Escritora consumada, concept artist en ciernes y adicta al trabajo. Do...
¿Y si la inesperada y del todo desgarradora muerte de tu marido fuera solo el punto de partida para solucionar un caso que lleva veinte años volviendo locos a los gendarmes de la zona? La novela de Marceau Miller, escrita por el propio Marceau Miller, es una novela negra que nos permite encarnar la figura de Sarah, viuda de un famoso novelista de obras de misterio, que descubre en el cuerpo precipitado de su marido ante una montaña, un claro indicio de homicidio.
A través de una narración donde vamos saltando entre el punto de vista de Sarah, la protagonista; y de Karen, su mejor amiga y amante del difunto, se irá desentrañando una trama que retrotraerá a los personajes a un caso cuya resolución lleva esquivando la mente de los más brillantes gendarmes de la zona: la desaparición de Jane, la hermana de Marceau, hace veinte años en el bosque.
La novela de Marceau Miller: argumento de la obra
Marceau Miller le había prometido a su mujer, Sarah, que no volvería a escalar las montañas que rodean el Leman sin seguridad. Y es, sin duda, una promesa lógica. Al fin y al cabo ¿quién pondría en peligro la vida llena de comodidades que le ofrecen los derechos de sus obras literarias, convertidas siempre en éxitos, pasando sus días al lado de su mujer y de sus dos hijos?
Sin embargo, esa mañana rompió su promesa y se precipió al vacío desde 200 metros de altura. Y por mucho que Alexis y Rollin, sus dos mejores amigos; o Karen, su socia, intenten animarla, Sarah se ha convertido en una fuerza de la destrucción obsesionada con una única verdad: que su marido no se cayó, fue asesinado.
A partir de ese momento, La novela de Marceau Miller nos muestra cómo Sarah va perdiendo el centro en su vida mientras busca la verdad que su marido dejó para ella escondido en manuscrito secreto.
Una historia de duelo en pleno paisaje arrebatador.
Hay un personaje en La novela de Marceau Miller que no dice una sola palabra y al que, sin embargo, no puedes dejar de mirar: el lago Lemán, ese enorme espejo azul que se tiende perezoso entre Suiza y Francia como si llevara siglos guardando secretos que nadie ha tenido el valor de preguntarle. Y es que el autor construye alrededor de este lago y del bosque que lo abraza una relación casi simbiótica con cada uno de los personajes de la obra que va mucho más allá del decorado. Marceau Miller, el difunto novelista cuya muerte desencadena toda la trama, sobrevolaba el Lemán en avioneta, buceaba en sus profundidades con la misma devoción con la que otros rezan, y escalaba sin fijaciones las montañas que lo rodean, entregándose a la roca con los brazos abiertos como si la naturaleza fuera lo único que jamás le había pedido nada a cambio. Es precisamente esa entrega total, esa negativa a poner distancia entre su cuerpo y el mundo, lo que lo mata. Y también, de alguna manera retorcida y hermosa, lo que mantiene viva a Sarah, su viuda: cuando las emociones la sobrepasan y la razón le falla, no hay terapia ni palabra que la sostenga, solo el agua fría del muelle, el cuerpo empapado, la respiración honda. El lago que se lo llevó es también el único lugar donde encontrar algo parecido a la paz.
Un duelo hecho de furia y de rastreo.
Hay algo que La novela de Marceau Miller consigue con una precisión quirúrgica y que cuesta sacudirse de encima una vez que lo ves: el modo en que todo el mundo trata a Sara como si fuera una pieza decorativa dentro del duelo de su propio marido. La novela construye su mirada a través de dos voces femeninas en primera persona: la de Sara, que carga con el peso principal de la narración, y la de Karen, su mejor amiga, que aparece de forma más puntual pero cuya perspectiva resulta igual de necesaria para entender la historia completa. Esta elección narrativa no es inocente: que sean precisamente estas dos mujeres las que nos cuenten lo que ocurre dice mucho sobre dónde quiere el autor o autora —porque la identidad detrás del seudónimo Marceau Miller sigue siendo una incógnita— que pongamos los ojos.
Y lo que vemos es el retrato de una mujer a la que sistemáticamente se le niega el derecho a ser tomada en serio. Ya desde las primeras páginas comprendemos que Sara no es más que la sombra de la genialidad de su marido de la que se espera que supedite sus necesidades afectivas al proceso creativo de Marceau Miller. Debe ocuparse de los niños, tolerar del todo sus excentricidades y organizar fiestas a las que asiste un editor que ni se molesta en saludarla mientras le arrebata los canapés de las manos sin quejarse. Al fin y al cabo, ha tenido suerte: es la mujer de un autor famoso.
Tras su muerte, Sara será gaslighteada continuamente por el inspector Delmás todas y cada una de las veces que acude con una pista nueva, obsesinados con que si miran hacia otro lado, el problema desaparecerá solo. Huelga decir que este comportamiento solo sirve para desquiciar todavía más a una mujer que se encuentra en negación completa y que desatiende su vida, sus hijos y su propio autocuidado en la desesperada búsqueda de respuestas. Su frenetismo que hace que no se alimente, se duche, duerma o descanse ni un segundo, impulsan la narración y le dan a la trama una sensación cinematográfica que contribuye mucho a que puedas leerte la novela de un par de sentadas.
Karen y Sara: dos formas de sobrevivir al mismo derrumbe
Uno de los grandes aciertos de La novela de Marceau Miller es que no se conforma con mostrarnos el duelo desde un único ángulo. La editorial Maeva Noir ha tenido además el detalle de cambiar la tipografía según qué protagonista narra, un gesto aparentemente pequeño que ayuda enormemente a que el cambio de perspectiva se sienta como lo que es: dos mujeres que viven la misma tormenta desde orillas completamente distintas.
Porque el mundo no se detiene cuando muere alguien. Las facturas siguen llegando, los correos se acumulan, los niños necesitan ser recogidos del colegio. La novela habla con una honestidad poco común sobre lo que significa intentar mantenerse a flote profesional y personalmente en medio del duelo, y sobre cómo todo eso se desmorona con una velocidad aterradora si no cuentas con una red de seguridad real a tu alrededor. Sara no la tiene, o no de la forma que necesita. Karen sí es esa red: gestiona lo que Sara no puede gestionar, aparece donde hace falta, sostiene lo que está a punto de caerse. Y encima, se nos dice literalmente, le sobra tiempo para ir vestida de punta en blanco.
Ahí es donde la novela clava el dedo en una llaga muy concreta. Ese fenómeno de la Wonder Woman, esa mujer que llega a todo, que no se despeina, que produce y cuida y acompaña y aun así tiene buen aspecto, genera en la lectora una incomodidad reconocible e incómoda: la de verse reflejada no en Karen, sino en Sara. En esa Sara que no se alimenta, que no duerme, que se culpa de ser mala madre simplemente por no alcanzar unos cánones que son, de entrada, imposibles de cumplir. El libro no la juzga. Te invita a que tampoco lo hagas tú.
Marceau Miller: cobarde, brillante y letal incluso después de muerto
Hay algo profundamente perturbador en la figura de Marceau Miller que la novela va destilando con cuentagotas y que no terminas de procesar hasta que llevas un buen trecho de lectura: y es el hecho de que este hombre llevaba años sabiendo la verdad sobre la desaparición de Jade, algo que habría cambiado la vida de las personas que tenía más cerca, y eligió no decir nada. No por cobardía puntual, sino de forma sostenida, deliberada a lo largo de toda su vida. Y sin embargo, en algún momento decidió que no podía llevárselo del todo consigo, y escribió un manuscrito.
El arranque de la investigación de Sara tiene algo de thriller clásico con un giro de tuerca muy particular: una carta. No solo para ella, sino también para los dos amigos de Marceau que de alguna manera estuvieron presentes en el drama que la novela lleva veinte años enterrado. En esa carta, Marceau confiesa haber cargado durante años con el secreto de la desaparición de su hermana Jade, un peso que según sus propias palabras lo estaba carcomiendo por dentro. Y revela que escribió la verdad. Que existe un manuscrito. Que está en una caja de seguridad en el banco, junto a una cantidad de dinero cuyo origen Sara desconoce por completo y que abre, de golpe, un nuevo agujero en la historia que creía conocer de su marido.
Que la carta llegue simultáneamente a Sara y a los amigos no es un detalle menor. Marceau sabía exactamente lo que hacía: estaba convocando a todos los implicados al mismo tiempo, forzando una situación que en vida nunca tuvo el valor de provocar. Cuando Sara llega al banco, el manuscrito no está. Y es en ese momento cuando la búsqueda se convierte en algo mucho más oscuro que el simple duelo.
Porque dejar el manuscrito escondido para que Sara lo encontrara —si es que lo encontraba— es uno de los gestos más manipuladores que puede hacer una persona. Le traspasa la carga. Convierte su duelo en una búsqueda. La arrastra hacia un pasado que ella desconocía por completo sin darle ninguna de las herramientas para procesarlo. Marceau Miller no era un hombre que buscara la redención ni el perdón: era alguien que necesitaba que la verdad existiera en algún formato, que quedara constancia de que él lo sabía, pero sin asumir el coste de decirlo en voz alta.
Y mientras Sara busca ese manuscrito, la sombra de Jade, la hermana desaparecida hace veinte años, empieza a crecer dentro de la trama hasta ocuparlo todo. Ese caso sin resolver que tiene en vilo a Reynaud, el gendarme retirado que se convierte en el único aliado real de Sara, no es un hilo secundario: es el corazón de la novela. Todo lleva a Jade. Todo lleva a lo que nadie quiso ver en su momento. Y en el centro de ese todo, Marceau Miller: cobarde, brillante y letal incluso después de muerto.
Un thriller que avanza a golpes y se lee en dos tardes
La novela de Marceau Miller no es una novela negra para quienes disfrutan desentrañando el misterio pieza por pieza, tomándose su tiempo, construyendo teorías. Se parece, más que eso, a la típica película de Netflix de un domingo por la tarde: ágil, entretenida, que no para quieta ni un segundo y que no te pide demasiado esfuerzo a cambio. La investigación avanza impulsada por la obsesión y el frenetismo de Sara más que por una lógica deductiva construida con paciencia.
Dicho esto, hay algo en la arquitectura del misterio que sí funciona muy bien, y es que el verdadero motor de la lectura no es tanto saber quién mató a Marceau Miller sino ir descubriendo quién era realmente ese hombre. Porque entre el novelista amoroso y algo excéntrico que Sara recuerda en los primeros capítulos y el hombre que emerge conforme avanza la trama hay una distancia considerable, y es esa distancia, esa sensación de que el suelo se mueve bajo los pies de Sara y bajo los tuyos, lo que te mantiene leyendo hasta el final. El asesino, cuando aparece, no es una gran sorpresa. Los secretos que lo rodean, sí.
El juego metaficcional: una promesa que se queda a medias
Que la novela se llame La novela de Marceau Miller y esté supuestamente escrita por el propio Marceau Miller es, sobre el papel, un truco narrativo con muchísimo potencial. La propia editorial la presenta como una obra que te desafía como lectora, y hay algo innegablemente seductor en esa promesa: ¿quién está contando realmente esta historia? ¿Hasta qué punto podemos fiarnos de lo que nos cuentan Sara y Karen si todo esto, en teoría, lo escribió él?
El problema es que la novela no termina de explotar ese filón. El juego metaficcional está ahí, flota sobre toda la obra como una ironía elegante, pero no se desarrolla con la profundidad que podría. Al final, lo que te engancha no es la arquitectura narrativa sino algo mucho más primario: las ganas de saber qué secretos esconde ese hombre, qué hay detrás de esa fachada de escritor exitoso y marido aparentemente devoto. Y eso, siendo honesta, es suficiente para pasárselo bien. Simplemente no es exactamente lo que prometía la etiqueta.
Mi opinión sobre La novela de Marceau Miller
La novela de Marceau Miller no es un libro que vaya a instalarse para siempre en tu cabeza ni a hacerte ver el mundo de otra manera. Y está bien que no lo sea. Es una novela de una sola tarde: ágil, sencilla, con un lenguaje tan accesible que entra solo y una trama que no te suelta hasta que la has terminado. De esas que coges a las cuatro y dejas en la mesilla a las nueve con una sensación de haber pasado un buen rato sin que te haya costado nada.
Lo que más me ha gustado, y creo que es donde la novela brilla de verdad, son las descripciones de la naturaleza. El Lemán, el bosque y las montañas están perfectamente integradas con la trama: nada de eso se hace pesado ni gratuito, todo encaja y todo suma. Es, asimismo, una de esas novelas que le puedes recomendar a cualquiera, incluidas las personas que no tienen el hábito de leer o que se intimidan fácilmente con la ficción. No exige nada previo, no marea con tramas imposibles de seguir y tiene el ritmo justo para no aburrirte y eso, a veces, es todo lo que necesitas.


¿Te gusta momoko? Considera 
Deja un comentario
Kinishinaide! No publicaremos tu email ni te spamearemos sin tu permiso