
Keru y Nate se conocieron en la universidad, están casados, tienen una perra y provienen de familias muy diferentes. Los padres de ella son inmigrantes chinos, exigentes, detallistas, obsesivos, personas para las que «sufrir significa luchar y poner la vara lo suficientemente alta como para que nadie se estanque». La familia de él, conservadores de clase trabajadora, desconfía de las ambiciones intelectuales de su hijo así como de su esposa extranjera. «Supongo que nunca seré abuela. Estáis empeñados en privarme de esa alegría», le dice la madre a Nate cuando se da cuenta de que no tendrán un hijo en breve.
A través de dos vacaciones familiares en distintos momentos de la vida de la pareja, Wang retrata los esfuerzos por integrar todos los mundos que trae una persona consigo cuando inicia una relación: qué se puede dejar atrás definitivamente, qué reaparece en presencia de la familia de origen y cómo se genera esa trama compleja de dinámicas, resentimientos y afectos.
Casa de alquiler, una novela llena de humor y ternura, es un retrato inteligente y crítico de la intimidad en el que sobrevuela la pregunta sobre qué es, en definitiva, una familia.
Casa de alquiler me ha enganchado desde la primera página, especialmente por cómo Wang consigue que unas vacaciones familiares den pie a hablar de situaciones tan incómodas que, incluso cuando te estás riendo, entiendes perfectamente lo dolorosas que pueden resultar para quienes las viven. Los primeros capítulos tienen un humor irónico y una mala leche maravillosa, que encontramos en la obsesión del padre de Keru por calcular el precio de las casas o en la facilidad con la que la madre de Nate opina sobre las decisiones de su hijo. Son personajes que pueden resultar desesperantes y que, precisamente por la naturalidad con la que intervienen en la vida de los demás, se vuelven también totalmente reconocibles.
Pero lo que más me ha apasionado de esta obra es haber conocido una realidad que hasta el momento me era completamente ajena: la de crecer siendo hija de inmigrantes en Estados Unidos, dentro de una sociedad que nunca termina de sentirse como propia. Wang la muestra con todos sus problemas, desde lo difícil que resulta comunicarse con unos padres que proceden de otro mundo hasta las presiones y el estrés de tener que estar siempre a la altura, tanto en casa como fuera de ella. Y lo hace sin ofrecer ninguna fórmula ganadora, porque no la hay: ni Keru, ni Nate, ni sus padres saben muy bien cómo hacerlo mejor. Es precisamente por eso por lo que Casa de alquiler me ha parecido una novela fascinante.