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La duquesa bastarda: una novela gótica en la Castilla de 1275

La Insomne
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Escritora consumada, concept artist en ciernes y adicta al trabajo. Do...


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Imágen destacada - La duquesa bastarda: una novela gótica en la Castilla de 1275

Hay un subgénero, dentro de la novela histórica que no necesita presentación porque ya lo hemos leído mil veces: la joven extranjera que llega a un castillo frío, sin saber el idioma, totalmente sola y sin aliados, para descubrir que la sombra de la esposa muerta del dueño de la casa todavía no ha terminado de disolverse en las paredes. Desde la Rebecca de Daphne du Maurier hasta la última heroína gótica de turno, esa habitación cerrada con llave es uno de los muebles más fiables de la literatura, y Andrea D. Morales lo coloca, sin disimulo alguno, en el centro mismo de La duquesa bastarda (Ediciones B, 2026).

La novela supone, además, un movimiento novedoso en la trayectoria de la autora sevillana, que tras consagrarse con sus retratos de al-Ándalus —La última sultana, La biblioteca de Córdoba y La dama de la judería— deja atrás Sevilla, Córdoba y Granada para instalarse en la Castilla de Alfonso X e importar, de paso, a su protagonista desde la refinada corte francesa para vivir una atribuladísima historia de amor. Y es que habrá quienes consideren que la pluma de Andrea destaca en las novelas históricas convencionales, cuando yo creo, con toda la fiereza de mi corazón, que su gran talento reposa en las retorcidas historias de amor.

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Argumento de La duquesa bastarda: Castilla, 1275, y un castillo lleno de sombras

Corre el año 1275 cuando Mathilde, hija bastarda de un marqués francés, se casa con don Pedro de Lara, un poderoso duque de Castilla, y cambia la refinada corte francesa por las estancias de piedra de un castillo que le resulta tan ajeno como el idioma que no habla. Apenas instalada, la guerra contra los benimerines reclama al marido y lo arranca de su lado, de modo que la joven se queda sola en una casa que no es la suya, vigilada por la anciana duquesa viuda y por unas sirvientas de lealtad más que turbia.

De pronto, un día, tras una confrontación con su marido, Mathilde descubre que el fantasma de la anterior esposa de don Pedro, doña Beatriz Aguilar, se le ha aparecido al lado de la cama y no ceja en su empeño de perseguirla. Y es que doña Beatriz, con las piernas chorreando sangre y la peste a putrefacción y agua de mayo que la rodea, guarda un terrible secreto que amenaza con desestabilidar la salud mental de la propia Mathilde y el futuro con el que tanto soñó en sus días.

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El contexto histórico de La duquesa bastarda: Alfonso X, los de la Cerda y una Castilla al borde de la guerra civil

Lo interesante es la base sobre el que la autora apoya esta novela del pseudo gótico-medievo-castellano, porque 1275 no es una fecha elegida al azar. Ese verano moría en Villa Real el infante Fernando de la Cerda, primogénito y heredero de Alfonso X, justo cuando marchaba a frenar a los benimerines que habían cruzado el Estrecho, y su muerte abría una de las crisis sucesorias más enconadas de la Castilla medieval: la que enfrentó a los hijos del difunto, los infantes de la Cerda, con el segundo hijo del rey, el infante don Sancho.

El nudo del conflicto era, en el fondo, jurídico, y tiene su gracia que lo desatara el monarca más legislador de cuantos se sentaron en el trono castellano. La costumbre de Castilla era clara: si el heredero moría antes que el rey, la corona pasaba al siguiente hijo varón del monarca, esto es, al infante don Sancho. Pero las Siete Partidas que el propio Alfonso X había promovido introducían un principio de raíz romana que decía justo lo contrario: muerto el heredero, sus derechos no saltaban a su hermano, sino que descendían a sus propios hijos, es decir, a los nietos del rey. Así nos encontraremos con un hervidero donde se enfrentaban por un lado don Sancho, que reclamaba el trono apoyándose en la tradición y en sus méritos bélicos; y del otro, los dos hijos del difunto Fernando de la Cerda, que lo reclamaban amparados en la letra de su abuelo.

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Y aquí es donde el apellido del marido de ficción cobra todo su peso, porque la nobleza tomó partido con la contundencia de quien sabe que se juega el patrimonio: los Lara se inclinaron por los infantes de la Cerda —fue a un Lara, Juan Núñez, a quien el moribundo Fernando confió la tutela de sus hijos—, mientras los Haro de Vizcaya se alineaban con Sancho. Una casa de los Lara en 1275 no era, por tanto, un decorado neutro, sino una familia comprometida con el bando que acabaría perdiendo, algo que carga de electricidad el aislamiento de Mathilde aunque la guerra no cruce jamás el umbral del castillo.

Es fascinante cómo en realidad Andrea D. Morales emplea este contexto para mostrar las dos posturas enfrentadas entre Castilla y Francia, ya que Mathilde, como francesa de cuna, tomará rápidamente partido por Blanca y los hijos de Fernando e intentará involucrarse políticamente para inclinar la balanza por parte de sus falsas aliadas.

Pero lo que convierte este telón de fondo en algo más es que la crisis la protagonizaron, en buena medida, las mujeres. Cuando en 1278 las Cortes de Segovia reconocieron a Sancho como heredero, fue la propia reina Violante —hija de Aragón, hermana de Pedro III— quien huyó a la corte de su hermano llevándose consigo a sus nietos y a la madre de estos, Blanca de Francia, viuda de Fernando de la Cerda e hija de san Luis. Esa Blanca, otra francesa trasplantada a Castilla y atrapada en una guerra dinástica que no eligió, es un espejo histórico tan nítido de la Mathilde de ficción que no extraña encontrarla, también, entre las páginas de la novela.

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Estilo y ritmo de La duquesa bastarda: rápido, fresco y de registro contemporáneo

La duquesa bastarda está dividida en cuatro partes perfectamente diferenciadas. En las primeras donde se nos presenta a Mathilde y sus aspiraciones románticas, la trama avanza a toda velocidad en una suerte de hogar cándido y dulce que me recordó por momentos a la nostalgia que desprende la lectura de Mujercitas de Louisa May Alcott.

Este desenfado se rompe dramáticamente cuando Mathilde llega a la corte de Alfonso X, momento en el que la autora aprovecha para contextualizarnos ampliamente sobre el conflicto dinástico, la posición de los de Lara en este punto, la legimitidad de las pretensiones de Sancho y la precaria posición de Blanca y allegadas. El resultado es un relato partido en realidad en tres partes: dos de ellas de corte de ficción gótica y una con los tobillos profundamente hundidos en la novela histórica más tradicional.

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El elemento gótico en La duquesa bastarda: el fantasma de doña Beatriz y su simbolismo

Bajo el ropaje de la ficción histórica, La duquesa bastarda bebe, en lo más íntimo de su arquitectura, de dos influencias bastante reconocibles.

La primera, y la más evidente, es El retrato de casada, de Maggie O'Farrell, con la que Andrea D. Morales comparte el recurso que abre el libro: ese presagio inaugural en el que la narración rompe la ilusión para adelantarnos, sin disimulo, cómo va a terminar todo, anticipándonos el final, de modo que recorremos el resto de la novela con el desenlace pesándonos ya sobre los hombros.

El otro es al género de la novela gótica de manual con la que recrea el castillo aislado y helado que funciona menos como un escenario y más como un organismo hostil. También queda patente en la introducción del personaje de la recién llegada que no domina ni el idioma ni los códigos de la casa o la primera esposa muerta cuya ausencia se intuye en frases y explosiones de cólera del marido y que se materializa en un fantasma que pone en entredicho la cordura de la protagonista.

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Y es que La duquesa bastarda es rica en metáforas, alegorías y simbolismo medieval, botánico y bíblico velado con el que la autora esconde la conclusión de los acontecimientos de forma secreta. Sin ir más lejos, la aparición de doña Beatriz Aguilar se construye por el olfato y el gusto antes que por la vista. Y es que el fantasma no se limita a aparecer: sabe a miel en la boca y huele a agua de mayo, dos firmas dulces y vitales que conviven con las piernas chorreando sangre y la peste a putrefacción. Este oxímoron sensorial (lo más dulce cosido a lo más corrupto) es, en mi opinión, el hallazgo simbólico del libro. La miel arrastra siglos de connotaciones mortuorias desde que se empleaba como ingrediente principal anticorrupción en la Antigüedad (lo cuenta Heródoto sobre los asirios, sí, pero también cuenta la leyenda que Alejandro Magno reposaba en un sarcófago colmado de miel). De cualquier forma, la miel en los labios de Mathilde podría significar muchísimas cosas…no olvidemos que en clave bíblica está la boca de miel de la mujer que engaña, "cuyos labios destilan panal" pero cuyo final es amargo.

Y es que Beatriz no solo va acompañada del sabor dulce la miel y del sulfuro podrido, sino también de la omnipresente agua de mayo: cosmético famoso en su momento para realzar la belleza, impronta olorosa de su arrebatadora presencia y, al mismo tiempo, un juego de palabras que recuerda al refrán español «esperado como agua de mayo»; quizás precisamente porque es algo tremendamente deseado, asociado en el folclore ibérico a la belleza, la juventud, la fertilidad de los campos y la fecundidad.

Juntando esto con la miel y el agua de mayo, todo el racimo de imágenes apunta a un simbolismo de fertilidad y linaje pervertidos. Al fin y al cabo, Beatriz murió y toda la corte la tomó por yerma: a ella, el verdadero amor de Don Pedro de Lara.

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Otros símbolos y elementos que pueblan La duquesa bastarda

Pero la autora no confía su simbología únicamente al fantasma. El castillo y la obra entera está sembrado de objetos e imágenes que, mirados desde la perspectiva adecuada, funcionan como pequeños presagios.

Uno de los más evidentes es un tapiz que representa a Dafne huyendo y a Apolo persiguiéndola, y que funciona como espejo anticipando la relación entre Mathilde y el duque. Es importante recordar cómo lo narró Ovidio: Apolo, herido por la flecha de oro de Cupido, enloquece de deseo por una ninfa a la que la flecha de plomo ha vuelto esquiva, y la persigue por el bosque a pesar de su rechazo rotundo. Es una evidente metáfora de la obsesión de don Pedro de Lara por Mathilde, a la que encierra por su seguridad y priva de tener una vida propia.

Mathilde no para de comparar a don Pedro con escenas y elementos bíblicos. Por ejemplo, cuando compara al duque de Valdívar con una bestia, y aquí la autora afina más de lo que parece. No se trata de uno de esos monstruos de cuernos, escamas, garras y alas que poblaban los bestiarios medievales, sino de la Bestia del Apocalipsis. Esta imagen del fin de los tiempos narrada por el Apóstol San Juan que encarna la pregunta de quién podría enfrentarse a semejante poder es justamente la que define la indefensión de Mathilde ante su marido.

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Mathilde y las mujeres de La duquesa bastarda: el reverso del poder femenino

En muchas reseñas se ha repetido que La duquesa bastarda retrata el poder que las mujeres ejercían en las sombras del medievo cuando para mí me parece que demuestra justo lo contrario: la estrechez asfixiante de sus opciones que se limitan a escoger entre el convento o un matrimonio asfixiante.

Esto se puede ver en la manera en la que Andrea D. Morales representa a los personajes que rodean y que siempre suponen una ligera amenaza para la propia Mathilde. Salvo Pía, el único lazo de lealtad sincera que la novela le concede, las mujeres que rodean a Mathilde no forman una hermandad basada en la sororidad, sino un cerco. Las criadas la desafían a las primeras de cambio; su propia hermana Aurore, por mucho que la quiera, no esconde los celos que tiene por su matrimonio, porque en este mundo dos mujeres miden su valía comparando la posición y la idoneidad del marido que les ha tocado en suerte; e incluso la marquesa, al no ser su madre natural, tiene vedado mostrarle cariño en público.

Porque el único poder que parecen tener las mujeres aquí oscila siempre entre sus posibilidades totalmente limitadas se apoyan en el sexo o las artes más turbias. El mejor ejemplo es la suegra, una anciana ciega que ha hecho de la victimización un arte de gobierno que desoye las súplicas de una Mathilde que cada vez que se queda más sola. Es muy revelador para mí que la mujer con más poder real del castillo lo ejerza desde la debilidad simulada y la intriga, y no desde una autoridad que el siglo jamás le habría reconocido.

Y en el centro de todo nos encontraremos a, Mathilde, la cual la pobre, en parte debido a su educación y otra debido a su personalidad, permite que todo su entorno la avasalle. Está claro que Andrea D. Morales quiere retratar el carácter adolescente de la propia niña mostrando que es, ante todo, una joven sin rodaje, empeñada en intervenir en una política dinástica que ni comprende ni le incumbe y y que, en cuanto las cosas se tuercen con su marido acaba descargando la culpa en la oportuna maldición de los Lara.

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¿Para quién es La duquesa bastarda? Ficción histórica con toques góticos

La duquesa bastarda es ficción histórica del lado más accesible del género, esa en la que el siglo XIII funciona como atmósfera y decorado mucho más que como reconstrucción. No es para puristas que irán buscando el origen etimológico de los términos o el crecimiento de la planta que decore las tisanas de la duquesa, pero sin duda es disfrutable para el público causal.

Para el que quiera un entretenimiento gótico de atmósfera, una intriga de castillo y fantasma para una tarde de manta y desconexión, sin pedirle a la novela que su heroína gobierne el reino, es perfecta. Es un comfort read de tintes oscuros, agradable de transitar y donde sin duda más de una se preguntará al terminar la lectura si ella, en las mismas condiciones de Mathilde, no habría hecho las cosas de forma diferente…

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