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El Fantasma Que Alimento: Una historia real sobre bulimia y dismorfia corporal

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¿De dónde nace ese terrible desprecio por una misma y ese perfeccionismo extremo que a menudo acompaña a las personas con un trastorno alimenticio? ¿Qué papel tiene el cuidado y exacerbado amor de las madres en una enfermedad capaz de robarle el placer de vivir a sus hijas?

La Cúpula Editorial, siempre al frente de temáticas pertinentes y profundas, nos trae ahora El fantasma que alimento, una novela gráfica excepcional de la talentosa Victoria Ying. En ella, Ying aborda con sensibilidad y precisión la cuestión de los trastornos de alimentación, un tema que, a pesar de su prevalencia, a menudo se malinterpreta o se ignora en nuestra sociedad. Con esta novela gráfica, La Cúpula nos brinda una vez más la oportunidad de reflexionar sobre temas relevantes, demostrando su compromiso no sólo con la calidad artística, sino también con la narrativa valiente y provocadora.

Esta es la historia de una chica que solo quería ser perfecta. Porque solo las jóvenes perfectas merecen el amor del resto, ¿no es así?

Argumento de El fantasma que alimento

El fantasma que alimento, la magnífica novela gráfica de Victoria Ying, nos sumerge en la turbulenta vida de Valery.

Valery, instigada continuamente por su madre, busca desesperadamente alcanzar la perfección: ser una estudiante ejemplar, una hija obediente y, por encima de todo, delgada. Porque nada importa si una no tiene el cuerpo adecuado.

Su obsesión por contar calorías y por controlar su imagen corporal la empuja a vomitar en secreto después de comer, ocultando esta faceta incluso a su amiga más cercana. Cuando una tragedia personal golpea su vida, Valery se ve forzada a reevaluar su relación con su cuerpo, su amistad y sus prioridades. ¿Podrá encontrar la felicidad en medio de este torbellino de emociones y presiones?

Ying aborda con sensibilidad temas como los trastornos alimentarios, las presiones familiares tóxicas y la gestión del duelo, creando una conmovedora historia de amor propio y superación.

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Un cómic que destaca por su precioso dibujo y un enfoque magnífico

El arte en "El Fantasma que Alimento" de Victoria Ying es dulce, pastel y cargado de una feminidad que suaviza su terrible trasfondo. Ying, con su sutil genialidad, opta por un estilo de dibujo sencillo y limpio, utilizando líneas finas pero intencionadamente imperfectas. Sus elecciones de colores, predominantemente pasteles en tonos de azul, salmón y morado, no solo acentúan la emocionalidad de la historia, sino que también hacen que la novela gráfica sea muy agradable y entre por los ojos con rapidez.

Ying se centra en lo esencial, dejando de lado los detalles superfluos que podrían distraer de la narrativa central. Su atención se dirige principalmente hacia las expresiones faciales y corporales de los personajes, capturando de manera efectiva esa superficial alegría y el statu quo de cordialidad feliz que Valery tiene que mantener a lo largo de su vida. En ese sentido, son especialmente ilustrativos tanto en el guion como en el dibujo los silencios de la madre, la cual, vigilante, en muchas ocasiones aparece con un gesto de censura en cualquier momento en el que alguien le sirve comida a su hija.

Esta elección, junto con la eliminación de fondos y escenarios demasiado elaborados, agiliza considerablemente la lectura, permitiendo a los lectores moverse suavemente a través de las páginas sin sentirse abrumados y quizás transmitiendo que detrás de alguien aparentemente feliz y perfecta pueden esconderse unas dinámicas tóxicas para ella y para los demás.

Así, a pesar de su simplicidad, el arte de Ying está cargado de emoción y significado. Las expresiones de los personajes transmiten una profundidad de sentimientos que no necesitan palabras para ser comprendidas. Porque, ¿acaso no es fácil verse reflejada en las preocupaciones de una joven que nunca se siente suficiente?

Toxicidad maternal: ¿de dónde vienen los trastornos alimenticios?

El fantasma que alimento aporta una mirada valiente y honesta a una realidad incómoda que muchas veces se pasa por alto: cómo las madres, a pesar de sus mejores intenciones, pueden ser las causantes inadvertidas de los trastornos alimentarios de sus hijos. En el caso de Valery, su madre, que es la figura principal de autoridad y organización en su familia, proyecta continuamente sus propias inseguridades y expectativas en su hija. Como ya comenté antes, esta influencia tóxica, apoyada continuamente en comentarios despectivos sobre el peso de su amiga Jordan y los silencios tensos con los que la madre observa a su hija cuando debe comer delante de familiares, generan en Valery una presión constante que a menudo es contradictoria. Si su madre no desea que coma, ¿por qué prepara tanta comida y dedica tanto tiempo en cocinar?

Al mismo tiempo, podemos ver cómo los tóxicos estándares de belleza asiáticos que se apoyan y asfixian a las mujeres (ya que, como vemos, la madre de Valery no tiene ningún problema con ver a su marido o a su hijo ponerse las botas), se ven perpetuados por la desquiciante necesidad de la madre por conseguir que su hija sea perfecta.

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Esta presión, sumada con la constante exposición a ideales de belleza irreales en las redes sociales e Instagram, lleva a Valery a un peligroso camino de auto-desprecio y desórdenes alimentarios que alimenta una voz interior que correlaciona inmediatamente la capacidad de ser amada con el hecho de estar suficientemente delgada.

Lo peor de toda la situación de Valery, es que esta debe llevarla en silencio y ocultarla a todo el mundo. No porque sepa que lo que hace está mal, sino porque, de alguna manera, ha interiorizado la idea de que si la gente sabe que debe vomitar después de comer cada día, entonces todos comprenderán que hace “trampa” para encajar en el instituto, con su grupo de amigas o, dios no lo quiera, con su madre.

Victoria Ying realiza un interesante ejercicio cuando enfrenta a Valery contra sus convicciones más profundas. Si estar gorda impide que te amen, ¿por qué preferiría su crush a su amiga Jordan, que tiene sobrepeso? Y sobre todo, ¿es posible que estar delgada y todo el sacrificio que conlleva no te proteja de la posibilidad de vivir una auténtica tragedia?

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La autora cuenta con un gran coraje al abordar esta temática al incluir a una madre que ama y al mismo tiempo destruye sin quererlo a su hija. Su representación de cómo las figuras maternas pueden inadvertidamente contribuir a la formación de la imagen corporal negativa de sus hijos es un poderoso recordatorio de cómo nuestras propias inseguridades pueden influir en los demás, especialmente en aquellos que amamos y estamos tratando de proteger.

Una vida que merece la pena vivir

No todo es triste en El fantasma que alimento, ya que este esconde un poderoso mensaje que transmite cuando contrasta entre la filosofía del padre de Valery, que vive su vida con plenitud, sin restricciones ni arrepentimientos frente a la de su hija Valery, la cual lleva una vida altamente restringida y disciplinada, impuesta tanto por las demandas familiares como por las presiones de la sociedad.

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Si yo muriera ahora, no podría sentir que he vivido mi vida. No lo he hecho. He sido prisionera de mi cuerpo. ¿Qué diría él si lo supiera? Tal vez hubiera sido bueno. Se sentiría decepcionadísimo... Una hija tan distinta a él.

Al mismo tiempo, encontraremos pequeños detalles que aportan gran profundidad a la narrativa. Un ejemplo de esto es el uso del término cantonés gwai. En su traducción literal, "gwai" significa "obediente" o "buena", pero también tiene una segunda acepción que significa "fantasma". Esto proporciona un potente simbolismo a la lucha interna de Valery, que se debate entre ser una "buena" y obediente hija, y el "fantasma" que es su trastorno alimentario y que da título a la obra.

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Opinión de El fantasma que alimento

El fantasma que alimento es de esos relatos que alcanzan las fibras más profundas de tu ser y resuenan en lo más íntimo. Especialmente si alguna vez te has sentido en desacuerdo con tu cuerpo, o si has emprendido guerras internas a través del hambre y las dietas, la historia de Valery y su diálogo interior tienen eco con lo que muchas veces, quizás, te decías a ti misma. Esta idea, apoyada en la forma valiente en la que busca los orígenes del desorden y en el estilo artístico, hace que sea sin duda una novela gráfica más que recomendable a cualquiera que quiera sumergirse en ella.

Sin embargo, personalmente, eché en falta un poco más de desarrollo del personaje de Valerie al final del cómic. Me hubiera gustado ver más sobre cómo enfrenta su trastorno alimentario, cómo maneja su relación con su madre y cómo estas dinámicas cambian a lo largo del tiempo y del esfuerzo.

A pesar de esto, indudablemente, estamos ante una novela gráfica que cualquiera con inquietud por los TA no debería ignorar y que se presta, gracias a su arte sencillo y a las tonalidades escogidas por Victoria Ying, a varias relecturas.

Y cuando termines la obra, cuando hayas acabado de procesar la historia de hambre, soledad y sacrificio de Valery, tómate un momento y pregúntate ¿a qué fantasmas alimentas tú?

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