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Mühlberg

Editorial: Edhasa
10

«Vine, vi, y Dios venció», tales fueron las palabras de Carlos V tras la batalla de Mülhberg. Porque Mülhberg fue algo más que una batalla: históricamente fue el punto más álgido del imperio, y a la vez el comienzo de la decadencia del emperador. Comienza esta historia en las riberas del río Elba. Una, ocupada por las tropas imperiales españolas, lideradas por Fernando Álvarez de Toledo, duque de Alba; la otra, por los luteranos, comandados por Juan Federico de Sajonia. Y pronto la fuerte corriente del Elba, envuelta entre la niebla, se manchará de sangre… Pero no es ésta sólo la novela de los hechos, crudos, latentes, vivos aún, si no la de personajes inolvidables, más allá de los grandes nombres que han pasado a la Historia: los soldados Cristóbal de Mondragón y su amigo Diego Cubero, que se enfrenta a la muerte con la ayuda de la prostituta Dorothea; Baltasar Carrillo, arcabucero gaditano sediento de matar luteranos, y su compadre, más cabal, Íñigo Mendizábal; el espía Norbert Bachmann, inteligente mercenario, o Barthel Strauchmann, habitante de Mülhberg a quien deberán los imperiales la victoria… Ellos son unos pocos, pero hay muchos más. Y vale la pena conocerlos. 

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Mühlberg: opinión de la obra histórica perfecta
Mühlberg: opinión de la obra histórica perfecta

El odio navega a sus anchas por los ojos del de Mühlberg. El duque de Alba, dándose cuenta, sonríe. Vuestras ganas de venganza siguen intactas…


Ojipláticos.

Así se han quedado dos de los tres hombres que están reunidos con Carlos en su tienda. Cuatro palabras han bastado para dejarlos en ese estado.

—Hay que atacar ya.


Sueños, ilusiones, deseos de grandeza reducidos a un cuerpo tirado en un campo de batalla picoteado por unos cuervos gozosos por el festín. Aquí yace quien todo aquello soñó.


«¿Cuántos seguirán cobrando las monedas del rey mañana al anochecer?»


Gente afín, de nuevas levas, bisoños también en algunos casos, tan reconocibles por sus vestidos de munición; esas mortajas, como se refieren a ellas los veteranos.


—Velaílo —admitió el extremeño, asintiendo levemente —Habrña que cruzarlo, si queremos alcanzar a los luteranos, y no hemos visto puente alguno en pie. Los han quemado todos.

—Entonces no quedará más remedio que hacerlo a nado.

—Pues eso.


Conoce esas miradas por las que los horrores se desatan gozosos sobre campos y tierras.


Víctor Fernández Correas