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El saqueo de Roma

9

Año 394 d. C.

Los godos han vuelto a ser traicionados por Roma. Diez mil de sus mejores guerreros yacen muertos a orillas del río Frígido, sacrificados sin escrúpulos como fuerza de choque por el emperador Teodosio en su lucha contra el magister militum franco, Arbogastes. Los godos vuelven a convertirse en un pueblo errante que parece condenado a diluirse en la historia. Será un joven caudillo, Alarico, el que tome el testigo de aquellos que le precedieron en busca de unas tierras en las que asentarse.
Un lema cobra vida entre los godos: Ad ultionem. «Hacia la venganza». Y dieciséis años después, ocurre lo inimaginable: los bárbaros de Alarico asedian la ciudad de Roma, amenazando con saquearla y destruirla. El Imperio se desmorona.
Intrigas políticas, amor y guerra se dan cita en esta apasionante novela que traza con maestría uno de los períodos más convulsos y significativos de la historia universal.

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El saqueo de Roma, opinión de un libro que narra la venganza del rey Alarico
El saqueo de Roma, opinión de un libro que narra la venganza del rey Alarico
Días después, envuelto en el jocoso griterío de los ciudadanos de Milán, Estilicón entraba victorioso en la ciudad a la cabeza de las tropas que habían vuelto de África.

Mientras tanto, en un tranquilo recodo del río Po, un pastor encontraba, entre el fango y a merced de la corriente, el cuerpo hinchado y azul, moteado de picotazos de peces, de un hombre ahogado, un joven de piel tostada que aún llevaba encima su pesada y rica cota de malla.

¿Dudó Alarico? Un instante. Un mínimo latido.

—Vamos allá —dijo, y espoleó a Magog.

Quería ser el primero en cruzar el río. El primer hombre, del primer ejército extranjero que cometía la osadía y el sacrilegio de pisar el sagrado solar de Italia desde hacía siglos.

—En ese caso, prométeme una cosa. —El romano volvió a asentir—. Vuelve a casa y cuenta lo que ha ocurrido aquí hoy. No te ahorres detalle. Habla del miedo que pasaste, cuenta que un puñado de godos derrotaron a mil romanos y di que el mismo Alarico te perdonó la vida.

—Te adoran —dijo Estilicón, alzando la voz para superar el incesante griterío.

—No te engañes, amigo mío. Lo que adoran es la victoria y el espectáculo —dijo el emperador sin dejar de sonreír—. Si hubiera ganado el usurpador, le dispensarían el mismo recibimiento.

Pedro Santamaría