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Mi naturaleza ingenua me hizo creer que estudiando algo que me gustara, por muy difícil que fuera, podría, al menos, ganarme la vida. Que si me esforzaba, me especializaba, daba lo mejor de sí misma, al final, triunfaría. No conté con que, si no hay oportunidades, el esfuerzo no puede ser recompensado.

Una marca amoratada y circular en un lateral de su cuello llamó mi atención. Una gotita la atravesó. Luego otra. Y otra más. Se escurrían desde la base de su pelo oscuro y descendían con rapidez. Me embaucaron. Brillaban en contraste con su piel bronceada, se deslizaban sinuosas por sus clavículas, se confundían con el escaso vello de su pecho y seguían bajando...

Yo aprendí con él que el amor era un acto de sacrificio compartido, algo que siempre obligaba a escoger porque se nutría de una lealtad absorbente, cegadora, alienadora y opresiva. Que sufrir era la cara oculta e indivisible de ese amor. Que morir de amor era posible. Y me sacrifiqué, sufrí y morí. Y todo en nombre de una mentira.

El se agarró a mis caderas y me lo dio como un animal. Duro, instintivo, sin censuras. Emitía sonidos carentes de civilización. Los que arrancaban el choque de su pelvis contra mis nalgas eran pura melodía tribal. «Pam. Pam. Pam»

Empezó a caminar, y yo le seguí. Por voluntad propia. Me gustó su plan, con una excepción:

—Sigo pensando que sería mejor pasar el rato bajo techo…

—No quiero follar contigo.

Me detuve. ¿Cómo no hacerlo? Sus frases anclaban los pies al suelo. Intencionadamente.

—Una cosa, Sergio. —Tiré de su brazo e hice que se diera la vuelta—. Lo que acabas de decir me ha quedado muy claro esta mañana. No te intereso. Perfecto. No es un problema. Te lo digo con total sinceridad. Pero, joder, no me lo repitas más. Tengo mi corazoncito…

Durante los últimos años he sido consciente de que algo iba mal, de que el camino por el que me arrastro cada día no es el que debería haber elegido, de que así no soy feliz… pero no hago nada por solucionarlo. No creo que pueda hacer nada. No me veo capaz de hacerlo.

Una mujer recibe el título de señora por su edad y no por su estado civil, al igual que un hombre. Llamar a una mujer señorita por el mero hecho de estar soltera, aunque tenga noventa años, es un acto de MACHISMO absoluto y deleznable. He dicho.

A las dos y media, por fin, se han ido los estilistas y, aunque me han recomendado que no comierda -los muy cabrones-, yo me he pasado su recomendación por el kiwi y me he metido entre pecho y espalda una hamburguesa doble con patatas fritas que me ha sentado de lujo.

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