La chica del tren, crítica
La chica del tren, crítica

La chica del tren, crítica

Año de publicación: 2016
Número de páginas: 496
Editorial: PLANETA
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Rachel toma el tren de Londres cada día. Su compañera de trabajo cree que está trabajando, pero en realidad desde su divorcio, Rachel se ha convertido en una alcohólica que pasa sus días bebiendo y olvidando las locuras que hace borracha. Precisamente por eso, cuando la joven a la que observa cada mañana desde el tren desaparece, Rachel empieza a preguntarse si no tendrá ella que ver con esta tragedia.

La chica del tren es un éxito literario que no estaba calculado. Nadie conocía a Paula Hawkins, la autora. Sin embargo, de nuevo Internet  fue una potente herramienta para relanzar esta historia por todos ignorada. Las recomendaciones de Amazon y el boca a boca de Facebook y Twitter provocaron que La chica del tren espumease en ventas y consiguiese tener ya una séptima reedición en España. Dicen que en el Reino Unido se vende una copia cada 16 segundos…

La chica del tren nos cuenta la historia en primera persona de Rachel: una mujer alcohólica y divorciada que vive obsesionada con Tom, su ex-marido.

Rachel es incapaz de pasar página, y cada día, desde la ventana del tren que la lleva a Londres, observa la vida perfecta que llevan Tom y su nueva mujer, Ana, desde la ventana. Un par de de casas antes, una pareja a la que ella ha bautizado como “Jess” y “Jason” viven enamorados y felices.

Hasta que de pronto, un día, la cara de Jess aparece en todos los periódicos. En realidad la mujer no se llamaba  Jess como Rachel pensaba, sino Megan, y para colmo, ha desaparecido. Y lo peor, es que es posible que Rachel sea la única que tiene una pista sobre quién ha podido hacerle daño.

 

La chica del tren es una novela ligera, extraña, con un olor específico a bruma, alcohol y… por qué no decirlo, vómito. A pesar de los esfuerzos de Paula Hawkins porque empaticemos con la vida de las tres mujeres que perfila (Rachel, la ex-mujer; Anna, la nueva mujer de Tom y Megan, la desaparecida), para mí cada una de ellas escenifica perfectamente la “anti-heroína” perfecta. Las personalidades caóticas, superficiales y maniáticas de Anna y de Megan se solapan demasiado para crear identidades separadas. Sin embargo Rachel está magistralmente perfilada. No puedo conseguir sentir compasión por una persona que continuamente sabotea su vida, miente a la gente que quiere ayudarla y acosa obsesivamente a su ex-marido.

Se supone que debería sentirme triste y empatizar con el hecho de que Rachel está deprimida y eso la lleva a cometer mil errores, pero simplemente no puedo entenderla. No pude entender que aceptara sin más que su marido Tom se estuviese viendo con otra, que la engañase, se divorciase y, para colmo, la echase a ella de su casa para vivir con su amante.

Sin embargo, la novela es un thriller psicológico ligero y entretenido. Los que la critican por carencia de profundidad probablemente han olvidado lo complejo que es conseguir crear una rutina en la vida de un personaje de ficción con la que puedas identificarte para luego crear pequeños plot points que te hagan dar un saltito en el asiento.

Leyendo “La chica del tren” a menudo me encontraba a mí misma gritándole a la Rachel del libro que dejara de liarla, que estaba como una regadera y que me producía vergüenza ajena. Mi novio, como un santo, que escuchaba las partes que le releía de Rachel metiéndose donde no le llamaban o haciendo el completo burro, asentía con la cabeza y decía “Esa chica necesita ayuda”.

Pero lo cierto es que se deja leer bastante bien. Paula Hawkins no se presenta con pretensiones de gran novelista, profunda filósofa contemporánea o creadora de ufanos perfiles psicológicos más humanos que la realidad en sí misma. No. Ella quiere contar la historia de una mujer alcohólica que teme haber hecho una tontería un sábado por la noche mientras estaba borracha como una cuba.

Como decía muy bien Guillermo Rodríguez, subdirector de El Huffington Post, la clave de “La chica del tren” es la sospecha continuada. Al principio estás convencido de que el culpable de la desaparición de Megan es uno, luego de pronto crees que es otro… después otro… Nadie se queda sin su ración de culpa. Todos tienen motivos de sobra para querer a Megan fuera de sus vidas…

CUIDADO, SPOILERS MÁS ABAJO

El final de la chica del tren es lo que más me ha decepcionado de la novela. Desde un primer momento Rachel  (con su amnesia, el miedo, la sangre seca en sus manos, la borrachera, el extraño pelirrojo y sus recuerdos confusos) es la que aparenta tener más papeletas de ser la culpable de matar a Megan. Sin embargo, conforme avanza la historia, Scott se presenta como un marido celoso y propenso a la violencia que a lo mejor se la cargó en un ataque de celos… o puede haber sido el amante cuando Megan se le enfrenta por no querer tener más relaciones sexuales con ella.

Vamos, que hasta Anna dice en cierto momento que se alegra de que esté muerta debido a su espantoso pasado (pasado que sin duda filtró el psicólogo, el muy cabrón…)

Pero que al final todo se reduzca a que fuese Tom… Cuando está más claro que el agua que el culpable del asesinato había sido Tom producto de una discusión por su aventura, todavía te quedan 100 páginas del libro. 100 páginas que, en mi opinión, se alargan innecesariamente. 100 páginas que podrían haberse aprovechado para dar un giro de tuerca: Anna decide que ama a Tom por encima de todas las cosas y le ayuda a matar a Rachel y aquí paz y después gloria.

Pero no. El final es predecible. Tom, un hombre por lo general parco en palabras, dulce y amable y con una paciencia que roza los límites de lo posible con su ex-mujer (tanto que a menudo le dice a Anna que no llame a la policía, ni si quiera cuando Rachel aparece borracha como una cuba y pretende llevarse al bebé de la pareja) de pronto se convierte en un maltratador psicológico nato. Un mentiroso compulsivo acerca de chorradas como lo de mudarse de la casa (me pasé todo el tiempo esperando que hubiese varios cadáveres enterrados bajo la propiedad de sus ex-amantes. Eso habría sido una causa plausible para que se negase en absoluto a mudarse…) o lo de su familia (muy mal hilado lo de las deudas, por cierto, cogido con pinzas).

La autora parece querer hacernos creer que Tom es el culpable de que Rachel sea una alcohólica con gusto y regusto a revolcarse en su propia autocompasión, cuando NO es así. Ella es la única responsable de la vida que se está dando. Además, de pronto, una Rachel enamorada capaz de perdonarle cualquier cosa a su ex-marido, que llora, babea y lo persigue por todas partes, se convierte al final de la novela en una mujer fuerte, capaz y decidida que en vez de ir a la policía a la que ha estado acosando desde las primeras 200 páginas del libro, se mete derechita en la guarida del lobo.

Como ya he dicho antes, el final es decepcionante. El hecho de que Anna se asegurase de que Tom moría no me resultó en absoluto sorprendente en una mujer de la que yo esperaba que acabase cargándose a la ex-mujer de Tom. Sin embargo, Anna acaba resultando ser muy cabal, la muerta muy malvada y Rachel una víctima de la situación. Y Tom, como un malo patético de James Bond, habla y habla por los codos de todo lo que pasó sin hacer pausas más que para respirar. 

Mientras lo hacía, no podía evitar generar en mi cabeza la imagen de Gastón de “La bella y la bestia” besándose sus bíceps y sonriendo como un cretino.

 

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