
En las afueras de Atlanta, la vida acomodada del joven matrimonio Kennedy se ve perturbada cuando comienzan a construir una magnífica casa en la finca vecina. Incluso antes de estar acabada, se convierte en escenario de varios accidentes y desgracias. Cuando todas esas fatalidades aumentan, los Kennedy empiezan a sospechar que ya no es producto de la mala suerte, sino que la casa encierra algo maligno.
Escrita en 1978, La casa de al lado es la única novela de terror de Anne Rivers Siddons. Su ambientación, típicamente sureña, combinada con los crecientes elementos de horror presentes en un marco cotidiano, la convierten en una atípica obra maestra del género, admirada por Stephen King.
El comienzo de La casa de al lado me descolocó. Quizás porque venía con la expectativa de un terror más al uso, no esperaba encontrarme con unos primeros capítulos tan costumbristas, en los que Colquitt y Walter sirven cócteles y se quejan de las excavadoras como dos burgueses cualquiera. Detestaba profundamente a Colquitt durante las primeras cien páginas, esa narradora vanidosa que se pasea desnuda por su casa de Atlanta convencida de su propio buen gusto me pareció absolutamente insufrible. Pero Siddons sabe lo que hace, y poco a poco le fui cogiendo un cariño casi protector hasta que, sin darme cuenta, me sorprendí reconociéndome en ella: en sus rutinas de fin de semana, en sus planes de pasear y leer, en esa liturgia mansa de un matrimonio que organiza su mundo en torno a pequeños placeres cotidianos. Y aviso muy importante para los lectores: ojo con el prólogo de Stephen King incluido en esta edición de RBA, porque contiene spoilers. Reservadlo para después de terminar la novela.
La casa de al lado no es un libro que te haga pasar miedo en el momento. No vais a tener que dejar la luz encendida por la noche ni a cerrar el libro de golpe a las tres de la madrugada. Es una novela de poso, de las que se cuelan por las rendijas y se quedan trabajando dentro de ti durante semanas. La fórmula de las tres familias funciona como un mecanismo de relojería preciso, el ritmo demorado y casi costumbrista de Siddons no flaquea en ningún momento, y el epílogo (sobre el que no voy a deciros nada porque merece ser descubierto en las propias páginas) es de esos golpes finales que te dejan con la boca abierta. Que esta fuera la única novela de terror que escribió Anne Rivers Siddons en toda su vida es, francamente, una de las mayores injusticias del género. Una sola obra le bastó para colarse en el podio junto a Jackson, Matheson y el propio King. Imagínate lo que podría haber hecho con dos.