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La gracia de los reyes, opinión de una epopeya silkpunk china sobre el poder

La Insomne
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Escritora consumada, concept artist en ciernes y adicta al trabajo. Do...


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Imágen destacada - La gracia de los reyes, opinión de una epopeya silkpunk china sobre el poder

¿Qué sucede después de derrocar a un tirano? ¿Quién recoge los cadáveres, distribuye los reinos y decide qué parte del mundo del sistema del mundo anterior merece conservarse? Las historias sobre grandes rebeliones suelen acabar en el instante glorioso en el que el palacio arde y el emperador cae. Ken Liu, por el contrario, ha decidido quedarse con su tetralogía, La Dinastía del Diente de León y contemplar las ruinas tras la caída de un emperador Maideré y preguntarse qué harán los vencedores y supervivientes con ellas.

La gracia de los reyes es la primera parte de La Dinastía del Diente de León, la tetralogía de fantasía épica con la que Ken Liu construyó uno de los universos más particulares de la fantasía contemporánea. Publicada originalmente en 2015 y traída a España un año después gracias a Runas (Alianza Editorial), fue finalista de los premios Hugo y Nebula y ganó el Locus a mejor primera novela.

No era la primera incursión de este autor chino emigrado a Estados Unidos de adolescente. Antes de esto, su relato El zoo de papel fue el primero de la historia en ganar simultáneamente los premios Hugo, Nebula y World Fantasy. Su gran talento como escritor, traductor y editor ha sido decisivo para acercar la ciencia ficción china al público occidental ya que además de traducir obras de autores como Liu Cixin, ha editado antologías como Planetas invisibles y Estrellas rotas, dos enormes escaparates de la literatura especulativa china contemporánea.

La gracia de los reyes es la puerta de entrada de una tetralogía (La dinastía del Diente de León), publicada íntegramente por Runas y compuesta por La gracia de los reyes, El muro de las tormentas, El trono velado y Huesos parlantes. La historia del autor que acuñó el término de silkpunk y que sigue siendo, a día de hoy, su máximo exponente literario.

Argumento de La gracia de los reyes

Durante años, el emperador Mapidéré ha empleado la fuerza militar de Xana para conquistar los seis reinos restantes del archipiélago de Dara. Después de la guerra ha unificado la escritura, construido carreteras y grandes obras hidráulicas e impuesto una administración centralizada con la que no todos los reinos están de acuerdo. Y es que este inmenso progreso ha venido aparejado de un inmenso coste en vidas humanas, ha condenado a miles de personas a trabajos forzados, destruido linajes enteros, culturas y lenguas autóctonas y llenado el nuevo imperio de funcionarios corruptos. Cuando su salud comienza a fallar y la corte se convierte en un nido de conspiraciones, los primeros rebeldes se levantan contra Xana y empiezan a soñar con restaurar el mundo que de manera tan optimista contemplaban.

Entre ellos destacarán Kuni Garu y Mata Zyndu. Kuni es un muchacho de origen humilde, parlanchín, alegre y aparentemente incapaz de tomarse la vida en serio. Mata, último descendiente de un linaje destruido por el imperio, posee la fuerza de un héroe legendario y ha crecido convencido de que debe restaurar el honor de su familia. En cuanto se conocen, se convierten en aliados, amigos y hermanos de armas, pero conforme la rebelión avanza y tienen que tomar decisiones estratégicas, sus ideas acerca del poder, la justicia y el gobierno resultan cada vez más difíciles de conciliar. Kuni está dispuesto a hacer cualquier cosa e incluso adaptarse para sobrevivir; el otro considera cualquier concesión o estratagema que no implique un enfrentamiento directo es una forma de cobardía.

A partir de ese momento, Ken Liu despliega ante nosotros una historia poblada por bandidos, nobles desheredados, mujeres soldado, princesas convertidas en espías, ingenieros obsesionados con imitar el vuelo de los animales, generales que esconden su identidad y sobre todo, dioses que discuten entre ellos e infuyen en la guerra seleccionando a sus favoritos mientras los mortales se creen con el control de cuanto les roea. Todo esto dentro de un archipiélago hecho de bambú, seda, humo, sangre y viejas canciones sobre reinos desaparecidos que sin lugar a dudas, bebe de una forma más literal de lo que nos creemos, de la auténtica historia de china.

De Qin a Dara: la historia de china transformada en una tetralogía de fantasía silkpunk

Ken Liu nunca ha ocultado que La gracia de los reyes está profundamente inspirada en el enfrentamiento Chu-Han (206-202 a. C.), la guerra que siguió al hundimiento de la dinastía Qin y que enfrentó, entre otros caudillos, a Xiang Yu y Liu Bang. El conflicto, por cierto, acabó en el año 202 a. C. con la victoria de Liu Bang, fundador de la dinastía Han, famoso por traer la burocratización absoluta a una China dividida. De hecho, el propio Ken Liu describe este periodo como uno de los grandes relatos fundacionales de la cultura china y reconoce haber trabajado especialmente con los Registros del Gran Historiador de Sima Qian.

Y yo, personalmente, creo que Ken Liu encarna en la figura de cada uno de los grandes héroes de la obra una forma de gobierno (y tengo la teoría de que Kuni Garu es un representante del comunismo chino / democracia conocida).

Este paralelismo entre Liu Bang y Mapideré se hace cada vez más evidente conforme vas leyendo si tienes conocimientos de la historia de China.

Qin Shi Huang, el Primer Emperador, el hombre que en 221 a. C. consiguió someter a los seis estados rivales y unificar China bajo la dinastía Qin es la base sobre la que se construye el emperador de La gracia de los reyes. Al igual que hace Mapidéré en la obra, el Emperador Qin se obsesionó por borrar las antiguas fronteras políticas y culturales imponiendo una única administración, una escritura común que eliminara las formas de conocimiento propias de cada reino, planteó sistemas unificados de pesos y medidas e incluso normas sobre la anchura de las carreteras y el tamaño de los carros. Este tipo de medidas impositivas, limitantes y asfixiantes para los pueblos sometidos, se van mostrando poco a poco ante los ojos de hombres como Kuni Garu como más acertadas de lo que parecía en un primer momento. Por si esto no fuera poco, Ken Liu incluso recupera las extravagancias más famosas del emperador Qin como su terror obsesivo hacia la muerte, la búsqueda de elixires de inmortalidad elaborados con minerales y sustancias preciosas (entre ellas compuestos de mercurio que, irónicamente, se cree que pudieron contribuir a su enfermedad final) y, evidentemente, la construcción masiva de su mausoleo, donde Sima Qian describió ríos y mares artificiales de mercurio bajo una reproducción del firmamento y que también aparecen en esta novela. De esta forma, Dara es casi una China Qin lavada a través de los ojos de los dioses y de un filtro de fantasía y donde el propio Ken Liu se permite reimaginar un futuro diferente.

Esto puede verse a través de las distintas formas de entender el gobierno que encarnan cada personaje.

Mata Zyndu, por ejemplo, es claramente la representación de la aristocracia bélica asiática: una fuerza monstruosa, la educación que se construye alrededor del honor y la convicción de que ciertos hombres han nacido para gobernar. Su personaje está brutalmente inspirado en Xiang Yu, el cual también procedía de una familia aristocrática y cuyo código de honor comparten a raja tabla.

Kuni Garu, en cambio, observa el mundo desde abajo. Comprende a los taberneros, los funcionarios de provincias, los campesinos y los soldados que solo quieren regresar a casa y da cabida en su círculo a los ancianos, las mujeres, los niños y los expatriados. Su talento surge de esta forma diferente de ver las cosas que le permite, de forma totalmente imparcial, comprender y entender que en cada persona hay una habilidad valiosa que otros hombres pasarían por alto. Es el homólogo de Liu Bang.

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Quienes deseen alcanzar la grandeza deben ser grandes en todos los aspectos, incluso en la crueldad

Hay otras escenas que representan literalmente momentos históricos reales: el banquete de Kuni Garu y Mata Zyndu reproduce el famoso Banquete de Hongmen con Torulu Pering como uno de los consejeros del aristócrata; Gin Mazoti, la talentosísima general de Kuni Garu des un calco de Han Xin, estratega despreciado por su origen humilde y pieza clave para derrotar a los enemgios de Kuni.

Y precisamente ahí está parte de la gracia de la novela: Dara funciona como una reinterpretación fantástica de uno de los periodos más convulsos de la historia china y a pesar de ello, los conozcas previa lectura o no, la historia con sus aeronaves y dioses vengativos sigue siendo increíblemente interesante.

Un mundo silkpunk en el que los ingenieros ocupan el lugar de los magos

Dara está lleno de dioses, libros encantados y criaturas extraordinarias, pero las grandes maravillas de la novela suelen salir de las manos de los ingenieros. Ken Liu, que antes de dedicarse por completo a la literatura trabajó como ingeniero de software, abogado y consultor tecnológico, ha explicado que los héroes de La dinastía del diente de león son inventores antes que hechiceros. Su tecnología se inspira en tradiciones de ingeniería de Asia oriental, usando para ello materiales orgánicos como el bambú, el papel, la seda, las plumas, conchas, coral y tendones.

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Desde tiempo inmemorial, los niños de Dara habían construido globos de papel y bambú, a los que colgaban velas y luego soltaban para que volaran a la deriva sobre el interminable océano, bajo el firmamento de las noches oscuras, diminutas bolsas de aire caliente que flotaban como medusas luminosas en los cielos.

Todo ello hace que tengas la sensación de encontrarte en otro mundo: uno sin las tuercas y engranajes, el carbón y el vapor extenuante y asfixiante del steampunk, inspirado en espacios abiertos en plenas llanuras, lagos y escenarios de una gran belleza del paisaje chino y gobernados por máquinas salidas del ingenio de los hombres.

Las aeronaves imitan la anatomía de los pájaros, las cometas voladoras se transforman en armas y hasta plantean en cierto momento de la obra submarinos con forma de ballena con los que engañar a los enemigos. Todo ello tiene un cariz ecológico y respetuoso que a mí, personalmente, me generaba una sensación de plenitud y asombro ya que la fuente para los planos y grandes inventos sale, en todo momento, de las alas, huesos y músculos de los animales en la naturaleza. Asímismo, en un guiño increíblemente asiático, Ken Liu hace que este proceso sea uno basado en la artesanía donde cada máquina conserva además la huella de su creador y se les eleva, de esta forma, a la calidad de artistas y artesanos.

Este enfoque convierte, en mi opinión, el worldbuilding de la novela, en una celebración del conocimiento. Luan Zya y otros personajes pueden cambiar el curso de una batalla sin blandir una espada sino solo empleando su inteligencia. Para vencer necesitan observar, dibujar, equivocarse y construir un nuevo prototipo mientras todo el mundo les asegura que su idea es absurda. La gracia de los reyes presenta el progreso como una sucesión de experimentos nacidos de la curiosidad y, sobre todo, de la perseverancia.

Es este enfoque lo que ha dotado al universo de Ken Liu y ha logrado bautizar este subgénero de fantasía como silkpunk: mundos donde hay resistencia frente a la autoridad, máquinas salidas del imaginario ecologista de un creador de steampunk y elementos propios del mundo y la historia de China. Toda una gozada para los amantes de las obras complejas.

El crisantemo y el diente de león: dos hombres que sueñan con tocar el cielo

El corazón de La gracia de los reyes además de la estrategia militar, política y social que se va desplegando ante todo tipo de retos, se encuentra, mayoritariamente, en la relación entre Kuni Garu y Mata Zyndu. Los dos desean destruir el mismo imperio, pero interpretan el liderazgo desde lugares opuestos. Mata confía en la fuerza, la jerarquía y el honor para guiarse en la vida. Cree en los juramentos definitivos, en la gloria del campo de batalla y en una justicia inmediata que castigue con violencia cualquier mínima traición. Kuni, sin embargo, es más sibilino, algunas veces demasiado para la lógica aplastante y férrea de Mata: se mueve mediante pactos con bandidos, segundas oportunidades para sus ministros traidores y soluciones imperfectas.

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Rima es pobre en armas y en hombres, pero rica en símbolos. Quizá yo sea el mejor de todos los símbolos, general. Si queréis dar un ejemplo a los otros estados rebeldes, será suficiente con que me apreséis. El pueblo de Na Thion se os ha resistido solo porque así lo he ordenado. Si le permitís vivir, puede que en el futuro ganéis otras batallas con menor resistencia y menor pérdida de vidas. Pero si le masacráis, solo conseguiréis que cada ciudad que ataquéis en el futuro esté resueltamente decidida a no rendirse nunca.

Es absolutamente maravillosa la forma con la que Ken Liu crea una analogía entre estos opuestos con flores. Mata Zyndu aparece reresentado con el crisantemo: una flor solemne, resistente y vinculada a una belleza aristocrática que se mantiene erguida incluso frente al frío. Ken Liu es, por el contrario, un diente de león: una florecilla comestible que crece en las grietas, con propiedades curativas desconocidas, la capacidad de sobrevivir ante cualquier visicitud y el poder de lanzar sus semillas a una distancia imposible de controlar. Nadie lo planta en los jardines de palacio, pero tampoco pueden impedir que aparezca.

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Es una flor que vive en el suelo pero sueña con el cielo. Cuando el viento arrastra sus semillas, las lleva más lejos que las de cualquier flor mimada…

La imagen explica perfectamente el magnetismo de Kuni. Su aparente vulgaridad esconde una ambición enorme, aunque él tarde mucho tiempo en reconocerla. Carece de la presencia física y de la formación militar de Mata, pero su ingenio hace que los demás quieran ayudarlo. Parte de la gracia de leer esta obra es seguir los pasos de Kuni Garu, sorprenderse ante su ingenio y picaresca y no dejar de asombrarse cuando supera cualquier obstáculo gracias a una fascinante mezcla entre el ingenio y la astucia. Y es que Kuni Garu representa, para mí, la China reformada que permite que todos participen de la sociedad: no exige que sus compañeros se conviertan en versiones más pequeñas de sí mismo sino detecta qué sabe hacer cada persona y le entrega un espacio para demostrarlo.

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¿Quién dice que solo elogia al crisantemo? ¿Acaso el diente de león no florece con la misma tonalidad, hermano?

El verdadero reto de la obra y donde Ken Liu demuestra ser brillante es que no se queda tras la muerte de Mapideré, sino que una gran parte del libro se centra en qué ocurre con Dara tras esta muerte, cómo las formas de política de Kuni Garu y de Mata Zyndu chocan de frente, cómo se reorganizan los territorios, los personajes secundarios van tomando partido, los reinos se rebelan bajo voces traidoras, la pobreza llega de nuevo a algunas zonas y el mundo se despedaza sin el férreo control imperial de Mapideré, obligando a Kuni a replantearse la utopía sobre la que brindaba en el pasado y agotando a un Mata Zyndu que todo lo soluciona con la violencia.

Las historias también ganan guerras: profecías, dioses y propaganda en Dara

Ken Liu entiende perfectamente que los imperios no se sostienen únicamente con ejércitos y la propaganda política, en forma de historias, está muy presente en la obra: los nobles cuentan una y otra vez las hazañas de sus antepasados, Mapideré aseguraba que los dioses favorecían su mandato, los rebeldes convierten tormentas, animales o fenómenos naturales en señales de que el cielo está de su lado, etc.

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Solía decirse que era preferible ser un ratón en Pan que un elefante en Écofi.

En Dara, como en la historia, una profecía no tiene por qué ser cierta para cambiar el curso de una guerra: basta con que haya suficientes personas dispuestas a creer en ella.

Cogo Yelu es uno de los personajes que mejor entiende este mecanismo. Para él importa bastante menos averiguar qué quieren realmente los dioses que conseguir que el pueblo crea lo que a su bando le convenga. Y esto da lugar a frases y diálogos que brillan por su lucidez a lo largo de la novela y que son excepcionales en todos los sentidos

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Kuni miró a Cogo y le dedicó una sonrisa lánguida. ¿Cómo podemos saber la voluntad de los dioses?, articuló sin que saliera sonido alguno de su boca.
Con un movimiento del brazo Cogo recorrió la muchedumbre. Basta con que sepan la vuestra, articuló a su vez.
El señor Garu se giró hacia la multitud y asintió lentamente, regio y majestuoso.

Lo maravilloso la obra es que los dioses, aquí, existen de verdad, pero los personajes tampoco lo saben a fe cierta. Esta divinidades no son entidades perfectas y omniscientes a las que los seres humanos imaginan rezar. Kiji, Tututika, Tazu, Kana, Rapa y el resto de divinidades de Dara tienen favoritos, discuten, se equivocan, sienten celos e intervienen en la guerra intentando colocar las piezas a su gusto. Es imposible no ver cierta semejanza aquí con la Ilíada o la Odisea en esta forma de entender lo divino: son seres inmortales que contemplan las batallas desde arriba y manipulan a los hombres por puro capricho, sin que eso signifique que comprendan mejor el mundo que ellos.

El enorme problema de este tipo de construcciones es que hay que mantener una lucidez muy clara, como personaje participante en este mundo, para comprender, como hacía Cogo Yelu, que estas historias no son más que cuentos y que conviene no perderse en ellas. De hecho, gran parte de lo que impide a Mata adaptarse fácilmente tras vencer a Mapideré y sus generales nace precisamente de creerse demasiado las historias sobre cómo debe comportarse un héroe. Mata no solo quiere gobernar sino que quiere parecerse al guerrero perfecto que algún cronista escribirá sobre él dentro de cien años. Y cuando la realidad deja de encajar con ese relato, en lugar de adaptarse, intenta obligar al mundo entero a seguir interpretando el papel que él ha escogido.

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Os habéis borrado y os habéis reemplazado con esas palabras, esas palabras copiadas de libros antiguos y muertos.

Y creo que aquí Ken Liu vuelve de nuevo a Sima Qian y a la propia naturaleza de la historia: los hombres mueren, pero la versión que queda de ellos puede convertirse en algo completamente diferente. Kuni y Mata dejan poco a poco de pertenecerse a sí mismos para convertirse en símbolos que sus seguidores modifican, exageran y utilizan en función de lo que necesitan en cada momento.

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Las palabras siempre resultan mucho más convincentes cuando se ven respaldadas por las espadas

Las mujeres de Dara y el talento de Kuni Garu para ver lo que otros ignoran

Una de las cosas que más me ha gustado de La gracia de los reyes es la manera tan natural con la que Ken Liu introduce a sus personajes femeninos dentro de una sociedad donde los hombres dan prácticamente por sentado que la guerra, la política y el gobierno les pertenecen. Jia Matiza, Gin Mazoti, Risana, Kikomi o Soto no necesitan que Dara sea mágicamente igualitaria para resultar personajes poderosos. De hecho, parte de su interés está precisamente en contemplar cómo encuentran grietas dentro de una estructura que sistemáticamente las infravalora y cómo Kuni Garu es, una y otra vez, uno de los pocos hombres capaces de darse cuenta de lo que realmente tienen delante.

Esto se ve desde el principio con Jia Matiza, que me parece un personaje maravilloso precisamente porque su valentía no tiene nada que ver con empuñar una espada. Jia conoce perfectamente la reputación de Kuni: sabe que es pobre, irresponsable, que pasa demasiado tiempo bebiendo y que desde luego no es el marido que una familia acomodada escogería para su hija. Y aun así decide casarse con él. No porque sea ingenua ni porque espere reformarlo, sino porque detecta antes que nadie esa cualidad que luego acabará definiéndolo como líder y que es su capacidad para escuchar, improvisar y tratar a las personas por lo que son en lugar de por la posición que ocupan. Jia arriesga su seguridad y su posición social por una decisión que toma ella misma y después se convierte en una pieza fundamental de su vida política.

Pero donde esta idea explota definitivamente es con Gin Mazoti. Una huérfana sin linaje, sin riqueza y, además, mujer, que en manos de cualquier otro gobernante probablemente jamás habría pasado de los márgenes del ejército. Kuni observa su capacidad estratégica y le da espacio para demostrarla. Y Gin termina convirtiendo aquello que debería perjudicarla en una de sus armas más poderosas.

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El mundo estará tan confundido como vosotros cuando me vea. Y antes de que se repongan de su confusión los derribaremos.

Las mujeres de la novela son, además, otra demostración de la enorme diferencia entre Kuni y Mata ya que este último mira el mundo y solo ve categorías de hombres: nobles, guerreros, plebeyos, honorables e indignos. Kuni ve a las personas. Le importa bastante poco que el talento aparezca dentro de una mujer, un anciano, un bandido o alguien sin apellido.

Una epopeya contada como si alguien llevara cientos de años repitiéndola

Hay una razón por la que La gracia de los reyes es tan diferente de casi cualquier obra de fantasía contemporánea que hayas leído y tiene mucho que ver con la infancia de Ken Liu. El autor dedica la novela a su abuela, con quien escuchaba en la radio historias pingshu sobre los grandes héroes de la dinastía Han: narraciones orales construidas alrededor de personajes enormes, de batallas y traiciones, de frases memorables y pequeñas anécdotas capaces de resumir por completo el carácter de una persona.

Esta necesidad de trasladar algo tan complejo con esta forma de narrarlo genera una lectura bizarra cuya originalidad está por todas partes. Ken Liu puede despachar meses de guerra en un par de páginas y, de repente, detenerse largamente en un banquete, una conversación bajo un árbol o una estratagema que parece sacada de una leyenda transmitida durante generaciones. Los personajes aparecen, desaparecen y vuelven cientos de páginas después; los reinos cambian de manos; los nombres empiezan a acumularse y durante el primer tramo es bastante posible que no recuerdes exactamente quién era el rey de qué isla o qué ministro había traicionado a quién.

Y aun así funciona, porque Dara parece existir mucho antes de que tú abras el libro. No da la sensación de que Ken Liu esté inventando una historia delante de ti, sino de que alguien ha reunido crónicas, poemas, canciones, versiones contradictorias y leyendas de un periodo histórico que realmente ocurrió y te las está contando siglos después. Y es que el autor plantea muchas veces a sus personajes como si ya estuvieran muertos y fueran parte de los libros de historia. Y es, precisamente gracias a eso, que consigue que La gracia de los reyes tenga esas vibes a lo epopeya fundacional, donde detrás de cada héroe sabes que ya están esperando los cronistas dispuestos a decidir qué parte de su vida merece convertirse en leyenda.

Mi opinión sobre La gracia de los reyes

La gracia de los reyes me ha parecido una obra inmensa, inteligente y por momentos absolutamente deslumbrante, aunque me costó horrores introducirme en ella. Y es que las primeras doscientas páginas de la obra me coincidieron en un momento de mi vida en el que no paraba de preguntarme si realmente era la obra para mí y si merecía la pena dedicarle tantas horas a una tetralogía tan extensa. Pero, sin lugar a dudas gracias al carisma del propio Kuni Garu, la obra fue haciendo mella en mí y ganándome poco a poco.

Ken Liu consigue generarte cierta sensación de asombro y sobrecogimiento con sus cometas voladoras, sus cargas de frente contra el enemigo, sus batallas que cambian en segundos y la rapidez con la que todo va avanzando a nivel político. También me ha fascinado la complejidad con la que el autor trata la figura de Mapidéré y las decisiones, aparentemente tiránicas, que tenía su gobierno y que poco a poco vas comprendiendo.

No es una novela para todo el mundo, está claro. Es evidente que la disfrutarás mucho si te divierten las historias de gobierno, estrategias militares o la historia general de China. Pero pronto vas introduciéndote en las dinámicas de poder, comprendiendo la motivación y la lealtad de cada personaje y preguntándote si al final los personajes podrán lograr mantener su integridad sin que Dara se desmorone en el proceso.

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