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Dulce limón

Editorial: Éride Ediciones
7.5
Dulce Limón no es un libro de relatos de amor; no lo es de relatos de superación ni de autoayuda; no es un libro pedagógico, educativo, de temática infantil ni de cuentos con final feliz. Dulce Limón nace de una imperiosa necesidad de gritarle al mundo con susurros bajitos, pero muy profundos, que cuantas barreras nos ponga por delante serán derribadas con nuestra ilusión, nuestra lucha, nuestras ganas y nuestro esfuerzo. Cada uno de los textos de este libro están brindados a alguien, a algo, a un sentimiento, a un colectivo, a una sensación. Dulce Limón es, en definitiva, un canto a la libertad y un arma que no dispara, que no corta, que no sabe herir, sino que se ha de empuñar como pincel con el que dibujar cada día la sonrisa con la que encarar la vida. Las láminas que acompañan este compendio de relatos, han sido dibujadas, pintadas, ideadas y creadas por el amor y el enorme talento de personas con discapacidad intelectual y/o enfermedad mental que se plantan a diario ante lienzos y papeles en blanco, maderas, cartones o plásticos, y dejan fluir su rico mundo interior a través de sus manos. Personas que no miran al mundo con los ojos, sino con el corazón.

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Dulce limón es un libro de relatos que te llegará al corazón
Dulce limón es un libro de relatos que te llegará al corazón
Sí, su vida había sido hasta ese momento un error, un apasionante error. Apasionante por sus enormes dimensiones, por su profundidad, por ser constante y perpetuo. Había errado en cada paso, pisando donde no debía, junto a quien no le convenía y hacia la dirección opuesta la que el destino había marcado para él.

Me entrego. Me entrego como el soldado acorralado que no tiene más remedio y para quien la guerra acaba en este mismo momento. El enemigo, que en esta batalla eres tú, ha vencido. Deseo que me hagas prisionero, que me mantengas cautivo y que me ates a tu pecho. No quiero sentirme lejos de él ni siquiera por un instante.

Claudico ante tu alma pura y limpia como una sábana blanca al sol. He sucumbido a tus ochocientos treinta y un encantos, sometiéndome sin miedo. Tiro mis armas al suelo y las alejo de una patada.

Miguel Ángel San Juan