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La discoteca de Gógol

6.5

Una distopía entre el realismo mágico y la mejor tradición de Bulgákov. En un universo paralelo y futuro, en Estonia se ha prohibido el idioma nativo y la población ha sido deportada tras la invasión del zar ruso. Nikolái Gógol resucita y desata el caos fantasmagórico en el hasta entonces subyugado pueblecito de Viljandi. Un desfile de bohemios, libreros, beatniks y seguidores del mesías Gógol intentan escribir unos nuevos evangelios a pesar de los esfuerzos de la policía secreta del régimen del zar por detenerlos y recluirlos en psiquiátricos. Grotesca, erudita, psicodélica, hilarante y onírica, esta es la parábola de una pequeña nación condenada por su gigante vecino a morir en la cuneta de la historia. Pero el apocalipsis de Gógol no ha hecho más que empezar. En La discoteca de Gógol, Matsin mezcla la literatura, la historia y la distopía para ofrecer una reflexión sobre el encaje de las nacionalidades, los idiomas, las identidades y el pasado en el caleidoscopio que es Europa. 

Obra ganadora del Premio de Literatura de la Unión Europea

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La discoteca de Gógol: opinión de una obra surrealista con una narrativa diferente
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¡No hay personas más despistadas ni más negligentes que las que asisten a los entierros de los difuntitos! Vamos, que a los dolientes y plañideros todo quisque les da gato por liebre: primero los vendedores de ataúdes y los sepulturerosm y luego los viejos que tocan la tuba, que, embriagados por los efluvios de agua de colonia, reclaman sus emolumentos con machaconería. ¡Los muy lerdos apoquinan! ¡Lloran y pagan!


—El amor puede contemplarse desde el punto de vista neoplatónico y desde el cristiano; en el primer caso es energía erótica y base creativa, es decir, Eros, una emoción privada; en el segundo, por el contrario, es la lucha contra el pecado, es amor/sufrimiento/ascetistmo.

Un rollo de papel pasó rodando por el suelo junto a Arkasha. Guksh lo rechazó de una patada. Se oyeron unas risitas que venían del retrete.


Más tarde, cuando ya estaba entrando en calor junto al horno de leña, entendió de golpe que la habitación de medio pelo donde vivía, con su lecho y su aguamanil, acabaría alquilada a otro tipo igual de desgraciado que él, en el plazo máximo de una semana y sin emociones por medio.


Los pantalones hechos andrajos, las sandalias más baratas, y reconocible por un curioso olor a gas pegado a la ropa que debía de proceder de un recóndito horno de leña averiado en Kantreküla, esa fea y lóbrega barriada del extrarradio donde el ambiente está perpetuamente gris por el humazo de las rústicas chimeneas. Y, con todo. ¿no había en los rasgos faciales del joven un aire inaprensible, pero inconfundiblemente aristocrático, irónico, soberbio?


Paavo Matsin