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La venganza de Ramsay

Brogan Ramsay ha vuelto a la vida de Lydia De Havilland, y ya no es aquel muchacho sensible y tranquilo que ella recuerda; se ha convertido en un hombre poderoso…, un hombre que busca venganza: Brogan no olvida que Lydia es la chica que lo engañó de la forma más cruel, dejando su corazón destrozado y a su familia en la calle…, pero tampoco olvida que es la única mujer capaz de quitarle el aliento, la única que sigue firmemente afincada en su alma. La única a la que puede amar. Lydia De Havilland ya no es la princesita que por un capricho adolescente sedujo a Brogan Ramsay cuando este era uno de los peones del rancho de los De Havilland…, aunque ella nunca olvidó el escalofrío que experimentaba cuando él estaba cerca. Ahora Lydia tiene que enfrentarse al reencuentro con Ramsay y no se imagina qué podrá sentir en su presencia. La venganza de Ramsay es una historia de traición e ira que nos habla de lo delgado que es el velo que separa el odio del amor, de la fuerza que puede llegar a tener el arrepentimiento y de lo poderoso que es el perdón. Porque cuando intentamos infligir dolor a los demás, invariablemente, es nuestro corazón el que sale más herido.

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Reseña de La venganza de Ramsay, una novela cargada de maldad y tréboles verdes
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Nos tocamos y exploramos, nos acariciamos entre gemidos y jadeos. La sangre me hervía en las venas con un ardiente frenesí y, sin embargo, al mismo tiempo, Lydia parecía entender que no podía asimilar todo a la vez. Parecía saber cuánto retirar la mano de un lugar para que pudiera concentrarme en lo que estaba haciendo en otro. Parecía entender que, par mí, había una línea muy fina entre el placer y el dolor, que mis sentidos eran demasiado agudos.

Brogan se rio, un sonido lleno de desdén. Frotó el borde de cuero de la mesa con el dedo índice, haciendo que mis ojos siguieran ese movimiento. Él siempre había sido una persona muy sensual, siempre estaba tocando algo, movía las manos con suavidad, aparentemente fascinado por las texturas… Se había deshecho de su acento, pero no de esa costumbre. Me agarré a la pizca del chico que había sido, reconociendo por fin en ese hombre al niño que fue.

- ¿Cualquier cosa? ¿Suplicarías? ¿Te pondrías de rodillas y me lo suplicarías?

-Me lo había imaginado muchas veces. Que te acercarías y me besarías. - Me llevé los dedos a los labios como si volviera a representar el drama de mis fantasías infantiles -. Tus labios serían suaves, muy tierno. Había fantaseado muchas veces sobre cómo sería besarte.

Mia Sheridan