Para Esther y Fanya, de seis años, el hervidero que son las calles del Lower East Side neoyorquino alrededor de 1910 es a la vez un espacio de recreo fascinante y un lugar en el que las lecciones de la vida se aprenden rápidamente y a menudo con crueldad. Con dibujos que capturan tanto el tumulto como el detalle de la vida en las calles, Intimidades nos cuenta la historia de estas hermanas: dos niñas curiosas que absorben los sonidos e imágenes de un vecindario de inmigrantes luchadores; adolescentes que dan sus primeros pasos en el ancho mundo (Esther trabajando para una mujer que regenta un teatro de variedades y un burdel, Fanya para una obstetra que también realiza abortos ilegales), y, finalmente, adultas que pelean por su porción del sueño americano, en el que la diferencia entre apenas sobrevivir y tener un éxito triunfal implica, para ambas, la toma de decisiones dolorosas que tendrán inevitables repercusiones trágicas.
Es cierto que, personalmente, hubiera preferido que la traducción de los términos yiddish estuvieran anotados en los piés de página y no en un glosario al final de la obra. La cantidad de nuevo vocabulario que incluye te obliga a menudo a tener que interrumpir la lectura para buscar por orden alfabético el resultado, y el impacto al ver que la madre está llamando “putas” a todas las mujeres del mundo queda un poco diluido.
Pero sea como sea, es una obra genial que no podía estirar durante más tiempo antes de opinar sobre ella. No creo que nunca olvide Intimidades y es, sin duda, una de las mejores obras que he tenido el placer de leer este 2019.