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Indomable: Deja de complacer, empieza a vivir

Editorial: Urano
9

Más de 1 millón de ejemplares vendidos en USA, varias semanas en las listas del New York Times. . La cantante Adele ha hablado mucho en la prensa sobre este libro y cómo la ha ayudado a cambiar. . La publicación del libro ha generado un movimiento global en redes. El nuevo libro de Glenon Doyle, una autora superventas, activista y conocida bloguera que ha revolucionado las redes con una sencilla pregunta: ¿quién eras tú antes de que el mundo te dijera cómo debías ser? A los treinta y nueve años, casada con el padre de sus tres hijos, Glennon Doyle se enamoró de una mujer. Ese día empezó para ella la aventura de volver a escuchar su propia voz, la misma que décadas de imperativos culturales, condicionamientos sociales y adicciones adormecedoras habían silenciado. Íntimo e hilarante, contundente y conmovedor, este libro es la historia del torbellino que Glennon y su familia vivieron cuando conoció a la que hoy es su esposa. Es el testimonio de una mujer que rompió patrones impuestos desde el nacimiento para construir una vida basada en el propio deseo, la intuición y la imaginación. Ante todo, Indomable es un grito de guerra dirigido a todas las mujeres dispuestas a creer en sí mismas lo suficiente como para romper barreras, aceptar sus cuerpos, liberar sus instintos más sinceros y recuperar su yo más auténtico: su naturaleza indomable. «Algunos libros te sacuden por los hombros mientras que otros te roban el corazón. Indomable hace ambas cosas al mismo tiempo: ¡Despierta! ¡Quiérete!» Brené Brown, autora de Más fuerte que nunca «Este libro sacudirá tu cerebro y arrancará un grito a tu alma. Léelo. Practícalo. Vívelo.» Adele «Repleto de fascinantes revelaciones sobre lo que implica ser una mujer hoy.» Reese Witherspoon

Lo más leído del libro

Reseña de Indomable: Deja de complacer comienza a vivir, el libro que te cambiará la vida
Reseña de Indomable: Deja de complacer comienza a vivir, el libro que te cambiará la vida

No nacimos desconfiando de nosotras mismas ni temiéndonos. Eso fue parte de nuestra domesticación. Nos enseñaron a creer que la persona que somos en estado natural es mala y peligrosa. Nos convencieron de que nos temiéramos. De ahí que no honremos nuestros cuerpos, curiosidad, hambre, juicio,experiencia o ambición. En vez de eso encarcelamos a nuestro verdadero yo. Las mujeres que mejor ejecutan ese truco de desaparición reciben la máxima alabanza: es tan abnegada… 
¿Os lo imagináis? El paradigma de la feminidad es renunciar al propio yo por completo. 


Algo no cuadra en mi vida. Me siento inquieta y frustrada. Tengo el pálpito de que todo debería ser más hermoso de lo que es. Imagino sabanas sin verjas que se pierden a lo lejos. Quiero correr, cazar y matar. Quiero dormir bajo un firmamento negro y silencioso tachonado de estrellas. Es todo tan real que puedo paladearlo. 


Miré de frente a mi fe, a mis amistades, mi trabajo, mi sexualidad, mi vida entera y me planteé: ¿qué parte de todo esto fue idea mía? ¿De verdad quiero alguna de estas cosas o me han condicionado para que las quiera? ¿Cuáles de mis creencias he creado yo y cuáles me han sido programados? ¿Cuánto de lo que soy es inherente y cuánto simplemente heredado? ¿En qué medida mi aspecto, mi manera de hablar y mi conducta no son sino el aspecto, la manera de hablar y la conducta que otros me han inculcado? 


Cogí uno de los frascos esbeltos y metálicos de las chicas, de color rosa. En lugar de impartirme órdenes de campaña, ese bote, con letra cursiva y sinuosa, me susurraba adjetivos inconexos: seductora, radiante, suave, pura, luminosa, tentadora, agradable al tacto, ligera, cremosa. Allí no había ni un verbo. Nada que hacer, solo una lista de cosas que ser. 


Podemos dejar de preguntar qué quiere el mundo de nosotras y, en vez de eso, preguntarnos qué queremos de nuestro mundo. Podemos dejar de mirar lo que tenemos delante el tiempo suficiente para descubrir lo que llevamos dentro. 


De la primera a la última miran la cara de una amiga para saber si ellas mismas tienen hambre. Se está generando algún tipo de telepatía entre ellas. Hacen un sondeo. Investigan. Buscan consenso, consentimiento u oposición. De algún modo el silencio colectivo designa a una portavoz con trenzas y nariz pecosa. 

—No tenemos hambre, gracias.  


Olvidamos la manera de saber cuando aprendemos a complacer. 

Por eso vivimos hambrientas. 


Puede que todas fuéramos fuego envuelto en piel, aunque aparentásemos frialdad. 


No sabía que la idea era sentirlo todo. Pensaba que debía sentirme feliz. Pensaba que la felicidad era para sentirla y el dolor para suprimirlo, anestesiarlo, evitarlo, esconderlo e ignorarlo. Pensaba que cuando la vida se complicaba era porque había hecho algo mal en algún tramo del camino. 


El sufrimiento se debe a que pretendemos alcanzar la resurrección sin dejarnos crucificar antes. 


Una mujer que está llena de sí misma sabe y confía en ella lo suficiente como para decir y hacer lo que hay que hacer. Deja que lo demás arda. 


Los chats no mandan en mí como tampoco la persona que envía el mensaje. He decidido, de una vez por todas, que solo porque alguien me envíe un mensaje no estoy obligada a contestar. Si pensara de otro modo, iría por ahí todo el día sintiéndome agobiada y en deuda, contestando en lugar de crear. 


La rebelión es una jaula tanto como lo es la obediencia. Ambas implican vivir contra los principios de otros en lugar de forjar los tuyos. La libertad no consiste en apoyar o rechazar un ideal, sino en crear tu propia existencia de cero. 


Tomamos la sexualidad —ese flujo misterioso e indefinible, en transformación constante, entre los seres humanos— y la empaquetamos en forma de identitades sexuales, 
Se podría comparar a un vaso de agua. 
La fe es el agua. La religión es el vaso. 
La sexualidad es el agua. La identidad sexual es el vaso. 
Creamos esos vasos para tratar de contener fuerzas incontenibles. 
Y luego les dijimos a las personas: escoge un vaso, hetero o gay. 


Glennon Doyle

+otras personas involucradas
Traducción: Victoria Simó Perales