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NOTA: 8

Cantigas de sangre, de Nieves Muñoz: reseña de la novela que reescribe el cerco de Zamora

La Insomne
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Escritora consumada, concept artist en ciernes y adicta al trabajo. Do...


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Imágen destacada - Cantigas de sangre, de Nieves Muñoz: reseña de la novela que reescribe el cerco de Zamora

¿Y si reimagináramos lo que ocurrió en el romance de Zamora a través de los ojos de aquellos que estuvieron atrapados en el asedio del rey Sancho II? ¿Y si, en mitad de este momento tantas veces cantado y comentado, la infanta Urraca no fuera ni una mujer incestuosa y cruel ni una dama doblegada por su amor al Cid?

Con esta premisa, Nieves Muñoz, autora de Las batallas silenciadas (Edhasa, 2019) y Las damas de la telaraña (Edhasa, 2022), nos trae Cantigas de sangre: su obra más ambiciosa hasta la fecha que se apoya de un tapiz de personajes procedentes de diferentes estratos sociales para hablarnos del honor, el deber, el sacrificio, el sentido de la vida y, cómo no, del amor al prójimo. A partir de las voces de juglares, prostitutas, infantas, damas, criazonas y, tal y como nos tiene acostumbradas, una galena, Cantigas de sangre reconstruye tres estaciones de angustioso asedio y reimagina los sucesos que fueron la antesala del Cantar del Mio Cid.

Argumento de Cantigas de sangre

1072. Semura es una ciudad próspera que contempla con inseguridad cómo la batalla entre Sancho, rey de Castilla tras la muerte de Fernando I, y Alfonso, rey de León, toma el peor cariz posible para ellos. Alfonso ha perdido frente a las mesnadas del rey, entre las que se encuentran el famoso Rodrigo Díaz de Vivar y Álvar Minaya, un joven e impetuoso caballero ávido por hacerse con algo de la gloria que trae el combate.

Sus ejércitos se dirigen a Semura, donde Urraca, infanta y hermana de ambos contendientes, ha decidido tomar partido por su hermano Alfonso y se dispone a prepararse para un asedio. Para ello aglutina a su alrededor a la dama Eylo, prometida con la mano derecha de Alfonso; Midueña, una joven forzada a casarse por el consejo con el hombre que la violentó; Judith, una galena judía especializada en ginecología; Marina, la hija adoptiva de Judith; Elka, el hijo de una pareja de bardos e Íñigo, superviviente de una ordalía.

Los únicos que se quedan fuera, a expensas de los conquistadores, son aquellos dejados de lado por la sociedad y olvidados por todos. Como Gelvira, mujer pública y herborista que tendrá que buscar, como ha hecho a lo largo de toda su vida, alguna forma de sobrevivir en las peores condiciones.

Es la historia de un asedio, de la desesperación de un pueblo y de las voces que, unidas, cambiaron el curso de la historia. O, al menos, cómo su autora imagina que fue.

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Breve contexto histórico en el que se basa Cantigas de sangre

Cantigas de sangre reimagina el Romance de Zamora, relato ambientado antes de los sucesos del Cantar del Mio Cid. Ambientado en la época de la disputa por el trono de Castilla tras la muerte de Fernando I de León en el siglo XI, este romance es una de las piezas clave de la tradición épica e histórica de la península ibérica.

Lo que mucha gente desconoce es que el Romance de Zamora no es un único romance en el sentido estricto de la lírica tradicional, sino un conjunto de relatos épicos que forman parte de la tradición oral y que fueron recogidos en diversas crónicas y cancioneros a posteriori, como la Crónica de 1344 o en colecciones de romances del siglo XV y XVI.

Nos encontramos en una época en la que la Península Ibérica estaba enormemente dividida: no solo entre los reinos de Castilla, Galicia, León y los señoríos de Zamora y Toro, sino también por un sur plagado por pequeños reinos de taifas producto del colapso del califato cordobés. La conquista de estas ciudades-estado musulmanas era la obsesión de los reinos y caballeros cristianos, entre los que se encuentran tanto Álvar Fáñez (Minaya) como el propio Rodrigo Díaz de Vivar. En este contexto, en un momento claramente influenciado por el poder de una iglesia católica que sigue creciendo, en una ciudad plagada de supersticiones y miedo a lo desconocido, es donde cae la familia de juglares a la que pertenece Elka, y donde se empieza a contar esta historia.

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La salvaguarda del honor: el papel de la mujer en Cantigas de sangre

Si algo nos queda claro en Cantigas de sangre y en la interpretación histórica de Nieves Muñoz, es que ser mujer supone, en la segunda mitad del S. XI, un sacrificio difícil de sobrellevar.

A través de la presentación de personajes tan variopintos y de orígenes tan diferentes como la propia infanta Urraca, la dama Eylo, Midueña, Judit o Gelvira, Nieves Muñoz construye un mosaico donde el hecho de haber nacido mujer es, antes que nada, una cuestión de administrar lo poco que se puede decidir dentro de lo mucho que viene impuesto. Y lo hace sin caer en la trampa del anacronismo: ninguna de sus protagonistas es una heroína moderna disfrazada de medieval. Cada una pelea dentro de los estrechísimos márgenes que su casta, su linaje y su cuerpo le permiten, y es precisamente en esos márgenes donde la novela encuentra su corazón.

Urraca es, en este sentido, el corazón político del libro. La autora la rescata de las dos caricaturas con las que el romancero y el cine la han tratado —la incestuosa que se obsesiona con Rodrigo o la víctima doliente del reparto paterno— y la devuelve a algo mucho más interesante: una mujer que ha entendido antes que nadie a su alrededor que el infantazgo es lo único que le permite seguir siendo ella misma. Casarse sería perderlo, parir sería perderlo. Y, sin embargo, la novela no convierte esa decisión en un gesto triunfal feminista, sino en una renuncia dolorosa que arrastra consigo otra historia, la de un Rodrigo Díaz de Vivar al que quiso antes de saber que quererlo era imposible.

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La ciudad de Semura está en vuestras manos, mis caballeros pardos

En el polo contrario, Eylo representa la juventud que aún no ha aprendido a tragarse la pastilla del linaje. Quiere el convento, la oración, la vida contemplativa o cualquier cosa menos el matrimonio político que le han preparado, y el asedio la obliga a madurar a base de cargar bebés muertos y repartir tortas de harina entre moribundos. Su arco es el más clásico en términos de novela de formación, pero Nieves Muñoz tiene el buen tino de no redimirla del todo: Eylo aprende, sí, pero aprende a costa de descubrir que la santidad también puede ser una forma de cobardía.

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Midueña, o la ley como forma de violencia

El arco de Midueña es el que más me ha descolocado del libro, y creo que es deliberado. La autora arranca con una escena de juicio en la que una criazona violada es obligada a casarse con su agresor, y es más que posible que el lector contemporáneo se sienta deliberadamente incómodo con este planteamiento. Lo que es importante es recalcar que esa figura jurídica existía, y existía precisamente para proteger a la mujer violentada según los estándares de la época: el Fuero Juzgo y más tarde los fueros locales castellanoleoneses contemplaban el matrimonio reparador como una salida honorable para la agredida, que de otro modo quedaba incapacitada para casarse y condenada al ostracismo social. La lógica era escalofriantemente coherente para el momento: si el problema era el honor perdido, la solución era devolverlo por la vía del matrimonio, aunque eso obligase a la mujer a compartir su vida con un impresentable.

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A ella no le correspondía alegar nada sobre su propio destino. Había nacido bajo el ala de la señora Urraca, y así moriría.

La autora no subraya nada de esto, y hace bien. De esta forma, nos muestra el horror de la sentencia para Midueña, nos permite ver cómo Urraca y otros personajes femeninos ven en este casamiento una solución a un problema importuno y cómo, la víctima, debe acostarse cada noche al lado de Petro e intentar sobrellevar el horror de una vida privada de la libertad de escoger a su esposo. Asimismo, quizás con esa malicia que caracteriza a la autora a la hora de construir a los personajes, no nos entrega una lectura simplista sobre el agravio: Petro es amigo de la infancia de Midueña, dulce y amable y se pasa las noches llorando a su lado, haciendo que te preguntes qué hubo detrás de este ataque aparentemente gratuito. Quien haya leído a Georges Duby sobre el matrimonio medieval reconocerá el mecanismo; quien no, saldrá del libro entendiéndolo mejor que con cualquier ensayo.

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Judit: Salerno y el precio de ser mujer, galena y judía

Nieves Muñoz recupera el personaje de la sanitaria al que ya nos tenía acostumbradas en Las damas de la telaraña, pero lo complica añadiendo dos capas que la anterior no tenía: la formación en Salerno y la condición judía.

Salerno, en el siglo XI, era el único lugar de la Europa cristiana donde una mujer podía estudiar medicina con cierta formalidad. La llamada escuela salernitana había heredado el corpus grecoárabe a través de traducciones como las de Constantino el Africano, y durante un período breve (que se cerraría con la institucionalización universitaria del siglo XII y la expulsión de las mujeres de la práctica oficial) permitió la existencia de figuras como Trota, cuyos tratados ginecológicos circularon por toda Europa bajo el nombre colectivo de Trotula. Que la autora plante a su galena ahí no es gratuito, sino que está contextualizándola en el último momento histórico en el que una mujer podía aspirar legítimamente al saber médico antes de que la puerta se cerrara durante setecientos años.

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Los niños han dejado de crecer, las mujeres encinta no engordan... Las raciones se ofrecen más a los caballeros y peones para mantenerlos fuertes para la guerra... Pero ¿qué pasa con nosotras? ¿Y con los niños?

Y luego está lo de ser judía en la Semura de 1072. Estamos aún lejos de los pogromos del siglo XIV y de la expulsión de 1492, en un momento en el que las comunidades sefardíes de los reinos cristianos peninsulares vivían una convivencia tensa pero funcional, útiles a la corona como prestamistas, médicos y traductores, tolerados mientras rindieran. Judit encarna exactamente esa posición ambigua: respetada por su oficio, consultada por las damas del castillo, pero obligada a entrar por la puerta trasera. Nieves Muñoz lo dice de pasada, en una línea que pone Gelvira, y no necesita más. La condición judía en la novela no es folclore ni exotismo; es un recordatorio de que el «nosotros» de la Semura cristiana tenía fronteras dentro de sus propias murallas.

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Gelvira, la libertad de ser rechazada por todos

Si Midueña es la mujer a la que la ley castiga incluyéndola y Judit la que el sistema tolera porque le resulta útil, Gelvira es la tercera pata del mecanismo: la que el orden medieval necesita precisamente expulsada. Gelvira encarna dentro de sí misma la libertad que solo puede conseguir una mujer al ser repudiada por la sociedad del momento. Prostituta, yerbera, madre de dos hijos a los que apenas puede ver, vive extramuros porque dentro nadie la quiere, y sin embargo, es una figura clave durante el asedio de Semura. Nieves Muñoz se muestra muy clara en mostrar que Gelvira es prostituta no por elección, sino que es el otro lado de la moneda de lo que le sucedió a Midueña: cuando la virtud de la joven agredida no puede demostrarse y no hay matrimonio forzoso que valga, solo le queda dedicarse a lo que nadie podría tolerar.

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Mientras yo viva, Gelvira jamás cruzará la muralla. Nos deshonró a todos, y ha de pagar las consecuencias

Gelvira es, a todas luces, una mujer empoderada dentro de su propia situación. Así, manipula a los asaltantes, recoge a las niñas supervivientes y monta una resistencia pasiva gracias, precisamente, a que su estatus de mujer pública le otorga cierta invisibilidad. Esto no es invención novelesca. La historiografía de la prostitución medieval (desde Jacques Rossiaud hasta los trabajos más recientes sobre las mancebías castellanas) lleva tiempo mostrando que la mujer pública medieval no era una anomalía del sistema sino una de sus piezas: necesaria para canalizar la violencia sexual masculina lejos de las mujeres «honestas», tolerada por las autoridades municipales, a veces incluso regulada por ellas. Gelvira ocupa esa función incómoda, y la novela tiene el valor de no redimirla por la vía fácil del amor o del sacrificio. La deja en su sitio, haciendo lo que hace, con la dignidad exacta que le corresponde a quien ha entendido las reglas del juego antes que nadie.

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Nunca se había sentido tan valorada, y en cierta medida le daba miedo. Se había movido siempre entre las sombras y no debía acostumbrarse a esa sensación tan agradable. Pensó en la orilla del riachuelo: nunca debía olvidar dónde y en qué momento había surgido la mujer que era, aquella mala mujer que ofrecía su cuerpo a cualquiera que pagara su precio.

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Los hombres también pierden: la caballería como farsa

La otra cara de Cantigas de sangre es lo que hace con sus hombres, y muy especialmente con Álvar Fáñez. Nieves Muñoz recupera este personaje antes de que sea Minaya, antes de que el Cantar lo convierta en el brazo derecho impecable del Cid, y nos lo devuelve vomitando tras su primera batalla, participando en la violación «consentida» de dos criazonas que una matrona leonesa ofrece como pago a los mensajeros del rey y llorando por un escudero al que apenas conocía.

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Honor... No hay ningún honor en ver morir de hambre a un niño.

Así, asistimos a un proceso de desmitificación desde dentro: Álvar quiere ser el héroe que le han prometido y descubre, paso a paso, que el oficio consiste sobre todo en quemar casas de gente que no puede defenderse y en acatar órdenes de señores arbitrarios que quieren convertirlo en un guerrero cuando él solo es un muchacho.

El honor es un privilegio para los que no pasan hambre

Una de las contraposiciones más fuertes en la novela es el contraste entre quienes están dentro del asedio, muriendo de hambre, enfermos, alimentándose de restos de cuero hervido y de las ratas que Elka caza en los callejones, y los caballeros de ambos bandos que organizan justas en campo abierto para aliviar el aburrimiento que les provoca el asedio. Todo esto lo leemos a través de los ojos del niño juglar, que se cuela en la muralla para ver las justas y es ahí donde Nieves Muñoz levanta el dedo sin necesidad de alzar la voz: los hidalgos de ambos lados prefieren morir en combate singular antes que rebajarse a asaltar los carros castellanos para dar de comer a su propio pueblo, porque eso sería indigno de su casta. Los que sí salen a hacer el trabajo sucio, de noche y vestidos de pardo, son los criazones.

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¿Ves? No son más que niños jugando. Y, mientras ellos juegan, somos nosotros los que debemos salvarlos a todos

Y aquí es donde conviene no perder de vista lo que de verdad está en juego, porque la novela tampoco lo pierde: todo este sufrimiento existe porque una infanta ha decidido que su hermano Alfonso le cae mejor que su hermano Sancho. Semura podría haberse rendido el primer día. Los silos estarían llenos, los niños no estarían dejando de crecer, las mujeres encinta no estarían pariendo criaturas azuladas que mueren antes del bautismo, pero Urraca necesita tiempo para maniobrar en favor de Alfonso, y el concejo necesita demostrar su linaje, y mientras tanto los pecheros entierran a sus hijos en el patio de la antigua casa de los infantes. Es más que evidente que la estructura del libro grita que las guerras dinásticas siempre las pagan los mismos: aquellos que no las declaran. Cuando Eylo le espeta a Urraca que «no hay ningún honor en ver morir de hambre a un niño», la novela está diciendo en voz alta lo que los fueros, las crónicas y los cantares llevan siglos callando.

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Elka, o el reverso del Cantar del Mio Cid

La obra podría ser otra novela literaria histórica más sobre un asedio, hambre, dolor y cansancio, pero en este caso Nieves Muñoz le imprime un carácter poético a toda la obra gracias a la presencia de Elka, el niño juglar mudo que da pie a que cada capítulo comience con estrofas de cantigas inventadas por él. Su padre le explica el oficio con todas las letras en una frase que funciona como declaración de intenciones de la novela entera: «Somos los depositarios de los saberes y los acontecimientos de todos los lugares por los que pasamos». Es decir, Elka es el juglar que nunca podrá cantar en voz alta lo que ha visto, y la novela entera es la cantiga que él compone en silencio. Un reverso exacto del Cantar del Mio Cid: donde la tradición épica popularizó la versión de los caballeros épicos y de los reyes ambiciosos y olvidó el sufrimiento del pueblo que carga con la guerra.

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Algún día, juglar que habla con el viento, seré tu esposa

En definitiva, ¿merece la pena Cantigas de sangre?

Cantigas de sangre es, sin duda, la novela más ambiciosa de Nieves Muñoz hasta la fecha, y se nota. Se nota en la cantidad de tramas que trata sin perder el pulso, en la densidad del tapiz de personajes, en una documentación histórica y sobre todo en una madurez narrativa que marca distancia con sus trabajos anteriores. Quien haya leído Las batallas silenciadas o Las damas de la telaraña encontrará aquí a una autora que ha crecido con cada libro y que en éste se atreve a jugar en una liga más exigente.

Dicho esto, y porque una reseña honesta lo pide, hay un elemento que a mí personalmente me ha chirriado: la presencia de lo sobrenatural (el «Bú» que rodea a Elka y a Marina) para mí no siempre termina de encajar con el tono de rigor histórico que domina el resto de la novela. Es una decisión de la autora que entiendo y que tiene su lógica dentro del universo de la obra, pero confieso que a ratos me sacaba de la inmersión en la Semura más terrenal, la del hambre y la piedra. Soy consciente de que esto es más manía mía que defecto del libro, y habrá lectores a los que esa grieta de lo fantástico les funcione mejor que a mí.

Pero eso no empaña lo fundamental: es una novela que engancha, que entretiene y que, sobre todo, te hace mirar el romancero medieval con otros ojos. Si os interesa la novela histórica peninsular, si queréis una Urraca que no sea ni santa ni arpía, si os apetece leer sobre las mujeres y los criazones que nunca tuvieron juglar que cantara su historia, Cantigas de sangre es una apuesta segura.

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