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NOTA: 7.5

Al más fuerte, de Robert Fabbri: sangre y caos en el imperio de Alejandro Magno

La Insomne
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Escritora consumada, concept artist en ciernes y adicta al trabajo. Do...


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Imágen destacada - Al más fuerte, de Robert Fabbri: sangre y caos en el imperio de Alejandro Magno

Si he de ser totalmente honesta, creo que no me habría atrevido a leer Al más fuerte si no fuera porque, hace algunas semanas, tuve la corazonada de sumergirme en Numantia de Santiago Díaz Morlán: una novela totalmente fuera de mi zona de confort que, sin embargo, acabó apasionándome y escandalizándome a partes iguales.

Precisamente por eso, cuando me llegó esta segunda edición, con cubierta nueva y esta encuadernación en rústica blanda que tanto me apasiona de Pàmies, me sentí impelida a proponerla como parte del ring del podcast del Certamen de Novela Histórica de Úbeda en el que participo y a sumergirme en lo que resultó ser, una apasionante introducción a una saga capaz de robarme la atención de lo que me rodeaba mientras, al mismo tiempo, me mantenía humilde.

Esto es Al más fuerte, la primera parte de la pentalogía de libros La saga de Alejandro Magno.

Argumento de Al más fuerte

Alejandro Magno está a punto de morir. Y en los últimos instantes antes de cerrar definitivamente los ojos y abandonarse a la muerte, se da cuenta de que no quiere traspasar el poder a nadie. Tras la muerte de su amado Hefestión, le cuesta imaginar a cualquiera de los que le rodean haciéndose fácilmente con la gloria del imperio que él ha construido con el sudor de su frente y la sangre de sus hombres.

Así que le tiende su anillo, sello del poder real, a Pérdicas, y cuando le preguntan quién será su sucesor, sólo contesta «al más fuerte».

A partir de ese momento, la incertidumbre se extiende por las tropas y los siete elegidos a su lado durante su muerte. Sin un heredero claro, habiendo dejado a Roxana, su esposa, embarazada de seis meses y a su hermano, apodado por todos como «el bobo» por tener una discapacidad intelectual, la falta de gobierno amenaza el futuro del imperio.

Pérdicas cree estar legitimado por el anillo para ejercer el poder, pero habrá otros que no piensen como él. Entre ellos, rodeando los restos de Alejandro, se encontrarán Ptolomeo, el bastardo; Leonato, el joven general que intenta parecerse continuamente a él; Lisímaco, Peitón o Aristonoo. Todos, de alguna manera, creen ser los únicos con la capacidad para decidir sobre el futuro del imperio, pasando por alto la astucia de Eumenes, secretario primero de Filipo y hábil consejero griego; de Roxana, embazada de su futuro heredero; de Olimpia, madre del propio Alejandro; Antípatro, regente de Macedonia; Crátero, general de los ejércitos o el propio Antígono, sátrapa de Frigia.

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—Estás tratando a Atenas con lo que sería demasiada generosidad para un esclavo y demasiada crueldad para un hombre libre. Que Atenas, centro de la civilización, sea tratada de este modo por bárbaros casi analfabetos, oriundos de las colinas, es intolerable.

Conforme van pasando los meses, solo una cosa queda claro en este juego de alianzas políticas, herencias, batallas y matrimonios concertados: el que se gane el corazón del ejército, habrá ganado para sí un imperio que ya empieza a resquebrajarse.

TODO
TODO

El contexto histórico y social de Al más fuerte

Para entender bien Al más fuerte hay que partir de una idea muy simple: Alejandro no muere siendo solo un rey, sino el conquistador que ha levantado el imperio más vasto y temible de su tiempo. Desde Macedonia había extendido su dominio hasta Persia, Egipto y buena parte de Asia, derrotando a Darío III, fundando ciudades, sometiendo pueblos y dejando tras de sí una estructura gigantesca sostenida a base de prestigio militar, lealtades personales y un equilibrio político mucho más frágil de lo que parecía. Por eso, cuando desaparece, deja un mundo huérfano de dirección.

Y ahí está precisamente una de las claves más interesantes de Al más fuerte: el imperio que Alejandro construyó era inmenso, pero también demasiado reciente, demasiado violento y demasiado dependiente de su propia figura. Macedonia, Grecia, los territorios persas y las satrapías orientales no formaban un bloque compacto ni una unidad pacífica, sino un mosaico de intereses, ejércitos, linajes y ambiciones que solo se mantenía unido mientras él seguía vivo. En ese sentido, la novela no arranca en un momento de estabilidad, sino justo en el instante en que todo empieza a resquebrajarse.

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Y sí, las obras de Eurípides habían sido representadas a orillas del Oxo; y sí, se leía a Homero en Alejandría Oxiana; y el dracma era la moneda de curso legal en el bazar de Zariaspa; y las ideas de Platón, de Sócrates y de Aristóteles se debatían en simposios en Alejandría Margiana y en Nautaca; pero un mono que recita principios filosóficos sigue siendo un mono, y Filo no sentía más que desprecio por los aires de grandeza de los colonos.

También por eso el trasfondo social de la obra resulta tan interesante: alrededor de la sucesión no se mueven únicamente generales, sino esposas persas, madres dinásticas, hijos bastardos, medio hermanos, secretarios griegos, sátrapas y regentes que encarnan las tensiones de un imperio levantado entre culturas distintas y alianzas siempre provisionales.

A todo esto se suma que Alejandro no deja atrás un territorio pacificado, sino un imperio sujeto todavía por la fuerza y por la inercia de sus conquistas. En Grecia, Atenas y sus aliados empiezan a moverse con figuras como Demóstenes, Hipérides y el mercenario Leóstenes, mientras Antípatro permanece en Pella, sosteniendo Macedonia como regente y pendiente de un frente que amenaza con estallar en cualquier momento. Crátero, por su parte, aún no ha llegado: avanza desde Asia con los veteranos, demorándose en Cilicia, y Antígono continúa ocupado lejos de allí, en Frigia, tratando de imponerse a Ariarates en Capadocia, demostrando que, cuando la novela arranca con la muerte del conquistador, el imperio contaba con sus figuras clave a cientos de kilómetros de distancia de la realidad.

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Antípatro comprobó con agrado que los arqueros nunca dejaban sufrir a un hombre que ardía, dado que todos los que habían tomado parte en un asedio conocían el miedo que provocaba el fuego que caía desde lo alto y habían sido testigos de la agonía de aquellos que morían calcinados: una muerte que no merecía un guerrero, ni siquiera un enemigo, y menos aún un compañero mercenario.

Una obra potente pero muy exigente, cargada de personajes y acción frenética.

Ediciones Pàmies ha decidido incluir un glosario de personajes al comienzo de la obra, y esta elección no es en absoluto gratuita, ya que Al más fuerte se compone de una gran cantidad de capítulos de corta duración donde se nos muestra, en primera persona, la perspectiva en primera persona de los diferentes personajes.

De esta forma conoceremos el odio de Roxana y sus artes rastreras a la hora de intentar envenenar a cualquiera que sea su rival; la inocencia peligrosa de Pérdicas al sentirse legitimado por el anillo y cometer un error tras otro confiando en una autoridad de la que carece o incluso la manera en la que Eumenes va manipulando a los que lo rodean para medrar por encima de lo que se permitiría a alguien de su rango.

Robert Fabbri, de cualquier forma, es completamente consciente de la difícil puerta de entrada a su universo, y precisamente por ello, al presentar a los hombres que rodean a Alejandro, así como en la forma en la que titula cada uno de los siguientes capítulos, les otorga un pequeño "leitmotiv" con el que el lector puede situar sobre quién habla en cada caso como "Antígono, el tuerto"; "Ptolomeo, el bastardo" o "Pérdicas, el casi elegido".

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—Un pozo de mierda al que llaman Cranón, señor. Está a unas seis leguas de aquí, hacia el oeste. Allí viven un par de docenas de viejos y algunas brujas. Entre todos, y sumando a la cabra comunal que se turnan, no tienen ni seis dientes. Todos los jóvenes están con los rebeldes, y las muchachas les hacen «servicios». Ya se sabe lo mucho que gustan los hombres de por aquí de sus primas y hermanas.

TODO
TODO

Todos y cada uno de ellos tienen diferentes habilidades y formas de ver la vida que los hacen permeables al juego político que se está desarrollando o carne de cañón al primer contratiempo. Así, descubriremos las sospechas de Antípatro porque fuera su hijo, Yolas, copero de Alejandro, el que lo envenenó y lo mató aunque la causa oficial de la muerte sean unas fiebre; o la manera en la que Pérdicas intenta conspirar siguiendo un hilo de pensamientos que, desde el primer momento, es más que evidente para el lector que son auténticos disparates.

El movimiento de los ejércitos y las batallas: un ejercicio intelectual demandante.

Al más fuerte no es una novela fácil, eso ya lo he mencionado antes. Y es que, a lo largo de la lectura, nos encontraremos con una gran cantidad de batallas y enfrentamientos bélicos, movimientos de tropas y, sobre todo, cambio de lealtad por parte de los ejércitos.

A lo largo de la lectura de la obra y de los frenéticos capítulos, que avanzan con una velocidad abrumadora, asistiremos a batallas y enfrentamientos sobre elefantes, a pie y a caballo, con el terreno (como ríos, colinas, pendientes y ciudades fortificadas) como importantes piezas a tener en cuenta para decidir el triunfo o fracaso de una batalla. Veremos cómo un grupo de mercenarios cambia de lealtad a escasos segundos de que comience un enfrentamiento, comprados por el oponente; o incluso cómo centenares de hombres se niegan a obedecer las órdenes de su comandante por considerarlas contrarias al honor que se le debe a la familia real argéada.

También, y no por ello menos importante, tendremos que tener en cuenta la importancia de la sangre y origen para los macedonios del 323 a.C. Su identidad macedonia, basada en el respeto y temor que provocaron las rápidas y aplastantes victorias por parte de Alejandro Magno, da pie a un racismo generalizado de manual, donde se minusvalora, desprecia y hasta se ve como totalmente prescindible cualquier vida que no sea Macedonia. Asistiremos a ello no solo a través de comentarios despectivos de soldados como Clito, a las órdenes de Crátero, sino más bien como una creencia extendida y hegemónica que comparten todos y cada uno de los personajes con cierto poder en la obra.

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—¿Para qué esperar cuando ya hay un heredero vivo? —La voz surgió del extremo de la concurrencia. Nearco, el almirante cretense, dio un paso al frente—. Heracles tiene cuatro años; la regencia, por tanto, sería de diez años y no de catorce.

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—¡Griego! —rugió Peitón—. ¡Los macedonios primero!

Y que, evidentemente, acaban condicionando enormemente las victorias y derrotas a las que asistimos.

TODO
TODO

Es precisamente por ello por lo que Eumenes, un griego bajito y tremendamente astuto, resulta ser tan interesante y atractivo desde el primer momento: porque destila una inteligencia y clarividencia, fruto de estar fuera del círculo arrogante que provoca la identidad macedonia, que le permite ver las cosa de manera muy clara; y porque, de alguna forma, va saliendo airoso de las dificultades que se le presentan, obteniendo para sí una satrapía por pacificar y convirtiéndose en uno de los personajes favoritos tanto por mí como por, me atrevería a decir, el propio autor.

Una historia que recoge la manera de acabar con tus enemigos políticos de mil y una manera diferentes.

Uno de los puntos más sorprendentes para alguien acostumbrado a leer novelas históricas, especialmente ambientadas en la época del imperio romano, es la capacidad que tienen los ejércitos de Macedonia de poder decidir a quién servían o adónde se marchaban. A lo largo de la obra, podremos ver cómo ningún general es capaz de sostener una pretensión real de poder si no está legitimado ante las tropas.

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—Haya elegido a alguien o no —bramó una voz cascada de dar órdenes en el campo de batalla—, es la asamblea del ejército la que debe decidir quién es el rey de Macedonia, siempre ha sido así. Meleagro avanzó con la mano en la empuñadura de la espada. Su barba, poblada y gris, dominaba su rostro curtido—. Son los macedonios libres los que deciden quién ocupa el trono de Macedonia; y es el derecho de todo macedonio libre ver el cuerpo del rey muerto.

Así, podremos ver excelentes ejemplos de propaganda política en acción a través de la introducción de agentes pagados que esparcen un mensaje político en específico por la soldadesca o la importancia de la información transmitida por espías que acaban siendo decisivas en batalla.

TODO
TODO

Sea como fuere, el ritmo de la obra es tan trepidante y el cambio del escenario político y militar sobre el terreno tan acelerado que, en ocasiones, se vuelve prácticamente imposible seguir el avance por Asia de sus comandantes, tropas y ejércitos sin volver continuamente al mapa que con tanto acierto se incluye al comienzo del libro.

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—Tendría que haber ordenado que te ejecutaran.
—Y mi hermano te habría devuelto el favor, por eso no lo hiciste.
—Pero ahora está muerto. ¿Qué me impide cumplir mi deseo?
—El miedo, primo. El miedo. El miedo a matar a cualquiera emparentado con el hombre que tanto te superó en todo. Sabes que acabarías acosado y cazado, y que, por mucho que te ocultaras en tu pequeño trono, no podrías salvarte. Así que ya basta de amenazas vacías. ¿Vas a hacer lo que mi madre te pide ofreciendo tan generosas condiciones o vamos a tener que obligarte?

Y es que, no voy a mentiros, en ciertos momentos leyendo la obra me sentí forzada a soltar cualquier impulso lógico de situar en mi mente las tropas de capadocia, los ejércitos de los mercenarios o entender del todo por qué la falange macedónica tenía ventaja al situarse en el flanco derecho del enemigo.

Mi opinión sobre Al más fuerte: ¿merece la pena?

Al más fuerte me ha gustado mucho, y creo que eso tiene todavía más mérito precisamente porque estamos ante una novela profundamente política, atravesada por conspiraciones, pactos inestables, traiciones, movimientos de tropas y discusiones constantes sobre legitimidad, herencia y poder que cambian con tal rapidez que cuesta de seguir. Sobre el papel, tenía todas las papeletas para convertirse en una lectura árida para mí; en la práctica, ha sido una novela absorbente, de esas que consiguen que una siga leyendo incluso cuando sabe perfectamente que, si pestañea, corre el riesgo de perder de vista a media plantilla militar macedónica.

He disfrutado especialmente de los tejemanejes de Roxana y de la forma con la que Eumenes se relaciona con aquellos que lo menosprecian por ser un griego de baja estatura con una total de ausencia de victorias militares. También he comprendido las decisiones de Ptolomeo, incluso cuando no eran precisamente nobles, porque Fabbri consigue que su lógica interna quede siempre muy bien dibujada.

Ahora bien, también he de ser sincera: en algunos momentos me he perdido. Hay tantísimos nombres, tantos desplazamientos, tantos cambios de alianza y tantos intereses cruzados que a veces seguir con precisión quién estaba dónde, con qué tropas y contra quién exigía un nivel de atención casi militar. Pero incluso ahí la novela no dejó de parecerme apasionante. Tiene una energía narrativa muy particular, una manera de convertir la intriga política en algo vivo, sucio y hasta divertido, que me ha recordado muchísimo a las novelas de Pedro Santamaría.

Sin lugar a dudas seguiré leyendo la saga. Solo espero que mis personajes favoritos lleguen vivos al final del segundo tomo.

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