Varados en el silencio, o cuando las sirenas arden, una reseña por Rosa Blas Traisac

Por Sergio Santiago Romero

Profesor de la Universidad Complutense de Madrid

Quisiera empezar estas palabras agradeciendo a la editorial Atlantis su cariñosa invitación a presentar ante ustedes Varados en el silencio, primera novela de Rosa Blas Traisac y a nuestros queridos amigos de Baqelia que nos hayan brindado este estupendo espacio. También, en general, me parece imprescindible agradecer, como profesor de literatura, que Atlantis haya apostado por este texto para su publicación, hecho que habla muy positivamente del compromiso de esta casa con el lanzamiento de libros valiosos y valientes. La publicación de Varados en el silencio constituye una isla de luz en medio de una industria cada vez menos audaz, un panorama literario cada vez más desalentador y, en general, un tejido editorial deshilachado por la crisis y a veces también, hay que decirlo, por el mal criterio.

La novela que nos ha concitado esta mañana propone un viaje transliterario y metaliterario, pues la narración atraviesa una y otra vez los portales entre el orden real de la vida y orden ficcional de las palabras; un camino de ida y vuelta que va hilvanando con suaves puntadas un tejido ―porque esto es, y debe ser, en primera instancia, un texto― de notables calidades. En la novela Tesa busca escribir la historia de su vida; imagino que en algún instante nunca contado, en algún recóndito momento que los narradores nos escamotean, Tesa comprendió que escribirse, narrarse, contarse, no es tan sencillo como en origen pareciera. Busca entonces un efecto distanciador que la objetive, que la convierta en materia novelable; un dispositivo que ficcionalice la escritura de su ser y, por fin, distancie el mundo de la vida y el del arte para que la representación sea posible. Entonces, Tesa encuentra ―porque lo busca― a Daniel y a su trasunto, Gerard, su otro-ficcional, el otro yo que todos somos cuando nos miramos desde fuera. Daniel y sus entrevistas con los antiguos amantes de Tesa son el pre-texto ―nunca mejor dicho― que permitirá a Tesa ser sujeto de su novela, El gran fraude, versión, ya que nunca copia, de su vida y su preclara comprensión de la lucha de sexos, la castración de los hombres y la garra letal del patriarcado. Hasta aquí lo transliterario. Más allá de ello encontraríamos la metaliteratura, es decir, la relación del arte con esta vida en la que todos vivimos. Allí entraríamos en el diálogo de una mujer de carne y hueso, Rosa, a la sazón escritora, que quiere, como Tesa, escribir una novela sobre su no menos preclara comprensión de los mecanismos de coerción y machismo que a todos nos atenazan y hieren desde niños. Pero el capítulo de paralelismos entre Rosa y Tesa no acaba aquí, porque para una autora de carne y hueso escribirse, narrarse, contarse, no es más sencillo que para los personajes de Varados en el silencio; por eso Rosa, como Tesa, precisó de una instancia distanciadora y objetivadora que anudara todo este delicado y divertido juego de caja china. Esta es la historia que yo querría contarles esta mañana. Pero quisiera compartirla con ustedes con el mismo arte de agujas y puntadas entre mundos que nos plantea Varados en el silencio: es decir, viajando de la vida a las palabras.

Creo recordar que era verano. Yo, como buen filólogo, andaba en paro; solo me ocupaban algunas clases particulares a adolescentes y unas colaboraciones esporádicas con una universidad privada, pírricas pero honorables. Estaba esperando la confirmación de un empleo, no sé si bueno pero estable, como investigador en la Universidad Complutense. Rosa me llamó una tarde, apenas un mes antes de que aquella confirmación llegara. Sería incapaz de describirles mi conversación con Rosa de ese día. Recuerdo un aluvión de información: aquello de una novela, que me vio por internet, que le gustaría hablar de ello, que pronto, que dónde, que, en fin, quedamos. Saqué en conclusión que aquella mujer con la que nunca había hablado y que me llamó una tarde de verano sin saber muy bien por qué, andaba escribiendo una novela y quería, aunque no la necesitara, una opinión sobre la misma; lo que un pedante llamaría «asesoría literaria», pero que no es otra cosa que el sano deporte de hablar de libros. Sin saber cómo, el magnetismo de aquella voz me atropelló sin opciones de renuncia, y me vi diciéndole que sí sin haber entendido muy bien del todo qué se me estaba pidiendo. El huracán Traisac había invadido mi cuarto y arrastrado consigo mi aquiescencia y mi capacidad de reacción: recuerdo que solo articulé algunos miserables balbuceos que Rosa traducía con velocidad en asentimientos meridianos, tal es la avasalladora capacidad de convicción de esta mujer. Cuando colgué recuerdo que el aire del cuarto se quedó quieto y me anegó la extraña paz que sucede a las tormentas y el inconmensurable silencio que viene después de que se digan cosas serias. Créanme: tras semejante vendaval yo sí que me quedé varado en el silencio.

Me había impresionado el aplomo de aquella voz, su firmeza y resolución. Me admiraba pensar que una mujer consagrada en el mundo de las artes buscara la opinión de un profesor de literatura de veinticuatro años, es decir, de nadie. «Un escritor hombre ―pensé― nunca lo habría hecho». Y es cierto porque, si bien la humildad nunca ha sido ni será el mejor blasón de los artistas, mucho menos ha adornado como virtud a aquellos artistas agraciados con el dudoso honor de poseer un pene. No puedo negar que también me había cautivado el título que por entonces tenía la obra, El ardor de las sirenas, porque me hacía viajar a la literatura. Y aquí la primera vuelta de la puntada. El título me llevaba de cabeza a Homero y su Odiseo, a quien Nietzsche solía definir como «el tipo helénico clásico», esto es, un bravucón inmisericorde, irracional y desconsiderado: quizás el primer o segundo macho alfa de occidente. Me llevaba también al contraste entre aquellas damas del mar, las sirenas, sensuales y poderosas, y aquella otra mujer incapaz para la vida, Penélope, negadora de sus sueños y prototipo inmemorial del ángel doméstico. Me trasladaba, por último, al choque entre aquellos dos mundos, el viril-tiránico y el de la hembra poderosa que con su canto decide el rumbo desastroso de los barcos patriarcales. Me imaginaba a Ulises tapando con cera sus oídos para ignorar el canto de las diosas madres, para desatender la voz de la mujer libre que grita desde el fondo de las olas. Nada sabía, por aquel entonces, de la importancia que todo esto tendría para comprender la novela de Rosa en cuya crítica me acababa, como Odiseo, de embarcar.

Mis entrevistas con Rosa se convirtieron en una apasionante tarea semanal que prolongamos incluso cuando comencé con mis investigaciones en la Universidad y mi disponibilidad no siempre favorecía los encuentros. Fue un año entero en el que, fragmento a fragmento, deslavazamos las verdades y mentiras de aquellos personajes, entre los cuales brillaba con serenidad la autenticidad de Tesa que, con virtudes y contradicciones, acaparaba la mirada del lector, enamorado de su alma grande. No sé cuánto tardé en traer a colación en nuestras charlas La sirena varada de Alejandro Casona. Aquella obra teatral de 1934 conectaba en mi corazón con la novela de Rosa a través del personaje de la sirena, elemento fantástico y simbólico que indica en ambos textos la introducción de una nueva interpretación de la condición humana.

Pronto descubrí que nuestras conversaciones habían empezado a convertirse un poco en el dispositivo ficcionalizador de Rosa, y que nuestra disección semanal de El ardor de las sirenas servía un poco para lo mismo que la estratagema de Tesa con Daniel-Gerard. Ambos descubríamos muchas veces cómo las conversaciones donde poníamos verdes a los caballeros eran trasuntos de aquellas que mantenían Tesa y su fingido hijo. Las puntadas iban y venían, de la vida a la literatura, de la literatura a la vida y vuelta a empezar, y en este vaivén a veces eran elementos de nuestras charlas los que aparecían en los fragmentos que comentábamos en las siguientes semanas. Fue unos meses después de que aquel trasiego comenzara cuando volvimos a hablar de la belleza del verbo varar, y de la gran tristeza que causan esos gigantes cetáceos, en todo lo demás invencibles, que quedan atrapados en la tierra porque han nacido para la libertad que impone el mar. Conversamos sobre la deliciosa coincidencia entre la novela de Rosa y un poema de José Hierro, «Ballenas en Long Island», cuyo tema eran aquellos condenados seres de luz que el poeta llama «moles de agonía». Dice el poema:

Son, desde luego, extraños pero no infrecuentes

estos suicidios colectivos.

Los biólogos, oceanógrafos, ecologistas

nada pueden hacer por reintegrar a los cetáceos

a su hábitat, a su medio natural;

no sólo por su peso y su volumen, sino

porque están decididas —resignadas—

a morir. (Se barajan hipótesis

diferentes y contradictorias: alguna,

tal vez, resolverá el enigma).

Hay quienes atribuyen el suceso

a una avería, una desconexión

—por el momento indemostrable—

en el sofisticado sistema de radar

que utilizan en sus desplazamientos.

¡Quién sabe cuál será la causa

de esta agonía a la que yo asistí

en las arenas de Long Island!

 

Yo sí lo sé. Yo he descifrado

el, para los demás, indescifrable código,

—¡oh mi piedra Rosetta de estrellas y de olas!—

 

También Tesa y Rosa han descifrado el código que explica el desastroso suceso de toda una generación de hombres varados en su pasado, su incapacidad de amar y su intolerancia ante la liberación de la mujer. Rosa y Tesa, en sus respectivas novelas, han resuelto el enigma, que efectivamente radica en «una desconexión, una avería» en aquel sistema con el que los hombres fijan el rumbo de sus vidas. Ellas me lo contaron durante aquellos meses en esas conversaciones; hoy les toca a ustedes descubrirlo si se dejan llevar por ellas de la mano. El resumen de esta avería, en puridad, ya se lo contó Homero a la Humanidad hace miles de años: los marineros cegaron con cera sus orejas y no escucharon jamás la voz de la mujer, su compañera en el fraudulento negocio de la creación y la apasionante aventura de la vida. ¿Cómo no iban a errar el rumbo si desoyeron a la mitad de la especie? ¿Cómo no iban a encallar en sus miedos y frustraciones sino se dejaron acunar por el canto de las sirenas que arden de amor?

Rosa es mujer, artista y de izquierdas. Solo por eso entenderán ustedes cuánto sabe ella del machismo y de las consecuencias que tiene el silencio de muchos hombres de su generación, estos medios seres mutilados. De ellos dijo Beatriz Paul Preciado: «Aunque se presenten como jefes y vencedores son, en realidad, cuerpos heridos, maltratados». Es una frase elocuente.

Con estas palabras breves he querido mostrar parte del proceso creativo de la autora. En el título actual, el hermoso verbo en participio, Varados, es lo que conecta, a través de Casona, con las sirenas del título primitivo. El ardor es ahora sustituido por el silencio, porque se ha alumbrado un hallazgo crucial: que los verdaderos protagonistas de la obra son esos hombres malheridos que Tesa vivifica mediante la magia de su relato.

Gracias, Rosa, por dejarme ser testigo de tu descubrimiento vital y literario. Gracias por haber querido transformarlo en una novela en la que muchos otros, hombres y mujeres, puedan descubrirse en el asombro. Cuando conozco a mujeres como tú empiezo a cuestionar la existencia de los llamados «techos de cristal». Porque cuando nuestras vidas se ven azotadas por huracanes como este recordamos que, a pesar de todo, el mundo en que luchamos sucede a cielo abierto.  Muchas gracias.

 

La Arnía

(Garcilasismo cántabro)

Al fin a vuestras manos he venido:

la luz te recortaba entre las rocas

―no quiero hablar de amor, pero en tu rostro

invoco a los dioses olvidados―.

 

No quiero hablar de amor, pero qué frágil

parece la memoria de este mundo

si te veo temblar en contrapposto

para mirar mejor el horizonte.

 

El sol alborotaba sus ígneos cristales

antes de apagar las ascuas de su ardor

en el mar humeante de su fragua.

 

Y no quiero hablar de amor,

pero atardece

y la luz de un faro te orla,

y es la noche

y el clamor de todas las sirenas

me arrastra a las paredes de la Arnía,

muralla que te abriga, puerto mío

frontera de tu cuerpo, bahía estrecha

do sé que he de morir tan apretado.

 

 

 

 

 

Varados en el silencio

Para Rosa Blas Traisac

Has lamentado la luz de los portales,

el humo, el caos, los juegos peligrosos,

las figuras de cristal

las porcelanas,

la contorsión sin tregua de cuerpos

y

cuerpos,

un fugaz sinnúmero de rostros olvidados.

 

Has perdido la cuenta, la razón,

la lista de propósitos de enmienda,

la leve culpa,

el grave subterfugio de la pena,

y has perdido las palabras

los papeles

la dirección

la cifra

el rumbo.

Así creció la arena a tus espaldas,

se hizo legión, desierto, océano brillante

de rocas trituradas.

Quedaste aquí, varado en el silencio de una noche

vacía de tritones y sirenas,

sin cantos de luz en los que crezcan alas,

derrotado por fin, como la vida:

ángel de baja mar y cielos anchos

 

sin estrellas.

 

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