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NOTA: 7.5

La casa de al lado de Anne Rivers Siddons: la joya olvidada del gótico sureño que enamoró a Stephen King

La Insomne
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Escritora consumada, concept artist en ciernes y adicta al trabajo. Do...


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Imágen destacada - La casa de al lado de Anne Rivers Siddons: la joya olvidada del gótico sureño que enamoró a Stephen King

Hay clásicos del terror que todo el mundo recuerda y que pertenecen al imaginario colectivo del mundo del terror como los pasillos del Hotel Overlook, la escalera de Hill House o las paredes amarillas de Charlotte Perkins Gilman. Y luego están los otros, aquellas obras que, por quizás simplemente mala suerte editorial o por el simple hecho de haber nacido del lápiz de una autora que no se dedicaba al género, han pasado de puntillas por nuestras estanterías a pesar de haber escrito una de las mejores historias de casa encantada del siglo XX.

La casa de al lado, de Anne Rivers Siddons, es justo ese tipo de libro: una novela que llevaba inédita en español desde 1978 y que ahora recupera RBA, en una edición con un prólogo de Stephen King incluido, rescata por fin para los lectores de habla hispana.

Y es que La casa de al lado es una rara avis dentro del género: aquí no nos encontraremos con cementerios indios escondidos, símbolos satánicos perdidos en sótanos polvorientos o puertas que se abren solas en mitad de la noche. Por no haber, no cuenta ni siquiera con una casa antigua. La casa de Siddons es nueva, blanca, luminosa, contemporánea y encarna una de esas joyas arquitectónicas dignas de aparecer en House Beautiful mientras suena Debussy de fondo. Y esto, mezclado con el hecho de que la obra la narran unos aburguesados vecinos, incrédulos y dados a mantener rutinas pacíficas, es precisamente lo que hace que llame tanto la atención.

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Anne Rivers Siddons (1936-2019) fue una novelista estadounidense célebre por retratar el sur profundo americano que tan bien conocía desde su Atlanta natal. Autora de diecinueve novelas, varias de ellas superventas, dedicó la mayor parte de su carrera a la ficción contemporánea sureña. La casa de al lado, escrita en 1978, es la única incursión que hizo en el terror en toda su vida. Y le bastó para que Stephen King le dedicara un capítulo entero en Danse Macabre y la incluyera entre las diez mejores novelas de horror del siglo XX.

Argumento de La casa de al lado: la historia de la desgracia de tres familias vista desde la puerta de al lado

En las afueras de Atlanta, en una de esas calles arboladas y burguesas donde los vecinos se conocen por los nombres de sus perros y se invitan a martinis los viernes por la tarde, Colquitt y Walter Kennedy llevan una vida apacible y ligeramente snob, presidida por la rutina del trabajo, las cenas con amigos y la contemplación de una pequeña montaña de árboles, madreselvas y rododendros que tienen pegada al jardín. Ese terreno con forma de porción de tarta, atravesado por un arroyo y poblado de cornejos blancos, ha sido durante años un oasis de verdor silvestre que todos los arquitectos del barrio dieron por imposible de edificar. Hasta que una mañana de viernes la vecina Claire entra en su cocina con una jarra de martinis aguados y la peor de las noticias: alguien ha logrado dibujar unos planos viables. Una pareja muy joven, Buddy y Pie, espera un bebé y va a construir allí una casa.

A partir de ese momento, La casa de al lado se estructura en tres bloques que funcionan casi como novelas cortas independientes, cada una protagonizada por una familia distinta que pasa por la propiedad. Los Harralson, los Sheehan y los Greene irán llegando uno detrás de otro a esa casa contemporánea diseñada por Kim Dougherty, un arquitecto joven y talentoso al que Col y Walter no pueden evitar coger cariño. Y uno detrás de otro, sin excepción, irán siendo testigos de una serie de desgracias que comienzan siendo accidentes desafortunados (un perrito muerto, una caída tonta, un mal trago en una fiesta) y van escalando hasta lo francamente insoportable. Los Kennedy, desde el otro lado del seto de rododendros, asisten al espectáculo con una mezcla creciente de horror y culpa, sospechando primero que se trata de la peor racha de mala suerte que han visto jamás hasta que llegan a comprender, semanas después, que aquella casa preciosa, recién levantada, sin pasado, sin historia, es algo mucho peor que una casa encantada.

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Porque lo verdaderamente terrible no es lo que ocurre dentro de las paredes de la casa de al lado. Lo terrible es que para detenerla, Col y Walter tendrán que renunciar a todo aquello que les define como vecinos respetables: a sus amistades, a su buen nombre, al delicado tejido social de esa calle perfecta donde llevan toda la vida. Y esa, y no otra, es la auténtica pregunta que late en el corazón de la novela: ¿hasta dónde estarías dispuesto a llegar tú, lector cómodo, para combatir un mal que solo tú ves?

El retrato del esnobismo sureño en La casa de al lado

Si algo distingue a La casa de al lado de cualquier otra novela de casa encantada que hayáis leído es que su verdadero monstruo no es la casa. O al menos, no únicamente. El verdadero monstruo es el tejido social que la rodea: esa burbuja de afluencia sureña donde Colquitt y Walter Kennedy llevan toda una vida construyéndose una existencia a base de cócteles a las seis, ropa cara perfectamente planchada y la insoportable necesidad de mantener las apariencias.

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Las personas como nosotros no salen en la revista People. No somos ricos ni estamos a punto de serlo; no somos jóvenes ni ágiles ni prometedores, ni tampoco viejos ni venerables, ni estamos llenos de entrañables y enjundiosas perlas de sabiduría. No tenemos ningún talento especial, excepto, creo yo, un cierto talento para vivir bien y con serenidad la mayor parte del tiempo.

Anne Rivers Siddons, que conocía como nadie ese microcosmos de Atlanta, dedica buena parte de la novela a retratar a los aburguesados de la calle con una mirada que oscila entre la ternura y la mordacidad más afilada. Los Kennedy son, al comienzo, un poquito repelentes: les molesta que el terreno de al lado se urbanice porque interrumpirá su privacidad, miden a los nuevos vecinos por la marca de su coche y la calidad del corte de los pantalones, y cada vez que se enteran de una desgracia ajena su primera reacción es preguntarse cómo afectará al estatus de la calle. Es decir, son exactamente esa clase de gente a la que jamás creerías si te dijera que la casa nueva está embrujada. Y ese, precisamente, es el truco maestro de Siddons. Esta forma de introducirlos que choca cuando uno se acerca a la obra buscando una historia de terror para encontrarse, al menos durante cien páginas, con una descripción detallada de las rutinas cargadas de indolencia burguesa de Walter y Colquitt, puede que choque al lector desprevenido en un primer momento, pero ayuda a sembrar la curva de evolución de los personajes que nos encontraremos más adelante.

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La herencia de Shirley Jackson en La casa de al lado: la violencia soterrada bajo la falsa educación sureña

A través de Colquitt, narradora orgullosa y ligeramente vanidosa que se pasea desnuda por la casa porque tiene «afición a ello», asistimos a un despertar lentísimo, casi imperceptible, que comienza cuando empieza a exponerse a historias de verdadera desgracia. Col empieza la novela siendo una de ellos, una más de los esnobs de la calle, pero conforme se sucede la primera desgracia, y la segunda, y la tercera, va dejando que el horror la empape y le abra los ojos a una realidad terrible de la que, desafortunadamente, su burbuja de privilegios le impide hablar.

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Sabemos que nos hemos construido un cascarón, pero hemos trabajado duro para conseguir los medios con que hacerlo; lo hemos elegido. Tenemos derecho a hacerlo, ¿no? (...) Nos gusta que nuestras vidas y nuestras posesiones vayan como la seda. El caos, la violencia, el desorden y el sinsentido nos perturban. No nos asustan, precisamente porque somos conscientes de ellos.

Y es que para poder mantener ese espejismo de vida y entornos «civilizados y maravillosos», Colquitt se ve obligada a fingir que nada sucede, a callar continuamente mientras los sentimientos y sus emociones se le van enquistando dentro del cuerpo. Y es que en La casa de al lado casi nadie dice realmente lo que piensa, y cada conversación arrastra el peso de otras tres que no se han tenido. Las interacciones entre Kim Dougherty, el joven arquitecto, y Walter son un ejemplo perfecto: hay una tensión soterrada que nunca termina de estallar, una hostilidad mansa disfrazada de camaradería masculina, una especie de pulso silencioso que el lector intuye pero que jamás se verbaliza. Lo mismo ocurre con Claire, con Virginia Guthrie o con Anita Sheehan: todos sonríen, se toman un par de copas, acuden a las fiestas, se interesan por la salud de los demás, y jamás hablan de nada que pueda perturbar esa increíble paz.

Esto ocurre tanto a nivel general con los vecinos y socios del Club de Campo, como dentro del propio matrimonio de los Kennedy. Walter le pide a Col, una y otra vez, que se calle sus sospechas, que no comparta sus pesadillas, que no altere el orden establecido de las cenas y los bridges del fin de semana. Le pide, en resumen, que se trague el horror para no romper la normalidad. Y Col obedece creyendo que, quizás, él tiene razón, que solo han de mirar a otro lado para no ser testigos del horror de la casa de al lado.

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Walter me hizo una mueca obvia en el crepúsculo, y yo me apresuré a decir: «Apuesto a que será una madre estupenda». Y volví a enfadarme conmigo misma. Esos dos eran capaces de arrancarme unas perogrulladas hipócritas que yo no le toleraría de nadie.

Personalmente creo que hay algo profundamente desgarrador en ver a una mujer inteligente callarse a sí misma por amor, por costumbre y por ese pacto tácito sureño que dicta que las mujeres no traen problemas a la mesa del desayuno. Y es más que evidente que esta forma de escribir el miedo a través del silencio es la que conecta directamente a Siddons con Shirley Jackson. Si en La maldición de Hill House o en Siempre hemos vivido en el castillo el espanto se cocinaba a fuego lento entre tazas de té y frases corteses, en La casa de al lado lo hace entre martinis helados y elogios al jardín ajeno.

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Una casa nueva, blanca y de ensueño: la subversión del arquetipo de la casa encantada

Si pensamos en una casa encantada, todos visualizamos exactamente lo mismo: una mansión victoriana de tejados puntiagudos asomando contra un cielo de tormenta, ventanas tapiadas, un jardín comido por la maleza, quizás un cementerio familiar al fondo del camino y, por supuesto, décadas (si no siglos) de muertes a sus espaldas. Este es el arquetipo que han construido para nosotros Edgar Allan Poe con la caída de la casa Usher, Shirley Jackson con Hill House, Henry James con la mansión de Otra vuelta de tuerca o Stephen King con el Hotel Overlook. La casa encantada es vieja por definición. La casa encantada necesita una historia para encantarse, igual que los castillos góticos del XIX necesitaban una monja emparedada o un duque envenenador para justificar sus ruidos nocturnos.

Y entonces llega Anne Rivers Siddons en 1978 y dice: ¿y si no hace falta nada de eso?

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La casa no puede ser más preciosa. Me hará feliz solo mirarla. Parece tan... orgánica o algo así, al menos en tus bocetos. No se puede mantener una casa así; hay que alimentarla y darle agua. Hay que proporcionarle nutrición y amor a esa casa para mantenerla viva y sana.

La casa de al lado, ese terreno con forma de porción de tarta lleno de cornejos blancos y rododendros silvestres, no esconde ningún cadáver. No hay un cementerio indio enterrado bajo los cimientos, no hay un asesinato sin resolver en el siglo pasado, no hay una bruja quemada cuyas cenizas se mezclaron con el barro rojo de Georgia. La casa, sencillamente, no existía hasta que la novela empieza. Los Kennedy ven cómo llegan las excavadoras, cómo se vierten los cimientos, cómo Kim Dougherty levanta planta a planta una de esas joyas arquitectónicas contemporáneas dignas de portada de House Beautiful: blanca, luminosa, con grandes ventanales abiertos al jardín, líneas limpias y modernas, ese tipo de casa que parece brotar del suelo como si llevara siempre allí. Es preciosa. Es de ensueño. Es la casa que cualquiera firmaría una hipoteca a treinta años por tener.

Y es maligna desde el primer ladrillo.

Esta es la subversión absoluta que opera Siddons sobre el género y la razón exacta por la que Stephen King le dedicó páginas y páginas en Danse Macabre. Hasta entonces, los relatos de casa encantada exigían un contexto histórico (lo dice el propio King en su prólogo a esta edición de RBA): el relato de la casa encantada exige un contexto histórico, y la definición más verdadera de la casa encantada sería «una casa con una historia desagradable». Hasta Siddons, las casas embrujadas eran depósitos de un mal previo, contenedores donde décadas (o siglos) de tragedias humanas habían dejado su poso para luego devolvérselo al incauto que se mudaba allí. Pero la casa de los Harralson, los Sheehan y los Greene es otra cosa muy distinta. Es un mal sin pasado, un mal contemporáneo, un mal que nace puro y nuevo y reluciente, sin justificación histórica ninguna. Y precisamente porque es nueva, porque no podemos refugiarnos en la idea reconfortante de que «algo terrible pasó aquí hace cien años», el horror se vuelve infinitamente más cercano y más insoportable. Cualquiera de nosotros podría vivir en la casa de al lado mañana mismo.

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Vi una luz que se mecía en la oscuridad de la casa de al lado. Era un disco redondo de luz blanca que se balanceaba y saltaba erráticamente sobre el suelo, jugando sobre una franja de cimientos desnudos, sacando de la negrura un trozo de seto de ciprés, danzando locamente sobre la calzada enrojecida. Me quedé muy quieta y lo observé. Desapareció y luego lo vi parpadear, como un fuego fatuo, a través de las negras ventanas

Hay además un detalle que me parece brillantísimo y que enlaza directamente con el otro gran tema de la novela: esta casa no es una mansión ostentosa ni una rareza arquitectónica. Es justo el tipo de casa que querría tener la pareja burguesa promedio de finales de los setenta (o yo misma en pleno S.XXI), que sueña con comprar un terreno en las afueras y aspira a una vida de cócteles en el porche y barbacoas con los vecinos. Siddons coge nuestro sueño aspiracional más limpio y lo convierte en el escenario del peor horror que podamos imaginar. Y lo hace, ojo, sin que la casa se mueva, sin que crujan las puertas, sin que se aparezca nadie por el pasillo a las tres de la madrugada. La casa es maligna mientras los rododendros florecen y el arroyo canta en el jardín. La casa es maligna a plena luz del sol de Atlanta. Y eso, lectores, eso sí que es nuevo.

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Nuestros amigos van a pensar que hemos perdido el juicio, y vamos a perder a muchos de ellos. (...) Eso no es lo que se hace en nuestro entorno. Es una falta de gusto y, aunque no usemos la palabra, de clase. Lo peor de todo es que nos hemos creído lo increíble y hemos dicho lo indecible. Sí, perderemos a nuestros amigos. Tampoco podemos preocuparnos por eso

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Mi opinión sobre La casa de al lado: una novela que se cuela por las rendijas

El comienzo de La casa de al lado me descolocó. Quizás porque venía con la expectativa de un terror más al uso, no esperaba encontrarme con unos primeros capítulos tan costumbristas, en los que Colquitt y Walter sirven cócteles y se quejan de las excavadoras como dos burgueses cualquiera. Detestaba profundamente a Colquitt durante las primeras cien páginas, esa narradora vanidosa que se pasea desnuda por su casa de Atlanta convencida de su propio buen gusto me pareció absolutamente insufrible. Pero Siddons sabe lo que hace, y poco a poco le fui cogiendo un cariño casi protector hasta que, sin darme cuenta, me sorprendí reconociéndome en ella: en sus rutinas de fin de semana, en sus planes de pasear y leer, en esa liturgia mansa de un matrimonio que organiza su mundo en torno a pequeños placeres cotidianos. Y aviso muy importante para los lectores: ojo con el prólogo de Stephen King incluido en esta edición de RBA, porque contiene spoilers. Reservadlo para después de terminar la novela.

La casa de al lado no es un libro que te haga pasar miedo en el momento. No vais a tener que dejar la luz encendida por la noche ni a cerrar el libro de golpe a las tres de la madrugada. Es una novela de poso, de las que se cuelan por las rendijas y se quedan trabajando dentro de ti durante semanas. La fórmula de las tres familias funciona como un mecanismo de relojería preciso, el ritmo demorado y casi costumbrista de Siddons no flaquea en ningún momento, y el epílogo (sobre el que no voy a deciros nada porque merece ser descubierto en las propias páginas) es de esos golpes finales que te dejan con la boca abierta. Que esta fuera la única novela de terror que escribió Anne Rivers Siddons en toda su vida es, francamente, una de las mayores injusticias del género. Una sola obra le bastó para colarse en el podio junto a Jackson, Matheson y el propio King. Imagínate lo que podría haber hecho con dos.

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