezca lo suficientemente relevante como para empañar lo que esta obra me ha hecho sentir. Los perros de Essex es brutal, es históricamente rigurosa sin ser jamás pedante, es divertida en los momentos más inesperados y es devastadora cuando decide serlo. Es, en definitiva, una de esas novelas que te recuerdan por qué lees novela histórica: no para aprender fechas y batallas, sino para sentir el peso de la vida de personas que existieron en un mundo que ya no existe y que, gracias a autores como Dan Jones, vuelven a respirar entre las páginas de un libro que no merece otra cosa que caer en tus manos.

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