Para el padre de Keru, utilizar el lavavajillas equivale a admitir una derrota. Si su hija tiene dos manos y diez minutos, debería poder fregar los platos, por mucho que trabaje y por muy cómoda que resulte la dichosa máquina. Esta pequeña fiscalización doméstica dice bastante sobre la educación que recorre Casa de alquiler: cuando tus padres han dedicado su vida a garantizarte unas oportunidades que ellos apenas tuvieron, hasta ahorrarte un esfuerzo puede parecer una falta de gratitud. Y resulta complicado disfrutar de lo que has conseguido si has aprendido a medir su valor por lo mucho que te ha costado sufrir para alcanzarlo.
Publicada en España por Chai con traducción de Damián Tullio, Casa de alquiler, la tercera novela de Weike Wang, escritora estadounidense nacida en China, examina las contradicciones de una vida adulta que sigue dependiendo demasiado de la aprobación familiar. Su humor seco encuentra material en los comentarios de sobremesa, las preguntas que llevan un reproche incorporado y esa facilidad tan irritante con la que volvemos a comportarnos como hijos pequeños delante de nuestros padres. A través de esas conversaciones, Wang va mostrando cuánto pesan el dinero, las obligaciones familiares y el racismo en la intimidad de una pareja, especialmente cuando una de las partes tiene que seguir demostrando que merece pertenecer a la familia que la otra recibió por nacimiento.
Argumento de Casa de alquiler: unas vacaciones en familia.
Keru y Nate llevan cinco años casados y han decidido pasar un mes lejos de Nueva York, en una casa de alquiler junto al mar en Cape Cod. Se conocieron en Yale y, desde entonces, han construido una vida en la que compaginan el trabajo de ella en una consultora, la carrera de él como profesor de Biología y los cuidados de Mantou, su enorme perra pastora. Para estas vacaciones, Keru ha tenido la ocurrencia de invitar a sus respectivos padres, eso sí, por turnos. Primero llegarán los de ella, dos inmigrantes chinos cargados de prejuicios para los que «divertirse» supone ver un programa de compra de casas de millonarios y calcular en tiempo real el precio del metro cuadrado; después vendrán los de Nate: una pareja conservadora de clase trabajadora que sigue sin comprender las decisiones modernas de su hijo.
Los invitados tienen sus propias ideas sobre cómo debería funcionar el matrimonio y pocas reservas a la hora de compartirlas. Entre otras, la decisión de Keru y Nate de no tener hijos requiere explicaciones que nunca parecen suficientes, y Keru descubre que formar parte de la familia de Nate no la libra de que sigan tratándola como a una extranjera. Cinco años después, la pareja volverá a alquilar una casa, esta vez en las montañas de Catskill, con la intención de pasar unos días a solas con Mantou intentando evitar hablar de cómo, aunque sus padres ya no están tan presentes para desestabilizarlos, cada vez sus diferencias los apartan más y más el uno del otro.
Las mochilas culturales y los prejuicios que orbitan las vidas y las familias de Keru y Nate en Casa de alquiler.
Wang comienza la novela presentándonos, antes de nada, a los padres de él y de ella para que, de alguna forma, aterricemos en mitad de este matrimonio comprendiendo las raíces que forjaron la personalidad de Keru y de Nate. De esta forma, Keru nos hablará de sus progenitores, que siempre se han esforzado más que nadie por no molestar, ocupar un rincón rural de su casita en Minnesota y no dejarse ver demasiado. No quieren ir a ver los faros, no comprenden los pasatiempos de los jóvenes modernos americanos basados en pasear y meditar y su obsesión gira siempre en torno al dinero y al servicio al resto. Son ellos los que le trasladan continuamente a Keru el convencimiento subjetivo de que, por ser inmigrantes, están en continua deuda con los demás. El padre de Keru ayuda a su vecino con la cosecha cada año y acepta a cambio una caja llena de botellas de leche sin que se le pase ni un segundo por la cabeza comunicarle que tanto él como su mujer son intolerantes a la lactosa, no vaya a molestar; y la madre le insiste a Keru en que debe ser servicial, disculparse y apoyar económicamente en todo a la familia de Nate.
La cual, me perdonaréis la expresión, es el perfecto ejemplo de white trash. Pero ambos viven en burbujas equidistantes que oscilan y gravitan alrededor de los prejuicios de unos y otros y que impiden llegar a un punto de encuentro. El padre de Keru la hacía calcular por diversión la cantidad de chicles que había en una máquina de bolas a la salida de un supermercado; mientras que Nate tiene dos padres con obesidad que viven en una casita de una sola planta, con moqueta marrón, que apesta a humedad y cuenta con un hermano despilfarrador que se aprovecha de sus privilegios de americano blanco mientras al mismo tiempo se queja de lo mal que van las cosas.
Pero lo realmente fascinante de todo esto es que Nate no procede de una familia adinerada, aunque para Keru cualquiera que no sea inmigrante ya es mucho más afortunado que ella. Así es como se conocieron (en una fiesta universitaria en la que él iba disfrazado de gran tiburón blanco y ella creía que era una broma irónica sobre ser otro chico blanco y acomodado más en una universidad de élite) y esa es la dinámica que desde el principio ha mantenido su pareja: el peso de la mochila de las ideas y prejuicios generacionales que los padres de una y de otro no dejan de imponer sobre su forma de ver la realidad.
El silencio incómodo en Casa de alquiler: lo que cada uno calla sembrará la senda de su infelicidad.
Y será así, con estos primeros capítulos (que por cierto están cargados de un humor sardónico, cruel y maravilloso), cuando descubramos una realidad que impera y es asfixiante dentro del matrimonio y de las diferentes relaciones entre Keru, Nate y sus padres: la dificultad para comunicarse.
Los padres de Keru hablan un inglés limitado y llevan continuamente la conversación con Nate acerca de la investigación de pilas de combustible. No lo dicen expresamente, pero los estudios de Nate sobre las moscas no les resultan, para ellos, que vienen de una China en la que el padre de Keru creció trabajando el campo, en absoluto admirables. Por si esto fuera poco, el mandarín de Nate es muy limitado y a Keru tampoco le gusta del todo que lo hable. Esto provoca que cuando los padres de Keru van de visita, Nate se sienta un extraño en la casa que han alquilado y se refugie en su perra Mantou, terreno semineutral (porque a su suegra los perros grandes siempre le han dado miedo). No es capaz de intervenir cuando las exigencias de la madre de su mujer hacen sentir a Keru como una niña pequeña insuficiente, cuando les critican por usar el lavaplatos o por no tenerlo todo impecable como a ellos les gusta. Porque intervenir sería, en la mente de Nate, apropiarse de un espacio que no es suyo y en el que no es en absoluto bienvenido.
Estar con sus suegros era ver cómo su mujer se convertía en otra persona, y él comprendía racionalmente por qué ocurría y por qué tenía que ocurrir. El papel de hija no podía quedar sin cumplir, y sus suegros no lo consideraban a él un verdadero hijo.
Los padres de Keru no quieren molestar a la sociedad americana con su presencia, por lo que limitan sus interacciones cuando están de visita a comunicarse en exclusiva con su hija. Por el contrario, la familia de Nate se cree con derecho a hablar de cualquier cosa, sentar cátedra sobre temas que desconocen e involucrarse hasta la extenuación en la vida privada de Nate y Keru, llegando incluso a hacerles sentirse culpables por su decisión de no tener hijos.
Lo verdaderamente doloroso de todo esto es que, en los intercambios acalorados, tensos o incluso cuando hay situaciones que escalan a un punto de auténtica violencia verbal, ni Nate ni Keru intervienen para defender a su cónyuge, hacerle sentirse mejor o simplemente acompañarle. Hay una escena especialmente ilustrativa en la que los padres de Nate menosprecian la carrera y las decisiones vitales de su hijo mientras están todos fuera alrededor de una hoguera. Nate, harto, decide anunciar que entrará en casa y le pide a Keru que le acompañe, pero ella, obsesionada con quedar bien ante su familia política, opta por quedarse en silencio y seguir fuera.
Keru cree que es su deber preservar el statu quo y no enfrentarse directamente a su suegra, mientras que Nate evita intervenir en los conflictos entre su mujer y sus padres o incluso entre su mujer y su propia madre para evitar el síndrome del blanco salvador y que Keru no piense que él no la ve capaz de enfrentarse a sus propias batallas.
La ira de Keru en Casa de alquiler: una piedra, un hacha y todo lo que no se dice en la mesa.
Tanto silencio y tanta perfección, evidentemente, tienen que salir por alguna parte y en Keru esto es a través de la ira reprimida que lleva sintiendo toda la vida, de la que nadie habla y que explota en los momentos más inesperados.
Lo vemos desde el comienzo del libro, durante la fiesta de Halloween en la que conoce a Nate: mientras él le habla de su posgrado, ella va cogiendo los posavasos de la mesa y los lanza uno a uno hacia la gente que baila al otro lado de la habitación, sin apartar la vista de su cara y sin darse por aludida. Después lanza un vaso de plástico, un portaminas y una libreta. Wang lo cuenta con una naturalidad tan plana que al principio te ríes de lo extraño de la situación, pero conforme va escalando y se vuelve peligroso de verdad, dejas de hacerlo y empiezas a preguntarte las razones psicológicas que hay detrás.
Porque Keru nunca le lanza nada a quien de verdad la ha herido. Delante de sus padres se muerde el labio hasta hacerse sangre, friega la casa con lejía antes de que lleguen y acaba dándoles la razón ante cualquier cosa que digan. Es especialmente ilustrativo ver cómo todo el conflicto de identidad de Keru se condensa en una escena que comparten en la hoguera. Allí, la madre de Nate empieza a lamentarse de que su hijo tenga que competir profesionalmente con personas como el padre de Keru, dando a entender que la presencia de inmigrantes tan preparados supone una especie de desventaja injusta para él. Lo especialmente irritante de la escena es que, cuando Keru la obliga a explicar lo que está diciendo, su suegra se refugia en lo mucho que la quieren y en la importancia de que todos puedan coexistir. Keru tiene que escuchar comentarios racistas y, además, procurar que quienes los hacen no se sientan incómodos cuando ella los señala. De hecho, su suegro termina reprochándole precisamente eso, haberlos puesto en una situación desagradable, antes de que la conversación se dé por terminada con el ofrecimiento de unos trozos de sandía.
Es entonces cuando el padre de Nate echa al fuego un viejo adorno del Cuatro de Julio, un tronco pintado con las barras y estrellas de la bandera estadounidense que tenían abandonado en el sótano. Keru lo saca de las llamas utilizando un hacha y lo lanza, con el hacha incluida, al interior de la casa. Ella misma es consciente de que aquello no es una bandera, solo un tronco pintado, y esa ambigüedad recuerda bastante a Flag, el cuadro con el que Jasper Johns consiguió, a mediados de los años cincuenta, que la crítica se preguntase si estaba ante una bandera o ante la pintura de una bandera. Hay algo especialmente significativo en que sea ella, a la que acaban de recordar las condiciones bajo las que están dispuestos a aceptarla, quien sienta que ese objeto no debería quemarse. Pero también en que su reacción termine provocando unos daños que vuelven a colocarla en el papel de la persona problemática.
La violencia de Keru es la única frase completa que consigue pronunciar en una novela donde todos hablan sin parar y nadie dice nada. Es la rabia de quien ha sido educada para no molestar, la misma que la serie Bronca convirtió en una persecución en coche, y lo más triste es que ni siquiera entonces se permite tener razón: mientras salta la alarma de incendios y da la fianza por perdida, Keru se sienta de nuevo junto al fuego y piensa que es más fácil que la culpen a ella, que para eso tiene que cumplir con el papel de ser la mala.
Mantou y el reparto de los cuidados dentro del matrimonio en Casa de alquiler.
Dentro de todas estas relaciones, Mantou, la enorme perra pastora cuyo nombre significa «panecillo al vapor», ocupa un lugar bastante más importante de lo que podría parecer al principio. El padre de Keru le lava cuidadosamente las patas y la llama la gran perra panda, mientras que los padres de Nate deciden rebautizarla como Mandy para evitar complicarse con la pronunciación. Cada uno se relaciona con ella a su manera, pero es especialmente ilustrativo observar cómo los cuidados de Mantou nos permiten comprender el reparto de responsabilidades y de afecto dentro del matrimonio. Nate pasa más tiempo con ella, la lleva al trabajo y recibe a cambio una devoción con la que Keru, que puede ausentarse cinco días seguidos por motivos laborales, difícilmente puede competir.
Wang lleva esto hasta una situación bastante cómica y al mismo tiempo dolorosa: Mantou tiene una lista de favoritos que todos conocen y comentan, en la que Keru aparece por detrás de Nate, de su propio padre e incluso de un peluche. A partir de ahí, veremos cómo Keru empieza a imaginar qué ocurriría si tuviesen una hija que también prefiriese a su padre, más presente y cariñoso, mientras a ella le correspondiese ser la madre distante que trabaja demasiado. Su preocupación se complica además con la cuestión racial, porque teme que esa hija termine rechazando su ascendencia china o que, de adulta, le reproche no haberle transmitido una cultura de la que antes no quería saber nada. La decisión de no tener hijos está atravesada por el miedo a volver a sentirse insuficiente dentro de su propia familia, incluso después de haber asumido el embarazo y todas las exigencias que se esperan de una madre.
Cinco años después, los problemas de Mantou harán todavía más visibles las dificultades de la pareja para mantener esa vida en común. La perra se marea, está apagada y lleva mal quedarse sola, mientras los veterinarios proponen distintas explicaciones y uno de ellos habla de la desintegración de la manada. Otro sugiere que un cachorro podría hacerle compañía, una solución que resulta bastante familiar después de todas las conversaciones en las que Keru y Nate han tenido que justificar que no quieran ampliar la familia. Los dos están preocupados por Mantou y quieren que se encuentre mejor, pero atenderla también les obliga a enfrentarse a las consecuencias de sus propias ausencias y a una organización doméstica que cada vez les cuesta más sostener.
El dinero en Casa de alquiler: la culpa de vivir mejor que tus padres.
Wang condensa en sus personajes dos maneras opuestas de relacionarse con el dinero, y es especialmente interesante ver cómo cada una procede de la cultura en la que han crecido. Para los padres de Keru, como para tantas familias chinas inmigrantes, deber dinero es un motivo de vergüenza: se ahorra viviendo muy por debajo de las propias posibilidades, lo que supone años sin regalos, sin vacaciones y sin peluquería (la madre le corta el pelo a toda la familia en el sótano de una casa que están a punto de terminar de pagar), y no se compra nada que no esté rebajado. Han conseguido no deberle nada a nadie a un precio altísimo y están orgullosos de ello. La familia de Nate, en cambio, representa a esa América para la que endeudarse forma parte de la vida adulta y de la que nadie espera que rinda cuentas. En su casa no se habla de dinero, ni de las tarjetas de crédito ni de si podrán jubilarse algún día, y el propio Nate despacha el asunto con una tranquilidad pasmosa: todo el mundo tiene deudas, el país entero funciona gracias a ellas y ya llegará alguna condonación. Lo que para unos es una deshonra que hay que evitar a costa de cualquier sacrificio, para los otros es una circunstancia tan normal que ni siquiera merece una conversación. Keru ha crecido en la primera de esas dos casas, sabe que no tiene contactos ni una herencia que le permita despreocuparse del futuro y, desde la misma fiesta en la que conoce a Nate, deja claro que su intención es ganar dinero.
Lo complicado es que haber alcanzado esa estabilidad económica tampoco le permite disfrutarla sin sentirse culpable. Lo vemos cuando su madre critica a los agentes inmobiliarios de un programa de televisión porque van demasiado bien vestidos y parecen llevar una vida demasiado cómoda. Para ella, el sufrimiento forma parte del esfuerzo que una persona debe hacer para merecer lo que tiene, hasta el punto de que dejar de sufrir supone acomodarse y perder las ganas de luchar.
Sufrir es esforzarse y poner el listón tan alto que uno nunca se acomode. Acomodarse es volverse perezoso y perder el espíritu de lucha, y perder el espíritu de lucha es morir. Por tanto, sufrir es vivir.
Keru ha interiorizado tanto esta forma de pensar que puede discutir mentalmente con su madre mientras hace la compra, reprochándose a sí misma el haber gastado en una semana lo que su padre ganaba en un mes. Pero Wang no se queda en la anécdota y apunta a algo bastante más incómodo: esa ética del sufrimiento no ha servido para lo que prometía. El padre de Keru nunca consiguió un ascenso a pesar de tener un expediente impecable, y la propia Keru llega a la conclusión de que a su familia la engañaron, porque la capacidad de aguantar penurias se tradujo, en Estados Unidos, en la disposición a conformarse con menos. Es una crítica bastante directa al mito de la minoría modelo, esa idea de que el inmigrante asiático prospera porque trabaja más y se queja menos que nadie, y que en la novela aparece como lo que es: una forma muy eficaz de conseguir que alguien no pida lo que le corresponde. El padre, que creció trabajando en el campo, puede cultivar ahora por gusto; Keru, sin embargo, sigue teniendo dificultades para concederse esa misma libertad de elegir qué esfuerzos quiere hacer y cuáles ya no necesita.
Y esta relación con el dinero también afecta a su matrimonio, porque Keru gana bastante más que Nate y su sueldo sostiene una comodidad de la que ambos disfrutan. No es, ni mucho menos, la situación habitual: según un estudio del Pew Research Center publicado en 2023, solo en el 16 % de los matrimonios heterosexuales de Estados Unidos es la mujer quien aporta la mayor parte o la totalidad de los ingresos (en 1972 eran el 5 %), frente a un 55 % en los que ese papel sigue correspondiendo al marido. Keru forma parte de esa minoría y la novela muestra muy bien lo que cuesta ocupar un lugar para el que nadie a su alrededor tiene todavía un guion. Cuando Nate bromea delante de sus amigos con haber descubierto las ventajas de ser amo de casa, ella se ríe con los demás, pero entiende perfectamente lo que hay detrás del chiste: que a ninguno de ellos le gustaría de verdad estar en esa posición. Lo que para ella representa seguridad y una prueba de todo lo que ha conseguido se convierte en un motivo de resentimiento para su marido del que, por supuesto, nadie habla.
Es aquí donde la decisión de no tener hijos deja de ser únicamente una cuestión de miedos, porque Keru sabe que, de tenerlos, sería ella y no Nate quien tendría que cambiar de vida, y no le parece justo. Su suegra lo da por hecho cuando pregunta por qué no reduce la jornada y se queda embarazada, sin sospechar que el matrimonio podría vivir del sueldo de ella pero no del de su hijo. Y cuando sus amigas dejan de trabajar para criar y celebran haber aprendido por fin a tomarse la vida con calma, a Keru esa calma le parece una forma de muerte. No es un caso aislado: en otra encuesta del Pew de 2024, el 44 % de los adultos menores de cincuenta años que no esperan tener hijos señalaba como una de las razones principales querer centrarse en otras cosas, como su carrera. Para Keru, ser madre supondría renunciar justo a aquello sobre lo que ha construido su autoestima y su independencia, y Wang tiene el acierto de no presentarlo como egoísmo ni como una carencia, sino como la consecuencia lógica de haberle pedido toda la vida que demostrase lo que vale trabajando.
Mi opinión sobre Casa de alquiler, de Weike Wang.
Casa de alquiler me ha enganchado desde la primera página, especialmente por cómo Wang consigue que unas vacaciones familiares den pie a hablar de situaciones tan incómodas que, incluso cuando te estás riendo, entiendes perfectamente lo dolorosas que pueden resultar para quienes las viven. Los primeros capítulos tienen un humor irónico y una mala leche maravillosa, que encontramos en la obsesión del padre de Keru por calcular el precio de las casas o en la facilidad con la que la madre de Nate opina sobre las decisiones de su hijo. Son personajes que pueden resultar desesperantes y que, precisamente por la naturalidad con la que intervienen en la vida de los demás, se vuelven también totalmente reconocibles.
Pero lo que más me ha apasionado de esta obra es haber conocido una realidad que hasta el momento me era completamente ajena: la de crecer siendo hija de inmigrantes en Estados Unidos, dentro de una sociedad que nunca termina de sentirse como propia. Wang la muestra con todos sus problemas, desde lo difícil que resulta comunicarse con unos padres que proceden de otro mundo hasta las presiones y el estrés de tener que estar siempre a la altura, tanto en casa como fuera de ella. Y lo hace sin ofrecer ninguna fórmula ganadora, porque no la hay: ni Keru, ni Nate, ni sus padres saben muy bien cómo hacerlo mejor. Es precisamente por eso por lo que Casa de alquiler me ha parecido una novela fascinante.


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