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NOTA: 7

Nagomi, de Ken Mogi: reseña del arte japonés del equilibrio y la alegría de vivir

La Insomne
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Escritora consumada, concept artist en ciernes y adicta al trabajo. Do...


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Imágen destacada - Nagomi, de Ken Mogi: reseña del arte japonés del equilibrio y la alegría de vivir

Los japoneses tienen una palabra para cuando dejas de estar en guerra contigo misma: nagomi. ¿Cuántos libros de bienestar te han dicho ya que te levantes antes, hagas más y seas tu mejor versión… cuando lo único que querías era dejar de pelearte contigo? Nagomi va justo en la dirección contraria: la idea japonesa de hacer las paces con quién eres y con el lugar que ocupas.

Y quien nos lo cuenta no es un gurú del wellness aleatorio, sino Ken Mogi: neurocientífico, escritor y rostro televisivo en Japón, el mismo que conquistó las librerías de todo el mundo con su superventas Ikigai esencial. De esta forma, Mogi coloca el nagomi por encima de todas esas palabras que Occidente colecciona como talismanes (ikigai, wabi-sabi, kintsugi…) colocándolo como el concepto madre que aglutina el resto.

Y es que Nagomi es un concepto complicado para el lector occidental, porque no promete hacernos felices sino que ayuda a equilibrar lo bueno y lo malo para salir más resilientes de los golpes que, inevitablemente, nos sobrevienen a todos.

Para demostrarlo, Mogi despliega el concepto capítulo a capítulo (tras una primera parada introductoria) por los alimentos, el yo, las relaciones, la salud, el aprendizaje, la creatividad, la vida, la sociedad y la naturaleza. De ahí que por sus páginas desfilen al igual que un tren imperial el cine de Ozu, las costumbres culinarias de Kioto, la reconstrucción milenaria del santuario de Ise o un Bob Dylan octogenario.

¿Quieres saber más sobre el concepto y lo que aporta este libro? Pues sigue leyendo.

Cómo se divide Nagomi: diez capítulos y un glosario en apenas 192 páginas

Lo primero que sorprende al abrir Nagomi es lo poco que abulta. Es un librito de apenas 192 páginas que se lee en una tarde y que, aun así, se propone explicarte una cultura entera. Ken Mogi lo reparte en una introducción al concepto de Nagomi, diez capítulos explicativos donde se basa en alguna categoría como alimentación, entretenimiento, el teatro, etc. y una conclusión, rematados por un glosario final donde puedes consultar los términos en japonés como hatsumoude (la palabra para describir la primera visita a un santuario sintoísta el día de Año Nuevo), izakaya (taberna japonesa) o onsenyoku (baño en las aguas termales).

A partir de ahí, Ken Mogi abre círculos concéntricos que van de lo más específico, que es la gastronomía, al cosmos. Empieza por lo más tangible: el nagomi de la mesa, desde su kaiseki (la alta cocina japonesa de la ceremonia del té, donde el equilibrio entre ingredientes lo es todo) hasta la humilde gyoza china reconvertida en manjar japonés; y se aleja hacia terrenos cada vez más resbaladizos: el yo (con ese sorprendente culto japonés al anonimato, del que participan lo mismo los foros de 4chan que los actores de doblaje de anime), las relaciones (donde brilla el rakugo, el teatro cómico de un solo narrador que hace todas las voces), la salud, el aprendizaje, la creatividad (de Osamu Tezuka, el «dios del manga», al karaoke), la vida, la sociedad y, para cerrar, la naturaleza, con ese satoyama (la linde donde se tocan el campo cultivado y el monte) que Miyazaki inmortalizó en Mi vecino Totoro. Son nueve terrenos, nueve maneras de aplicar la misma idea: buscar el equilibrio entre elementos que, a priori, no pegan.

Cada capítulo es un compartimento pequeño, con su sabor propio (una anécdota, un término difícilmente traducible al español, o un ejemplo histórico o cultural), y todos ordenados alrededor del nagomi que lo unifica todo.

No esperes un tratado exhaustivo lleno de filosofía elevada japonesa. El Nagomi precisamente te ayuda a soltar el control, realizar una degustación de diferentes temas y, por tanto, encontrar tu propio equilibrio sin llenarse de los típicos ejemplos reales que pueblan los libros de autoayuda, sin testimonios de clientes satisfechos ni estadísticas mágicas. Es, simplemente, la capacidad que tiene el autor de trasladarnos parte de la filosofía que impregna el sentir japonés.

TODO
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Origen y concepto: ¿Qué significa realmente Nagomi?

La idea de Nagomi bebe enormemente de la influencia del mujo: un concepto budista sobre la impermanencia y la futilidad de aferrarse a las cosas. Así, el concepto envuelve de forma elevada y filosófica una expresión que vi continuamente retratada en la obra Shogun: shikata ga nai (仕方がない) o «no hay remedio». Lejos de plantearlo como una rendición ante la vida, la filosofía japonesa sobre la que se sustenta plantea la necesidad de soltar el control sobre aquello que se escapa totalmente de nuestra responsabilidad. Y esta es, en mi opinión, la idea que subyace por debajo del texto y que hace que la obra encaje tan bien con la gente que adolece de ser demasiado autoexigente y perfeccionista.

Sin embargo, es importante que, tal y como nos detalla el autor, no perdamos el foco sobre el origen del nagomi. Y es que todo arranca de un solo ideograma: 和 (wa), que significa armonía y que los propios japoneses acabaron adoptando para nombrarse a sí mismos (de ahí que su cocina sea washoku o su ropa tradicional wafuku). Ken Mogi rastrea ese wa hasta la Constitución de los Diecisiete Artículos que el príncipe Shotoku promulgó en el año 604, el primer código legal del país, cuyo artículo primero abre proclamando, literalmente, que la armonía ha de valorarse por encima de todas las cosas.

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¿Qué es nagomi? A grandes rasgos, significa equilibrio, comodidad y paz en el corazón y en la mente. El nagomi puede referirse a la relación con el entorno o a la calidad de la comunicación con otras personas. El nagomi puede referirse a una mezcla bien equilibrada de ingredientes, como en el caso de la cocina.

Para ello, el libro de Ken Mogi se apoya de términos como wabi sabi (la belleza ante la imperfección de las cosas) o mono no aware (la emoción frente a lo efímero) de forma que la impermanencia deje de vivirse como una amenaza y pase a entenderse como una fuente de belleza: si nada permanece, más vale aprender a saborearlo antes de que se marche.

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Una introducción optimista a la civilización japonesa y su filosofía

Ken Mogi decide partir de una imagen de Japón como cuna de la armonía: una civilización capaz de recibir influencias exteriores, mezclarlas con sus propias tradiciones y encontrar entre todas ellas un equilibrio fértil. Ya lo dice él mismo en el prólogo cuando afirma que «Japón ha estado tradicionalmente abierto a las influencias del mundo exterior»: una verdad que, como casi todo lo que tiene que ver con la historia y la identidad de un país, admite muchos más matices de los que caben en un libro de apenas 192 páginas.

Esto se percibe por ejemplo cuando nos habla del gaman, un concepto vinculado al autocontrol, la perseverancia y la capacidad de soportar las dificultades sin molestar a los demás. Mogi lo relaciona con el budismo zen y con los valores de la clase samurái, pero rápidamente lo traslada al presente hasta convertirlo en una posible «ética del siglo XXI». Para explicarlo, llega incluso a imaginar a los tripulantes de una nave espacial practicando el gaman durante un largo viaje a Marte: controlando sus necesidades, adaptándose a la convivencia y evitando consumir más recursos de los imprescindibles.

El ejemplo es efectivo y transmite bien la utilidad del concepto, pero también muestra la manera en la que funciona todo el libro. Allí donde nuestro ojo occidental podría ver una represión del sufrimiento, Mogi encuentra resiliencia; donde otros podrían señalar la dificultad de pedir ayuda o expresar las emociones, él destaca la capacidad de convivir sin cargar a los demás con nuestros problemas. No niega necesariamente la otra cara del gaman, pero tampoco habla de los problemas del sobreesfuerzo o la sobreexigencia que tanto daño hacen dentro de la sociedad japonesa.

Algo parecido sucede con el concepto del anonimato que eleva y al que dedica buena parte del capítulo sobre el nagomi del yo. Mogi recorre los tablones anónimos como 2chan y 4chan, los compositores de Vocaloid que ocultan su identidad, los actores de doblaje, los poemas de autor desconocido e incluso el origen anónimo de la letra del himno nacional japonés para defender una idea fascinante: que el creador puede expresarse plenamente solo cuando lo hace desde el anonimato. O por ejemplo cuando habla sobre las reuniones de nomikai (reunión para beber alcohol y cenar con tu jefe y compañeros tras el trabajo) en un izakaya. Para él, estas reuniones representan uno de los grandes espacios de liberación de los empleados japoneses: un lugar donde pueden beber, quejarse de sus jefes, compartir sus preocupaciones y mostrar ante sus compañeros una vulnerabilidad que difícilmente enseñarían durante el horario laboral, pero sin indagar en el hecho de que para muchos trabajadores supone una invitación que no pueden rechazar sin ofender a sus superiores cuando ellos solo quieren volver a casa.

Mogi no intenta vendernos un Japón perfecto, pero sí un Japón cuidadosamente colocado bajo su mejor luz. Un país donde el autocontrol se convierte en fortaleza, el anonimato en libertad creativa, las reuniones laborales en espacios de intimidad y la evitación de la confrontación en una herramienta para preservar los vínculos. Y esa mirada, aunque incompleta, encaja con el propósito de una obra que no busca explicar Japón en toda su complejidad, sino utilizar algunas de sus costumbres para enseñarnos a convivir mejor con nuestras propias contradicciones.

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El nagomi también se come: historias gastronómicas para entender Japón

El primer capítulo del libro es fascinante y extravagante a partes iguales: y es que aborda el tema gastronómico para explicar el concepto de nagomi. Y tengo que confesar que esta parte es, sin ninguna duda, una de mis favoritas de todo el libro. Soy una auténtica forofa de las historias gastronómicas (y, si además son japonesas, todavía más como en Los misterios de la taberna Kamogawa), así que disfruté muchísimo recorriendo con Mogi el kaiseki, las cajas bento, las estaciones de los ingredientes o el kounaichōmi (la costumbre de alternar arroz y acompañamientos para terminar de cocinar los sabores dentro de la boca). De hecho, me gustó tanto este capítulo que acabé dedicándole incluso un carrusel en mi Instagram.

Y es que la comida sirve como una de las metáforas más claras de todo el libro. En la cocina japonesa, el equilibrio nace de conseguir que cada uno conserve su sabor mientras encuentra una relación armoniosa con los demás. El arroz actúa como un centro discreto alrededor del que orbitan los okazu; el kaiseki reúne colores, texturas y productos de temporada; y platos como el ramen o el katsu curry muestran cómo Japón ha absorbido influencias extranjeras para transformarlas en algo completamente propio.

Todo esto se rodea y salpica de maravillosas anécdotas y curiosidades personales, como en la que Mogi discute con una pareja china sobre si resulta aceptable comer gyozas acompañadas de arroz. Para ellos, hacerlo es casi un sacrilegio; para él, mojar una gyoza crujiente en salsa de soja picante y combinarla con arroz blanco es una auténtica maravilla. Más allá de lo gracioso del intercambio, la historia resume perfectamente el nagomi gastronómico: un mismo alimento puede abandonar su contexto original, adaptarse a nuevas costumbres y encontrar otra forma de encajar sin dejar de ser reconocible.

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El nagomi de aceptar que las personas y las relaciones cambian

Uno de los puntos que aborda el libro y que me resultó realmente ilustrativo es cómo aborda la idea de que la armonía no se plantea como un estado inmóvil al que llegas y en el que permaneces para siempre, sino como un equilibrio que debe reajustarse continuamente a medida que tú, las personas que te rodean y las circunstancias de vuestra vida cambian.

Para explicarlo, Ken Mogi recurre al shakkei o «paisaje prestado», una técnica de jardinería japonesa en la que el diseñador incorpora al jardín aquello que ya estaba allí: una montaña, un castillo, un río o cualquier elemento del paisaje que no puede mover ni modificar. En lugar de combatirlo, construye contando con su presencia. Y algo parecido propone el autor para nuestras relaciones: no deberíamos intentar transformar a las personas que amamos hasta que encajen perfectamente en el jardín que habíamos imaginado, sino aprender a convivir con sus diferencias y permitir que su presencia modifique también nuestra propia forma de ocupar el espacio.

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La única permanencia en este mundo es el cambio. El camino del nagomi reconoce que las cosas pueden ser complejas y nos muestra que tenemos que ser complacientes con la ambigüedad, el malestar y los demás altibajos que puede traer la vida.

Esto no significa que el nagomi nos obligue a estar de acuerdo en todo. De hecho, Mogi insiste en que preservar el vínculo puede ser más importante que ganar una discusión. A través del concepto de en 縁 (esa red de encuentros, relaciones y casualidades que nos conecta con los demás), el autor plantea que las diferencias pueden negociarse, integrarse o, en ocasiones, dejarse reposar para evitar que destruyan algo mucho más valioso.

Y esta aceptación del cambio se extiende también a la propia vida. Mogi recupera el concepto de tokowaka, «siempre joven», no para defender una juventud congelada ni una lucha desesperada contra el envejecimiento, sino para explicar que algo puede mantenerse vivo precisamente porque se transforma. Así, pone por ejemplo el santuario de Ise, reconstruido cada veinte años desde hace siglos, que continúa siendo el mismo aunque la madera de su estructura se sustituya una y otra vez. Las relaciones sobreviven no porque permanezcan intactas, sino porque encuentran nuevas formas de sostenerse.

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Según la filosofía del tokowaka, para mantenerse siempre joven hay que dejarse llevar y aceptar —incluso dar la bienvenida— a los cambios. De hecho, el tokowaka es un proceso en el que se establece un nagomi con el envejecimiento.

Quizá esa sea una de las enseñanzas más útiles de la obra: hacer las paces no significa obligar a las cosas a quedarse como estaban, sino aceptar que seguirán cambiando y encontrar, dentro de ese movimiento, una nueva manera de permanecer juntos.

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