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Mi rutinas de lectura: cuánto echo de menos los viajes en tren

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Escritora consumada, concept artist en ciernes y adicta al trabajo....


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Suena absurdo pero es cierto: me encanta leer en movimiento. En especial, me encantaba leer en el bus o en el tren. Para poder comprenderlo es importante que sepáis un par de cosas sobre mí: la primera es que soy una persona muy inquieta y muy adicta a la productividad. Mis juegos favoritos de móviles son aquellos en los que debes servir a los comensales a toda velocidad para que no se enfaden, suelo recoger la casa y limpiarla mientras hablo por teléfono y cuando corría en la cinta del gimnasio me llevaba un curso hablado de francés para practicar mi vocabulario.

Me gusta ser multitask, y leer… la verdad es que no lo permite.

Siento cierta intranquilidad, cierta sensación de inquietud cuando me pongo a leer hoy en día. Como si tuviera que estar haciendo otras mil cosas en vez de dedicarme ese tiempo de ocio y de placer que tengo. Pienso en la pila de notas de prensa que se acumulan y que van devaluándose minuto a minuto, en el trabajo en la oficina, en la casa sucia y desordenada, en mi perra y lo bien que le vendría salir a correr por la playa.

Pero cuando leía en el tren… no había nada más que pudiera hacer. Y el hecho de notar la estructura avanzar y mecerme era tan… tan pacífico y placentero… Solía leerme 3 libros a la semana, cuanto más gordos y largos, mejor. Pero ahora mi ritmo es mucho más lento.  

Pero al grano, que este post se llamaba “rutinas de lectura”, y quiero contaros cómo compagino mi pasión por leer con la locura de mi vida.

Antes de nada tenéis que saber que siempre leo simultáneamente dos libros… más interrupciones. Uno de los libros suele ser una cesión (por suerte Momoko está creciendo un montón y cada vez más editoriales cuentan con nuestras #momokoreseñas. YAY!). Lo leo detenidamente, siempre con un portaminas en la mano, un bloc de pos-its y el cerebro despierto para encontrar POPS.  

Palabras inventadas por los propios autores como “cagacharcos” (visto en Transcrepuscular), repeticiones, incoherencias, espacios realmente bien escritos o frases con material para convertirse en citas.

Simultáneamente, leo un clásico. Pero este avance lo hago mucho más lento y sin prisa. Por lo general lo leo en alto, en el coche, mientras mi pareja conduce. Pongo gestos, voces, me flipo y me burlo de las frases más posch y salto de mi asiento cada vez que llega una parte que sea extremadamente buena. El pobre de mi novio aguanta estoico que me monte en el coche, le dé un beso y saque el libro de bolsillo de turno de la guantera.  

Por lo general si una obra no me está acabando de encantar o se me hace larga, leo cómics entre medias. Pero es que además cambio mi forma de leer en función del tipo de libros.

Los más adictivos los leo mientras cocino, mientras camino por la calle, mientras me echo las cremas en la cara, aguantando cada página con una rodilla. Cuanto mejor es el libro, en una posición más absurda acabas encontrándome: tirada en el suelo con las piernas sobre la pared, debajo de una mesa, rodando por el suelo con Natto, mi conejo blanco, escapando histérico de mi lado.

Cuanto mejor es el libro, mayor el dolor físico. Luego no sé de qué me extraño al verme el cuerpo lleno de cardenales y moratones.  

Leer es placentero, pero también doloroso. Y esperad a que me llegue El cielo de piedra de Jemisin. Probablemente acabe bocabajo, gritando y haciendo aspavientos mientras la herrumbrosa tierra se me traga.

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