
Babilonia, 323 a. C.
El gran Alejandro Magno ha muerto, dejando como legado el mayor y más temible imperio jamás visto. Mientras exhala su último aliento, rodeado de sus siete generales más cercanos, Alejandro se niega a nombrar heredero. Se limita a susurrar: «Al más fuerte…».
La despiadada batalla por el trono comienza tan pronto como se extiende la noticia de la súbita e inesperada muerte del rey. Inmediatamente empezará a tejerse una complicada red de alianzas ―rápidamente acordadas y fácilmente rotas― y oscuras conspiraciones. Un escenario en el que cada rival tiene su propio plan y no duda en traicionar al que se interponga en su camino.
Pero ¿quién vencerá? El medio elegido, la madre, el tuerto, la gata salvaje, el general, la guerrera, el bastardo, el regente… Al final, solo un hombre ―o, quizá, una mujer― podrá salir victorioso.
Y la lucha promete ser larga y cruenta…
Ahora bien, también he de ser sincera: en algunos momentos me he perdido. Hay tantísimos nombres, tantos desplazamientos, tantos cambios de alianza y tantos intereses cruzados que a veces seguir con precisión quién estaba dónde, con qué tropas y contra quién exigía un nivel de atención casi militar. Pero incluso ahí la novela no dejó de parecerme apasionante. Tiene una energía narrativa muy particular, una manera de convertir la intriga política en algo vivo, sucio y hasta divertido, que me ha recordado muchísimo a las novelas de Pedro Santamaría.
Sin lugar a dudas seguiré leyendo la saga. Solo espero que mis personajes favoritos lleguen vivos al final del segundo tomo.