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Es el verano de 1976. Peggy Hillcoat tiene ocho años y pasa los días con su padre, James, un hombre obsesionado con la supervivencia que ha convertido el sótano de su casa en un refugio nuclear. Una noche, sin previo aviso, James secuestra a su hija y se la lleva a una cabaña en medio de un bosque inmenso. Alejados de toda señal de vida humana, James convence a Peggy de que el mundo entero ha sido destruido. Juntos aprenden a subsistir: construyen trampas para cazar, se lavan en el río, almacenan alimentos. Los inviernos son largos y crueles; los veranos, fugaces. En su aislamiento, incluso fabrican un piano de madera que no produce sonido alguno. Durante años, Peggy vive en esa cabaña con su padre, sin cuestionar su realidad. Hasta que, un día, encuentra unas botas. El descubrimiento la empujará a una búsqueda desesperada que revelará los secretos de su encierro y la verdad sobre la última noche que pasó con James. ¿Qué ocurrió realmente en aquel bosque? ¿Cómo logró escapar? Y, sobre todo, ¿por qué ha vuelto sin él?
No es una novela para aquellos morbosos que van en busca de las típicas escenas gore de los thrillers psicológicos más famosos. No encontrarás en ella descripciones de cadáveres ni momentos escatológicos, sino más bien una lógica deformada por los delirios de un padre que muestra, paso a paso, cómo la infancia de Peggy se destruye para sostener una obsesión enfermiza.
Por destructivo que suene, la experiencia de leer Nuestros días serán infinitos se basa en dejarse arrastrar por una ternura enferma, hasta que descubres que el verdadero horror no está fuera, sino en lo que decides creer para seguir respirando.