Cuando la cazadora Feyre mata a un lobo en el bosque, una criatura bestial irrumpe en su casa para exigir una compensación. Así, es trasladada a una tierra mágica y engañosa de la que solo había oído hablar en las leyendas, donde Feyre descubre que su captor no es un animal sino Tamlin: una divinidad inmortal y letal que alguna vez reinó en su mundo.
Mientras Feyre vive en su castillo, lo que siente por Tamlin muta de una hostilidad helada a una pasión ardiente y feroz, a pesar de todas las mentiras y advertencias a las que queda expuesta en ese mundo fantástico,bello y peligroso. Además, una vil sombra ancestral crece sobre la tierra de las hadas día a día, y Feyre debe encontrar la forma de detenerla... o condenar a Tamlin ?y a su mundo? para siempre.
Hay mucho relleno en esta obra, y mucho relleno innecesario. Tanto en el primer como en el segundo arco de la obra, Feyre pasa de ser una cazazadora potente y cruel a la protagonista de una teen movie. Y no deja de ser contradictorio porque se supone que para los feéricos los humanos son poco menos que motas de polvo desechables, pero desde el primer instante en que pisa la Corta de la Primavera (y sucesivos eventos de los que no hablaré para no hacer spoiler), el mundo gira alrededor de lo que lleva puesto cada noche esta chiquilla.
Me siento ligeramente decepcionada. Quizás si no hubiera esperado tantísimo de este libro, me hubiera convencido más. Quizás tengo que darle una oportunidad a la segunda parte para saber cómo evoluciona esto, porque lo que está claro es que no ha habido demasiado misterio para mí dentro de estas cortes aparentemente crueles y retorcidas: ni detrás del comportamiento de Rhysand, ni del gesto de indiferencia de Tamlin, ni mucho menos de la plaga que asola este mundo.